Archivo mensual: octubre 2011

DocLisboa 2011: IX Festival Internacional de Cinema

Aromas de Lisboa: peixe, bacalhau y frango grelhado

Estar en el DocLisboa y no hablar del documental portugués visto y oído estos días, es como entrar en una pastelería y no probar bocado. La visión general, exceptuando las sensaciones agridulces de los cortometrajes, es luminosa, con un buen puñado de cintas de hondo calado. A Arca do Éden de Marcelo Félix es, desde mi punto de vista, un muy buen trabajo de texturas fílmicas, consiguiendo con el material y los recursos utilizados una atmósfera más que interesante. Es un canto a la naturaleza en forma de poema visual, una película fraccionada, no lineal –el off se expresa claramente en este sentido, y el producto final es una obra bella. Por tanto una buena película que utiliza nuestra unidad semántica: la imagen, notablemente y su capacidad simbólica como corresponde y sin estridencias. La banda sonora resalta la intención visual, y no encontramos un exceso en la música –de hecho ni nos acordamos de ella, luego en mi opinión, bien utilizada. No es un film que explica el estado del planeta, la sostenibilidad que nos compromete; no explica, simplemente procura emocionar y lo consigue.

Desde una visión mucho más identitaria sobre lo portugués, dos muy inteligentes formas de expresarlo. É na Terra Não é na Lua, de Gonçalo Tocha, plantea una pregunta… ¿De dónde soy? Corvo es un pequeño pueblo de las islas Açores, un lugar en medio de ninguna parte. En medio del Océano, que no es continente, que no es europeo, o sí, o que es portugués o no, pero que está aquí, en la Tierra como un islandés (dícese en castellano de los oriundos de Iceland –Islandia–), es decir la identidad de un outsider geográfico. No hay mucho material sobre las islas, la película recoge historias de vida, testimonios sin ninguna intención narrativa, simplemente de constatación de estar aquí, que en este pueblo casi incomunicado hay gente… hay proyectos y hay poesía. Una identidad parecida a la portuguesa –parecido no quiere decir lo mismo– pero al fin y al cabo esencial de lo portugués: atlántica. 30.000 anos de Maya Rosa es otro film que se mueve en la frontera entre lo identitario, lo irónico y la pregunta existencial humana por naturaleza: ¿qué hago aquí? En el Valle del Côa en el norte de Portugal se han encontrado restos de pinturas rupestres con más de 30.000 años de antigüedad. Este es el hecho que plantea una catarata de preguntas humanas. De repente los vecinos de la comarca se convierten en sabios que revisan los anhelos de la humanidad, la consciencia de ser humanos, el pasado y el futuro.

A Nossa Forma de Vida de Pedro Filipe Marques es uno de los platos especiales en esta selección. Una película inteligente y por lo tanto esencial. Una cinta repleta de ironía y luz, como la que ilumina las estancias de esa casa, la que habitan hace casi cuarenta años una  maravillosa pareja de ancianos en una octava planta, de una torre levantada en la desembocadura del Duero. Él, Armando, comunista y proletario, ella, María Fernanda, consumista y capitalista. Objetos de culto: el televisor y una caja de música donde suena la internacional. Armando en sus ratos libres arregla “cosas” y escribe poesías. Fernanda mira la televisión y hace la colada. Ambos se relajan contemplando el maravilloso estuario del río, unas fantásticas vistas que serán sus estampas crepusculares. Dos percepciones del mundo en un matrimonio, dos visiones del mundo en un edificio ya viejo pero aún confortable, eso es lo que ha conseguido transmitir la cinta: un acuerdo de hecho en un espacio mínimo. Los diálogos, sus pensamientos sobre los problemas del mundo, parlamentos frente al televisor, o escuchando la radio. Dos personas, dos mundos y el mismo mundo, el que habitamos. ¿Esta forma de vida acabará? ¿No hay espacio para dos sistemas distintos? Sólo un matrimonio de pensionistas lo sabe.

Orquestra Geração de Filipa Reis y João Miller es un seguimiento que recoge en documental el proyecto de educación a través de orquestas musicales que se aplica en Portugal. Adolescentes con distintas problemáticas son incluidos dentro de las artes musicales como medio de socialización y desarrollo. Una película de concienciación y sensibilidad social.  En la vertiente de cortometrajes, el retrato social y testimonios de vida abundan, hago hincapié en el corto Tio Rui de Mário Macedo y la más que interesante Água Fria de Pedro Neves. Una vieja costumbre portuguesa en la romería de São Bartolomeu do Mar, el bautizo de niños en las aguas heladas del Atlántico, sirve al director para desarrollar una inteligente crítica sobre los sueños no materializados, como jarros de agua fría. Una visión global de una sociedad, la portuguesa, que parece estar abocada a la tragedia. Ese baño de agua fría, sumado al peso de la religión, parece una historia antigua, pero el tratamiento fílmico y el transfondo que destila la película la convierten en un buen trabajo contemporáneo.

Yama No Anata

Ser buena persona, ¿qué es? Creo que sentimiento y sabiduría para agradecer y mitigar el dolor. Eso quiero pensar, al fin y al cabo nos tenemos que aferrar a algo, no todo vale y tus acciones tarde o temprano se convertirán en consecuencias, y creo que la consecuencia más clara de ello es la relación con la belleza, con sentir y hacer cosas bellas. La realizadora Aya Koretzky con su película Yama No Anata ha conseguido llevar a cabo una película buena, y no es buena porque esté bien realizada, que lo está, es buena por la consideración de la primera premisa: creo que es buena persona.

Este bello relato de momentos en que pregunta a su padre y su madre: ¿Por qué vinimos desde Japón a vivir a Portugal? ¿Cuándo conociste a mamá? ¿Por qué compramos esta casa en el campo? Una revisión de su vida y la de sus padres, de las cosas que pasaron, de la abuela, del amigo que murió con 13 años, de la naturaleza. En síntesis de cosas pequeñas, que son las más grandes. Una autobiografía de tres personas: Aya y sus padres y las personas que pasaron y dejaron algo, debió ser importante, porque se recordó aquí, en esta obra. Los materiales con los que se realiza la película y su solución fílmica, su tratamiento, logran completar un trabajo pleno, un collage donde fotografía, grabaciones en VHS, sonido, alta definición, cualquier recurso que contenga un gramo de sentimiento vale, es necesario gracias a la coherencia emocional que suspira el film. Las imágenes evocadoras, colocadas en espacios donde se plantean preguntas, reflexiones sobre la vida, lo efímero y el recuerdo. La búsqueda de la identidad, también cinematográfica. Hay música… no, hay un canto del padre sobre los créditos. Todo ha sido un gran poema, una visión dulce y condescendiente con lo que nos rodea en la vida. Yama No Anata es una revelación, un objeto bello de alguien que, creo, antes de buena realizadora es buena persona y porta consigo cosas bellas. Quiero pensar así.

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‘El hombre de al lado’ (Mariano Cohn & Gastón Duprat, 2009)

El hombre de al lado y el extraño que hay en mí

El hombre de al lado no es una simple historia sobre la aversión hacia un vecino obstinado en poner en jaque nuestra paciencia. Tampoco es una mera comedia negra tintada con toques ácidos que despierta en el espectador más de una carcajada. La de Mariano Cohn y Gastón Duprat es una película que revela lo absurdo, cruel e irritante de la burguesía intelectual contemporánea, la cual repulsa hasta decir basta. Los directores argentinos se sirven de una radical oposición para poder caricaturizar salvajemente a dicha clase social: frente a la frivolidad, el elitismo y la prepotencia, valores abanderados por esa jet, se contraponen la sencillez, la naturalidad y la tosquedad de un hombre de a pie. Dos universos antitéticos que se verán forzados a compartir un mismo tiempo, pero sobre todo, un mismo espacio.

Leonardo, personaje interpretado por un genial Rafael Spregelburd, es un reconocido diseñador que parece tener éxito tanto en su vida profesional como personal. Como un clarísimo representante de esa élite burguesa, Leonardo tiene la vida muy bien resuelta y una personalidad claramente definida. Es por esto que parecería absurdo pensar que la irrupción de Víctor, un perfecto desconocido, fuera a dar al traste con todo ello. Sin embargo, la intención de llevar a cabo una pequeña obra en la vivienda de Víctor, interpretado por el espléndido Daniel Aráoz, hará tambalear el mundo artificial y superfluo de Leonardo. La obra consiste en la construcción de una ventana orientada hacia la casa del intelectual, quien se opone rotundamente y lo interpreta como un ataque intolerable hacia su intimidad. Éste es el punto de arranque de una guerra fría que, si bien en un primer momento se espera que sea bilateral, pronto se revelará como un enfrentamiento solitario de Leonardo contra sí mismo, quien acabará por descubrir su lado más oscuro.

El brillante guión de Andrés Duprat dibuja el conflicto entre dos mundos con una visión agriamente sarcástica y es precisamente el uso de esa ironía como motor del relato, juntamente con la explotación de la figura del oxímoron como enfatizante de la comicidad, lo que permitirá dotar al film de una sofisticada vis cómica que atribuye ligereza narrativa a una historia cuyo sorprendente desenlace teñirá definitivamente todo el largometraje de un tono maquiavélico sin comprometer su acento cómico. Como resultado, el film se revela como una crítica feroz hacia la burguesía moderna, ridiculizada hasta la saciedad en numerosas escenas: la “adoración” de un gadget electrónico en la sesión de yoga, la confusión de martillazos con la melodía de una pieza de música o la pedante conversación en la cena que Leonardo celebra en su casa son claras muestras de ese hilarante y acidísimo retrato que destila humor en grandes dosis.

Asimismo, Duprat y Cohn han hecho una apuesta por una estética concebida desde un sentido plástico claramente original y muy pensado (tanto la puesta en escena como el ritmo impreso en el montaje) que otorga al largometraje una frescura que permite acomodar muy plausiblemente los criterios artísticos con los narrativos. Como efecto, la cinta es un must see por múltiples razones entre las que cuentan su originalidad, su magnífico elenco y su humor inteligente. No es de extrañar pues que El hombre de al lado haya cosechado premios en certámenes como el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata o el Festival de Sundance.

Mariano Cohn y Gastón Duprat consiguen con El hombre de al lado dar a luz un film que da fe de la fertilidad creativa de ambos directores, quienes ya llevan trabajando juntos casi veinte años y entre cuyos largometrajes se encuentran Enciclopedia (1998), Yo, Presidente (2006) y El Artista (2008), obras que evidencian la búsqueda de un cine que explore nuevas ideas y que hable con voz propia; espíritu que se manifiesta, una vez más, en su último film.

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DocLisboa 2011: IX Festival Internacional de Cinema

Derivas políticas versus socioculturales

Hemos podido contemplar en la sección internacional de largos y mediometrajes una oposición de problemáticas sociales. En un polo las derivas políticas, en otro vértice las culturales y también medioambientales bajo nuevas formas fílmicas. Esta es a primera vista la lucha dialéctica en la programación, su contrapunto en el marco de las sesiones de proyección. Dos cintas en el vértice cultural: Solar System, producción alemana, y The Last Buffalo Hunt, producción norteamericana. Barzakh, película finlandesa lituana, dirigida por el realizador Mantas Kvedaravicius, aborda la problemática de los desaparecidos en la guerra de Chechenia. En la línea de conflictos políticos y con una temática más reconocida en otros documentales: el retrato, uno más, de la guerra y sus consecuencias sociales –redefinir estos dos espacios sólo sirve como orientación, pues causas y consecuencias, político-sociales, socioculturales, no respetan fronteras, contaminándose a cada momento–. El sufrimiento de una familia, el día a día anclado en el recuerdo y la lucha por la búsqueda, son la razón de sus vidas. Este es el exponente mínimo de todo un retrato sociocultural, el del pueblo checheno. “Barzakh” es un recurso poético que nace de la cultura popular: cuando los desaparecidos se aparecen en los sueños dicen venir de allí: Barzakh. El eterno problema a la hora de abordar estéticamente estos trabajos es el respeto por las personas y sus testimonios, y las formas que la obra quiere reflejar en la pantalla. La responsabilidad con los retratados y sus palabras es tan poderosa que los recursos fílmicos esenciales son desplazados, incluso con buenos conceptos, para poder ser abordados de una forma más versátil.

Vol Spécial, del realizador suizo Fernand Melgar, otra cinta de perfil socio-político, me ha recordado a la imágenes de Raymond Depardon en Délits flagrants (1994). Un enfoque más de los problemas humanos creados por estructuras socio-políticas férreas. La cinta atrapa desde la cercanía de los personajes, expresivos, directos y amables, la convivencia y el día a día de los “ilegales” (los sin papeles de nuestras sociedades), personas como cualquier otra cuyo único crimen es no tener papeles en este mundo burocratizado. Los ilegales son personas de otros países, tal cual, la mayoría de color que simplemente no han encontrado trabajo y no pueden certificar su estancia. Con toda su vida en el país que un día fue el suyo, son devueltos a sus lugares oriundos con la tragedia que esto supone: dejar hijos, mujer, familiares, vida.... Esta es la temática con un tratamiento esencial, un seguimiento de testimonios pero con la particularidad, esta vez sí, de unos personajes que llegan, que se preguntan y nos hacen reflexionar, cómo hemos llegado a este punto. Como paradoja, en un momento de la historia, uno de los personajes no cree lo que lee en los periódicos, un perro gana un juicio en la corte suiza defendido por un abogado. Ni ellos mismos pueden pagarse un abogado. Desde esta tesitura esperan el día que su avión parta en un viaje sólo de ida (vuelo especial), esposados pero acompañados, eso sí muy amablemente por funcionarios, al aeropuerto en furgones de policía.

En las problemáticas socioculturales de talante más étnico, el tratamiento permite más versatilidad y mayor juego de los recursos fílmicos. Sin el peso, a primera vista, de la problemática –lo que se esconde suele ser más profundo– el realizador hace más hincapié en la forma. En este ámbito se encuentra Solar System, dirigida por el realizador Thomas Heise, que aborda la exclusión y la deshumanización de los pueblos indígenas fuera de su contexto. Este hilo de conducción ha sido referente para varias cintas más del festival. Desde un vértice completamente distinto, desde la opulencia, The Last Buffalo Hunt nos cuenta una realidad con tintes análogos. En una primera lectura Solar System parece la descripción de la vida indígena en su contexto. He aquí la sorpresa, todo lo contrario. La película es un retrato no verbal, sólo la descripción de los acontecimientos, de un grupo de indígenas Kollas que pasan sus días estivales en lo alto del valle, al norte de la región de Salta en Argentina, su tierra natural. Ahí descubrimos su día a día, labores, manifestaciones culturales, cultivos, la relación con su cultura y con la naturaleza. Con un cuidado exquisito, el realizador nos entrega la realidad que se le ofrece, él sólo es una cadena de transmisión sin profanar la realidad, sólo deja que las imágenes fluyan. Al final de la cinta, descubrimos el viaje de retorno al lugar donde realmente habitan, las villas (chabolas) de la ciudad de Santa Cruz. La alienación de ver y comprender que el sistema occidental les ha forzado a tomar una forma de vida que no les ofrece ni sustento, ni dignidad. Sólo en el tiempo estival, en la vuelta al “pueblo”, se sienten realizados. El sentido del film rezuma dignidad y respeto, por las formas no sólo cinematográficas sino de acercamiento a la vida y también por la relación con la naturaleza. Desde esta lectura The Last Buffalo Hunt, realizada por la directora Lee Anne Schmitt, muestra la vida de los últimos cowboys cazadores de búfalos. Una visión crepuscular de un mundo que acaba. Desde la mirada del hombre blanco, la percepción de la conquista y el desarrollo de la civilización. La construcción del imaginario norteamericano desde el western, siempre afianzado en la idea de expansión desde la frontera. La lectura de la película confiere dos visiones, a mi parecer muy interesantes. La extraña forma de respeto del hombre blanco por la naturaleza. Los personajes que surgen en la pantalla, pertrechados con sus fusiles y todoterrenos confiesan su admiración por las grandes llanuras y al bisonte como gran amo del territorio, para acabar matándolo a tiros, despojado de toda dignidad, mostrado dentro de un gran centro comercial disecado y convertido en autómata. En las antípodas esta relación con los seres, la mostrada por la cultura indígena, que permuta su relación con la naturaleza desde el equilibrio y la sacralidad. La otra lectura de The Last Buffalo Hunt es la crepuscular: un mundo que se acaba, ¿pero cuál? El de los cazadores o el de los conquistadores, es decir, ¿podríamos pensar en la propia inercia de los Estados Unidos?

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DocLisboa 2011: IX Festival Internacional de Cinema

La armonía del Caos, diálogos desde la bocana del Tajo

Un año más Lisboa organiza su festival de documentales, una visión amplia de las producciones del 2011 y el pasado año. Una apuesta honesta y a mi entender exitosa, que recoge con buen criterio un estimable número de buenos trabajos. El pasado jueves el certamen abrió su IX edición con las habituales secciones, competición internacional y nacional tanto en largos como en cortometrajes y diversas retrospectivas. Harun Farocki y Jean Rouch han sido los elegidos este año y el estreno del último film de Agnès Varda Agnès de ci de là Varda. Wang Bing con La fosa (Jiabiangou) se presenta en la sección de Nuevas visiones (Riscos). Muy a destacar es el documental This is not a film por Jafar Panahi y Mojtaba Mirtahmasb desde su arresto domiciliario. La organización del festival homenajea de esta manera al cineasta, un apoyo del mundo cinematográfico frente a la censura del régimen iraní. Otras sorpresas son la presencia del cortometraje de Bill Morrison The Miner´s Hymns y el largometraje Photographic Memory del director norteamericano Ross McElwee, que cerrará el certamen. El festival se completa con una amplia recopilación del cine documental de los movimientos de liberación colonial (Mozambique, Angola y Guinea Bissau). Las secciones de Investigación y Nuevas visiones, además de Heart beat (trabajos sobre el documental musical de los últimos 50 años –indispensable Pennebaker) amplían el abanico de tratamientos fílmicos y temáticas. Un perfil más que interesante en estos tiempos de crisis, valga el eufemismo, por no llamarlo por su nombre.

Crazy Horse, el último trabajo de Frederick Wiseman, abrió el telón este jueves día 20 en el auditorio grande del Culturgest. Una visión paralela e inteligente del mundo de la danza, mucho más erótica esta vez que su anterior trabajo entre las bambalinas del ballet de la Ópera de Paris La danse (2009). Wiseman nos permite entrar entre los bastidores del famoso cabaret parisino Crazy Horse para mostrarnos imágenes y cuerpos hermosos, una fiesta para los sentidos y sobre todo la libido. Un peso pesado para abrir boca.

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‘Superhéroes. Del cómic al cine’ (Tonio L. Alarcón)

Dios bendiga a Richard Donner

No es nada difícil recordar cómo hace unos años las únicas películas de superhéroes que se podían disfrutar eran el Superman de Richard Donner (1978) y los Batman de Tim Burton (Batman, 1989, y Batman Returns, 1992), películas que no sólo eran un éxito entre los fans sino que también eran altamente aclamadas por la crítica, lo que permitía a los lectores de cómics defender con orgullo la fuente de buenas ideas que la novela gráfica podía significar para el cine. No obstante, pronto las no tan brillantes secuelas del film de Donner y la aberrante continuación de la saga del hombre murciélago que llevó a cabo Joel Schumacher en Batman Forever (1995) y Batman & Robin (1997) devolvieron al cine de superhéroes la imagen de un producto secundario de ínfima calidad. Dicha imagen negativa se alimentó con intentos de adaptaciones de cómics que acababan por ser películas de muy baja calidad como El Cuervo (Alex Proyas, 1994) o Spawn (Mark Z. Dippé, 1997). Fue en X-Men (Bryan Singer, 2000) donde el cine de superhéroes dio su verdadero salto demostrando que, basándose en un cómic, era posible hacer una película correcta, equilibrada, adulta y madura, la cual, siendo fiel al espíritu de la fuente, hacía las delicias de los fans y al mismo tiempo satisfacía a la crítica. Desde entonces en estos últimos diez años hemos sido testigos de las continuas adaptaciones de historias de superhéroes a la gran pantalla, unas más correctas y exitosas que otras, pero todas ellas han acabado por conformar lo que ya ha dejado de ser un subgénero para convertirse en un género más a la altura del resto de oferta comercial de las majors de Hollywood.

En este punto es donde se sitúa el libro Superhéroes. Del cómic al cine del crítico de cine y ensayista Tonio L. Alarcón. Como él mismo dice en su prefacio:

“El presente volumen pretende paliar un defecto, en general, bastante extendido entre la crítica cinematográfica de nuestro país: el descuido con el que se tratan las adaptaciones de cómics de superhéroes, ignorando la tradición que cada personaje hereda de sus colecciones propias, y sobre todo obviando hasta qué punto la película en cuestión respeta o no la esencia de su protagonista. En un país en el que el tebeo sigue viéndose como un arte menor, una afición infantil, da la sensación de que el comentarista no tiene por qué molestarse en realizar un pequeño esfuerzo de investigación que, seguramente, enriquecería más su texto que otro tipo de referencias mucho más obtusas”. [1]

Y es que lo que lleva a cabo el autor en este libro es un recorrido conciso y fascinante por todos los superhéroes que han sido llevados al cine, desde sus orígenes en las viñetas, pasando por los seriales televisivos y las adaptaciones de animación, hasta llegar a sus versiones cinematográficas. Su análisis se centra en la temática superheroica americana, dejando de lado la tradición europea y la japonesa a las que reconoce se les haría un flaco favor al darles un tratamiento pequeño cuando lo merecen mucho mayor. Y, aunque se reconoce como un defensor de centrar la crítica cinematográfica más en el cómo que en el qué, opta en este libro por dejar de lado el análisis hondo e intenso enfocado hacia la puesta en escena. Por tanto, el lector de Superhéroes. Del cómic al cine tiene ante él un texto más ameno, ligero, cómodo y fresco, centrado en el desarrollo argumental de las adaptaciones y en la construcción de los personajes en su paso de la viñeta al celuloide. De esta forma, Tonio L. Alarcón escribe un compendio que no cesa de dar continuas referencias para todos aquellos que necesiten o quieran saber cuál es la historia de un superhéroe u otro, cuáles son los motivos de su evolución a lo largo de los años, las razones que le llevaron a ser adaptado de una forma u otra en un determinado formato, las causas que le condujeron a su triunfal o fallida versión cinematográfica y las consecuencias que ello produjo. La opción que el autor escoge al no llevar a cabo análisis incisivos y profundos de los films es la correcta, ya que incluir ese tipo de análisis en el libro habría acabado convirtiéndolo en un monstruo textual tremendamente arduo y denso.

“Mucho antes de convertirse en el máximo responsable de la primera trilogía cinematográfica consagrada a Spiderman, Sam Raimi andaba ya detrás de alguna licencia superheroica que pudiera llevar a la gran pantalla –y que le permitiera demostrar que podía hacer algo más que rodar cine de terror de serie B–. Aunque pujó por ellos, tanto La Sombra como Batman se le escaparon, y ante la imposibilidad de lograr los derechos de algún otro personaje, el director decidió que lo mejor era crear el suyo propio, desde cero.” [2]

Así comienza el capítulo dedicado al superhéroe creado por Sam Raimi directamente para el cine: Darkman. Y como podemos comprobar en el fragmento citado, el estilo de introducir el tema y los datos es fresco y jugoso, un estilo que invita a la curiosidad y al divertimento, lo que permite que este libro didáctico se convierta también en una entretenida forma de aprender y leer sobre cine. Por otro lado, este ejemplo permite comentar otro acierto de Superhéroes. Del cómic al cine y es el de incluir en sus páginas a los superhéroes creados directamente para el cine, los cuales no son adaptaciones de ningún tipo. Ello permite que este compendio repase películas tan interesantes como Darkman (Sam Raimi, 1990), El protegido (Unbreakeable, M. Night Shyamalan, 2000), Los Increíbles (Brad Bird, 2004), Hancock (Peter Berg, 2008) y Super (James Gunn, 2010), lo que conlleva observar cómo la interrelación entre cómics y cine ha ido estableciendo un lazo cada vez más intenso y estrecho.

En definitiva, Superhéroes. Del cómic al cine es una herramienta útil, interesante y divertida, editada en un formato cómodo, y sobre todo con un acertadísimo gusto por las ilustraciones que hay en todas y cada una de las páginas, tanto de pósters o imágenes cinematográficas como de fotografías de series de televisión, dibujos de cómics, etc.; un acompañamiento visual perfectamente integrado con el texto que convierte la lectura del libro en una auténtica gozada tanto para fans acérrimos como para estudiosos o simples curiosos. Es este un libro necesario, un libro que abre la puerta a que la crítica cinematográfica española acabe por tomar verdaderamente en serio este género cinematográfico sin menospreciarlo, y asimismo un libro que establece las bases para llevar a cabo muchos más estudios y análisis sobre el mundo de los superhéroes en el cine. Qué lejos parece quedar ya el momento en el que se inició todo con el importantísimo Superman de Donner en 1978, ante lo que concluyo sencillamente recomendando encarecidamente este libro y lanzando un agradecimiento de júbilo: Dios bendiga a Richard Donner.

Notas:

  1. ALARCÓN, Tonio L.: Superhéroes. Del cómic al cine, Madrid: Calamar Ediciones, 2011, p. 9. 
  2. Ídem, p. 243. 
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‘La vida útil’ (Federico Veiroj, 2010)

El extraño caso de Jorge

DVD “Colección Cahiers du Cinema” - Cameo

Imaginemos que nos viéramos obligados ahora mismo a cambiar de profesión, amigos, costumbres y rutinas. Imaginemos, además, que nuestra vida queda reducida a una pequeña cinemateca en ruinas donde hemos permanecido tantos años desempeñando con fervor y rigor nuestro trabajo, como para haber descuidado nuestras habilidades sociales hasta el extremo de que invitar a un café a la chica que nos gusta sea poco menos que un asunto de estado. Ahora no hace falta imaginar nada más; solamente introducir en el reproductor La vida útil editada en DVD por Cameo y seguir los pasos de Jorge, un hombre de 45 años que lleva 25 años programando y conduciendo un programa de radio en una cinemateca uruguaya que atraviesa una situación crítica; sólo tiene a 4 o 5 espectadores habituales como público que tiene la suerte de ver, entre otras cosas, la filmografía integral de Manoel de Oliveira. ¿Cómo volver a la vida después de que se ha tomado la decisión personal de apartarse de ella? ¿Cómo recobrar el tacto con esa realidad cotidiana de la que se ha permanecido tantos años alejado?

La vida útil podría verse como la prolongación de cierta tendencia del cine sudamericano contemporáneo empeñada a retratar una imposibilidad social tan importante como cualquier crisis económica. De algo que se encuentra más allá de la imagen machacona que la actualidad informativa ofrece, y que discurre subterráneamente como en rumor sordo de un problema tan invisible como endémico. Trabajos como la mejicana Parque Vía (Enrique Rivero, 2008), la chilena La nana (Sebastián Silva, 2009) o la también uruguaya Gigante (Adrian Biniez, 2009) colocan en el centro de sus historias “mínimas” a un unos personajes solitarios que anhelan cambiar de vida pero no pueden y fracasan porque son incapaces de encontrar las herramientas necesarias para desarrollar una vida plena. Además, su objetivo siempre viene adscrito a un espacio cerrado, claustrofóbico, que desempeña el ingrato papel de simbolizar la reclusión interior del personaje. La huida de ese espacio hacia el mundo real será una salida metafórica. Una liberación que tampoco resultará nada fácil porque, curiosamente, todos estos personajes aparecen lastrados por su cuerpo. Sus físicos están en estado de abandono y, por lo tanto, la imagen con que tratan de retornar impide que aquellos a los que pretenden acercarse descubran todos los valores que le hacen grandes interiormente.

Pero el protagonista de La vida útil juega con ventaja; ha visto tantas películas, las ha sentido y vivido tan cercanamente, que en cada situación que se le presenta como novedosa toma una secuencia de ficción para resolverla. Las melodías de Broadway siempre suenan de fondo en su cabeza para abrir la realidad que se le presenta ante sus ojos. El gesto, subvirtiendo el modelo clásico del musical hollywoodiense, demuestra que una secuencia de baile puede ser algo más que un punto de fuga hacia el sueño, hacia una realidad paralela; una actitud anacrónica donde reverbera toda la potencia del deseo profundo por acompasarse al ritmo de la vida. Potencia, en todo caso, de lo falso, de la farsa que esconde toda la fuerza de la verdad como se demuestra en uno de los momentos estelares de la película, cuando Jorge se cuela en una clase de la facultad de derecho para verbalizar un monologo con la mentira como tema.

La vida útil es una de esas películas pequeñas en apariencia y medios, pero grandes en sus reflexiones entorno a la vida y el cine. Es una pena que los extras de la película no incluyan más que una segunda toma de una de las numerosas y jugosas conversaciones que salpican al film y una pequeña biofilmografía de su director, Federico Veiroj, en la que podemos leer cómo su segundo trabajo después de Acné (2008) ha cosechado premios en casi todos los festivales en que ha competido. Una entrevista al director hubiera dignificado la edición de un trabajo tan estimable como recomendable.

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Sobre la correspondencia fílmica entre José Luis Guerín y Jonas Mekas

Reflexión, acción, relación epistolar

José Luis Guerín siempre viaja con una pequeña cámara de vídeo en la maleta. Y cuando no utiliza la cámara, escribe. Porque para él la escritura y el cine tienen muchos puntos en común, algo que demuestra en la correspondencia fílmica mantenida con el cineasta lituano Jonas Mekas desde 2009 hasta la actualidad.

Cuando entro en la primera sala del CCCB las correspondencias ya han empezado: imágenes en blanco y negro se suceden en la pantalla y la voz de Guerín narra lo que pasó en aquel viaje. Las imágenes son de hace algunos años, creo que del 2008, cuando Guerín conoció a Nika Bohinc (redactora de la revista de cine Ekran y programadora de los festivales de Ljubljana e Isola) en un festival en Lisboa. Nika estaba allí para entrevistarle, pero Guerín sintió una intensa curiosidad por esta joven crítica y consiguió hábilmente invertir la situación durante un breve espacio de tiempo convirtiéndose él en el entrevistador. En ese momento, la cámara aborda un primer plano de Nika hablando sobre cine. Las imágenes no son amargas, pero la voz en off de Guerín (añadida a posteriori) sí que lo es. El director nos explica que en 2009 Nika y su pareja Alexis Tioseco, también crítico de cine, fueron asesinados por un grupo de delincuentes en su casa de Manila. Guerín le cuenta todo esto a Mekas en una de sus cartas, aunque probablemente Mekas ya lo sepa. Nika sonríe a la cámara con timidez, pero la muerte pesa demasiado y la sensación es desoladora. Algo que perdurará, aunque en menor grado, en todas las cartas que Guerín le envíe a Mekas. Porque de algún modo, las cartas de Guerín parecen retratar la imposibilidad. Puede parecer una definición un tanto vaga, lo sé, pero es la descripción más aproximativa que soy capaz de realizar. La imposibilidad de evitar la muerte, de congelar el tiempo, de ser invisible a voluntad, de evitar el mal mediático. La imposibilidad de retener los recuerdos, no como recuerdos sino como algo vivo, como aquello que fueron en su momento.

Al principio me resultó desconcertante el cruce de miradas entre José Luis Guerín y Jonas Mekas. Tenía la sensación de que hablaban dos idiomas distintos, y lo que para ellos era comunicación para mí no eran más que dos monólogos completamente independientes, de dos personas que hablaban teniendo conciencia del otro y sintiendo admiración por él, pero sin lograr escucharle. La reflexiva y analítica mirada de Guerín contrastaba de modo un tanto extraño con la inmediatez y la frescura de Mekas, que a sus 89 años sigue filmando antes y preguntando después. Necesité de unas cuantas cartas para darme cuenta de que (diferencias formales a parte) en el fondo estaban hablando de lo mismo. Aunque en mi primera impresión la admiración que sentía Guerín hacía Mekas parecía imposibilitar una relación de igual a igual, poco a poco esta sensación se fue diluyendo para dejar paso a la creencia de que ambos directores se utilizaban recíprocamente para que resultase más sencillo realizar ciertas confesiones.

 No fue hasta la carta en la que Mekas aparece en su sala de montaje que me di cuenta de que había un diálogo (un tanto extraño, pero diálogo al fin y al cabo) y de que preguntas y respuestas se habían estado sucediendo sin yo darme cuenta. En esta carta Mekas intenta recuperar unas imágenes del pasado, de hace mucho, de los años 70. En alguna de ellas aparece su viejo amigo Peter Kubelka. Mekas las observa hipnotizado una y otra vez a través del pequeño visor de su máquina de montaje: no sabe por qué, pero necesita recuperarlas. Del mismo modo que rescata estas imágenes también decide que va a juntar otros fragmentos que hasta ese momento había descartado y los va a recuperar en una película que llamará Footage.

La verdad es que no sé a qué obedecen este tipo de decisiones, pero es algo que me preocupa constantemente. Imágenes que en un momento desechamos por razones que sólo nosotros sabemos, años más tarde se convierten en aquello que necesitamos rescatar a toda costa. Y en mi mente, para terminar este breve texto, como una nota a pie de página, escribo que para Guerín el cine es reflexión, para Mekas, acción. Algo que en el fondo viene a ser lo mismo.

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Panorama japonés en Sitges 2011

Se puede decir que sufro una cierta deformación profesional que, al asistir a un festival de cine, me inclina a ver todas las películas japonesas que se proyectan. O todas las posibles, porque en el caso de esta edición 2011 de Sitges la tarea era ardua por la ingente presencia nipona en la programación. Me permito pues comentar el actual momento del cine japonés a tenor de lo visto en la cita de este año.

Una de las constataciones que nos deja el certamen es que Japón conserva su jerarquía en el ámbito de la animación. Y lo más llamativo es que, en estos tiempos digitales en los que el 3D va a salvar el cine (nótese la ironía en un comentario que retomaré más adelante), lo logra con excelentes filmaciones tradicionales como A Letter to Momo. Siete años de cuidada elaboración han sido necesarios para recrear una animación de lujo, con un nivel de fluidez y de detalle mimado hasta niveles de asombro. Reconforta comprobar que, en esto del dibujo animado fotografiando uno por uno cada acetato, hay vida más allá de Miyazaki, incluso más allá de Ghibli. Auspiciado por un estudio no menos emblemático como es el IG, bajo cuyos auspicios se han parido hitos como Ghost in the Shell (Oshii Mamoru, 1995), Okiura Hiroyuki construye una clásica historia con heroína adolescente en su pequeño drama intimo en el que se entrometen diversos elementos sobrenaturales. Aunque suena a ya visto, justamente en las obras del citado patriarca, el film tiene su propio carácter, decididamente menos orientado al público infantil, sin perjuicio de que los chiquillos puedan disfrutar también con algunas escenas de acción y desmadre. Una apuesta de riesgo en los tiempos que corren, pero que parece dar resultado a los dos grandes estudios de Mitaka, tanto a efectos artísticos como comerciales. Los aficionados esperamos que puedan mantenerse en ese empeño.

Junto al anime, otro de los elementos recurrentes del cine japonés es el género de terror. Y es que, más allá de inventos como la etiqueta J-Horror y la explotación de un determinado tipo de productos orientados a un público muy concreto, las historias sobrenaturales forman parte de manera indisoluble de la cultura nipona, véase al respecto el párrafo anterior. Este año llamaba la atención en el programa la proyección de Kaidan Horror Classics. Hombre, los acérrimos del género, especialmente los que adoran la J mayúscula, se habrán sentido defraudados por unas historias comedidas en cuanto a lo “terrorífico”, sin sobresaltantes efectos sonoros ni cabelleras sobre pálidos rostros. Se trata de una sesión que combina cuatro mediometrajes que la NHK encargó a prestigiosos cineastas. Reconforta comprobar que aún hay televisiones públicas que cumplen con esa función de servicio, poniendo al alcance de sus espectadores obras relevantes de su cultura, de su literatura reciente en este caso, mediante productos audiovisuales cuidados y de calidad. Interesante recopilación en que destaco dos episodios que se complementan de forma curiosa. Tsukamoto se mantiene en forma y nos sorprende con The Whistler convirtiendo en inquietante cuento sobrenatural lo que en otras manos no pasaría de melodrama familiar. Como un espejo, le responde Koreeda con una historia de muertos que regresan pero sin asustar, poniendo el acento justamente en lo dramático de la perdida familiar. The Days After retoma los senderos de su Still Walking (2008) pero en otra época y con fantasma.

Siguiendo con nombres propios, esperaba con ganas lo nuevo del siempre interesante Sono Sion, pero me hago cruces al no haber podido ver la única pieza japonesa que arañó un lugar en el palmarés. Otro al que esperaba con ganas era Iwai Shunji. El de Sendai regresaba a la dirección tras largos años de silencio creativo y un traslado, vital y cinematográfico, a los Estados Unidos que auguraba un giro en su trayectoria. Decepción. No se puede afirmar objetivamente que su (engañoso) acercamiento al mundo vampírico no haya generado un buen film, pero no se aprecia novedad alguna. Algunos destellos del habitual lirismo de Iwai y un bien llevado final salvan Vampire de la monotonía que la recorre en algunos tramos.

Otro que sigue a lo suyo es Miike Takashi. Como de costumbre, presenta las películas por manojos y con registros muy diferentes entre ellas. Y como últimamente vuelve a adaptar clásicos del jidaigeki. Sobre su nueva incursión en las aventuras infantiles con Ninja Kids!!! no opino por no haberla visto, pero sí de su remake del Harakiri de Kobayashi (Seppuku, 1962) Harakiri: Death of a Samurai (desastroso título internacional orientado a recoger la inercia de su célebre predecesora). Una vez más, la probada eficacia del director nos entrega un producto espectacular e inapelable, con alguna de sus potentes soluciones visuales como la esperadamente explicita escena del seppuku (en efecto, seppuku y harakiri no son sinónimos y por eso me quejo del título) o la muerte del gato como preludio de las desgracias familiares. Pero lamentamos que esta vez cargue las tintas justamente sobre esa tragedia familiar del protagonista, excesiva e innecesariamente subrayada y no en las contradicciones que Kobayashi enunció magistralmente y que Miike diluye con algunos cambios respecto a la trama del original. Y sobre todo, el innecesario 3D nos ofrece algunos planos hermosos, pero aporta poco más que una gran incomodidad. Tal vez con unas gafas más normales se podría disfrutar mejor la sesión, pero las que entregaron en el Auditori eran como de buzo, por tamaño y peso, y el plástico que enterraba mi nariz me generaba un incesante sudor, empañando el vidrio hasta hacerme dudar si estábamos en el Edo shogunal o en el Londres victoriano. A parte del reclamo publicitario, creo que en este caso se podrían haber ahorrado el recurso hipertecnológico y dejarnos disfrutar la película en formato tradicional. Resumiendo, tal vez es demasiado pedir que Miike, lustros después y a cuatro o cinco producciones por año, no tenga ningún momento de flojera. Sólo esperamos que no sean síntomas de que en lo sucesivo va a caer en la autocomplacencia y deje de sorprendernos como ha venido haciendo hasta la fecha.

En definitiva, vemos que en mi particular recorrido japonés por el Sitges 2011 destaca sobremanera el acercamiento al drama intimista y familiar que la espectacularidad o la acción que se le supone a cierto cine del que nos llega del lejano archipiélago. Esto incluye lo último de otro destacado como Matsumoto Hitoshi y el género cómico, sobre los que no insistiré porque ya los analicé en un post reciente, pero que ha sido para mí con mucho lo más interesante de esta edición del festival.

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Sitges 2011 – Festival Internacional de Cine Fantástico de Catalunya (15/10/2010)

Traca y petardazo

Como ya había comentado en una de las crónicas, las decisiones de un jurado son, a veces, del todo incomprensibles. Uno no sabe qué criterios utilizan, si los hay o si todo se debe a caprichos, intereses o vaya usted a saber. La cuestión es que una vez más el premio a la mejor película ha resultado como mínimo polémico, y es que Red State de Kevin Smith, aun sin ser una mala película, no llega ni de lejos a otras producciones como Attack the Block o The Yellow Sea, ambas premiadas en otras categorías pero con la sensación de ser más una compensación que un reconocimiento.

El premio a la mejor película en esta edición duele especialmente porque en el último día se presentó una serie de propuestas que posiblemente hayan sido lo mejor del festival, aunque, lamentablemente, fuera de concurso. Empezamos la jornada con la que es, no obstante, la propuesta más floja del día. Se trata de The Thing, precuela de la película con el mismo título realizada en 1982 por John Carpenter. Aunque se agradece el rigor cronológico y argumental, el film dirigido por Matthijs van Heijningen nunca consigue crear el ambiente opresivo de su antecesora y lo fía todo a unos mejorados efectos especiales y al habitual recurso de aumentar el volumen para causar un miedo que, por desgracia, nunca llegamos a sentir.

Expectación había por conocer la película sorpresa del festival y en esta ocasión podemos hablar de éxito absoluto en la elección. Killer Joe, la última película de William Friedkin, se revela como una de las posibles sensaciones de la temporada. Un thriller ambientado en la América profunda que combina un tono humorístico entre el surrealismo y el cinismo más descarnado con un aire de western crepuscular que sorprende por la inusual naturalidad de su cruda violencia y su desenlace sin concesiones. Friedkin nos muestra que sigue siendo un gran director de actores sacándole partido a todo el reparto pero especialmente a un Mathew McConaughey irreconocible por su excelente interpretación.

Se esperaba mucho de Drive (Nicolas Winding Refn) después de su paso por diversos festivales con gran éxito entre público y crítica. Aunque estamos ante una propuesta más que apreciable nos deja un cierto regusto agridulce debido a que se intuye una película mejor detrás de su resultado final. El director de Valhalla Rising da con el tono, configurando un thriller, seco, lacónico y en el fondo profundamente romántico, pero abusa en demasía de los planos “Michael Mann” y especialmente hace un uso deplorable de la banda sonora, tanto en la elección de temas como en su uso, resultando un subrayado continuo de emociones que no sólo no era necesario sino que, lejos de provocar el efecto deseado, provoca el contrario, es decir, en lugar de emocionar genera hastío.

Pero para generar emoción nada mejor que volver a los tiempos del cine silente de la mano de The Artist (Michael Hazanavicius). Una recreación impecable del final del cine mudo en Hollywood que, aunque la historia no sea especialmente original, refleja de forma impecable, moviéndose entre el drama y la comedia, el fin de los días del cine mudo y lo que pasó con sus actores. Un experimento posmoderno que no duda en incluir homenajes cinéfilos por doquier (la inclusión de la banda sonora de Vertigo es antológica) pero que no pierde ni un ápice su personalidad. Quizás una de las mejores propuestas del festival de este año.

Y para concluir nada mejor que apostar sobre seguro, y qué mejor para ello que una película de Hong Sang-Soo. En The Day He Arrives el director coreano vuelve a sus temas habituales sobre el aburrimiento, la incomprensión, el miedo al compromiso y las difíciles relaciones humanas, concretamente entre hombres y mujeres. Con sus habituales personajes relacionados con el mundo del cine, esta es una película con muchos puntos de contacto con Somewhere de Sofia Coppola. No es la mejor película de Sang-Soo pero si un divertimento refinado, sutil y una buena forma de cerrar el festival.

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Sitges 2011 – Festival Internacional de Cine Fantástico de Catalunya (14/10/2010)

Los caminantes

Penúltimo día de festival y la acumulación de películas propuestas y desplazamientos entre cines se hace notar ya. Y es que sí, a estas alturas el desplazamiento diario de los que cubrimos el festival se va pareciendo más y más a una zombie walk sin maquillaje. Pero pasemos a analizar la jornada de hoy, es decir, las propuestas visionadas entre paseo y paseo.

Bien temprano en el Auditori asistimos a la proyección de Juan de los Muertos (Alejandro Brugués) producción cubano-española que nos presenta una posible invasión zombi en Cuba. Una propuesta que resulta más divertida como idea teórica que en su plasmación en pantalla, aquejada sobre todo de una sobresaturación de referencias cinéfilas (especialmente a George A. Romero y a Shaun of the Dead de la que copia descaradamente ideas y planos) y un look telefilmero, la película gana en cuanto a su subtexto político, resultando en lo que se refiere a la temática zombi propiamente dicha algo rutinaria. Aun así no deja de ser un entretenimiento aceptable.

Desde no muy lejos, en este caso Colombia, nos llega El Páramo (Jaime Osorio Márquez), un film de terror psicológico que juega sus mejores bazas en una atmósfera agobiante y la presencia (o no) de un ser sobrenatural que condiciona la paranoia de los protagonistas. Una película que sabe mantener una tensión sostenida que va aumentando según avance el metraje pero que, por desgracia, acaba por desvirtuarse por un último plano que busca un twist final innecesario cuando la trama ya había quedado más que resuelta y, además, de forma satisfactoria.

Con director español, Gonzalo López-Gallego (El rey de la montaña), pero de producción americana nos llega Apollo 18, una presunta nueva vuelta de tuerca al género del fake documentary que juega sus bazas en un presunto found film footage al respecto de una misión secreta de la NASA a la luna. El resultado final es tan previsible como anodino, posiblemente porque este tipo de cine ya no resulta novedoso, se repiten invariablemente los esquemas y, lo más importante, la propia naturaleza del formato lleva implícito su desenlace, ante lo cual se pierde cualquier interés por un clímax que conocemos desde el segundo 1 de proyección. Aún así, y por destacar algo, es apreciable una puesta en escena muy ajustada al contexto histórico y un metraje bastante ajustado a la narración.

Cerrando la jornada nos encontramos una propuesta en la línea de la anterior pero trasladándonos a Noruega y siguiendo los pasos de un cazador de trolls. Se trata de Troll Hunter (André Ovedal), otro falso documental que puede tener exactamente los mismos defectos ya comentados en Apollo 18 pero que, en contrapartida, ofrece elementos que la convierten en mejor película. Básicamente estamos ante una cinta irónica y autoconsciente, que se empeña en aportar, a través de un argumento bizarro, una buena dosis de guasa, crítica a ciertos estamentos del estado noruego y una cierta retranca al reírse del propio género. En definitiva una cinta que no tiene ningún tipo de pretensión más allá de entretener, arrancar alguna sonrisa y más de un susto al espectador y que cumple con creces su objetivo.

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