Apuntes para una película de atracos (León Siminiani, 2018)

La historia del cineasta y el butronero. Entrevista a León Siminiani.

"Hasta donde me alcanza la memoria, siempre quise hacer una película de atracos." Esta es la confesión con la que el propio director empieza su película, estas son las primeras palabras que oímos. Apuntes para una película de atracos es lo que su propio nombre indica, sí, pero también es muchas otras cosas. En su segundo largometraje documental, León Siminiani narra la historia de su relación con el conocido como Robin Hood de Vallecas, butronero que fue detenido por la policía el 26 de agosto de 2014 durante el atraco a una sucursal bancaria en Madrid. Pero Flako, como el director le llama, no es un delincuente cualquiera. "Un delincuente es Blesa, un delincuente es Urdangarín. Yo en mi vida he robado un coche, en mi vida he robado una moto, no sé cómo se hace. Yo soy un trabajador." Las palabras de Flako hacen reflexionar a Siminiani que, al igual que en su largometraje anterior, permite que la incertidumbre y las dudas formen parte de su obra. Así, entre inseguridades y derivas un tanto situacionistas, avanza la película y también su relación con Flako, personaje –o mejor dicho, persona– que cobra un especial protagonismo en la segunda mitad del metraje, cuando aparece ante nosotros cubierto por una máscara y cuenta su historia.

La película empieza en 2013 y acaba en 2018. En cinco años pueden suceder muchas cosas y tu vida puede cambiar por completo. Puedes, como Siminiani, dirigir una película. O puedes, como hace Flako, escribir tu propia autobiografía. También puedes convertirte en padre, ver cómo pasa el tiempo, ver cómo crece tu hija o ver cómo se afianza una amistad. Una amistad que surgió tras depositar una carta en el buzón, tras cruzar los dedos y dar un salto al vacío, tras lanzar una botella al mar. ¿Cómo será en realidad el otro? ¿Qué percepción tendrá de mí? ¿Le pareceré un buen tipo? Preguntas tan habituales como estas son las que se hacen Siminiani y Flako antes de conocerse personalmente, antes de que Flako cumpla su condena y antes de que este documental se convierta en una realidad.

Hay en Apuntes para una película de atracos una innegable vocación lúdica -vocación que ya estaba presente en Mapa (2012) y también en muchos de sus cortometrajes anteriores-, pero también hay una intencionalidad (auto)biográfica, una capacidad narrativa desbordante, una inevitable hibridación de géneros, una necesidad de redefinir el documental y un homenaje a todas aquellas películas de atracos rodadas en elegante blanco y negro en los años 50, que pueblan nuestro imaginario. Durante los 85 minutos que dura el film, se suceden los referentes cinematográficos y también los reales. El contexto de Flako, su modus operandi (sin odio, sin violencia y sin armas), sus ídolos (Albert Spaggiari), sus compañeros de equipo (la Banda del Rayo), su familia (su esposa Mariela y su hijo Danilo), su estilo de vida (repartidor de pescado de día y butronero de noche) y sobre todo, su humanidad, se muestran ante la cámara con todo lujo de detalles. Algunos de ellos, obviamente ficcionados para proteger eso que llamamos intimidad.

Flako, con sus detalladas descripciones del sistema de alcantarillado de Madrid, nos ofrece sin pretenderlo un manual de instrucciones para ver la vida de otro modo. Pero al mismo tiempo que le conocemos a él, conocemos también al director, que no duda en mostrarse ante las cámaras y reflexionar en voz alta, construyendo sobre la marcha un trepidante work in progress de incierto desenlace. De fondo, sin embargo, subyacen temas tanto o más importantes que el aparentemente principal: la paternidad, la crisis, la diferencia de clase, la identidad, la necesidad de entender aquello que es diferente. Mientras tanto, las continuas reconstrucciones utilizadas a lo largo de la historia evidencian, paradójicamente, la imposibilidad de recomponer la historia tal y como sucedió. Porque, por suerte o por desgracia, reconstruimos de nuevo una historia cada vez que la recordamos, por eso es siempre una historia distinta.

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Suspiria (Luca Guadagnino, 2018)

Behind the scenes

Constituye todo un reto plantear un remake de un título tan característico como Suspiria (1977) de Dario Argento. Afortunadamente, Guadagnino toma la decisión de alterar la trama original sumándole diversos elementos que la adaptan a un nuevo público. El resultado es un alejamiento de las constantes del giallo, en especial de su perturbador sentido del suspense, para acercarse a la estructura del filme de terror norteamericano. De esta manera, el guion anticipa el horror del que nos irá haciendo partícipes la obra, así como la inclusión de imágenes pesadillescas desde el inicio del metraje. Operando de esta forma se rompe el suspense aunque se mantenga eficazmente un clima de gélida inquietud.

Además del cambio de género, puede sorprender la dilatada duración de la propuesta, una estructura dividida en seis actos y un epílogo. Tal vez esta mayor longitud respecto a la obra de Argento resulte innecesaria para resolver la trama, pero precisamente esta repetición de escenas y situaciones (como los ensayos o las cenas) deviene un imaginativo símil de la repetición de gestos y movimientos necesarios para adquirir la perfección en la práctica de la danza.

Dentro de esta ecléctica producción destaca una dirección de arte excelente capaz por sí sola de transportar al espectador dentro de la academia de danza, desde los exteriores del edificio hasta las profundidades de su sancta sanctorum. Además de unos originales movimientos de cámara entre lo objetivo y lo subjetivo, para crear este ambiente se utiliza una remarcable multiplicidad de referentes tanto cinematográficos como del arte contemporáneo: la apariencia grotesca de los monstruos que retrata Guadagnino no deja de recordarnos la carnosidad decadente de las criaturas ideadas por David Cronenberg o las desgarradoras muñecas hipersexualizadas y desestructuradas que creó Hans Bellmer.

También se intuye una influencia del imaginario de Louise Bourgeois, en especial la manera de retratar a la madre como un ser arácnido y letal. Del mismo modo encontramos ecos sutiles del Rainer Werner Fassbinder de Die dritte Generation (1979), y no solamente por ligar hechos terroristas con la trama principal, sino por la forma en la que los aparatos de televisión y la radio nos hacen conscientes de la existencia de un clima de violencia aun sin abandonar el segundo plano. Resulta lógico, al inscribirse Suspiria en el género de terror con guiños a lo sobrenatural, que se hayan adaptado con nuevas técnicas recursos formales que aluden al objeto mágico per se presentes en la obra de culto El señor de las ilusiones (1995) de Clive Barker. En el citado filme también encontramos el retrato de una sociedad secreta unida por misteriosos lazos incomprensibles para el resto de la población.

Pero, ante todo, Suspiria nos habla de la búsqueda de la propia identidad. La creación de una nueva familia, en este caso la íntima unión de este cuerpo de baile, implicará el abandono del hogar de nacimiento. El proceso de creación de la obra de arte perfecta siempre supone un sacrificio que queda oculto entre bambalinas, pero en este caso Luca Guadagnino lo ha querido mostrar en paralelo a la ejecución de la pieza danzada. Así, no solamente podemos ver la belleza de la coreografía una vez escenificada, sino que se nos muestran de manera explícita los estragos físicos que los ensayos producen en las bailarinas.

Como hacían los atletas en la antigua Grecia, estas jóvenes intérpretes ofrecen su esfuerzo como exvoto a modo de requisito indispensable para el funcionamiento del rito, tanto a nivel superficial (el espectáculo de danza) como a nivel espiritual (el sacrificio que hay detrás). Se trata de una reflexión sobre la violencia que se ejerce sobre el cuerpo de las mujeres, pero quizás no se halla cargada en exceso de tintes negativos sino que se limita a constatar que en el proceso de construcción de nuestro ser, la ambición de intentar superar al maestro conduce a la voracidad. Aunque ésta se muestre con frialdad e ironía.

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L’Alternativa 2018: Festival de Cinema Independent de Barcelona (Jueves 15/11/2018)

Jornada III: Ausencias

La tercera jornada de L’Alternativa de largometrajes a competición deparó muchas gratas sorpresas. Empezó con la intrigante The Image You Missed de Donal Foreman, con Philippe Grandrieux y Nicole Brennez en la producción ejecutiva, que proponía una reconstrucción mítica de la figura del padre a través de las películas en super 8 y 16mm que un cineasta amateur irlandés rodó en vida. Se trata, pues, de una película de found-footage, en la que Foreman, cineasta como su progenitor, escarba en la memoria familiar a partir de los archivos fílmicos, pero incidiendo también en la memoria política de su país para mostrarnos el origen del IRA y la vinculación que su padre, en tiempos de activismo político, tenía con dicha organización. Así, en manos de Donal Foreman, la materia cinematográfica no solo es objeto de reflexiones íntimas entorno a la figura paterna para lograr hallar respuestas en aras de construir la identidad propia, sino que otorga al film una dimensión mucho más amplia e incisiva, en el que el contexto de la militancia política y la obra como cineasta amateur del progenitor se retroalimentan. Con esta imbricación, que se hace extensible en el aspecto formal (conviviendo Super 8 y 16mm) las imágenes se resignifican: la narración ya no solo intenta complementar el vacío provocado por las ausencias que dejan las imágenes rodadas por el padre del cineasta.

Cuando, hacia el final, se intenta clausurar el relato, este nos plantea una interesante cuestión: su identidad no se construye en el ser (padre y activista político) sino en el estar, en las imágenes que su padre habitó, pero también en las que no habitó, las que filmó y las que dejó de filmar. Porque, para Foreman, la figura de su padre se construye y se completa desde la imagen especular, desde la imagen complementaria al archivo fílmico, la imagen que se ha perdido.

Esa misma imagen perdida se alude en El silencio es un cuerpo que cae, de la argentina Agustina Comedi. Con un planteamiento prácticamente idéntico al de la anterior, la reconstrucción de la figura del padre a partir de grabaciones caseras en Super 8, la realizadora articula un relato especular sobre la identidad de su progenitor, elaborando un retrato en el que se acerca a sus luces pero, sobre todo, a sus sombras. A partir, pues, de las imágenes caseras que el padre de Comedi captó en reuniones familiares y con amigos, pero también de entrevistas personales que la realizadora argentina mantiene con algunos de ellos, se hilvana un relato que poco a poco se va dotando de sentido y que se hace grande a medida que emergen algunos secretos. El más importante, o el que ejerce de centro sobre el que gira el relato de Comedi es, desde el punto de vista de ella misma, las relaciones homosexuales que mantuvo su padre antes de (y durante) la relación con su madre. Así, al vacío ocasionado por su abrupta muerte en un accidente se suma el causado por el desconocimiento de su figura, que es también el desconocimiento del propio origen.

El acierto de Comedi reside en su acercamiento, reflexivo, pero a la vez emocional y subjetivo, a las imágenes y a la historia personal de su padre sin llegar en ningún momento a juzgarlo. La argentina dota así de una dimensión personal al material sobre el que trabaja, prácticamente apropiándose de este, y lo complementa con su propia voz. Una voz sincera y sensible, que substituye el enorme silencio de la ausencia de su padre.

En la segunda proyección a competición del día, La casa lobo (Joaquín Cociña y Cristóbal León), la ausencia de los padres es literal. El film parte de un hecho real, un asentamiento llamado “Colonia Dignidad” fundado en Chile en 1961 por el exmilitar nazi Paul Schäfer. Originalmente el lugar estaba proyectado para ser una comuna en la que las familias educarían libremente a sus hijos, aunque se hizo tristemente célebre por ser lugar de detención y tortura bajo la dictadura de Pinochet. Así, no es extraño que el film esté planteado como un cuento de hadas oscuro y claustrofóbico, en el que su protagonista, María, una chica que ha huido de una colonia alemana y se refugia en la citada casa lobo, fantasea con ser madre de dos cerdos que se acaban transformando en niños. El realismo mágico se pervierte en pesadilla, la fantasía propia de los relatos infantiles se retuerce hasta el delirio, lo poético acaba por embellecer lo siniestro. A esta idea contribuye el hecho de que el film sea enteramente en stop-motion, pura orfebrería de animación, y su fluidez formal (el conjunto se percibe como un único plano-secuencia sin corte alguno) refuerza esa continuidad flotante propia de lo onírico.

La casa lobo es a la vez refugio y cárcel y, como reza su título, por momentos la vivienda se transfigura en animal que acecha, en construcción panóptica Foucaultiana que plantea la idea del aislamiento y la soledad del individuo como forma de control de una sociedad ideal.

La soledad en la sociedad actual es la idea de fondo que recorre las cuatro historias que componen la chilena Una vez la noche, de Antonia Rossi y Roberto Contador, que cerró las proyecciones a competición del día. La realizadora chilena estuvo acompañada en su presentación por algunas estudiantes participantes del proyecto “Joves programadors”, que coordina la asociación A bao a qu, las cuales resaltaron muy acertadamente la creatividad de la propuesta. Una vez la noche es un film de animación intimista, cuatro relatos nocturnos ilustrados cada uno de ellos por un dibujante, que sin estar interrelacionadas argumentalmente se entrecruzan en el montaje para enfatizar los puntos en común de los diferentes personajes que la habitan. Basada en historias de personas reales elegidas por sus realizadores y a partir de sus diferentes estilos de ilustración, de la línea simple al trazo realista, de lo naïf a lo escatológico, en cada una de estas historias se reviven los recuerdos y anhelos existenciales de sus cuatro protagonistas, mezclados con ciertas dosis de fantasía surrealista.

Las diferentes situaciones de sus personajes en el ámbito social y de relaciones personales, y sus confesiones más íntimas, basculan entre lo patético y lo grave, entre la comicidad y la crudeza, a la vez que se hace patente un mismo denominador común: el aislamiento como forma de autoprotección.

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L’Alternativa 2018: Festival de Cinema Independent de Barcelona (Miércoles 14/11/2018)

Jornada II: Maternidades

Cuerpos: negros, menos negros, más negros, altos, bajos, anchos, estrechos, voluminosos, enjutos, de mujer, de hombre, quietos, en movimiento, bailando, caminando, castigados, gozosos, esclavizados, liberados, humillados, sacralizados, en solitario, en pareja, en grupo, lisiados, robustos, amputados, intactos, fragmentados, enteros, en primer plano, en plano conjunto, en plano general, en la distancia, en primer término, frente a cámara (y seguramente tras la cámara), en fuera de campo. Y rostros: risueños, amargos, sonrientes, tristes, serenos, nerviosos, alegres, enfadados, amigables, dubitativos, sugerentes, desconfiados, recios, transparentes, marcados, jóvenes, adultos, tersos, arrugados, amorosos, rabiosos, honestos, ambiguos, femeninos, masculinos, bonitos, menos bonitos, más bonitos, prominentes, discretos, enfocados, desenfocados, frontales, laterales, en primer plano. Y voces (en off): ausentes, presentes, femeninas, masculinas, verborreicas, escuetas, precisas, divagadoras, secas, aterciopeladas, contundentes, melódicas, rasgadas, profundas, livianas, graves, agudas, monótonas, melódicas, sonoras, fuertes, débiles, cautivadoras, menos cautivadoras, más cautivadoras, simpáticas, menos simpáticas, más simpáticas, claras, oscuras, audibles, inaudibles.

Y paisajes: de Jamaica, diurnos, nocturnos, interiores, exteriores, urbanos, rurales, edificados, agrestes, salvajes, menos salvajes, más salvajes, vírgenes, colonizados, vacíos, transitados, bonitos, menos bonitos, más bonitos, naturales, en plano general, en primer plano, fuera de plano. Y sonrisas, llantos, deseos, frustraciones, sueños, anhelos, Historia, historias, pasado, (el presente no existe, solo se vive), futuro, proposiciones, flirteos, fisicidad, espiritualidad, ateísmo, religión, marihuana, rastaffarismo, Reggae, no Reggae, música, silencio. Y todo (cuerpos, rostros, voces, paisajes y demás) desordenado. Pero a la vez organizado en una estructura en 3 actos. Y cada acto, un trimestre. Y tres trimestres son nueve meses. Y nueve meses un embarazo. Y tras este, la maternidad... Y la mujer. Y la vida.

Si en la primera proyección a competición del día, la arriba reseñada Black Mother  (Khalik Allah), mostraba un multiverso creado a partir de planos rodados en Jamaica, en Super 8 y 16mm, y harmonizados por una polifonía de voces a partir de la idea de la maternidad como origen; la segunda proyección, también de la sección oficial, América (Erick Stoll y Chase Whiteside), empezaba dedicando la película “a todas nuestras madres”. Y es que América es nombre de madre y a la vez de abuela. América es la entrañable anciana que focaliza toda la atención de los tres nietos que viven con ella y que se encargan de sus cuidados. La película les acompaña a lo largo de 3 años, en los que esperan la salida del hijo de América, Luis, encarcelado. Mientras tanto, el tiempo pasa, las vidas cambian, pero el día a día es el mismo: acompañarla al lavabo, bañarla, vestirla, peinarla, llevarla de paseo.

Resulta muy difícil no sucumbir emocionalmente a una película en la que la humanidad y la ternura transpiran en cada plano a través del cuerpo y el rostro de una mujer de 93 años que resiste el embate del tiempo con idéntica tozudez y buen humor. El tono del film, por tanto, se amolda al carácter de su protagonista, que lo desdramatiza por completo. A esto ayuda el planteamiento de sus directores, de reconocer el dispositivo fílmico ya en los primeros segundos de película, que deviene entonces en diario filmado, en el que se da visibilidad a la muy ignorada e infravalorada tarea de los cuidados a familiares. Un tema que, en México, donde sucede esta historia, no parece estar mejor que aquí.

La tercera proyección del día, fuera de competición, arrancó el aplauso más largo que he presenciado en mucho tiempo en una sala de cine. Y no era para menos. Se trataba del pre-estreno en España de El silencio de otros, de Almudena Carracedo y Robert Bahar, que tras ganar el premio del público a mejor documental en la pasada Berlinale, llega a nuestras pantallas esta semana. La película nos muestra el trayecto de seis años que lleva a las víctimas y supervivientes del régimen de Franco a querellarse para iniciar una investigación sobre los crímenes y torturas cometidos en la guerra civil española y bajo la dictadura fascista por, entre muchos otros, José Antonio González Pacheco (“Billy el niño”). A la muerte del dictador, se puso rápidamente en marcha una maquinaria de silencio y olvido que tuvo en la Ley de Amnistía de 1977 su máximo exponente. El film, en un ejercicio de recuperación de la memoria histórica y visibilización del dolor, da voz precisamente a todas estas familias castigadas y silenciadas por la dictadura, pero también por una democracia ausente. Por ello, apenas hay momentos de contextualización histórica, y sí muchos testimonios de hijos, sobrinos, nietos, de las víctimas, o de las mismas.

Se trata de un relato duro, incómodo, pero necesario, honesto y valiente, que se construye en paralelo a la evolución de la querella y su proceso judicial entre España y Argentina, país donde reside la jueza que asume la querella, tras ser apartado de la judicatura española el juez Baltasar Garzón al intentar investigar los crímenes del franquismo. Pero la narración también tiene tiempo de detenerse en el caso de los bebés robados, recién nacidos arrancados de los brazos de sus madres, hijos de familias republicanas en su práctica totalidad, desde el fin de la guerra civil y hasta bien entrada la democracia.

Uno de los aciertos de la película está en la construcción de la temporalidad, cronológica en el seguimiento de la evolución judicial de la querella, pero atemporal en la explicación de los sucesos que dan lugar a la misma. Así, el franquismo no es algo remoto sino todo lo contrario, algo tan horriblemente presente como que ha sobrevivido intacto hasta nuestros días. No obstante, el film es implacable en su mostración del paso del tiempo, al revelarnos como algunas de las personas que aparecen en su inicio, ya no están al final. Tal es el caso de María Martín, la anciana que nos acompaña hasta casi el final del metraje y que abre El silencio de otros con una desoladora confesión: “cuando tenía 6 años, vinieron a llevarse a mi madre”.

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L’Alternativa 2018: Festival de Cinema Independent de Barcelona (Martes 13/11/2018)

Jornada I: Realidades paralelas

¿Se puede poner en escena la estrategia bélica? ¿Se puede hacer pedagogía útil de la guerra? Así parece entenderlo la directora argentina Lola Arias cuando en su Teatro de guerra plantea literalmente una dramatización de la guerra de Las Malvinas. Claro que si uno tiene en cuenta la trayectoria previa de Arias como performer y directora teatral, este film no es más que una prolongación lógica a su actividad dramatúrgica o, en todo caso, una traslación a la pantalla de su universo como creadora escénica.

A este juego de rol en vivo con las Facklands como telón de fondo se prestan seis excombatientes que pertenecieron a cada uno de los dos bandos: Argentina y Reino Unido. Con una estructura muy marcada conformada por una serie de sketches, cada secuencia (que podría entenderse como uno de estos) que compone el film hace hincapié en un aspecto diferente del conflicto armado. Ciertamente es una propuesta interesante, sorpresivamente más curiosa aún en su desarrollo que en su planteamiento y que mezcla testimonios reales de auténticos supervivientes del conflicto con el propio acto de ficcionar a partir del hecho histórico. Es decir, la película se construye secuencia a secuencia en el propio simulacro que consiste en representar los diferentes aspectos de una guerra: de la presentación personal de los excombatientes a sus reflexiones finales sobre el desenlace de la misma, pasando por recreaciones sobre el terreno de algunos momentos especialmente cruentos. Con todo, el mérito de Arias consiste en establecer la distancia crítica suficiente como para que surja la incómoda comicidad propia de la reconstrucción postmoderna.

Esa distancia, pero en otra tesitura, es la que sentimos con las imágenes de Trote, de Xacio Baño, segunda proyección del día. El espacio hermético al que el director somete a los miembros de una familia gallega reunida entorno al fallecimiento de la madre, fabrica paredes difíciles de traspasar para el espectador. Esa sensación de clausura se traduce en la predominancia de interiores con (escasa) luz natural y silencios rotos a golpe de cotidianidad. Tal silencio, provocado (intuimos) por el vacío que ha dejado la muerte de la progenitora, marca además el distanciamiento entre los propios miembros de la familia protagonista, justo cuando más unidos deberían estar. Un distanciamiento, por otra parte, que durante el desarrollo de la trama se materializa cuando los personajes actúan en secreto. De esta forma, aunque estos hablan entre sí, en Trote se hacen palpables sus enormes diferencias, más por lo que  (se) callan que por lo que (se) dicen.

¿Una medio mentira es una medio verdad? ¿Una mentira dicha cientos (de miles) de veces se transforma en verdad? Eso parece querer demostrar Maxim Pozdorovkin en Our New President, que cerró las proyecciones oficiales de ayer. La película es una suerte de documental hecho a base de retales en vídeo, de fragmentos sacados de Youtube (la mayoría de ellos de friquis, obviamente) y de los canales de televisión rusos, en la que se pone de manifiesto la manipulación ejercida desde el poder (de Putin) para acercar la figura de Donald Trump al pueblo ruso, en detrimento de la de Hillary Clinton, cuando ambos estaban en plena campaña electoral para las presidenciales de Estados Unidos.

Entre la parábola conspiranoica y los programas de zapping, el autor de la muy notable Pussy Riot, una plegaria punk (2013) acaba siendo reiterativo en la idea del maniqueísmo y la clamorosa subjetividad con que los medios de comunicación de Rusia tratan la información. No obstante, y a pesar de la sensación de fake que le asalta a uno en algunos momentos en los que le parece mentira lo que está viendo, Pozdorovkin es muy eficaz en lo formal al componer un retrato fiel de los tiempos que vivimos: la nebulosa informativa y una sociedad acrítica permite que se filtren noticias falsas como si fuesen veraces y fabrica realidades paralelas al servicio del poder.

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L’Alternativa 2018: Festival de Cinema Independent de Barcelona

Inauguración

La 25ª edición de L’Alternativa de Barcelona no podía empezar de mejor manera: la proyección del último film de Isaki Lacuesta, Entre dos aguas (2018), premiado con la Concha de oro en la pasada edición del Festival Internacional de Cine de San Sebasastián, y con la presentación del director. El film, una secuela parcial de la icónica La leyenda del tiempo (2006), vuelve a Cádiz para retomar el hilo de las vidas del Isra y el Cheíto, años después de aquel primer acercamiento. La secuela es parcial porque en Entre dos aguas ya no aparece Makiko y la sombra alargada de Camarón no planea sobre la narración. Pero es secuela, al fin y al cabo, porque a través de sus personajes, Lacuesta recupera de La leyenda del tiempo ese tono crepuscular que filtra puntuales destellos de tosca hilaridad. Lo cierto es que considerar a Isra y Cheíto “personajes” de una narración es bastante impreciso, ya que la cámara se aproxima a ellos a una distancia en la que la realidad fluye sin necesidad de recurrir a dispositivo ficcional alguno. En ningún momento parece que actúen, más bien que únicamente se limiten a vivir delante de una cámara de cine. La película, pues, asesta certeros golpes de realidad, y el plano final de Isra mirando al infinito y volviéndose a cámara, reproduciendo el mismo instante memorable que tenía lugar en La leyenda del tiempo, nos ubica en las dos aguas entre las que se encuentra: los sueños rotos del pasado y un incierto porvenir.

La edición de este año de L’Alternativa la conforman una sección oficial compuesta de nueve largometrajes, entre los que podemos encontrar Trote de Xacio Baño, Teatro de guerra de Lola Arias (la artista citada en The Square de Ruben Östlund), o Una vez la noche, de Antonia Rossi; además de diecinueve cortometrajes a competición. Una sección paralela, Panorama, con películas de producción nacional, compuesta de largometrajes, entro los que destacan: Tódalas mulleres que coñezo de Xiana do Teixeiro, Trinta lumes (ganadora del premio de la crítica en la última edición del D’A Film Festival) de Diana Toucedo o Las ciudades imposibles de Chus Domínguez; y también cortometrajes, como Vecines del colectivo Laboratorio Reversible, Amor siempre de Maider Fernández, o Evolución 1975-2017 de Marla Jacarilla.

El festival sale de su sede oficial en el CCCB para viajar a la Filmoteca de Catalunya y darle cabida al ciclo Elles tallen, dedicado a las montadoras en el cine. El ciclo cuenta con títulos como Beau Travail (Claire Denis, 1999), Bonnie and Clyde (Arthur Penn, 1967), Meshes of the afternoon (Maya Deren y Alexander Hammid, 1943) Lost Highway (David Lynch, 1997) o Dancer in the dark (Lars Von Trier, 2000). Y también visitará el Zumzeig Cinema en el caso de algunas proyecciones especiales: Oscuro y Lucientes (Samuel Alarcón) y Amanecer (Carmen Torres), entre otras.

L'Alternativa también contará con una valiosa muestra del cine de Boris Lehman a partir de tres films de su abundante filmografia: À la recherche du lieu de ma naissance (1990), Babel. Lettre à mes amis restés en Belgique (parties 1 et 2) y Funérailles (De l'art de mourir), además del seminario La película como un largo camino, impartido por el propio cineasta belga.

Las proyecciones se completarán con las sesiones especiales de El silencio de los otros (Almudena Carracedo y Robert Bahar), Comandante Arian (Alba Sotorra), Intimidad revelada. El cinema de Xacio Baño, e Idrissa, crònica d'una mort qualsevol, segunda película de Xavier Artigas y Xapo Ortega.

Por si fuera poco, habrá proyecciones infantiles, una sesión continua en el Hall del CCCB durante todo el festival, masterclasses, actividades para profesionales vinculados al medio, pitching forums, el sexto Mentoring Projects, mesas redondas, debates y un largo etcétera de actividades. ¿Se puede pedir más? Celebremos los 25 años de L'Alternativa: ¡esto no ha hecho más que comenzar!

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Entrevista a Christophe Leparc

Desde Contrapicado y con la colaboración de Catalunya Film Festivals, entrevistamos a Christophe Leparc, secretario general de la Quincena de Realizadores del Festival de Cannes y director de CINEMED: Montpellier Mediterranean Film Festival.

Entrevista realizada por Aaron Cabañas y Marla Jacarilla en el marco del Sitges Film Festival, Festival Internacional de Cinema Fantàstic de Catalunya.

 

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El árbol de la sangre (Julio Medem, 2018)

Genealogía(s) del drama

Hubo un tiempo (no hace mucho) en que el cine español se podía permitir excesos narrativos y formales, arriesgando el impacto en taquilla de sus films en favor de un público ávido de propuestas diferentes e innovadoras. Y aun así el productor de turno estaba tranquilo porque sabía que la inversión de cada película tendría tarde o temprano su debido retorno económico. Incluso era precisamente ese riesgo el que atraía al público a las salas de cine. Así puede explicarse que en los años 90 la cinematografía estatal estuviera básicamente formada por cineastas en la treintena con propuestas que desafiaban al espectador a descubrir historias no solo arriesgadas en sus formas, sino también de intenso desarrollo argumental.

El caso de Julio Medem es paradigmático de esto último: historias de (des)amor al límite arrebatadas por un realismo mágico que pone en escena la mitología vasca más ancestral a través de películas con planteamientos narrativos inverosímiles y plagadas de imágenes rayanas en el surrealismo. Manierismo formal para proyectar visualmente un manierismo también conceptual, aunque por ello tuviese que rizar el rizo paulatinamente en cada nuevo proyecto, hasta convertir sus películas en laberintos dramáticos difíciles de transitar. Quizás por eso, y por el peso de su trayectoria anterior, en sus dos últimos largometrajes hasta la fecha - Habitación en Roma (2010) y Ma ma (2015) -, que rodó ya para el ámbito internacional, Medem pagó un peaje muy caro: despojarse, casi por completo, de su estilo personal en aras de ofrecer una película más convencional y, por tanto, accesible y vendible a un espectador masivo. No resultó productivo, ni para los productores ni para su público, a pesar de tratarse de dos films de impecable factura.

Su nuevo film, El árbol de la sangre, parece un (feliz) retorno al exceso narrativo y la turbia densidad emocional que halló su máximo estado de gracia con Lucía y el sexo (2001), pero que se pasó de vueltas en Caótica Ana (2007). No obstante, el brío narrativo que Medem impone al desarrollo de esta El árbol de la sangre, ya desde la primera secuencia, nos arrastra a una sucesión vertiginosa y elíptica de hechos, situaciones y personajes que solo nos concede un respiro cuando la narración en pasado cesa para volver al presente. O en sus ya consabidos planos-emblema, marca autoral del cineasta donostiarra, que él mismo bautizó en su momento como la “imagen conmovida”[1].

Lo que ocurre en este último caso es que, lo que otrora fueron ingeniosas metáforas poético-visuales que servían para remarcar narrativamente una secuencia, estado de ánimo de un personaje, o para avanzar un hecho puntual que habría de suceder más adelante en la trama, han acabado por convertirse en sus últimas películas (y la que nos ocupa no es una excepción) en mero capricho estético, en una suerte de (auto)guiño del cineasta con su espectador fiel. Y esto mismo también es extensible a ciertas líneas de diálogo, en algunas ocasiones provocador pero en otras acusadamente afectado. O a ciertos pasajes del film, en los que uno tiene la sensación de estar revisitando su filmografía previa: la insistente referencia a las vacas que pastan delante del caserío donde sucede la acción, la luna llena circunscrita en un ojo completamente abierto, o la conducción temeraria de los personajes yendo en coche.

Así las cosas, en su planteamiento inicial, el viaje de una joven pareja, Marc (Álvaro Cervantes) y Rebeca (Úrsula Corberó), al caserío vasco propiedad de su familia para reconstruir desde su verdad más absoluta (y sin ideología ni posicionamientos políticos) la cronología de sus progenitores, es la excusa de Medem para desplegar un abanico de personajes y situaciones tal, que sin llegar al barroquismo de Cien años de soledad, resulta por momentos de una coralidad desbordante. Como si se tratara de ir quitando capas de corteza al árbol del título para descubrir que su tronco familiar no esconde savia sino sangre (y semen), la historia que los protagonistas rememoran literariamente a partir de sus voces complementarias y censoras la una con la otra, cual terapia de pareja en una crisis proyectada, se remonta progresivamente en el tiempo hasta alcanzar el oscuro origen del drama que les acabará separando.

La gran capacidad narrativa del director vasco para avanzar secuencias introduciendo personajes y saltando de uno a otro sin que ninguno de ellos quede al margen de la trama y sin que la tensión dramática decaiga en ningún momento, solo se ve afectada por una grave falta de profundidad en los mismos. La rizomática estructura que plantea Julio Medem para su película en forma de árbol, a priori sugerente y estimulante, ahonda unas veces en las raíces del amor para irse en otras por las ramas del sexo.

[1] Se aconseja consultar el libro “Contra la certeza: el cine de Julio Medem” (Angulo, Jesús; Rebordinos, José Luis); J.M. Bosch Editor; Junio de 2005.

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Sitges Festival Internacional de Cinema Fantàstic de Catalunya 2018. Películas destacadas (II)

Continuamos con la segunda parte de este resumen con las películas más destacadas del festival y llegamos a los primeros puestos. Nos decantamos por cinco películas valientes y polémicas, muy distintas a nivel tanto de género como argumental, pero que tienen en común una decidida vocación de riesgo y la clara intención de no pasar desapercibidas allá donde vayan.

  1. The House That Jack Built (Lars Von Trier, Dinamarca)

Incontinencia narrativa, humor negro, exceso, constantes referencias a su obra y también a obras ajenas, autoparodia, polémica, cinismo, barroquismo visual postdogma… ¿Algún concepto más que se os ocurra relacionar con el (ya no tan) enfant terrible del cine danés?  Tal vez el festival de Sitges sea un lugar más apropiado para el último filme de von Trier que el glamuroso Cannes, donde provocó la indignación (y posterior huida) de gran parte del público durante la première oficial. Pero si hay algo que este director sabe hacer es reírse de sí mismo mediante su obra. The House That Jack Built sigue el rastro de humor negro dejado anteriormente por algunas de sus películas y tiene como protagonista a un Matt Dillon tan efectivo como excesivo, desquiciado psicópata asesino con un trastorno obsesivo compulsivo que le lleva a vivir situaciones de una inesperada comicidad. En definitiva, sufrimiento y carcajadas a partes iguales. Y por el camino, algunas reflexiones tan lúcidas como desmedidas sobre el asesinato como una de las bellas artes.

  1. In Fabric (Peter Strickland, Reino Unido)

Para todos aquellos que disfrutaron con la cuidada puesta en escena de la onírica y sensual The Duque of Burgundy (2014), Peter Strickland ha dirigido In Fabric, cuento de terror vintage capaz de arrancar a sus desprevenidos espectadores constantes carcajadas. Sorpresivo relato que coquetea con el giallo, pero también con el humor absurdo. Delirio visual y narrativo, audacia fílmica inclasificable y heterodoxa que ilustra a la perfección la incontrolable fuerza del fetichismo. ¿Quién nos iba a decir a estas alturas que una película sobre un vestido asesino podría sorprendernos? Pues bien, Peter Strickland lo ha conseguido con In Fabric.

  1. Lazzaro felice (Alice Rohrwacher, Italia)

       *Premio de la Crítica José Luis Guarner

       *Sección Oficial, Premio Especial del Jurado

       *Premio del Jurado Joven

Premio al mejor guion en el último Festival de Cannes, la nueva película de Alice Rohrwacher ha logrado también conquistar al jurado de la crítica del Festival de Sitges y se ha alzado con el Premio José Luis Guarner, además del Premio especial del Jurado y el Premio del Jurado Joven. Con ecos al Pasolini más humanista, a algunas películas de Fellini, otras de Visconti e incluso al Kusturica de Underground (1995), Lazzaro Felice logra, mediante la apariencia de una inofensiva fábula, realizar una profunda y crítica  reflexión sobre el neoliberalismo y las estructuras de poder que perpetúan la abismal diferencia de clases.

  1. Season of the Devil (Lav Diaz, Filipinas)

¿Hay algo más arriesgado que dirigir un musical a capella, en blanco y negro, de cuatro horas de duración, sobre la conflictiva y sanguinaria militarización de Filipinas en los años ochenta? ¿Hay alguien más apropiado que Lav Diaz para dirigirlo? Season of the Devil ha sido, sin duda alguna, una de las películas más extremas y audaces de este festival. Tan solo algunos inconscientes se atrevieron –nos atrevimos– a dedicar cuatro horas de sus respectivas vidas a un experimento de tal envergadura. La contundente crítica a la dictadura de Ferdinand Marcos y los largos planos secuencia presentes en la mayoría de sus películas, se han convertido ya en el sello personal del director. ¿Os imagináis cómo sería una violación a manos de despiadados militares y cantada a ritmo de blues? Yo hace casi una semana que la presencié y todavía no me la puedo quitar de la cabeza.

01.Domestik  (Adam Sedlák, República Checa)

      *Mención especial, Sección Noves Visions

      *Premio Citizen Kane a la mejor dirección nobel

La opera prima de Adam Sedlák disecciona una adicción descontrolada con la milimétrica exactitud de una incisión practicada por un experimentado cirujano. Con una puesta en escena tan minimalista como contundente (menos es más, como bien decía Mies van der Rohe), con tan solo tres personajes y apenas un par de lugares en los que ubicar todas las secuencias, Sedlák configura una angustiosísima pesadilla anclada en la repetición que nos muestra cuán siniestro puede llegar a ser nuestro comportamiento cotidiano cuando se ve perturbado por una obsesión incontrolable, tanto si se trata de ser madre como de lograr el estatus de ciclista de élite.

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Sitges Festival Internacional de Cinema Fantàstic de Catalunya 2018. Películas destacadas (I)

Elegir una o varias opciones siempre te obliga a descartar el resto. Señalar tan solo una serie de películas implica ningunear a otras. Es un proceso bastante cruel, algo doloroso y también, por qué no admitirlo, intrínsecamente injusto e incluso en según que contextos, un tanto absurdo. Por mucho que intentemos argumentar de un modo objetivo por qué nos decantamos por elegir tal o cual película y no otra, siempre habrá un inevitable porcentaje de subjetividad visceral que emergerá desde lo más hondo de nuestras entrañas y guiará nuestras decisiones sin que nos demos cuenta. Aun así, no podemos evitar hacer listas constantemente: los libros que nos llevaríamos a una isla desierta, los mejores momentos de nuestra vida, nuestros directores favoritos, las canciones que más nos hacen llorar… Los festivales de cine, sin duda alguna, son el mejor contexto para cultivar el innoble arte de la enumeración. Críticos y públicos se esfuerzan en ver el mayor número de filmes posibles en un breve lapso de tiempo y discuten en las colas de los cines sus rankings con las películas más y menos valoradas; levantando ligeramente el tono de voz cuando aparece la película polémica de la temporada, esa que a unos enerva y a otros fascina. Correrán ríos de tinta sobre algunos de los filmes que hemos podido ver este año en el Festival de Sitges. Algunos de ellos se estrenarán en salas comerciales, otros no. Opiniones enfrentadas intentarán argumentar en extensos artículos sus respectivas valoraciones. Y así, entre crónica y crónica, entre artículo y artículo, entre entrevista y entrevista, se irá conformando esa historia del cine que, afortunadamente, nunca se acaba de definir.

A continuación os dejo con la lista de mis películas favoritas de este año. Algunas han recibido premios y otras han pasado desapercibidas para los distintos jurados. Soy consciente de que me he perdido muchas obras que probablemente merezcan mi atención y confío en que al menos algunas de ellas consigan distribución próximamente en nuestro país. Sea como fuere, esta es mi decisión. Asumo de antemano que nadie tiene por qué estar de acuerdo con ella. De hecho, para algunos críticos, muchas de estas películas podrían estar incluidas en la lista de peores películas vistas en el festival. Pero, después de todo, ¿qué sería de la crítica sin la diferencia?

  1. Animal (Armando Bo, Argentina)

El argentino Armando Bo es conocido por ser el guionista de películas como Biutiful (Alejandro González Iñárritu, 2010) o Birdman (o la inesperada virtud de la ignorancia) (Alejandro González Iñárritu, 2014), y su opera prima fue El último Elvis (2012), ganadora de un buen puñado de premios de la Academia Argentina. Animal (2018), su segunda película, nos enfrenta de un modo sencillo y directo a la angustia que se oculta en la cotidianidad. Su protagonista, Antonio Decoud, hombre de familia de clase media, se ve obligado a tomar una decisión extrema para solucionar sus graves problemas de salud, pero no es capaz de imaginar los imprevistos a los que tendrá que enfrentarse. La incomodidad que producen algunas de las secuencias de Animal podría hacernos pensar en varias de las películas dirigidas por Mariano Cohn y Gastón Duprat, películas como El artista (2008), El hombre de al lado (2009) o El ciudadano ilustre (2016), en las que la parte más miserable de los seres humanos emerge en los momentos más inesperados, creando una cierta tensión no exenta de humor negro.

  1. Au poste! (Quentin Dupieux, Francia)

       *Sección Oficial Fantàstic Competició, mejor guion

Allá por el año 2010, el francés Quentin Dupieux, también conocido por el pseudónimo Mr Oizo –que utiliza en el mundo de la música–, trajo al festival de Sitges su película Rubber, pintoresca fábula de un neumático asesino que hizo las delicias de un público ávido de sangre, vísceras y humor. Ocho años después regresa con Au poste!, la delirante historia de un interrogatorio que acabará complicando la vida del protagonista del filme mucho más de lo que se imagina. Personajes que se comportan de un modo inexplicable, muertes absurdas, situaciones incontrolables… Dupieux recurre de nuevo a ese humor absurdo que tan bien le funcionó en películas como la citada Rubber, Wrong (2012) o Realité (2014) y utiliza una estructura metarreferencial y plagada de saltos en el tiempo que sorprende y desconcierta a partes iguales.

  1. L’heure de la sortie (Sébastien Marnier, Francia)

      *Sección Oficial Fantàstic Competició, mención especial del jurado

Un maestro de un instituto para adolescentes superdotados se suicida lanzándose por la ventana del aula, durante las clases. Para reemplazarlo llegará Pierre, profesor sustituto que empezará a sospechar del extraño y distanciado comportamiento de seis de sus alumnos. L’heure de la sortie –adaptación de la novela homónima de Christophe Dufossé del año 2002– transcurre al principio con una cierta lentitud, sí, pero consigue acumular tensión a cada secuencia que pasa. Las inquietantes interpretaciones de sus protagonistas y la frialdad extrema de un guion en el que ninguna palabra resulta trivial, conforman una obra contundente, con unos personajes nihilistas que buscan una solución radical para acabar con una existencia que, vista la situación actual, no tiene más opción que ser mediocre.

  1. El ángel (Luis Ortega, Argentina)

Carlos Eduardo Robledo Puch, más conocido en Argentina como el Ángel de la Muerte, ingresó en prisión en el año 1972. Fue condenado a cadena perpetua por diez homicidios calificados, un homicidio simple, una tentativa de homicidio, diecisiete robos, un abuso deshonesto, una tentativa de violación, dos raptos y dos hurtos. El director argentino Luis Ortega ha decidido contar su historia; evitando, eso sí, todos aquellos clichés que tanto abundan en las películas sobre psicópatas y asesinos. Ubicada en las antípodas de filmes como Angst (Gerald Karlg, 1983) o Henry, retrato de un asesino (1986, John Mc Naughton), El Ángel evita la sordidez y tiene sus principales bazas en la carismática interpretación de su joven protagonista (un debutante Lorenzo Ferro en estado de gracia) y también en la inusual combinación entre humor y tensión sexual.

  1. Aniara (Hugo Lilja, Pella Kagerman, Suecia)

¿Quién ha dicho que los suecos no pueden hacer buena ciencia ficción? Aniara narra la angustiosa deriva de una gigantesca nave que, ante la imposibilidad de llegar a Marte –su destino final– acabará convirtiéndose en el hogar definitivo de sus tripulantes, y también en un sarcófago para muchos de ellos. Lo que empieza como una utopía futurista avanza lentamente hacia terrenos tenebrosos que la acercan al terror psicológico. Adaptación de un poema de Marty Harrinson, Aniara es capaz de cautivar al espectador, no solo por su cuidado diseño de producción sino también por las interpretaciones de sus protagonistas y la fuerza narrativa de su guion.

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