Archivo del Autor: Alberto Martín Acedo

I Simposio sobre ficción televisiva

(Re)descubriendo la ficción televisiva

The Wire, Twin Peaks, Mad Men, Homeland, Rubicon, Fringe, Breaking Bad... ¿Quién es capaz de escuchar estos títulos y no desear caer rendido ante la televisión (o el ordenador, para los más ansiosos), dejarse las retinas ante las decenas de horas que componen las temporadas de estas series? Un nuevo abanico de ficciones ocupa nuestras mentes y nuestras miradas, un increíble desfile de imágenes inunda lo que hasta hace poco llamaban la “caja tonta”. Todas estas series son culpables de que la televisión, y en concreto la ficción televisiva, haya dejado de ser un objeto denostado por muchos y ridiculizado por otros. No es solamente que los críticos de cine, las secciones y suplementos culturales, el mundo editorial se interesen cada vez más en este fenómeno: es que el mundo académico, aquellos que podrían parecer más escépticos o críticos ante la incorporación de semejante material al ámbito de la investigación, son los que más están apostando por revelarnos las series televisivas como todo un tesoro, no ya artístico, sino sociológico, político, filosófico y un largo etcétera que no hace más que descubrirnos la diversas dimensiones de las TV-series.

Y si no que se lo digan a servidor, que tuvo el gozo de poder asistir en la Universitat Internacional de Catalunya (UIC) al I Simposio sobre ficción televisiva. Reflexiones sobre la nueva ficción televisiva: ¿crisis o oportunidad?, espero que el primero de una larga serie a través de los años, donde pude descubrir que hay académicos y profesionales del mundo televisivo que han sabido y sabrán captar intensamente (qué pena que sólo durara un día) el poso que las series están dejando en nuestro imaginario social. Y es que las series hace mucho tiempo que dejaron de ser un simple pasatiempo para convertirse en un afilado instrumento de disección sobre la actualidad (al menos en Estados Unidos, porque lo que es en España quedó claro que las intenciones van por otro camino muy distinto, muy alejado).

Dicho esto, no cabe duda de que se está haciendo necesario generar espacios discursivos críticos en torno a este fenómeno y, en este sentido, el simposio ha dado un paso importante para ello: se han podido escuchar diversas voces que han dado forma al conjunto de series que sobrevuelan nuestro interés. La primera de estas voces pertenece a nuestro compañero Enric Ros, quien fue desgranando, en su intervención, la nueva dimensión de la figura del héroe, por no decir su declive, dentro de las ficciones: desde la visión idealizada de Josiah Bartlett, el presidente protagonista de El ala oeste de la Casa Blanca (Aaron Sorkin, 1999-2006) hasta la ambigüedad de Jack Bauer, Walter White, Don Draper y compañía, las series han ido corrompiendo la figura central a la vez que su visión del mundo que la rodea. Todo ello envuelve de una cierta melancolía la visión del héroe perdido en pos de una revelación de cómo poco a poco se ha ido desmembrando la función de un héroe ideal que ya no tiene cabida en una sociedad que da por perdida la inocencia primigenia. Buscamos protagonistas que bajen al barro de la realidad, se manchen las manos con el hollín de los problemas éticos y queden desnortados ante la visión de una realidad fragmentada.

Por su parte, Fernando de Felipe e Iván Gómez, en ponencias diferentes, pusieron de relieve la dimensión política del fenómeno televisivo: si ya con Enric Ros podíamos vislumbrar esta dimensión en la configuración del héroe, estas dos ponencias supieron poner el dedo sobre la llaga. La representación del 11-S ocupó el discurso del primero de ellos para poner de relieve diversos aspectos de la pequeña pantalla. La inmediatez que se desprende de este medio de comunicación permite relacionar la ficción con la mas inmediata actualidad: a la inversa que en el ámbito cinematográfico, la televisión dio una rápida respuesta a los terribles atentados, ya sea de una manera más directa (véase la franquicia CSI New York [Zuiker & Mendelsohn & Donahue, 2004-presente]) o a través de subterfugios más disimulados (ahí está The Sopranos [David Chase, 1999-2007]). No hay serie pequeña en cuestión de ideología, dijo el propio Fernando de Felipe, y desde luego Iván Gómez hizo buena gala de ello: la segunda de estas ponencias nos puso ante los ojos la densidad del discurso político dentro de algunas series, ya sea The Wire (David Simon, 2002-2008) o Rubicon (Jason Horwitch, 2010), haciendo un llamamiento a una aproximación transversal y multidisciplinar. Exponiendo con lucidez la profusa investigación de fuentes que recorre la espina dorsal de algunas series, los oyentes pudimos comprobar cómo los fotogramas de estas series quedan recubiertos por la complejidad propia de la realidad.

No podía faltar, evidentemente, una aproximación a la configuración de la “caja tonta” como objeto de culto, a cómo se ha desarrollado este respeto creciente por un medio “popular”: con desparpajo y gran didactismo, Concepción Cascajosa, adquiriendo los ropajes de una arqueóloga televisiva, fue desenterrando los precedentes que nos han allanado el camino hasta la actual veneración por las series. A través del díptico televisión de culto (con Buffy, the Vampire Slayer [Joss Whedon, 1997-2003] como bandera) vs. televisión de calidad (en este caso, The Sopranos) la ponente dio un zarpazo a la construcción de un canon: la necesidad de conjugar Battlestar Galactica (Ronald D. Moore, 2003-2009) junto a Treme (David Simon & Eric Overmyer, 2010-presente) es una tarea obligatoria para entender la dimensión real de la situación televisiva actual. El discurso académico, como este simposio ha demostrado, ha de construir un diálogo plural que dé cabida no sólo a esas series concebidas como estandartes de la calidad artística/estética sino también a todas aquellas que parecen escapar a esta etiqueta: la armonía debe procurarse en la diversidad.

Raquel Crisóstomo nos ofreció una charla sobre el imaginario colectivo serial: la cuestión en torno al fan, los nuevos héroes... Y, lo que es más interesante, la narrativa “transmedia”, es decir, el desarrollo de hilos argumentales que se desprenden y que se desarrollan en medios paralelos a la televisión, alimentando los juegos intertextuales y dotando de organicidad al universo de la pantalla catódica. Todo ello prefiguró el escenario en el que participarían Javier J. Valencia, Joan Marimón, David Broc y Aurora Oliva: un escenario en el que se abrieron preguntas que se mantendrán en el aire durante mucho tiempo: ¿estamos en una (nueva) Edad de Oro de la televisión? ¿Cómo se ha visto alterada la recepción a través de las series? ¿Se puede seguir hablando de autoría dentro de este universo? ¿Podríamos conformar un canon? Con todo lo dicho, con las nuevas ventanas que se abren, con el camino que nos queda por recorrer en una selva prácticamente virgen (al menos en España) no me dirán que no es preciso seguir abriendo espacios críticos donde aproximarnos a un mundo que nos habla, cara a cara, desde el interior de nuestro hogar, desde nuestra intimidad colectiva.

Publicado en Jump cut | Etiquetado , , , , | Deja un comentario

2. Mímesis: en los límites de la imaginación

“Podérsela imaginar –pero también: poder imitarla. ¿Hay que imaginársela para poder imitarla? ¿Y si no es el imitarla igual de fuerte que el imaginársela?”
 Ludwig Wittgenstein, en "Investigaciones filosóficas"
 

No cabe duda de que cuando nos referimos al concepto de remake a uno le viene a la cabeza la falta de ideas nuevas, el inmovilismo mental e imaginativo de los guionistas y un largo etcétera de adjetivos más o menos peyorativos. No obstante, la omnipresente fábrica de películas, Hollywood, no fue la primera que se inventó el concepto de remake: mucho antes que ella, mucho antes de que el cine comenzara a iluminar nuestra cotidianeidad, el arte ya había concebido la copia como un medio de conocimiento y aprendizaje. Caminando en el polo opuesto de la idea de copia como simple refrito de lo ya realizado, la mímesis nos permite recuperar un hilo del pensamiento occidental que nos retrotrae a los inicios de nuestra cultura.

Así, ¿cómo podemos recuperar el término mímesis para un ámbito tan específico como el del remake? Aproximémonos hasta los tiempos dela Antigüedad para encontrarnos bajo el auspicio de Platón y Aristóteles. Con ellos se inició la concepción del arte como mímesis, es decir, como copia: centrado en el ámbito de la pintura, la escultura y la poesía, Platón trató de concebirlos como meros calcos de la realidad, una reproducción exacta del mundo exterior que nos rodea. No obstante, Aristóteles, en un giro mucho más interesante y productivo, acercó la mímesis al ámbito de la representación: con ello, se ampliaban los límites de la copia permitiendo sostener “la tesis de que el arte imita la realidad, pero la imitación no significaba, según él, una copia fidedigna, sino un libre enfoque de la realidad; el artista puede representar la realidad de un modo personal” [1]. El artista reconstruye, resignifica con sus materiales, hace aparecer en el objeto artístico nuevos elementos antes invisibles: en fin, desvela ante la mirada de quien contempla la obra espacios y dimensiones que no hubiera podido entrever.

No cabe duda de que lo que aquí se está discutiendo es la relación del arte con la realidad, su representación de la realidad, ¿cómo aproximarlo a los contornos del cine? ¿Cuáles son las concomitancias entre la mímesis y el remake? ¿Y si concebimos que el remake busca una nueva representación de la imagen y el tiempo, los dos materiales que nutren al cine? Hagamos un pequeño recorrido por algunos de los filmes que se analizan en este especial para poder observar las distintas concepciones que pueden derivarse del remake.

La imagen en el espejo

Simplificando este discurso, la mímesis está poniendo en juego la idea de referente, de modelo, frente a un espejo, frente a su otro: una mirada que acciona un “autoextrañamiento por el que uno se identifica con el modelo del otro, acomodándose suavemente en él, [que] no exige el abandono de la propia identidad, sino que permite que coexistan la dependencia de la autonomía” [2]. Así, de la misma manera que la mímesis conecta el arte con la representación de la realidad podemos pensar el remake como un mecanismo metatextual que busca conectar la imagen consigo misma, imaginarla de otro modo, mediante la repetición de la diferencia. El cine, entonces, comenzaría a concebirse como desdoblado, como un hiato que se descompone en una imagen doble, en un espejo que se refleja a sí mismo para mostrarnos la autorreferencialidad como eje estructurador del pensamiento “imaginístico”. Se trata, sin duda, del tránsito a otro mismo: es la forma del hiato, de la ruptura, de la escisión en unidad, de “hacer ver lo indiscernible, es decir, la frontera [...]. El todo sufre una mutación [...] para convertirse en el ‘y’ constitutivo de las cosas, en el entre-dos constitutivo de las imágenes” [3].

Ciertamente, con el remake podemos pensar la unidad como una relación entre lo mismo y lo diferente, generando una relación de codependencia que se extiende en una búsqueda de la imagen frente a sí misma hacia una indagación de su propia naturaleza. He ahí, pues, un punto clave, la copia como una búsqueda ascética de la esencia de la imagen, del plano: el distanciamiento que permite el desdoblamiento abre una brecha en el plano, un acceso al fondo de ambas imágenes. Un ejercicio similar trató de realizar Gus Van Sant con su Psycho (Psicosis) (Psycho, 1998) como calco de la obra maestra de Alfred Hitchcock Psicosis (Psycho, 1960): fotograma por fotograma el director norteamericano nos confirma cómo la copia puede abrir la brecha de la diferencia. Pero adentrémonos en la filmografía de otro autor que hacia el final de su carrera realizó remakes de sus propias obras: Yasujiro Ozu. Varios son los filmes que así lo atestiguan: Primavera tardía (Bashun, 1949) tiene su reverso en Otoño tardío (Akibiyori, 1960), Historia de hierbas flotantes (Ukikusa Monogatari, 1934), en La hierba errante (Ukigusa, 1959), etc. ¿Por qué revisitar una serie de películas que el propio realizador ya había filmado tiempo atrás? ¿Por qué recorrer el mismo camino? ¿Quizás en busca de la imagen justa, de aquella que le permita acceder al núcleo de significación? Filmar no lo que se ve, sino lo que se debería observar, cómo debiera ser la imagen. ¿Qué nos puede decir el espejo del modelo que refleja? Quizás, Ozu busca filmar esa imagen que exprese el cambio (no en vano su imagen fetiche es la del tren recorriendo las vías hacia un punto indeterminado), el frágil y prístino espacio de la diferencia en la continuidad de dos películas que se filman a sí mismas: la otredad se convierte en encadenamiento, más allá de la imagen única, de la imagen justa, surge la fisura como espacio de comprensión de una diferencia yuxtapuesta. Sin duda, esta mímesis busca la respuesta a la pregunta “¿Qué nos dice el espejo de nuestra realidad?”

La imagen desde el tiempo

Saltando más allá de los límites dela Antigüedad, adentrándonos en la época del gran humanismo, nos encontramos con que la idea de mímesis, alejada de la simple idea de copia y original, es decir, alejada de la dimensión ontológica, se adentra en un nuevo espacio de reflexión: “el Renacimiento introdujo una nueva tesis que [...] tuvo unas consecuencias bastante importantes: el objeto de imitación debería no ser sólo la naturaleza, sino también y ante todo, aquellos que fueron sus mejores imitadores, esto es, los antiguos” [4]. Como bien se puede entender, de lo que aquí se trata es de revalorizar la tradición, el pasado como autoridad, como eje compositivo: esto conlleva, evidentemente, una relectura de esos objetos pretéritos a los que se vuelve a resituar ante la mirada de todos, ante la mirada del presente.

Esto puede verse muy bien en cómo Pecado original (Original Sin, Michael Cristofer, 2001) revisita el clásico de François Truffaut La sirena del Mississippi (La sirène du Mississipi, 1961); en cómo los Coen deambulan por los paisajes fílmicos de Henry Hathaway en Valor de ley (True Grit, 2010). Pero tomemos como ejemplo Un couple parfait (2005), de Nobuhiro Suwa, readaptación confesa de Te querré siempre (Viaggio in Italia, 1954), de Roberto Rossellini. El filme nos hace vislumbrar, mediante una puesta en escena basada en una serie de planos secuencia que fragmentan los marcos de la imagen, los ecos y reverberaciones que las imágenes de Rossellini han dejado impresas en sus planos. El autoextrañamiento que se produce al poner de manifiesto las resonancias temporales de la copia no es más que el medio en el que ambas imágenes se toman la una a la otra y se encaminan hacia un desdoblamiento que obliga a pensarlas como una unidad. La cita se convierte en la figura de esta praxis de la mímesis, del remake: la cita como mecanismo de unión y de reconstrucción de un modelo que transita dos espacios temporales. Modelo y remake se convierten en un complejo comentario de sí mismos.

No se trata, evidentemente, de crear un objeto más preciso, más complejo, de mejorar el modelo desde el que se parte: se trata de adoptar el mismo espacio desde el que los filmes puedan intercambiar entre ellos sus diálogos, sus disputas, que los rostros de sus protagonistas se fundan en una sola imagen. La copia, pues, no trata más que de desenterrar esas figuras escondidas en el fondo de la imagen: el remake trata de descubrir la mirada que se esconde en el pasado para hablar del instante fugaz del “ahora”. No se trata de ver lo exterior de la imagen sino lo que ocupa su interior, la imagen que subyace al texto visual.

La imagen como eco

Por supuesto, no todo se queda aquí, ciertamente hay autores que readaptan obras ya existentes, revisitaciones de obras olvidadas o célebres. Pero también existe un espacio más ambiguo, en el que la mímesis navega por la indeterminación de lo mismo: “la mímesis no es un intento de duplicar la presencia de las cosas en el mundo, sino básicamente un acto de imitación creativa” [5]. Se abre aquí la posibilidad de concebir, de una vez por todas, la idea de copia como acto puro de creatividad, la adopción de ésta como medio de imaginar lo presente: un acto que, por paradójico que parezca, lleva a la libertad creativa. ¿De qué otra manera podríamos pensar el neoclasicismo, fuente de una explosión creativa que desbordaba la simple imitación de modelos clásicos? Esto nos lleva hacia la famosa idea que elaboró un gran pensador del cinematógrafo, Gilles Deleuze: la “génesis virtual” [6], un concepto que nos permite ubicar el espacio de la diferencia en la repetición: algo que lleva rondando el desarrollo de este escrito y que por fin tiene su hueco dentro de la idea de mímesis. Esta génesis nos traslada hacia un espacio en el que no se copia ya un cierto modelo, una cierta obra, sino el simple acto de creación, es decir, se adopta la capacidad creativa para reencontrarse con el pretérito: libertad en el, aparentemente, acotado espacio de la copia.

De ello nos dan muestras dos obras muy dispares entre sí pero que comparten el mismo núcleo: tanto Café Lumière (Kôhî jikô, 2004) de Hou Hsiao-Hsien como Lejos del cielo (Far from Heaven, 2002) de Todd Haynes son una buena muestra de lo que pretendo expresar. Ambos se conciben como un homenaje a dos celebérrimos directores: Yasujiro Ozu y Douglas Sirk, respectivamente. En ambos filmes se hacen reconocibles elementos presentes en las filmografías de estos dos célebres realizadores: no se trata simplemente de reconstruir sus filmes sino de recrearlos mediante una reinterpretación que adopta su estilo para convertirlo en un nuevo producto híbrido que no hace más que reproducir la capacidad creativa, traspasarla de Sirk a Haynes, de Ozu a Hou. Ya no se trata de duplicar un filme sino de adoptar la creatividad de un autor, su universo propio, y proyectarlo en unas imágenes que, sin pertenecerlos, les son propias: “la imitación no significaba reproducir la realidad externa, sino expresar la interior” [7]. El eco habita los planos de estas películas: ya no se trata de un símil externo, por imágenes, sino de una copia de la creatividad.

Coda final: ¿imitación o imaginación?

No cabe duda, después de lo aquí expuesto, que la idea de remake nos lleva a transitar por parajes más complejos de lo que cabría esperar a simple vista: nuestro breve viaje a través del término “mímesis” nos ha hecho visitar distintos parajes cinematográficos en los que habita siempre una misma idea, es decir, que lo que aparenta ser una copia no es más que una representación de la otredad de lo mismo. Desde la imagen como duplicado de sí misma, representación de su original, hasta la idea de cita a tiempos pasado y de la creatividad como eje constructor, nuestro propósito ha sido observar que la mímesis se aproxima más a la idea de una representación siempre nueva, siempre diferente, a la idea de invención como reencuentro, resignificación.

De este modo, las palabras iniciales de Wittgenstein cobran especial relevancia: ¿hasta qué punto imaginación e imitación quedan ligadas? ¿Hasta dónde alcanza la imaginación en el remake? ¿Dónde alcanza su limite la imitación en pos de una renovación? La copia debe ser capaz de hacernos ver lo que permanece y lo que cambia, el tránsito hacia una nueva forma, hacia un nuevo espacio: como diría el filósofo Nishida, hacernos “ver la forma de lo sin forma” [8], el hiato que se abre entre lo Mismo y lo Otro.

 

Notas:

  1. TATARKIEWICZ, Wladyslaw: Historia de seis ideas: Arte, belleza, forma, creatividad, mímesis, experiencia estética, Madrid: Editorial Tecno/ Alianza, 2007, p. 303. 
  2. HABERMAS, Jürgen: El discurso filosófico de la modernidad, Madrid: Akal, 2011, p. 81. 
  3. ŽIŽEK, Slavoj: Órganos sin cuerpos, Valencia: Pre-Textos, 2004, p. 84. 
  4. TATARKIEWICZ, Wladyslaw, Op. Cit., p. 308. 
  5. QUINTANA, Àngel: Fábulas de lo visible, Barcelona: Acantilado, 2003, p. 49. 
  6. ŽIŽEK, Slavoj: Op. Cit., p. 43. 
  7. TATARKIEWICZ, Wladyslaw: Op. Cit., p. 301. 
  8. NISHIDA, Kitaro: Indagación del bien, Barcelona: Gedisa, 1995. 
Comentarios desactivados

‘El hijo de la pradera’ (‘Tumbleweeds’, King Baggot, 1925)

Hablando del western desde su ocaso

DVD "Edición especial coleccionista" - Versus

Película fundamental para el devenir del western, el último filme que protagonizaría William S. Hart marcaría una línea temática que luego sería recorrida en incontables ocasiones: el paraíso perdido por los cowboys a causa de la llegada de nuevos colonos a tierras vírgenes. La película nos muestra que la autoconciencia que tenía el género sobre sí mismo se desarrolló desde una época muy temprana del cine: el filme hace gala de una serie de códigos ya establecidos para hablarnos de su paso a un nuevo mundo.

Para ello, la edición de Versus viene bien nutrida de extras que nos ayudan a visibilizar brevemente el desarrollo de estos códigos y cómo éstos fueron utilizados para transgredirlos. Para ello, esta edición parte del célebre corto de Edwin S. Porter, The Great Train Robbery (1905), para mostrarnos los ejes iniciales del género que más tarde serían si no transgredidos sí reutilizados para subvertirlos: The Battle at Elderbush Gulch (D. W. Griffith, 1913) hace gala de la maestría de su director en el montaje paralelo; ahí está la desasosegante By the Sun’s Rays (Charles Gibling, 1924), un filme que ahonda en la investigación para descubrir un topo; por su parte, The Ruse (William Clifford & William S. Hart, 1915) se adentra en la ciudad para hablarnos de la mafia desde el western; finalmente, tanto His Bitter Pill (Fred Hibbard & Mack Sennett, 1916) como West of Hot Dog (Joe Rock, 1924) nos muestran una recreación cómica y patética del universo que rodea a los héroes del oeste. Se trata de un recorrido sumamente interesante para observar cómo se puede hablar de un género desde sus derivas: como bien dijo Carlos Reviriego, “sabemos que el western, más allá de su época y su lugar, es una poética” [1] y como tal debe ser copiada y reescrita, pervertida y renovada con el respeto y la valentía de las nuevas lecturas.

Todo ello responde de manera excelente a los propósitos del filme: el crepúsculo de una época, la del Far West, en el que el mito invade la historia, creando un espacio idealizado en el que el protagonista, Don Carver (William S. Hart) vivía alejado de preocupaciones, en un jardín del Edén desértico, pero en el que vivía en armonía con los nativos. Un espacio que se ve truncado por la llegada de los colonos que buscan un espacio en el que instalarse, corrompiendo la tranquilidad y la idealidad: comienzan los celos, las envidias, el odio, pero también traen consigo el amor y el sentimiento de comunidad. Desde el fin de las cosas, el héroe acepta su nueva condición social como miembro de una gran comunidad en la que debe disolver su identidad en el marasmo de la cotidianeidad en pos de un nuevo nacimiento. El hijo de la pradera renace en los nuevos límites de la futura urbe que imposibilitaría el libre movimiento de los arbustos a los que se refiere el título original del filme.

Este repaso histórico del western en sus inicios en el que se torna esta excelente edición, se complementa con un video-ensayo de Raúl Alda, subdirector del programa Días de cine, en el que de manera sencilla y didáctica se nos ofrece un contexto del filme para poder introducirnos en él. Asimismo, dos textos se recopilan en el libreto que acompaña al DVD: un artículo histórico-analítico del actor y del filme escrito por Quim Casas, y otro, breve pero intenso, en el que se hace un recorrido de los cortos que alimentan a esta edición haciendo referencia a la hibridación de géneros. Tres complementos ideales para profundizar en un tema tan amplio como interesante: el género que sentó las bases de la recreación mítico-histórica de los Estados Unidos. Esta edición guarda una sorpresa más: la sentida despedida del actor protagonista del mundo del cine, rodado en una serie de sencillos planos que refuerzan la expresividad de las palabras. Un prólogo al filme que condensa la fuerza poética del final de un mundo, de una vida, de una representación.

Notas:

  1. “Deadwood. Profanaciones”, REVIRIEGO, Carlos, en Cahiers du Cinéma. España. N15, Septiembre, 2008. 
Publicado en Reseñas | Etiquetado , , , , , , , | Comentarios desactivados

La escritura de la memoria: imágenes del presente

“La imagen auténtica del pasado sólo aparece como un fogonazo. Una imagen surge y se eclipsa para siempre en el instante siguiente. La verdad inmóvil, aquella que el investigador siempre espera, no corresponde en absoluto a ese concepto de la verdad en materia histórica. Ésta se basa, más bien, en el verso de Dante que dice: es otra imagen única, irremplazable, del pasado que se desvanece con cada presente que no ha sabido darse por aludido en ella”.

Walter Benjamin, Tesis sobre la filosofía de la historia.

Describió Platón, en su diálogo Fedro, en el que podemos leer el mito de Theuth y Tamos, la creación de la escritura y sus repercusiones en el ámbito del conocimiento y la memoria. Las palabras, como portadoras huecas del fantasma de lo pasado, traerían consigo la ubicuidad del desconocimiento: ya no habría contacto directo con aquél quien construye su pensamiento, sino con las huellas de la palabra escrita, que se diluiría en el pensamiento como una nube en el cielo. Poco consciente de que estaba abriendo la vía de entrada a la hermenéutica, Platón temía de la escritura aquello que ahora la convierte en excelsa: su capacidad de generar un diálogo con las mentes de aquellos que se abocan a las letras... y a las imágenes.

La memoria, como la escritura, aparece como un trazo que revive siempre en el presente y que se aleja, a la vez que se aproxima, de aquello que trata de revivir: el pasado. La conciencia de esa distancia, de ese abismo, asemejado al que se produce entre dos planos, nos permite recomponer la imagen del pasado. ¿Cómo es ello posible? Tal y como escribió Henri Bergson en su fundacional Materia y memoria, el recuerdo se forma a partir de los procesos de descomposición y recomposición, un proceso de síntesis que lleva al pasado a re-presentarse en el ahora de la imagen: comprendiendo que el pasado es inalcanzable, éste sólo puede ser apresado a través de la representación, en la actualización de la imagen: una puesta en escena que evoque la presencia de lo ausente. Podemos bautizar este proceso con un término importante en la terminología bergsoniana, tal como es el de proceso imaginativo, poniendo en juego el recuerdo como imagen y la memoria como imaginación. Todo ello puede parecer que nos sumerge en la artificialidad, pero si tratamos de comprender el proceso imaginativo a la manera de la narración aristotélica, es decir, como proceso de cohesión y recomprensión, este proceso bergsoniano nos encamina hacia una de las funciones de la trama: la opsis, es decir, el “dar a ver”. La síntesis “imaginística” no es una simple traslación mimética del pasado sino una recomprensión que trata de observar el pasado a la luz del presente.

¿Cómo puede la imaginación tener algo que ver con la recreación del pasado, algo que parece inscrito en la narración historiográfica y que, por tanto, debe estar alejado de la “representación”, en tanto que artificialidad? Si se me permite, partiré de dos ejemplos que en principio son dos representaciones de la memoria que parten de un mismo espacio pero que pertenecen a géneros distintos: por un lado, tenemos la obra monumental Shoah (Claude Lanzmann, 1985), por el otro, La cuestión humana (Nicolas Klotz, 2007). El nexo de unión, más allá de una memoria del holocausto nazi, lo encontramos en la puesta en escena de una carta que se redactó el 5 de junio de 1942 y en la que se especificaban los cambios a realizar en los camiones de gas en los que se “trataba” a sus ocupantes. ¿Cómo reflejar la memoria inscrita en una carta, su eco en el presente?

El documental de Lanzmann opta por mostrar la Ruhr, zona industrial de Alemania, mientras en off suena la voz del realizador francés relatando la carta:

Los largos travellings laterales parten de la palabra que oímos a la imagen y nos obligan a buscar en el presente las marcas del pasado, a observar en las construcciones industriales la visión de aquello que no pudimos ver: la imposibilidad de ver se torna en obligación de mirar y ante los ojos comienza a formarse la ficción de lo real, a aparecer ante los ojos, no sólo la metáfora industrial sino la posibilidad de reconstruir lo ausente. El movimiento de la cámara descompone imaginísticamente la realidad para fracturar la imagen: de ahí la importancia de que se trate de largos planos para mostrarnos que la brecha se ha de abrir en nuestra visión, en nuestra imaginación. No en vano decía el realizador que “lo real es opaco. Es la configuración verdadera de lo imposible. ¿Qué significa filmar la realidad? Hacer imágenes a partir de lo real es hacer agujeros en la realidad” [1]. La materialidad de sus imágenes obliga a considerar la mirada como punto de partida de la recomposición de la imagen, realizando la opsis precisamente a través del peso de la ausencia, del olvido: la cámara parece ubicada en ese camión fantasma que recorre las carreteras. El olvido se encarna en la materialidad de los planos para erigir la mirada del espectador como la creación de la memoria.

El filme de Nicolas Klotz, por otro lado, parte de la imagen a la palabra, mostrándonos al protagonista leyendo la carta en voz alta, para revelar una memoria escondida en los intersticios de la dinámica capitalista, en la que la perversión del lenguaje da pie a la convivencia con el olvido (del horror nazi). La secuencia muestra, por separado, las manos que sostienen el documento y el rostro que recita las palabras: materia y oralidad unidas en una secuencia que se erige como el encuentro de la realidad en la ficción. Se resquebrajan así los límites del lenguaje, estalla entre las costuras de estos planos la realidad del olvido en el que se cimienta el filme: las palabras de la carta nos conducirán a la negrura del olvido en el que comenzar a construir la memoria.

“¿Cómo hablar de lo indecible? Ciertamente, debemos hablar acerca de ello, pero ¿cómo podríamos hacerlo?” [2], se preguntaban Alice y Eckhardt, ya no sólo sobre el horror nazi, sino que, podemos añadir, sobre el olvido. Pues bien, la puesta en escena de ambas representaciones de la carta contiene ecos que permiten relacionarlas y observar en qué modos la dialéctica de la memoria y el olvido entra en juego en la escritura del recuerdo para empalabrar lo indecible. Por un lado, los paisajes industriales que filma Lanzmann se mantienen como trasfondo de la escenografía de la película de Klotz: el paisaje de la memoria documental nos obliga a recordar el pasado que habita entre las costuras de la realidad (Shoah) y la necesidad de representar ficcionalmente esta memoria (La cuestión humana) para desvelar las capas de realidad y significación. Por otro lado, del eje industrial pasamos al eje humano en un claro descentramiento del objeto evocador: la cámara pasa de retratar el paisaje memorístico al objeto evocador. La voz en off pasa a ser voz presencial, voz retratada mediante una luz que ilumina las palabras y las imágenes. De la orfandad de las palabras, del lenguaje, como irrepresentabilidad del Otro, se pasa a la encarnación del mismo a través de la ficción.

Pero, ¿dónde entran en juego exactamente los “procesos imaginativos”? Justamente en el juego de representar mediante imágenes que no pertenecen al pasado, de ahí la importancia de no utilizar imágenes de archivo por parte de Lanzmann. Nada de mostrar objetos del pasado: sólo imágenes del presente, imágenes que suspendan el tiempo en busca de una comprensión actualizadora. Ambos filmes parecen hacer suyas las palabras de Gilles Deleuze: “Cualquier presente es, desde su aparición, su propio pasado. [...] El pasado es ‘contemporáneo’ del presente que fue. [...] Nunca el pasado se constituiría, si no coexistiera con el presente del que es pasado. [...] El pasado no sólo coexiste con el presente que fue, sino que es el pasado, íntegro, todo nuestro pasado que coexiste con cada presente” [3]. Nada de reminiscencias, simplemente la constatación de que la memoria parte del presente del olvido, que cada uno de estos presentes es su propio pretérito: el olvido, como imposibilidad de ver el pasado, obliga a imaginar como vía de conocimiento.

La destrucción, la desintegración simbolizada por la negrura que ocupa el último plano del filme de Klotz, se convierte en el principio de recomposición en el que hacer surgir la huella, como en ese bello plano de Shoah en el que la luz se filtra entre la oscuridad. Vemos a través del olvido, recuperamos desde la desaparición: ambos filmes construyen una memoria a través del olvido. Como un último rayo de luz, como una puerta a lo inesperado, el recuerdo se abre paso a través de la espesura del olvido, abriendo caminos en la noche de la memoria.

Puede parecer un oxímoron, una paradoja, pero a través de esa descomposición dominada por la inexistencia de imágenes del pasado, llegamos a la recomposición de una cierta imagen actualizadora de nuestra comprensión: el pasado no es aquello que queda atrás sino el presente de lo acontecido. Podemos crear, en un acto de visualización imaginística, la huella: el tiempo de la memoria es la contemporaneidad de lo ya acontecido y como tal se muestra irrecuperable: sólo puede existir el presente del pasado. La carta representada, las imágenes escritas: dos figuras que se sumen en la descomposición y recomposición que se produce en cada película y en el paso de una a otra y que evidencia que el proceso imaginativo deviene en esa otra imagen que aparece como un fogonazo, rigiendo el tiempo de la memoria. Nuestro diálogo con el pasado se establece como una nueva imagen, quizás no podamos hablar con el pasado directamente, como Platón decía de las palabras, pero sí podemos crear un imagen comprensora a través del recuerdo evocado en los intersticios de los planos que componen Shoah y La cuestión humana, la descomposición y recomposición está en nuestra mirada imaginativa.

Notas:

  1. Zunzunegui, Santos, “Poder de la palabra: Las películas de Claude Lanzmann sobre el Holocausto”, en Letras de cine, nº 7, año 2003, Págs. 54 - 59. 
  2. White, Hayden, El texto histórico como artefacto literario, Barcelona, Paidós, 2003, Pág. 200. 
  3. Ricoeur, Paul, Memoria, historia, olvido, Madrid, Trotta, 2010, Pág. 564. 
Comentarios desactivados

‘Flujos de la melancolía. De la historia al relato del cine’ (Carlos Losilla)

Arqueología de la melancolía

Reflexión de un cierto estado actual del cine y de la crítica a partir de una mirada metacinematográfica convergente en dos obras, Histoire(s) du Cinéma (Jean-Luc Godard, 1998) e Inland Empire (David Lynch, 2006), el último libro de Carlos Losilla engarza con una línea de pensamiento que recorre los albores de la modernidad (Poe, Baudelaire) y su plenitud (Benjamin, Godard) hasta llegar a las luces de la postmodernidad (Lynch) para hablarnos de la mirada, la nuestra y la del cine, como agente narrativo e identitario. La tarea es compleja pero el autor sabe manejar con soltura el gran abanico de ideas y autores que se aparecen en su andadura intelectual: su texto sabe condensar de manera ejemplar la idea de modernidad líquida, tan cara a Zygmunt Bauman, a través de las imágenes de Godard y de Lynch.

Tomando las imágenes como generadoras del pensamiento, Losilla analiza pormenorizadamente, en dos partes bien diferenciadas, el final del Capítulo 1b de la obra de Godard, por un lado, y la secuencia final de Inland Empire, por el otro, para poder mostrarnos de qué manera la historia del cine, bajo el signo de la melancolía, se construye a través de su propia fragmentación. Laberinto de intertextualidades, la obra godardiana se nos muestra como un indicio de la crisis del relato histórico que toma de su propia condición de collage interartístico la posibilidad de una redención a través de los intersticios. A través de ella, a través de la brecha que se genera mediante la concatenación de imágenes se permite la revelación de una no-imagen escondida, de toda una “constelación” (recuperando la terminología de W. Benjamin) que hace emerger en el ahora la presencia del pasado invisible. El relato histórico, pues, se cristaliza en el instante presente en el que las imágenes parpadean y se fusionan ante la mirada y la memoria: el cine, como espejo de la historia, obliga a retomar sus imágenes como piezas para reconstruir una narración que siempre finalice con un “à suivre”, a la manera godardiana. Será esta cualidad de no finalización la que justifique la melancolía de la historia.

El cine, en concreto Godard, ha servido al autor, hasta aquí, para poder hablar del relato histórico y su carácter fragmentario. En una segunda parte dedicada a la obra de Lynch, Losilla tomará la ficción cinematográfica como metanarración de su propia historia. Y es aquí donde su análisis abre nuevas vías de concebir la historiografía y la crítica cinematográfica: sin duda, esta segunda parte, aunque más fragmentada e inconexa que la anterior, da forma a todo un séquito de ideas que deberán ser tomadas en cuenta para una indagación más profunda. La brillantez del análisis de Inland Empire facilita la comprensión de esta obra poética, auténtico estandarte ficcional de esa fragmentación ensayística godardiana. Tomada como una narración de la historia de Hollywood, la mirada se convertirá en el eje significativo del filme: recuperando la desintegración de la identidad del yo moderno, a través de la “negative capability” (extrañamente ausente en el texto) del poeta inglés John Keats, y de su encarnación en la mirada, la propia desestructuración del filme será el eje de una triple representación: de la historia de Hollywood, de la ilegibilidad del mundo y del flujo identitario. Un audaz arqueología de las pesadillescas imágenes de Lynch nos permitirá visitar los relatos de Poe y los poemas de Baudelaire en busca de esa historia de la mujer fantasma, de la desintegración de la identidad en pos de una comprensión de esa otra realidad escondida en los pasillos y galerías de la imaginación.

El texto de Carlos Losilla, consumado crítico y teórico del arte cinematográfico, tiene el mérito de dar un paso adelante y crear el esbozo de un pensamiento que, espero y deseo, tenga continuación: filosofía de la historia a través de las imágenes del cine que toma a éste, el cine, no sólo como objeto de estudio y análisis sino como medio filosófico. La capacidad de extraer de unas pocas imágenes todo un mapa de interrelaciones, ya no sólo con otros filmes sino con otras artes, habla muy bien de un texto que, por otro lado, es en exceso sintético y que tiene en esta síntesis su principal enemigo: de haber dotado de más extensión a su argumentación y de haber indagado la vertiente más teórica de su exposición el texto hubiera ganado en comprensión y densidad (una mayor profundización en Paul Ricoeur, en la teoría de la “negative capability” a la hora de hablar de Baudelaire y Poe, etc.). Asimismo, no hubiera estado de más añadir, más allá de las escasas imágenes que contiene, la totalidad de las escenas que el propio autor desgrana para poder mejorar la interacción de las letras y las imágenes. A pesar de ello, se trata de nimiedades que no afectan en gran manera el objetivo del autor pero que hubieran acabado de perfilar el corpus del texto de un modo excelente.

Así pues, el valor del que hace gala Losilla al dibujar un mapa del pensamiento contemporáneo es comparable a los riesgos que corre al tratar de abrir nuevas vías críticas que tomen como punto de partida la melancolía, esa sensación que nos hace mirar hacia atrás al tiempo que caminamos hacia delante, como el Ángel de la Historia: el cine avanza incansable e implacable hacia el futuro, devolviéndonos a nosotros, espectadores, la mirada que relata su historia. El pensamiento que reconstruye su historia fluye entre las imágenes y su relato se escurre entre las brechas que se abren, poco a poco, segundo a segundo, fotograma a fotograma hacia otra narración, como si cada obra fuera el documental de una historia escondida. De este modo, las imágenes ya no pertenecen a sus filmes, no únicamente a ellos, sino a la mirada que los atrapa y les confiere entidad: la creación de sentido obliga a concebir las imágenes como flujo de un pensamiento que a la vez que las destruye les confiere una nueva vida. La historia del cine, como las cenizas del Ave Fénix, resurge de su desintegración ante la mirada maravillada de quien transmuta las imágenes en puro pensamiento.

Publicado en Reseñas | Etiquetado , , | Comentarios desactivados

6. ‘The General’ (1999)

Retratos de un fantasma

¿Se trata de un biopic, de un thriller que sigue los pasos de un delincuente, de una descripción de la situación social de la década de los ochenta y los noventa en Dublín, o de una comedia con tintes grotescos e irónicos, por no decir cínicos, a partes iguales? ¿Por qué realizar un filme sobre uno de los delincuentes más importante de Irlanda, Martin Cahill? ¿Cómo ubicar esta suerte de biopic, con todas las comillas que hemos apuntalado hace unos instantes, en la filmografía de John Boorman? El filme, en sí, queda conformado por un largo flashback, ubicado en los últimos instantes de vida de Martin Cahill, interpretado por un soberbio Brendan Gleeson, antes de que la bala atraviese el cráneo: un canto de cisne que se centra más en retratar la vida de un delincuente que en crear suspense a través de sus varios robos. He ahí la habilidad de John Boorman para hibridar géneros, buscando en sus costuras el espacio desde el que hablar de uno de sus temas privilegiados: la supervivencia en un entorno hostil en el que el ser humano es el principal peligro.

Así pues, en su afán de forzar los géneros hasta sus propios límites en juegos grotescos (he ahí Infierno en el pacífico [Hell in the Pacific, 1968], un western bélico en el que las palabras hieren más que las balas; A quemarropa [Point Blank, 1967], una historia de venganza en la que el objeto de ira desaparece a la mitad del metraje; Excalibur [1981], una representación barroca del mito artúrico; etc.) para construir una autoconciencia fílmica que le permita poner en entredicho la mirada del espectador, la historia del General le permite mostrar en pantalla los límites de la representación de un outlaw contemporáneo a través de una relectura tragicómica del mismo. Un fuera de ley que sólo puede vivir en los márgenes de la sociedad pero que, he aquí el primer elemento irónico del filme, traslada su domicilio de los suburbios a la zona residencial: el outlaw ya no habita fuera sino en el seno de la comunidad. Esta pequeña transgresión obliga al protagonista a vivir en una identidad escindida: el filme sólo quiere seguir los pasos de un fantasma que deambula sin rumbo en un espacio que no es el suyo.

Como muestra de ello tenemos, sin duda, la mejor secuencia del filme, que condensa, en lo que en otra película podría haber sido una perfecta escena de suspense, el afán de John Boorman de transgredir el género del thriller y llevarlo hacia los senderos de la descripción intimista: en una secuencia de marcado carácter onírico, acentuado por los fundidos a negro que enlazan un plano con otro, Martin Cahill se pasea por una casa, observando a sus inquilinos sin ser visto: el objetivo no es crear suspense sino que compartamos, junto al protagonista, la única secuencia en la que él podrá sentirse libre de sí mismo, deleitándose al observar la vida de los demás, alejándose de la suya. En la noche, allí donde no se necesita máscara para pasear, donde la oscuridad ilumina los deseos ocultos, Cahill logra ser libre.

La necesidad de ocultarse es, sin duda, una de las características más remarcables que Boorman quiere destacar: de ahí que, en los lugares públicos, el protagonista tenga la imperiosa necesidad de ocultar su rostro, ya sea con sus manos, con una capucha o con unas gafas y un bigote grotescos. Lo que podía haber sido utilizado como un simple elemento de tensión en sus apariciones públicas queda trascendido en un elemento grotesco: no es simple ocultarse a la revelación pública sino la asunción del anonimato como medio de supervivencia (siendo, como es, éste uno de los temas predilectos del director británico). La invisibilidad es el medio que puede habitar ante los extraños, su rostro debe quedar vacío a los ojos de los demás. El outlaw no puede existir a los ojos de la sociedad porque pervierte las reglas del juego: asumiendo, pues, su condición ante el mundo, Cahill oculta su rostro a las miradas ajenas.

El General se convierte en el bufón de risa amarga que mediante la mofa muestra el auténtico rostro que inunda las calles de Dublín: tal y como le responde el bufón al rey Lear a su pregunta de si lo considera un bufón, “de todos tus otros títulos ya te has desprendido; con este, sin embargo, viniste al mundo”[1]. La figura tragicómica de Cahill subvierte las normas sociales, convirtiéndose en un fantasma que se sirve de las leyes para protegerse y destruirlas a su conveniencia. Un personaje que pretende pasear sin ser visto: he ahí lo grotesco de una sociedad marcada por su carácter de masa. Un individuo solo, fuera de la ley, alejado de las normas sociales y que pervierte el orden establecido está proscrito y obligado a deambular como un espectro. Lo heroico de Cahill es asumir su propia condición y llevarla como bandera de su existencia, su disfraz es la desnudez en el colectivo, permitiéndole fundirse en la masa y convertirse en una suerte de rey bufón [2].

La grotesca tragicomedia que protagoniza Martin Cahill se abría con una mirada hacia atrás, en un flashback que ocupa la totalidad del filme. No obstante, la mirada final del protagonista es una mirada hacia un futuro que no tendrá, así como toda su vida había sido una constante fuga hacia delante. Su rostro apacible, que esconde el esbozo de una sonrisa, como el de un sabio que ya conoce aquello que ha de acontecer y acata, ya no mira al asesino que le apunta con una pistola sino a aquel joven que él fue una vez, aquel joven que corría por las callejuelas sin saber bien si huía de algo o iba en busca de lo que ansiaba. En cualquier caso, la mirada hacia el pasado, que describe un círculo perfecto e infinito, es siempre una mirada hacia aquello que todavía ha de acontecer: la aceptación de uno mismo. Como ven, el filme de Boorman no es, simplemente, el retrato de un delincuente sino una mirada en fuga.

Notas:

  1. SHAKESPEARE, William: El rey Lear, Madrid: Cátedra, 7ª edición, 2003, p. 105 (Acto I, escena IV). 
  2. No en vano escriben Astre y Hourau en su El universo del western que “el outlaw [...] sólo llega a ser heroico en la medida en que opone, frente a la grandeza del legislador y a la imperfección y relatividad de sus leyes, el rostro a la vez patético, cruel y generoso de un hombre anterior a la Ley”. Ver ASTRE, Georges-Albert y HOURAU, Albert-Patrick: El universo del western, Madrid: Editorial Fundamentos, 1997. 
Comentarios desactivados

‘Somewhere’ (Sofia Coppola, 2010)

Máscaras del tedio

Dos movimientos describen la historia de la última película de Sofia Coppola: el circular y lineal. El primero, que domina la práctica totalidad del filme, plasmado en la escena inicial en la que el coche de Johnny Marco (Stephen Dorff), protagonista del filme, da vueltas en una suerte de circuito desértico, trata de delimitar esa sensación de avanzar para llegar siempre al mismo sitio: esa habitación de hotel donde el protagonista dormita en su quehacer diario. El segundo, filmado en la secuencia final del filme, se convierte en el punto de fuga: ese camino infinito, en el que poco importa adónde nos lleve mientras nos permita transitarlo. Como en el poema de Kavafis, lo importante no será el punto de llegada, sino el viaje.

Así pues, el plano que abre el filme y aquél que lo cierra sintetizan el devenir del personaje protagonista, un actor celebérrimo que se pasea por el mundo como si fuera un fantasma que habita en los tiempos muertos de la gloria y la ampulosidad: encarnación del spleen baudelairiano, Marco deambulará por los pasillos de su hotel buscando en las miradas un espacio donde vivir. La cámara de Coppola, alejada de su protagonista, observará cómo Marco sobrevive ante la inanidad de relaciones, a través del paso indistinguible de los días: “No soy nada. Ni siquiera soy una persona”, sollozará a los pies de su cama. Marco será un ser ausente de sí mismo y la puesta en escena de Coppola, contenida pero bellísimamente expresiva, reflejará ese canto fúnebre de una cotidianeidad a la sombra de la fama. No queda nada hasta que aparece Cleo (Elle Fanning), la hija del desahuciado protagonista, para mostrarle una vía de salida.

No cabe duda de que los personajes en deriva alimentan la filmografía de Coppola: sus vírgenes suicidas, Marie Antoinette, Bob Harris... Este filme en concreto parece erigirse en la imagen especular de su gran obra Lost in Translation (Sofia Coppola, 2003): dos actores, uno en ciernes, el otro en su apogeo, ante la vacuidad de una vida vivida tras las máscaras de la ficción y que toman conciencia de los caminos inexplorados gracias a la irrupción de una joven. Coppola revisita los paisajes áridos de la incomunicación pero con una ligera variación: mientras en la primera sólo podíamos observar la muda despedida entre Bob Harris y Charlotte, aquí será Cleo quien no pueda oír, ensordecida por las hélices de un helicóptero, el lamento de su padre por no haber podido estar con ella. Este leve cambio permite la disrupción entre ambas narraciones: lo que allí era asunción ante lo inevitable del final, se trastoca aquí en la leve esperanza de un nuevo comienzo.

Permítanme un apunte final: hay un plano de esta bella película, uno de los mejores filmados por Sofia Coppola, que condensa en un largo “zoom in” la esencia del filme: Johnny Marco, sentado en una sala de maquillaje, momificado por una máscara de yeso con la que le acaban de cubrir el rostro, esperando, en un largo letargo, a que todo termine. Pero sucede que esta máscara que recubre su rostro nos descubrirá, ante el espejo, sus auténticas facciones: las de un anciano carcomido por el tedioso transcurso del tiempo. La máscara desvela el auténtico rostro del protagonista: como los versos del poema La máscara de W. B. Yeats nos recuerdan, “La máscara fue lo que ocupó tu mente / Y luego hizo latir tu corazón, / No lo que está detrás.” El artificio abre la brecha entre la representación y la realidad a través de un juego de espejos.

Publicado en Estrenos | Etiquetado , , | 1 comentario

‘Transformers 3: El lado oscuro de la Luna’ (‘Transformers: Dark of the Moon’, Michael Bay, 2011)

Propaganda digital

¿Recuerdan La invasión de los ladrones de cuerpos (Invasion of the Body Snatchers, 1956), de Don Siegel? ¿Recuerdan aquellos seres que suplantaban nuestros cuerpos, nuestra identidad? ¿Recuerdan la propaganda, mejor o peor, escondida tras este argumento fantástico? Si lo recuerdan, tendrán una ligera sensación de déjà vu tras visionar Transformers 3: El lado oscuro de la luna. Y es que la última película de Michael Bay reaviva la ficción propagandística adoptando ese temor paranoico tan característico del macarthismo pero transfigurándolo para que sea nuestra amiga la tecnología la que, camuflada en la cotidianeidad, se torne en nuestra contra: los alienígenas pueden adoptar la forma y uso de cualquier objeto tecnológico que nos rodee. Todo ello para gestar una propaganda probelicista que tiene en su cartel el primer indicio: lo que cuenta aquí es la monumentalidad de las armas y el factor humano, como en cualquier guerra, es un “daño colateral” cuya importancia queda minimizada.

Lo preocupante del caso que nos ocupa es que nos encontramos ante un tipo de propaganda bélica que pretende venderse a la juventud con un envoltorio de puro pasatiempo: la pirotecnia visual que permiten unos efectos digitales despampanantes, una ligereza argumental que bordea, si no se abisma, en el ridículo más espantoso (¿por qué los Decepticons masacran a los humanos si pretenden utilizarlos como esclavos?) y con el valor añadido de unas 3D realmente mareantes. Si a este envoltorio le añadimos un desarrollo similar al de los videojuegos shooter (un mata-mata, vamos) difícilmente el público objetivo, los jóvenes, puedan resistirse a su visionado. De esta manera el panfleto que explícitamente pretendía servir de propaganda queda encubierto por el entretenimiento de la ficción: la perversión de la retórica es en Transformers un acto discursivo naturalizado.

Una retórica distorsionada que oculta (quizás no demasiado bien) en las imágenes de esta película una representación del terror apocalíptico provocada por la sociedad post 11-S y una respuesta probélica a dicho terror: Chicago, con sus altos rascacielos, es destruida por unos seres provenientes del exterior que pueden camuflarse fácilmente entre nosotros (esos Decepticons que pretenden reconstruir su mundo y conquistar la galaxia). Para salvar a la humanidad precisaremos de la ayuda de otros extranjeros (¿a nadie le recuerda esto a Afganistán, Irak, etc.?) que estarán al servicio de la justicia y la Libertad. Bajo tales ideales la película hará pasar por una actividad lúdica el desmembramiento de los enemigos y la inclemencia total ante los mismos (¿no quedan muy cerca de ello las fotos de Abu Ghraib?): no hay más que ver el momento en el que Megatrón, el malvado de turno, le pide una tregua a Prime, el héroe, y éste le responde matándolo a golpes. Una actividad interesante para quienes vayan a visionarla: cambiemos a las máquinas por personas y veremos cómo la violencia robótica exacerbada obliga a variar la calificación por edades del filme.

Pero claro está que la retórica (digital) de la que se hace gala en este filme permite justificar el “estado de excepción” que comporta la lucha por “la libertad y la justicia” (parafraseando a Prime) y se permite el ataque aéreo a una ciudad, el uso de la violencia indiscriminada, etc. Se desdibuja así la delgada línea que separa la propaganda bélica de la ficción: debe recalar una conciencia crítica ante semejante espectáculo que evidencie los mecanismos discursivos que hacen de la guerra un objeto de deseo (hablando de deseo, se precisaría otro artículo para poder describir la vergonzosa actuación de las mujeres en la saga). Debemos hacer uso de una hermenéutica crítica que nos muestre las vestimentas del disfraz, las estructuras internas del discurso encubierto y que nos permita ver, en este caso, que el lado oscuro de la Luna no es más que el reflejo de la Tierra.

Publicado en Estrenos | Etiquetado , , , | Comentarios desactivados