Esta no es la distopía que me prometisteis

Distopía: f. Representación ficticia de una sociedad futura de características negativas causantes de la alienación humana

2020. Podría ser la fecha de alguna de las odiseas espaciales de Arthur C. Clarke. Suena lo suficientemente evocadora, lejana. Una fecha redonda que sin embargo tiene algo de imprecisa, de quedarse a medio camino de algo. Pero no, quita. 2020 es hoy. Y es un hoy decepcionante. Desde el punto de vista de cualquier ser humano confinado, pero también desde una perspectiva cinéfila. Me explico. ¡Teníamos tantas expectativas! ¿Por qué no un mundo berraco en el que las máquinas nos diesen sopas con onda, dispuestas a relevarnos como portento evolutivo? Yo me había imaginado que una legión de replicantes -con fecha de caducidad y muy vengativos ellos- estarían a estas alturas buscando a su Creador en la sede corporativa de alguna multinacional.

Blade Runner (Ridley Scott, 1982)

Esperaba neones por doquier, anuncios en alguna neo-lengua, un prêt-à-porter más heterodoxo, sueños aerotransportados. Seguiría habiendo ingenuos y villanos, pero todo tendría un aire sofisticado y al mismo tiempo… bizarro y desencantado. Porque hasta el caos es una cuestión de actitud, de flequillo, de cuero, de piezas y órganos biointercambiables. A mi rebelión de las máquinas no le pedía que fuese sistemática, ni mucho menos. Sería tan desordenada y patillera como la de los robots de Almas de metal (Michael Crichton, 1973). Entidades cobrando conciencia y… actuando en consecuencia contra un mundo borracho de ocio extremo. En comparación con el Yul Brynner pistolero, lo de Hal 9000 fue muy poco profesional: la megalomanía del silicio siempre acaba pecando de falta de ambición. ¿Cómo es posible que le falte perspectiva a la inteligencia artificial?

Diréis que también hubieron futuribles mucho más oscuros. En Matrix (Lana & Lilly Wachowski, 1999) se suponía que habíamos quedado relegados a ser muertos en vida, habitantes de una falsa realidad que tenía la cortesía de dejarnos en la inopia, una opción como otra cualquiera frente a lo insoportable. ¿Estaba esta sociedad de 2020 tan lejos de Matrix? Cambia las píldoras de colores por un dispositivo móvil -que dentro de tres décadas nadie tendrá problemas en implantarse- y tendrás un retrato no muy deformado del día antes (y del día después) al Coronavirus. Aunque lo que realmente nos preocupa estos días (una sola cosa como humanos yoístas que somos: nuestra muerte o la de aquellos que más queremos) ya había tenido amplio eco en el género de la ciencia-ficción.

En La fuga de Logan (Michael Anderson, 1976), el propio Estado acababa fijando una “edad de expiración”, una obsolescencia programada a manera de contención malthusiana. Pero es que los setenta ya habían sido pródigos en distopías a costa de la superpoblación y la esperanza de vida inasumible. Sin ir más lejos, Soylent GreenCuando el destino nos alcance (Richard Fleischer, 1974), también fantaseaba con un mundo que apostase por la eutanasia consensuada, por un abandono ordenado en un entorno aséptico y falsamente caritativo. Inhumano aquél futuro, inhumano este presente. En contraste con tanto futurismo miserabilista, un ahora miserable (sin más); en el que la muerte -conspiparanoicos al margen- no es un constructo gubernamental, sino un terrible accidente logístico y espiritual de países alelados.

El tiempo en sus manos (The Time Machine, George Pal, 1960)

Yo esperaba que la sociedad decayese lentamente, que nos dejásemos ir sin prisas pero sin pausa. No, no estoy pensando en un escenario a lo Mad Max (George Miller, 1979): por muy grande que sea el vehículo en el que te muevas, huir nunca es la solución. Hay que buscar un refugio, ya sea para ponerse a salvo de los acaparadores de combustibles fósiles o de mutantes antropófagos. El subsuelo. Las catacumbas siempre han parecido un lugar viable, en el que -llegado el momento- se podría aguantar lo que nos echasen. Pienso en los Morloks de La máquina del tiempo (George Pal, 1960), horrendos seres a los que la vida de topo no les sentaba muy bien. Pero también en la secta adoradora de la bomba atómica de Regreso al planeta de los simios (Ted Post, 1970), un puñado de irradiados poco hospitalarios con poderes telepáticos y acostumbrados a la vida en las galerías de servicio de un metro de Nueva York con estatua de la libertad recostada en la playa.

Podíamos haber supuesto un ocaso mucho más operístico, mucho más grandioso. No hacía falta aspirar a la inmortalidad, como los atormentados supervivientes de Zardoz (John Boorman, 1974). El reset ciberpunk no ha necesitado de una crisis del petróleo ni de un intercambio de megatones entre las superpotencias. De hecho, la crisis perfecta ha resultado un accidente perfecto, una derivada de nuestra vida -ya de por sí confinada- en megaurbes sin alma. Quizás fuese la Metrópolis (1927) de Fritz Lang (engrudo ideológico gentileza de Thea von Harbou al margen) la primera en plantear una distopía con rascacielos y obreros-termita fichando en deprimente orden de batalla. En la ciudad pasan siempre cosas malas: niños con superpoderes la convierten en su patio de juegos -Akira (Katsuhiro Otomo, 1988)-, los ocultos te persiguen y no sabes por qué -Dark City (Alex Proyas, 1998)- o los terroristas se ceban con el escaparatismo más cool -Brazil (Terry Gilliam, 1985)-. Olvidadlo. Nos hemos quedado sin rescate en Nueva York o en Los Ángeles: hasta el machirulo de Kurt Russell debe de estar amondongado, dándole al mando a distancia.

No ha hecho falta siquiera de una limpieza ideológica a costa de la literatura -Farenheit 451 (François Truffaut, 1966)-. Porque resulta que ya habíamos dejado de leer tiempo ha, enfrascados en un eterno toma y daca con quienes creemos tener a mano y nunca están presentes (¿amigos o conciencias virtuales?). No, no ha hecho falta ningún plan maestro: la humanidad ya había bajado los brazos hace tiempo, sin necesitar siquiera de ser aleccionada. ¿Suena muy loco Minority Report (Steven Spielberg, 2002) en el planeta de los chinos con sistema de puntos, seguimiento perpetuo y dádivas personalizadas en función de la “ciudadanía demostrada”? ¿A cuánto nos hemos quedado en la selección genética de la Gattaca (1997) de Andrew Niccol?

Hijos de los hombres (Alfonso Cuarón, 2006)

Nuestro Hijos de los hombres (Alfonso Cuarón, 2006) no ha sido ninguna extraña enfermedad que afecte a la gestación. Nuestra pandémica frustración habrá sido no ser capaces de proteger a los que nos parieron, silentes y dóciles hasta en la muerte. En definitiva, que quién más acertó fue el divino Orwell: ¡nuestro ‘1984’ es este! El miedo no lo provoca una guerra interminable y difusa, sino una posibilidad de infección no tan remota. Filas silenciosas en las puertas de los supermercados, perros que se pasean sin ser tironeados, sonrisas invisibles en gentes sin rostro. Por megafonía advierten que no hay que apelotonarse en la zona de frutería. Sirenas en la puerta. Miedo al otro, a las noticias, al día de mañana. Aunque quizás la visión más atinada de este mundo en suspenso y de puertas hacia adentro fuese la de un tal Luis Buñuel. En El ángel exterminador (1962) la gente permanecía, sin saber muy bien el por qué, entre las cuatro paredes de una casa mucho después de concluida la supuesta celebración. Nuestro presente amenaza con convertirse en un encierro hasta nueva orden del que quizás, una vez concluido, nos cueste salir por nuestro propio pie. Esa sí que sería una distopía a la altura de esta tragedia.

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La niebla y el horizonte

Me gustaría empezar este texto con una confesión: estoy llevando todo esto bastante regular. Supongo que, en una situación como la que estamos viviendo, cada cual canaliza la ansiedad a su manera y yo probablemente todavía no he encontrado la mía. Hay gente cuya rutina no ha cambiado en lo esencial y siguen teletrabajando desde casa solos y precarizados, as usual, otros han descubierto su pasión por la cocina o las manualidades, hay quien está aprovechando este apocalíptico intermedio para ponerse al día con las series (cosa para la que, de hecho, necesitaría varias vidas) y a otros les ha dado por la vida sana, el yoga en el salón y los vídeos de mindfulness en Youtube. También hay quien se pasa el día enviando memes y vídeos graciosos a sus familiares, allegados, amigos, colegas y conocidos, y los que se estresan porque no van a ser capaces de hacer todas las actividades en streaming que ahora se nos proponen. ¿Será que la hiperproductividad neoliberal también genera dopamina y por eso en momentos como estos preferimos hacer más y pensar menos?

Para ser sincera, ninguna de estas alternativas me resulta demasiado tentadora y es por ello que intento quedarme con lo de siempre: cine y literatura pendientes. Os aseguro que me encantaría aprovechar estas horas muertas disfrutando de todos esos libros sin leer amontonados en los estantes (tsundoku, le llaman a esto los japoneses) o de todas esas películas que ahora podemos disfrutar online de manera gratuita. Pero por desgracia, de poco sirve el tiempo si no hay suficiente ánimo y predisposición. Porque desconecto con frecuencia sea cual sea la película, para consultar, una y otra vez, las estadísticas de muertes por Covid-19 en el teléfono móvil (en escala lineal y logarítmica), las discusiones por redes sociales de todos los cuñaos capaces de arreglar el mundo, los artículos amarillistas escritos por reporteros que, cual habilidosos prestidigitadores, convierten la desgracia en pornografía, los mensajes oficiales de los distintos presidentes (los que nos caen bien y los que no), los pronósticos de los epidemiólogos optimistas y los pronósticos de los epidemiólogos pesimistas, los artículos que rememoran la peste bubónica del S XIV y las fotos de las principales capitales de Europa completamente vacías. Lo sé, es un considerable compendio de lo peor que se podría hacer en estas circunstancias. Lo sé, tendría que aprovechar estas semanas para desconectar por completo, focalizar en las cosas que puedo hacer sin atormentarme, empezar algún proyecto nuevo, hacer limpieza a fondo de la casa, empezar a escribir una nueva novela… Y sí, de nuevo la adicción a la hiperproductividad, como un fantasma siempre presente a nuestro alrededor, cualesquiera que sean las circunstancias.

Pero, aunque no lo parezca, he venido aquí a hablaros de cine. O al menos, a intentarlo. Aunque en estos momentos tenga unas irreprimibles ganas de llorar. Como Keiko, la camarera protagonista de uno de los primeros largometrajes de Sion Sono, Keiko desu kedo (I am Keiko, 1997), y apoye las manos en el cristal de la ventana con la esperanza de sentirme un poquito más cerca del exterior. Aunque cuente, como ella, los segundos, los minutos, los días que faltan para que todo esto termine y lo recordemos tan solo como una inoportuna pesadilla.

"Keiko desu kedo" ("I am Keiko", Sion Sono, 1997)

Por supuesto, todos sabemos que podría ser mucho peor. Al fin y al cabo, en mi caso, y en el de mucha gente, no deja de ser una suerte de pandemia en diferido retransmitida a través de redes sociales. Obviamente no es así para quienes la están sufriendo de verdad (ya sabemos todos quiénes son) y no en modo burgués o semiburgués, que al fin y al cabo es como muchos de nosotros la estamos observando desde nuestros cómodos hogares. Y sí, cuando pienso en todo eso, como es lógico aflora en mí el sentimiento de culpabilidad. ¿Quién eres tú para quejarte cuando hay gente que lo está pasando infinitamente peor? Deja de darle vueltas al asunto y habla de cine, que al fin y al cabo, es a lo que has venido.

Porque no eres víctima de violencia de género ni vives en una barraca de cartón. Porque tu nevera está llena y tienes ahorros para sobrevivir una temporada. Porque no tienes un hijo como Julito de la Cruz ni has de ser 24 horas al día como Clara, el personaje de Victoria Abril en Mater Amatísima (José Antonio Salgot, 1980), encerrándote en casa con el pequeño autista y evitando toda relación con el mundo exterior. Porque tus vecinos no son depredadores como los vecinos de Robert Laing en High-Rise (Ben Wheatley, 2015) y por el momento no vas a necesitar armas de fuego para seguir adelante. Porque tu familia siempre ha sido permeable a las influencias –positivas– del mundo exterior y no te han educado como los progenitores de Canino (Kynodontas, Yorgos Lanthimos, 2009) a sus hijos. Porque sí, porque hay gente que está mucho peor que tú, así que deja de dramatizar y habla de cine.

"High-Rise" (Ben Wheatley, 2015)

 

"Canino" ("Kynodontas", Yorgos Lanthimos, 2009)

En definitiva, de poco sirve hacerse la víctima y sentirse mal, aunque el Primer Ministro de Canadá Justin Trudeau nos haya dicho por Twitter que estamos en nuestro derecho a hacerlo, debido a lo excepcional de las circunstancias. Opta, en cambio, por la vía positiva, para variar. Recomienda a los lectores buenas películas, preferentemente largas (recuerda que ahora tienen mucho tiempo libre). Háblales de la estética magnificencia de los 450 minutos de Sátántangó (Béla Tarr, 1994), de la gozosa y juguetona incontinencia narrativa de Mariano Llinás en La flor (2018), de la ambición y la suntuosa complejidad experimental de Noticias de la antigüedad ideológica (Alexander Kluge, 2008), estupendas opciones todas ellas a las que dedicar ese tiempo que no queremos desperdiciar.

También puedes aprovechar el filón apocalíptico-epidémico para ser un poco oportunista y recomendar obras maestras desconocidas que tus compañeros de profesión crítica todavía no hayan desempolvado. Como la escalofriante Variola Vera (Goran Markovic, 1982), por ejemplo. Porque el cine yugoslavo de los años 80 es todavía para muchos un gran desconocido y la película lo merece. Por eso, y porque recrea un caso real de epidemia de viruela, la última que hubo en Europa, y que afectó a toda Yugoslavia en 1972. También por su inesperada mezcla de terror costumbrista y humor negro, y porque algo de esperanza no viene mal de vez en cuando (la epidemia fue contenida con relativo éxito y finalmente, “tan solo” hubo 175 contagiados y 35 fallecidos en todo el estado. Al menos, según los datos oficiales.).

"Variola Vera" (Goran Markovic, 1982)

Y si piensas en un espectador más dado a la melancolía y la decadencia sofisticadas, le puedes sugerir que recupere Muerte en Venecia (Morte a Venezia, 1971), una de las obras maestras de Luchino Visconti, en la que una epidemia de cólera azota una Venecia que, años después, se verá obligada a revivir el pánico en el mundo real. Puedes proponerle que busque paralelismos. Que analice la incredulidad inicial generalizada, tanto en el filme como a su alrededor. Que preste una especial atención a esa secuencia en la que Gustav von Aschenbach busca desesperado a alguien que le diga la verdad, a alguien que le cuente sin reservas todo lo que en realidad está pasando.

"Muerte en Venecia" ("Morte a Venezia", Luchino Visconti, 1971)

Me gustaría, en momentos como estos, tener la entereza de Jafar Panahi y utilizar la cuarentena forzosa para crear. A ser posible, una obra maestra. Aprovechando además, que las autoridades ni siquiera me lo prohíben como a él (a no ser claro, que necesite salir de casa). Pero admitámoslo, no soy Panahi y en estos días de encierro no creo que logre nada parecido a Esto no es una película (In Film Nist, 2011). Tampoco soy JD Salinger ni Emily Dickinson y, como ya dije al principio del texto, este confinamiento lo estoy llevando regular.

"Esto no es una película" ("In Film Nist", Jafar Panahi, 2011)

De hecho, mi tendencia al tremendismo desaforado (que por respeto a mis amistades intento manejar en privado) me lleva a menudo a imaginarnos, a mí y a mi pareja, como si fuésemos los entrañables ancianos de Cuando el viento sopla (When the Wind Blows, Jimmy T Murakami, 1986), asomándonos dentro de unas semanas a la puerta de la calle, asustados, hambrientos y deshidratados, manteniendo la esperanza de que no se repita el paisaje postapocalíptico del filme. Por supuesto, soy consciente de que la realidad no será así, y si bien las consecuencias de lo que está sucediendo serán nefastas para una mayoría, tal vez lo más sensato (o en todo caso, lo menos desalentador) sea dejar una puerta abierta al optimismo, como hace el filósofo Slavoj Žižek. Aun a pesar de que temamos que las medidas coercitivas van a acabar quedándose entre nosotros bastante más tiempo del necesario. Aun a pesar de que temamos que el neoliberalismo, con cada desgracia, acabe haciéndose un poco más fuerte.

"Cuando el viento sopla" ("When the Wind Blows", Jimmy T Murakami, 1986)

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Por donde he venido. Una mirada a presente, pasado, y futuro en esta pandemia desde la protección de las cuatro paredes.

"- ¿Apagamos la luz? ¿Apagamos la luz? Pero si apagamos la luz, no puedo volver a darte el aliento vital."

Entrevista con el vampiro (Interview with the Vampire: The Vampire Chronicles, Neil Jordan, 1994)

"Entrevista con el vampiro" ("Interview with the Vampire: The Vampire Chronicles", Neil Jordan, 1994)

Justo hace una semana escribía sobre los jabalíes que tomaban la Diagonal en Barcelona, perfecta excusa para compararlos con el oso de Doce monos (12 Monkeys, Terry Gilliam, 1995) y, evidentemente, sacar a relucir los paralelismos que estos días extraños tienen con lo reflejado en una historia que, allá no dije, hace evolucionar magníficamente el cortometraje/obra maestra  El muelle (La jetée, Chris Marker, 1962). Curiosamente, días después la noticia fue, precisamente, el oso que invadía las calles de Cangas de Narcea, en Asturias.

Un oso vagando por las calles... y un estremecimiento.

El cuerpo se estremece, sí. La realidad definitivamente deja de existir. Ya no depende ni tan siquiera de los puntos de vista. La realidad se equipara a la ficción, y la ficción levanta la voz y nos grita, con un leve tono de sorna: "os lo dije".

"Os lo dije". La ficción, en cualquiera de sus formatos, como oráculo de una verdad que no quisimos escuchar.

Escribo esta quizá pesimista sentencia, y se me viene a la mente otra imagen mucho más esperanzadora. Paciencia, he decidido relatarla también. Pero antes... necesito ir por orden.

("Nota mental": me estoy dando cuenta en estas últimas semanas que mi vida se rige, mucho más de lo que yo pensaba, por el cine y la literatura acumulada en las celdillas de la mente. Quizá incluso más que por mis propias vivencias.... y ahora mismo soy incapaz de decidir si eso es bueno, o malo. Por ahora, simplemente es. Pero, un breve ejemplo con la "crisis" del papel higiénico: ni memes, ni nada. Siempre que se pueda, hay que recurrir a Palahniuk:

Extracto de 'El club de la lucha' ('Fight Club', Chuck Palahniuk, 1996)

Marla hablando a Tyler. Tyler, pozo de conocimiento, tiene, y es, la respuesta a cualquier duda de nuestra generación.)

("Nota mental 2": Tyler me lleva a pensar en Brad Pitt y una de sus mejores interpretaciones: El club de la lucha - Fight Club, David Fincher, 1999). Coincidencia: Brad Pitt con una carrera plagada de personajes que marcan la evolución de nuestra vida, y en especial de esta pandemia. Era el Jeffrey Goines de Doce monos, y es el protagonista del fotograma que quería comentar antes de tanta divagación. Se me antoja un texto que analice la selección de papeles de este actor - ¡que también protagonizó Guerra Mundial Z - World War Z - Mark Forster, 2013 -! Madre mía... me va a dar para un libro. Pero ahora... retorno.)

La misma semana en la que osos, jabalíes, e incluso pavos reales invadían las calles, veíamos las imágenes de la acumulación de ataúdes en iglesias de Italia. El estremecimiento volvía al cuerpo, más siendo conscientes de que España va, más o menos, una semana por detrás del (¿imparable?) avance del coronavirus en nuestro país hermano.

Y la imagen, la escena, es otra.

Entrevista con el vampiro. Louis, el vampiro que se alimenta de ratas para resistir a la sed de sangre que su nueva condición le pide, vaga por las húmedas y tétricas calles de París, atormentado y al borde de la locura. Se cruza con un enterrador que empuja un carro demasiado pesado, a causa de la cantidad de cuerpos que transporta. El hombre le ve, y le alerta:

"- No vaya por ahí, monsieur. ¡Es la peste! ¡Vuelva por donde ha venido!

- Por donde he venido..."

¡Ah! Qué maravilla, qué gran lección. La Historia se repite: un enterrador que se preocupa por sus congéneres, y que pese al riesgo continúa ejerciendo su trabajo, exponiéndose también a contraer la enfermedad. Una enfermedad inesperada, ante la cual nadie sabía reaccionar, y no se tomaban las precauciones que luego ya se supieron necesarias. Y un "hombre" que desde la distancia que su condición sabe que el virus no le afecta.

Enterrador. Virus. Vampiro.

Sanitarios, y profesiones ahora relacionadas (desde enterradores hasta limpiadores). Virus. Confinados.

Respecto a los profesionales poco hay que decir. Aplaudamos, sí. A ellos, y a nosotros, que estamos aprendiendo a apoyarnos a nosotros mismos y a nuestros seres queridos a nivel emocional (leía que estos días repunta el uso del teléfono fijo y las llamadas a viva voz... una alegría, eso de que estemos levantando la cabeza de la pantalla del móvil). Quizá, y quien pueda y quiera, el paso más allá es, simplemente, donar (permitidme incluir este enlace, que me toca mucho a nivel personal).

Respecto a la enfermedad... La peste, se dice en el film. Bueno, no era esa, específicamente. En realidad, en la Nueva Orleans de finales el siglo XVII se trababa de la fiebre amarilla. Qué más da. Lo importante es echar la mirada atrás. Ver el histórico de pandemias registradas y sufridas en todo el mundo a lo largo de la Historia.  Darse cuenta de que la evolución nos ha ayudado a irlas combatiendo, pero que se necesita conocimiento, experiencia, y tiempo. Y darse cuenta, también, de que la Naturaleza contraataca de forma recurrente. Que, quizá, ahora se ha rebelado contra una generación del primer mundo que se ha considerado superior con su tecnología, sus bonitas fotos en Instagram (estamos siempre felices, por supuesto, ¡cómo no!) y su falta de experiencia en una Guerra. Pues estamos en Guerra, sí. Y nuestra inconsciencia nos ha hecho llevar la enfermedad a todo el mundo, a lugares remotos que no se merecían ser víctimas de nuestro orgullo.

En parte, todos somos culpables. Pero nos daremos cuenta de ello. Y cambiaremos, espero, nuestros hábitos.

En parte, todos tenemos la solución. Pero por ahora la desconocemos.

Por eso me da rabia toda la política que se cuece alrededor de si nuestro Gobierno no ha actuado con la firmeza suficiente, que si llega tarde, que si.... A ver: el Gobierno no tiene ni puta idea. Y nosotros tampoco. Se está luchando contra algo nuevo, inesperado y arrasador. Apoyemos, y punto.

Y respecto a nosotros, los confinados en nuestras casas, entre nuestras cuatro paredes. Nosotros, vampiros que consumimos a marchas forzadas series, películas, y espero que literatura y cualquier otro tipo de cultura. Los que estamos confinados observamos la pandemia como lo hace Louis: es algo que está ahí fuera, que parece que no vaya con nosotros. Me remito al párrafo anterior.

No obstante, ya decía en el anterior texto: no me malinterpretéis. No es que no seamos conscientes. De hecho, somos lo suficientemente responsables como para estar obedeciendo el Decreto, mucho más allá del riesgo a ser multados. Es que no estamos en el epicentro. Observamos las imágenes, nos sorprendemos de que el Palacio del Hielo de Madrid se convierta en una morgue improvisada. "¡Uala!", pensamos. Pero lo hacemos como la escena de Entrevista como el vampiro. Pasamos de largo, aunque sea inconscientemente. Es la televisión, es una película. Está ahí fuera. "¿Qué fuerte lo que está pasando, no?". Y volveremos al capítulo pausado de Friends, o la la peli de Marvel de turno. Eso, hasta que nos toca, o toque, de lleno. Hasta que afecte a un ser querido del que no podamos despedirnos. Quizá entonces, cuando lo inevitable (porque lo era, no nos engañemos) nos llegue, potenciaremos exponencialmente nuestra conciencia social. Personalmente, así lo espero.

Ufff, qué bajona. No hay que terminar así. Así que vuelvo a la imagen que pensaba mientras comenzaba a escribir estas líneas. Aunque... antes, como ya viene siendo habitual, tengo que hacer un parón.

En la "quedada" de ayer viernes por la noche, esa que se ha instaurado seguro en millones de hogares (conectarse con los amigos por Skype, cada uno con su cervecita y sus patatas fritas en la mano), alguien dijo que esto del confinamiento era como el día de la marmota. Yo no lo comparto pero, si tuviese que hacerlo... prefiero recordar este magnífico final: "Hoy es mañana (Today is Tomorrow)". Atrapado en el tiempo (Groundhog Day, Harold Ramis, 1993):

Y, si de bucles hablamos... es posible que no salgamos de ellos. Como escribía más arriba, ya nos lo ha demostrado la Historia. Pero lo importante es que cada bucle, para nosotros y para nuestros seres queridos, sea distinto. Sin evitar la verdad y siendo conscientes de lo que pasa. Enfrentándonos a lo que nos toca vivir, y superándolo día a día. Así que la gran recomendación de hoy es un guilty pleasure personal: 50 primeras citas (50 First Dates, Peter Segal, 2003). ¿Por qué?

Lucy tuvo un accidente de coche que le ha afectado a la memoria inmediata. Han pasado meses. Años. Cada mañana, para ella, es el mismo día del accidente.

Henry llega al pueblo y queda prendado de Lucy. Pronto se dará cuenta de su terrible situación, pero no cederá ante el impedimento aparentemente imposible de sortear. La escena que adjunto es la de cierre. Si no la habéis visto, no la veáis, y conseguid la película. Si lo habéis hecho... a ver si os pasa como a mí: al revisarla, ahora y más que nunca, me ha vuelto a emocionar.

("Nota Mental 3": Adam Sandler, uno de los grandes. Poco se dice).

Y ahora sí: la escena esperanzadora sobre la ficción que es oráculo del futuro. Como dijo de mí hace poco Jorge-Mauro de Pedro en Facebook, responsable de esa imprescindible web con la que estamos colaborando con estos textos que es Culturaca –junto a Miradas de Cine y Contrapicado)– ...yo soy muy de ciencia ficción. He leído todo lo que he podido de la Edad de Oro de la Literatura de Ciencia Ficción (1939-1946), he visto todo tipo de films. Y sí, la imagen que me ha hecho sonreír antes, es de Star Trek, la serie original, y la tablet que llevaba el Capitán Kirk en sus manos. Porque no todas las predicciones deben acabar en desastre.

"Star Trek"

De hecho, puedo recordar un vídeo sobe las 11 predicciones de Star Trek..:

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El cine del día después

El día después -porque tiene que haberlo, porque necesitamos pensar que lo habrá- los cineastas del año de la pandemia emergerán a la superficie desde un cubículo cualquiera de la España amontonada o de la vaciada. No habrá entusiasmo en sus rostros. Tampoco presumirán de decisión o especial arrojo. Sus gestos, como los de todos, serán torpes e inarticulados. Sus frases, balbuceantes. Posiblemente mirarán hacia arriba y soltarán alguna maldición. Nadie se atreverá a besar el suelo, por lo menos hasta constatar el paso de la brigada de desinfección.

En cualquier caso, se sentirán imbuidos de una gran responsabilidad colectiva. Nadie los considerará un sector clave para la “reconstrucción” (enseguida empezarán a acuñarse términos grandilocuentes, eslóganes motivacionales, arengas con y sin música incidental), pero esa será, de alguna manera, su principal ventaja. Se podrán mover con cierta libertad porque para variar nadie considerará importante la normalización de ninguna actividad cultural.

El cine del día después será testimonio o no será. Las cámaras deberán de buscar a la gente, volverán a esas calles antes desiertas y ahora tan solo parcialmente transitadas. No será un neo-neorrealismo. Tendrá más de free cinema post-traumático: la realidad social (bueno, lo que quede de la realidad y de la sociedad) tomará la palabra y sonará emocionada, indignada, contrariada.

Al principio no habrá micrófonos para tanta frustración. El cineasta del día después mirará nerviosamente a lado y lado, a esa cola cada vez mayor de gente dispuesta a plantarse frente a su objetivo y resarcirse frente a la vida y la muerte. Se dirán cosas terribles, se hablará de acciones hermosas. El material se irá multiplicando y el realizador-espigador se dará cuenta de que lo que haga o deje de hacer durante el montaje se convertirá, nuevamente, en una cuestión moral.

Extrañado pero también regocijado, el cineasta del día después levantará acta de la muerte de la telerrealidad. Centenares de millones de seres humanos sometidos a su propio Gran Hermano: la cercanía intoxicante de los seres queridos, la ansiedad mal gestionada, las catarsis a la hora de la merienda. Definitivamente, aquello dejará de tener ningún interés tras haberlo experimentado en las propias carnes. Tras tantas jornadas de encierro, ¿quién va a volver a perder el tiempo con vidas insulsas idénticas a nuestras insulsas vidas?

La gente no querrá tampoco cámaras nerviosas persiguiendo a víctimas propiciatorias en plano subjetivo. Después de tanta histeria e improvisación, muchos querrán escuchar a quien de verdad tenga algo que decir. Nuestro cineasta constatará, embobado, el redescubierto poder de la palabra. Se pretenderá escuchar y se pretenderá razonar. (Durará unos días. Habrá que aprovecharlo).

Durante su propia peripecia, nuestro realizador también ha podido experimentar la caída en desgracia de la conectividad a perpetuidad. ¿Cuántas veces no habrá optado por aparcar el teléfono unas horas, por apagar el televisor y evitar el acceso a cualquier fuente de la mal llamada “información”? En tiempo real ha podido convencerse de que no hay ningún acontecimiento, por terrible que sea, que exija de un seguimiento al minuto, qué digo, al segundo. La voluntad de saber entra en conflicto con la voluntad de abrumar. Los medios de comunicación, irresponsables y jactanciosos, se felicitarán por el bien que han hecho a la comunidad, por el esfuerzo, por el sacrificio. Y tú recordarás los corresponsales desplazados a pie de morgue, aves de rapiña buscando la reacción en caliente de alguna viuda calentita, de algún huérfano derrumbado.

El cineasta del día después no querrá saber nada de la actualidad. Huirá de las primicias y de la inmediatez como del Diablo. Al igual que en el montaje impuesto por el cine norteamericano, la función de este sucederse de imágenes impactantes y asertos histéricos quedará bien patente: impedir el análisis, dificultar la comprensión. Los fuegos de artificio de la era digital convertidos en danzas pirómanas a mayor gloria del caos.

La labor del escriba de la no-ficción será hercúlea. Pedir silencio y empezar a ordenar tanto material de derribo. Y todo ello mientras ahí fuera nadie estará dispuesto a creer su versión, porque desde el día 1 ya están trabajando en la oficial. La del poder del pueblo, la superación, el orgullo nacional y demás mandangas.

¿Habrá alguien ahí fuera dispuesto a creerlo?

* * * * *

El día después – porque necesitamos pensar que lo habrá, porque tiene que haberlo- los pocos espectadores que todavía le quedaban al cine descenderán a las calles con sed de normalidad. Todo habrá cambiado, pero nos moriremos de ganas por pretender que todo sigue igual. Tras semanas saliendo a por el pan con la sensación de ser el Charlton Heston de El último hombre… vivo (Boris Sagal, 1971), los pequeños gestos cobrarán una importancia desmesurada. No descarto que más de uno se pase de frenada, cierre los ojos y empiece a enumerar pequeños subidones cotidianos al más puro estilo Amelie. Divina horterada.

El último hombre...vivo (The Omega Man, Boris Sagal, 1971)

Algunas salas supervivientes empezarán a abrir paulatinamente. No serán muchas: el reunirse en un espacio cerrado para ver conjuntamente algo (sospechoso, ¡muy sospechoso!) pasará a estar demonizado: un acto de irresponsabilidad social. ¡Qué insensatez! ¿Por qué exponerse? Hasta las majors empezarán a optar por el cine en casa, llegando a alianzas impensables con las que eran sus enemigas acérrimas a principios de año.

Y sin embargo seguirá habiendo alguien queriendo ver algo distinto de una manera digamos que… arcaica. Un espectador ahíto de evasión, de ocio acrítico para tiempos de crisis (que los son todos). No será ni mucho menos una mayoría -¿cuándo lo ha sido?-; el cine volverá a ser reivindicado como un arte narcótico, como una terapia visual que favorece la negación y el olvido. El opio de un pueblo que ya va hasta las trancas de Prozac.

Pero eso no será lo peor. El espectador del día después se enfrentará a un auge evidente de los maximalismos. El control social ya no se ejercerá a través de tarjetas de puntos y apps que te exigen saber dónde estás. No. Ahora querrán saber más cosas de ti. Todavía.

La democracia será la peor parada. Y por ende, el cine. Elegir dejará de ser una prerrogativa de los hombres libres. Se convertirá en una excentricidad, en una boutade, en ganas de dar la nota. Lo cinematográfico -compacto, resumido- pasará a tener el mismo formato que aquellas ediciones abreviadas de los clásicos universales. Domeñadas, masticadas, consumibles.

El canon se conformará a partir de “lo más visto”, del producto sometido a mayor número de validaciones. Sonará científico, lógico, incuestionable. El criterio de una mayoría condicionada será la nueva vara utilizada para medir “lo artístico”. El espectador avezado -el del día después, pero también el del día de antes, ya entrenado- no se sorprenderá en exceso: reconocerá las viejas formas, los perros idénticos con diferente collar. ¿Podrá protestar, denunciar lo evidente?

Quizás sí. En cualquier caso, la protesta ya no será cosa de multitudes. Volverá al socorrido territorio de la resistencia: soterrada, clandestina, atomizada. Una resistencia que siempre estuvo ahí: la que iba a los museos entre semana, la que sacaba libros de las bibliotecas públicas antes de que fuesen clausuradas por decadentistas, la que comerciaba a hurtadillas con el cine que no le dejaban ver, papelinas en USB que corrían de mano en mano, de alma en alma.

Good Bye, Dragon Inn (Bu San, Tsai Ming Liang, 2003)

El espectador del día después, arrinconado y ridiculizado, tendrá que apañárselas para acceder a las películas de director del día después, más marginal que maldito. Como siempre ha sido, como siempre será. Tendrá la sensación de estar practicando una actividad trasnochada, de ir en contra del ritmo de unos tiempos atentamente vigilados por el diapasón del miedo.

La curiosidad, que quizás acabe siendo sinónimo de terrorismo, hará que las películas del nuevo-viejo tiempo encuentren a su público. Y será eso: un público, no una masa condescendiente y solícita. Un puñado de supervivientes que empezarán a escuchar lo de “la siguiente será peor” en su primer paseo por la plaza del barrio.

Y sonreirán. Porque sabrán que también tendrá su día después.

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De osos, o jabalíes. El futuro ya es historia

Jeffrey Goines: ¿Sabes qué es la locura? Locura son las reglas de la mayoría. Toma los gérmenes, por ejemplo.

James Cole: ¿Gérmenes?

Jeffrey Goines: Uh-huh. En el siglo XVIII, nada de eso, nada, nada. Nadie jamás imaginó tal cosa. Ninguna persona cuerda, de todos modos. Ah! Ah! Luego viene este doctor, uh, uh, uh, Semmelweis, Semmelweis. Semmelweis viene. Está tratando de convencer a la gente, bueno, principalmente a otros médicos, de que hay estas pequeñas cosas invisibles y pequeñas llamadas gérmenes que entran en tu cuerpo y te enferman. Ah? Intenta que los médicos se laven las manos. ¿Quién es este chico? ¿Un loco? ¿Pequeño, pequeño, invisible? ¿Cómo lo llamas? Uh-uh, ¿gérmenes? ¿Eh? ¿Qué? Ahora, corte al siglo XX. La semana pasada, de hecho, antes de que me arrastraran a este infierno. Entro para pedir una hamburguesa en este restaurante de comida rápida, y al tipo se le cae al suelo. Jim, lo recoge, lo limpia, me lo entrega como si todo estuviera bien. "¿Qué pasa con los gérmenes?" Yo digo. Él dice: "No creo en los gérmenes. Los gérmenes son solo una trama que inventaron para que puedan venderle desinfectantes y jabones". Ahora... está loco, ¿verdad? ¿Ves?”

Doce monos (12 Monkeys, Terry Gilliam, 1995) 

Jabalíes en plena Diagonal de Barcelona. A muchos les sorprendía la noticia (“¿cómo es eso posible? ¡qué miedo!”). A otros, como a mi hermana, les daba por hacer broma, porque quizá ya sólo nos queda eso con respecto a esta crisis (“si está permitido salir a pasear al perro, ¿está permitido salir a cazar?”). Y a mí me vino a la mente, por segunda vez en esta crisis, un fotograma de lo que ya parece otro film premonitorio de ese grande que es Terry Gilliam (tras su espectacular y necesaria Brazil Íd., 1985).

Pero voy atrás, claro.

Principios de año, ya no sé decir la fecha. Parece tan lejana como lentos los segundos de estos días en confinamiento. En la televisión se hablaba, casi de forma anecdótica, de que el misterioso virus descubierto por primera vez en China se había detectado en otro país. ¿La causa? El desplazamiento de un infectado mediante avión.

Avión. Aviones. Aeropuertos.

El Dr. Peters es obligado por un agente de seguridad a mostrar el contenido de su maletín, que ha hecho saltar la alarma en el control de pasajeros. “Muestras biológicas. Tengo la documentación aquí”, se excusa. “Voy a tener que pedirle que abra esto, señor”. “¿Abrirlo?”, responde sorprendido el científico. “Por supuesto (…). Sí, parece vacío, pero le aseguro que no lo está”.

Poco después, James Cole recibe un disparo. James Cole, en sus cuarenta, cae al suelo en cámara lenta. James Cole en su primera década de vida viéndose a sí mismo caer, sin reconocerse.

Y Gilliam cierra su film, como no podía ser de otra manera, con el ‘What a Wonderful World’ de Louis Armstrong.

Sí, eso fue lo que se me vino a la cabeza. Y como reza el marketing del poster del film... “El futuro ya es historia”.

No me malinterpretéis. No soy catastrofista, ni pienso que todo esto, como ya se ha dejado oír, es una guerra bacteorológica (o “viruslógica”) entre países enemigos. Ni tan siquiera que haya un científico loco que haya abierto un frasco. De hecho, me remito al vídeo. En el avión, junto al Dr. Peters, se sienta una “agente de Seguros”, que no es otra que una científica del verdadero futuro del que viene Cole.

Hay esperanza para encontrar el origen, y cambiar la historia. Claro que sí.

Mientras tanto, vuelvo a los jabalíes, y a la segunda vez que 12 monos me vino a la mente. El fotograma es todo un clásico, y es del inicio del film. Cole es enviado a la superficie para recoger muestras, protegido con un traje hermético que evita el contacto con la atmósfera (es triste que sea una imagen ahora, y a partir de ahora, demasiado común). Se cruza con un oso solitario, vagando por un paisaje tan hermoso como desolador. No hay seres humanos que paseen por las calles, sólo esos animales a los que el virus no afectó.

No hay humanos paseando.

Humanos confinados bajo tierra. Humanos confinados en sus casas.

La cámara sigue al animal, y nos muestra un grafiti rojo en la pared. Es el símbolo de los 12 monos, bajo un “we did it”, “lo conseguimos”, rociado apresuradamente en negro.

Lo conseguimos, sí.

Doce Monos (12 Monkeys, Terry Gilliam, 1995)

La imagen me lleva ahora a Greta Thunberg, a los ecologistas que llevan tantos años advirtiéndonos de que no podemos seguir ignorando las señales de la Naturaleza. La imagen me lleva a esos que colapsan las carreteras por ir a pasar unos días de confinamiento a sus segundas residencias, parajes “vírgenes del virus” que de esta forma se están viendo comprometidos, acelerando el contagio por la irresponsabilidad de cuatro gallitos. La imagen me lleva al “loco” de Jeffrey Goines, que ya alertaba desde el manicomio a Cole sobre cómo no se creía al Dr. Semmelweis cuando descubrió la existencia de los gérmenes. La imagen, también, me conecta con otra de esas obras maestras que llaman al Apocalipsis, y a cómo nosotros mismos podemos ser capaces de detenerlo (si aceptamos la lectura al pie de la letra del film, que ya sabemos no es tal, pero que ahora me viene muy bien): Donnie Darko (Íd., Richard Kelly, 2001), en eese momento en el que recomienda a su novia que para el trabajo de ciencias sobre uno de los grandes inventos de la historia escriba sobre el jabón.

Yo lo ha dicho nuestro Presidente: lavarse las manos nos convierte en Héroes. Así, en mayúscula.

También Liam Gallaguer, cantando SOAPERSONIC, en plena demostración de que el confinamiento... en fin.

La imagen, en definitiva, me lleva a pensar que hemos sido demasiado inconscientes. Pero repito: no es tarde. La Tierra nos está dando una oportunidad.

La Tierra. La Naturaleza. Nuestro hogar.

El árbol de la vida (The Tree of Life, Terrence Malick, 2011)

Aquí enlazo con ese director que también me fascina, Terrence Malick, y cuya filmografía es más que recomendable repasar en estos días, porque acompaña, y mucho, en el replanteamiento de varias reflexiones sobre nuestro lugar en el Mundo. Si hay que quedarse ahora mismo con sólo una de ellas... quizá todos estéis pensando en que me recomendaré El árbol de la vida (The Tree of Life, 2011), su obra maestra por excelencia (hasta el momento, yo sigo teniendo fe en él). Sería lo suyo, ¿verdad? Un film que plantea la existencia de Dios frente al poder de la Tierra, y que sin embargo no los confronta. Un film que nos empequeñece, y nos pone en nuestro lugar, al mostrar el origen del Universo y el origen de nuestra vida, de nuestras vidas. Un film que siempre me lleva a pensar en 2001: una odisea del espacio (2001: A Space Odissey, Stanley Kubrick, 1968), y más ahora, en estos tiempos en los que estoy convencida de que el Universo nos está empujando a superarnos a nosotros mismos y que nos llevará a saltar otro peldaño evolutivo. Y claro, pensar en eso me suele llevar también a esa reinterpretación encubierta de Nolan sobre 2001 en Interestelar (Interestellar, 2014), en la que “los otros” no son extraterrestres, sino nosotros mismos...

No, no quiero recomendar El árbol de la vida. Quiero recomendar La delgada línea roja (The Thin Red Line, 1998).  Quiero recomendar el sufrir junto a unos soldados que no han perdido su humanidad, porque ahora mismo, todos somos soldados. Quiero recomendar, de nuevo, no olvidar que hay esperanza entre tanta miseria y locura. Quiero recordar ese brote verde que surge entre el sucio río por el que avanzan unos soldados que han visto, y vivido, lo peor y lo mejor del ser humano en muy poco tiempo.

La delgada linea roja (The Thin Red Line, Terrence Malick, 1998)

Un brote verde entre tanto caos... me lleva también a pensar, con ilusión, que la Tierra está descontaminándose a marchas forzadas. Lo comentaba hace unos días con mi familia (vía Whatsapp, claro): quizá este virus sea sencillamente la respuesta al necesario equilibrio. Sin plagas, sin guerras... el hombre se estaba multiplicando demasiado deprisa. Vive demasiado tiempo. ¿Quién nos ha dado derecho a alargar nuestra existencia? ¿Quién nos ha dado derecho a jugar a ser Dios?

Yo soy creyente. Creo en Dios, y en el Destino. Quienes me conocen lo saben. Quizá sencillamente, como siempre argumento, porque no comprendo la injusticia de este Mundo si no es porque hay un motivo, que descubriremos al morir. Quizá soy demasiado naïve, pero me niego a no creer. Me gusta pensar que todo está conectado, aunque no sepamos cómo. Por eso me fascina esa incomprendida obra maestra que es El atlas de las nubes (Cloud Atlas, hermanos Wachoswski, 2012), que transforma la formidable novela de David Mitchell y sus entrelazadas historias destinando un género cinematográfico a cada una de ellas. El film transporta nuestra mente mientras acompañamos a sus protagonistas en sus distintas vidas. El film, como el libro, no niega su premisa:

“La creencia, como el miedo o el amor, es una fuerza que debe entenderse a medida que entendemos la Teoría de la Relatividad y los Principios de Incertidumbre: fenómeno que determina el curso de nuestras vidas. Ayer, mi vida iba en una dirección. Hoy se dirige a otro. Ayer creí que nunca habría hecho lo que hice hoy. Estas fuerzas que a menudo rehacen el tiempo y el espacio, que pueden moldear y alterar lo que nos imaginamos, comienzan mucho antes de nacer y continúan después de que perecemos. Nuestras vidas y nuestras elecciones, como las trayectorias cuánticas, se entienden momento a momento. En cada punto de intersección, cada encuentro sugiere una nueva dirección potencial.”

Y termino enlazando esta última frase con otro film a recomendar: intersecciones, encuentros. Decisiones. ¿Hasta qué punto el Destino nos permite cierto grado de libre albedrío? En Las vidas posibles de Mr. Nobody (Mr. Nobody, Jaco Van Dormael, 2009), su protagonista (encarnado por un Jared Leto noticia también estos días, al escribir en redes que se enteró del confinamiento por coronavirus tras 12 días de retiro espiritual...) se mete en la piel de hasta 13 personajes que son la misma persona, cada uno de ellos resultado de haber tomado una decisión distinta en un momento clave de su vida. Lo importante, quizá, es lo que dice el Nobody viejo a su entrevistador:

“Cada camino es el camino correcto. Todo podría haber sido cualquier otra cosa. Y tendría tanto significado”

Pues eso. Estamos a tiempo. El camino será el correcto. Decidamos salir de esta... ¡antes de que llegue el Big Crunch!

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Lo malo que nos pasa

Todo lo malo que nos pasa

Es todo por salir de casa

Francisco Nixon

Hay gente que no está llevando nada bien esto de estar semiencerrado en casa. Pero solo llevamos una semana y esto puede ir para largo. Por el bien de todos, no debemos ser irresponsables, tenemos que ser fuertes y pensar que esto se hace por unos motivos muy concretos y que es necesario para reducir al máximo el número de muertes evitables. Algunos tenemos a nuestros seres queridos a mano y habrá quién piense que un rato no está mal pero que veinticuatro horas seguidas de otras veinticuatro, sin descanso que valga, y así de forma sucesiva e indefinida, quizá son demasiadas, y quién opine que estaría mejor solo, y también habrá quién se encuentre sin más compañía que la de sus electrodomésticos, y probablemente echará en falta a alguien a su lado. E incluso habrá quién se encuentre mucho mejor solo que mal o bien acompañado, pero recordemos que la soledad puede terminar siendo muy peligrosa y el contacto humano, aunque sea telefónico o digital debería ser una necesidad y un bálsamo que alivie la monotonía de nuestra nueva existencia o podríamos acabar como unos cuantos que me vienen a la cabeza.

"Moon" (Duncan Jones, 2009)

 Acordémonos de Sam Bell, el pobre protagonista de Moon (Duncan Jones, 2009). No tenía a Alexa pero tenía a GERTY y aunque esta fuese mejor compañía que HAL 9000 no dejaba de ser muy triste que bautizase a sus minitractorcillos como si fuesen mascotas y que sólo se comunicase a través de mensajes grabados sin poder tener una conversación humana en directo ni con una videollamada de esas que muchos redescubrimos en estos tiempos de aislamiento. Así le va al final. O de Chuck Noland, que termina bautizando a pelotas y balones y manteniendo conversaciones con ellos, no se le puede culpar, en esa isla desierta dónde está más confinado que nosotros a pesar de poder pasear libremente e incluso darse algún que otro baño en el mar, con su barba creciente como único testigo del paso del tiempo.

A pesar de que nuestro hogar diste de ser ideal podríamos estar en un piso más pequeño, e incluso uno de madera de pino, con escasez de aire y sin aseo ni cocina, como el del protagonista de Enterrado (Buried, Rodrigo Cortés, 2010), que tenía móvil, eso sí, pero poca batería, ningún enchufe para cargarlo, y alguna que otra dificultad para desenvolverse, para qué engañarnos. El yate de Robert Redford en Cuando todo está perdido (All Is Lost, J.C. Chandor, 2013) es mucho más cómodo, no hay punto de comparación, pero expuesto a unas inclemencias meteorológicas nada deseables para pasar una temporada en alta mar, así que en casa estamos mucho mejor. También estuvo peor que nosotros, seguro, Nancy, la protagonista de Infierno azul (The Shallows, Jaume Collet-Serra, 2016), en una roca a cien metros de la playa, tan cerca y tan lejos, pues con una herida sangrante, a punto de ser alcanzada por la marea y bajo la atenta mirada de un tiburón que olía y esperaba la apetitosa sangre (y la carne que la desprendía) no estaba en las mejores condiciones para regresar a la orilla.

Es bien sabido que los largos cautiverios también alimentan la imaginación y son muchos, inexplicablemente algunos de ellos los que un fin de semana normal prefieren estar "de sofá y mantita" que salir a tomar unos cacharros con las amistades, los que están inventando numerosas actividades (solos o en compañía, aunque sea en la distancia) con las que matar el tiempo, el gran enemigo, pero hay que tener cuidado de no acabar malheridos como le pasaba a Aron Ralston (James Franco) en 127 horas (127 Hours, Danny Boyle, 2010). Sobre todo porque como alguno líe una parecida, le quedan bastantes más horas por delante, así que ojo tanto al 10 toques challenge como a las nuevas y revolucionarias formas de masturbación o cualquier otro invento que implique algo de fisicidad.

Es importante, nos dicen los expertos, y probablemente tengan razón, establecer rutinas, vestirse como si fuese un día normal y corriente o podemos pensar que nos parecemos al protagonista de Symbol (Shinboru, Hitoshi Matsumoto, 2009), todo el día en pijama sin gran cosa que hacer, y aún así debemos tener claro que al menos nosotros nos encontramos en un entorno conocido y no tenemos que andar tocando penes para buscar una salida al exterior o para conseguir algún objeto de vital necesidad. O eso espero, que como mucho cada uno se esté tocando el suyo (quién dice pene dice clítoris, pero de forma controlada, recordemos lo comentado anteriormente) o el de algún ser querido, y con otros fines.

"Symbol" (Hitoshi Matsumoto, 2009)

También los expertos (en estos días seguro que nos hemos dado cuenta de que hay muchos más de los que pensábamos, en todos los ámbitos, y especialmente muchos serían capaces de llevar un gobierno en tiempos de crisis, y está bien saberlo) nos recomiendan pautas a establecer para aquellos afortunados que pueden realizar teletrabajo (acordémonos y no nos cansemos de venerar, a las 20:00 en el balcón o a cualquier hora desde cualquier lugar, a aquellos repartidores, al personal sanitario, a los trabajadores de supermercados y a todos aquellos que día a día están dando el callo, exponiéndose por nosotros, para que podamos salir de esta crisis cuanto antes, y que no tienen esa posibilidad), al final se hace difícil separar la vida personal de la laboral y se termina encerrado enganchado al teléfono intentando desfacer entuertos de los que dependen muchas personas, o sino que le pregunten a Ivan Locke, que se tira toda la película sin salir del coche y casi sin parar de hablar de trabajo, y cuando lo hace tiene más jaleo que si estuviese en la oficina, con un hijo ilegítimo a punto de ver la luz y los descendientes oficiales y su mujer esperándole en casa. Y aún así se atreve a decir que "no importa cuál sea el problema, puedes resolverlo". La esperanza nunca hizo mal a nadie, y quizá deberíamos confiar, como Ivan Locke, en que todo va a salir bien. Y poner nuestro granito de arena para que así sea.

"Locke" (Steven Knight, 2013)

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La imagen confinada

En el año del coronavirus, el campo de visión se reduce. La profundidad de campo se limita a la pista de baloncesto desierta del parque, los techos de las naves industriales y los bloques de hormigón del otro lado de la calle, exactamente iguales a los que uno habita.

Los tendederos están siempre ocupados. Hacer coladas, esa labor tan poco grata que otrora se posponía para el fin de semana, no parece tan mala idea cuando no hay mucho más que hacer. Excepto esperar. Podría ser alguno de aquellos planos de transición tan queridos por Ozu. Un poste de telefonía, una esquina con las ventanas medio abiertas. La chimenea de una casa de tres alturas rodeada de gigantes construidos a contrarreloj. Esa empalizada precaria donde se recostaban los vecinos para hablar, ver pasar a otros vecinos, criticar el nuevo impuesto, enumerar las reformas que requiere el barrio.

Como los planos-estrambote del cineasta japonés, aquí tampoco hay nadie. Objetos, estructuras, paisajes urbanos. Algo falta.

Lo más parecido a la panavisión sería el ventanal del comedor. Lástima que se abra sobre la nada de otra fachada alicaída y desconchada, otro simétrico sucederse de aperturas, ventanucos, desagües y persianas venecianas. Es el lugar desde el que uno más ve y esperaría por ello ver algo sorprendente, espectacular (¿para qué emplear ese formato, si no?). Pero no. Decoración de multinacional sueca, competición de maceteros, anhelo de jardines que se desparraman sobre el gris y las humedades. ¿Un espejo deformante y feísta o tu propio reflejo sin condescendencia?

No tarda en aparecer el documentalista que todos llevamos dentro, a la espera de encontrar el motivo, el lugar, el tiempo. ¿Qué hubiese sido de Robert J. Flaherty sin hombres montaraces ni una naturaleza incomparable? ¿Se limitaría a seguir a la gente con la cámara, ese goteo de seres humanos guardando la distancia de seguridad que transita por la calle tres pisos por debajo de mí? ¿O se centraría en el ir y venir de los pájaros sobre los tejados? (ver cine siempre ha sido clasificación y taxonomía: descubro, tras años compartiendo desayunos con ellos, que la pareja que se posa en la barandilla del terrado de enfrente son tórtolas turcas y no “dos palomas”. Guardo la guía de naturalista y vuelvo a mis fantasías de realizador empoderado).

Frances Flaherty, Robert Flaherty, and Richard Leacock on “Louisiana Story”.

Necesitaremos un Patricio Guzmán cuando esto acabe. Habrá una batalla de Italia, una batalla de España. Cada país necesitará un cronista de la inacción y la abulia gubernamental. Y tendrá que ser así, como Guzmán: un testigo de primera mano, sincero, cruel, desesperanzado.

¿O preferiríais alguien más poético, como Werner Herzog? Seguramente sería este un filme plagado de paradojas, de tipos carismáticos y solitarios, de supervivientes que escuchan ópera a medianoche. Herzog, humanista avant la lettre, creería también en la cultura como postrero salvavidas de unas sociedades desencantadas.

Frederick Wiseman estará ya recopilando material deliciosamente anecdótico. Seguramente empezará por rodar su propio encierro. Su estilo -en retaguardia, esperando siempre que el milagro se produzca- quizás se resienta de esta realidad desabrida: calles vacías, profesionales que interaccionan a través de pantallas, dinámicas de grupo sin grupo.

¿Qué le escribiría la madre de Chantal Akerman en estos días extraños? Las noticias que le traería de casa serían todavía más insípidas, la añoranza -a pesar de que estuviesen compartiendo cuarentena a solo unas manzanas de distancia- sería mucho menos llevadera. Pero sabría transmitir esta sensación que lo embarga todo: la incertidumbre.

"News from Home" (Chantal Akerman, 1977)

Fijarse más es un imperativo de la imagen confinada. La cámara paso a ser yo mismo, un tipo moviéndose entre los dos laterales del edificio. No hay espacio ni necesidad para los travellings. Todavía no he llegado a la categoría de voyeur, pero entiendo el uso y disfrute del teleobjetivo. Quizás me permitiría acercarme más a los demás: la vecina que fuma cigarrillos compulsivamente mientras parece rezar a los de abajo, el hooligan ululante que utiliza la ovación-catarsis de las 20:00h para combatir la ansiedad acumulada durante el día, el personaje recurrente que va y viene con sospechosa frecuencia. A estos desconocidos cotidianos -en 15 años todavía no les puse nombre- se unen los desconocidos recalcitrantes: los que bajan por la calle provenientes de la cercana estación de metro. Estos no se regodean en sus desplazamientos; avanzan veloces, enviando algún mensaje que anticipa su llegada, recolocándose la mascarilla. Secundarios en una narrativa estancada, pendiente de lo que pasa allí donde no hay ninguna cámara.

Me puedo tirar veinte minutos de reloj viendo pasar a la gente. Como en una película de Frank Capra, sería momento de epifanías: ¿por qué no pregunté más? ¿Por qué no hice más porque me importasen? ¿Por qué no reconocer que hasta ahora la tuya ha sido la mirada miserable del Harry Lime de El tercer hombre desde la noria del Prater? Sólo te faltó contarlos y multiplicar, hacer estadística con ellos. Pero no, para eso ya están los telediarios vespertinos.

La imagen confinada necesita independizarse del discurso oficial. Porque a estas alturas ya sospecha que todos mienten. Que el diario de rodaje se alargará muchas más semanas, que para conservar la mirada nítida deberá de apagar el televisor y dejar de consultar compulsivamente las webs de los diarios del Armagedón. Porque cuando todo hace aguas, el hombre sólo sabe hacer una cosa: entrar en pánico y proclamar en alto su recién descubierta falibilidad.

Así que nos desvinculamos de cualquier influencia, de cualquier intento por condicionar nuestra mirada. Lo cuál no quiere decir que renunciemos al peso de la historia. El día a día deja de importar en estas trincheras nuestras a tanta distancia del frente. Tan lejos, que ni escuchamos bengalas, balas ni bombas. Sólo el ronroneo de una lamentación que se prolongará mucho más allá. Hasta el día en el que seamos capaces de hacer recuento de todos nuestros muertos, esa generación de la postguerra a la que vamos a dejar morir sola, en cola.

Pero la imagen confinada no debe de dejarse vencer por la desazón. Eso le repiten constantemente. Cansados de constatar el imposible entendimiento de todas las familias del bloque -ayer gritó este, anteayer se puso a dar saltos el otro, “¡¿qué te he dicho, Sara?!”, “díselo a tu padre, a ver qué opina”, “caguen en Dios, ¡no me hagas ir!”-. Descubrimos que la intimidad ajena es un calco de las miserias propias, que todos los argumentos del mundo se condensan en tres docenas de convivencias descaradamente mediocres. Que “todo lo que haremos cuando ya no trabajemos” no supera ni tan siquiera el test de una semana enfrentados a nosotros mismos.

No hace falta seguir mirando las imágenes que generan los demás. El volumen hace tiempo que lo hemos bajado: nunca importó tan poco lo que se dice. Corremos las cortinas y nos refugiamos en la memoria cinéfila, lejos de las propuestas de las principales plataformas de streaming. Nuestro lugar seguro, tras nuestro ensayo como cineastas, pasa a ser alguno de esos sitios en los que ya estuvimos. La habitación se expande y dejamos a un lado el saxofón de Gene Hackman.

"El año pasado en Marienbad" (Alain Resnais,1961)

… y paseamos por un jardín de Marienbad. El eclipse antonioniano, a pie de acera. Un niño asustado en la playa mirando a cámara. Un baile en la mansión de los Ambersons. Las ruinas de Berlín y alguien que sube las escaleras del esqueleto de un edificio. Un diletante romano aficionado a los excesos. Lawrence jugando con su túnica tras la duna. John Wayne pegándole una patada a uno de los esbirros de Liberty Valance. Alguien preguntándole al espejo si está hablando con él. Un camión cargado de explosivos. El baile de una banda de tres. Un balcón desde el que escuchar las explicaciones de nuestro alcalde. Un fuera de la ley, dos en la carretera. Cuatro tipos que quieren volver a ver a Ángel. Un predicador al que le gusta escenificar el combate entre el amor y el odio. Una escalera por la que verla bajar de nuevo, un corredor sin retorno y ese olor a napalm por la mañana.

Algún día acabará esta guerra.

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Imágenes para una cuarentena

"La ventana indiscreta" ("Rear Window", Alfred Hitchcock, 1954)

¿Qué tal, cómo llevamos el aislamiento? Aislamiento, porque cuarentena (todavía) no. En este momento, cuándo llevamos escasamente 5 días y empezamos a subirnos por las paredes nos vienen a la cabeza tantas imágenes cinematográficas de personajes confinados, atrapados o encerrados en muy variadas situaciones. Y de como las sobrellevaban unos y otros…

Se me ocurre, pues, un ejercicio que planteo compartir con todos. Si el cine puede ser una opción buena para sobrellevar el aislamiento, podemos recuperar multitud de títulos que nos ayuden, sea en las plataformas abiertas en la red (Youtube, la red de Bibliotecas pública y otras entidades que ponen a disposición libre títulos clásicos), en las de pago para algunos o en los viejos dvd que tenemos olvidados por casa. Dejemos claro, por supuesto, que no pretendo un listado exhaustivo ni riguroso, sino que planteo opciones y líneas a seguir, y a disfrutar, por cada lector.

La selección, por supuesto, variará según el ánimo de cada uno. Para aquellos con gustos masoquistas las mejores opciones, sin duda, son La amenaza de Andrómeda (The Andromeda Strain, 1971, con dirección de Michael Crichton, el autor del libro original), Estallido (Outbreak, 1995) de Petersen y Contagio (Contagion, 2011) de Soderbergh. Tenemos también multitud de películas de zombies o infectados (de los lentos y de los rápidos), desde el seminal y totalmente vigente La noche de los muertos vivientes (Night of the living dead, 1968) de George A. Romero al dinámico Tren a Busan (Train to Busan, 2016).

"Estallido" ("Outbreak", 1995, Wolfgang Petersen)

Si queremos ponernos en situación tenemos opciones carcelarias para ver cómo mantenían la forma diversos prisioneros. No nos va a servir la excelente Fuga de Alcatraz (Escape from Alcatraz, 1979) o La gran evasión (The Great Escape, 1963) (no debemos buscar la salida) pero podemos recurrir a las técnicas de Burt Lancaster en El hombre de Alcatraz (Birdman of Alcatraz, 1962) o a los ejercicios de Steve McQueen antes de su fuga en Papillon (1973). Podemos, para decir aquello de “¡no estamos tan mal!”, buscar pelis de confinamientos forzados como el terrible accidente que encierra a su protagonista en El túnel (Teoneol, 2016), tenso thriller coreano sobre un conductor solitario atrapado por un desprendimiento durante semanas, superior al actioner de Stallone, Pánico en el túnel (Daylight, 1996) . Y si a nivel relativamente cotidiano no nos resulta suficiente, podemos pensar en aquellos personajes encerrados en sitios más “originales”, sea el fondo del mar como en la reciente Megalodon (The Meg, 2018) o en toda la variedad de catástrofes espaciales. Ahí tenemos un filón. Desde los astronautas de Atrapados en el espacio (Marooned, 1969) o Apolo XIII (1995) al pasaje entero de Aniara (2018), una gigantesca nave espacial a la deriva por toda la eternidad cuya nueva versión se vio hace un par de años en el Festival de Sitges. En otro orden de cosas, tenemos los peculiares encierros familiares (habitualmente de final fatal) como son los propuestos por Yorgos Lanthimos en  Canino (Kynodontas, 2009), Michael Haneke en El séptimo continente (Der siebente Kontinent, 1989) o las propuestas bizarras (pero más ligeras que las antes citadas) de nobles confinados como La portuguesa (A Portuguesa, 2018) de Rita Acevedo Gomes o Stella cadente (2014) de Luis Miñarro.

"El séptimo continente" ("Der siebente Kontinent", Michael Haneke, 1989)

Quizás, no obstante, no estemos para más malos rollos y queramos enfocarlo todo desde la comedia. Ahí van, por supuesto, una propuesta modesta pero divertida como era Ejecutivos agresivos (Corporate Animals, 2019), en la que Demi Moore arrastraba su equipo de trabajo a una cueva en la que quedan atrapados. Están también las visiones hilarantes de Edgar Wright sobre el apocalipsis, Zombies party (Shaun of the dead, 2004) y Bienvenidos al fin del mundo (The World's End, 2013) . Repescando el tema zombi, tenemos Little monsters (2019) dónde Lupita Nyong’o (antes de confirmarse como una heroína del terror moderno con Nosotros (Us, 2019), otra posible propuesta) defiende su clase de párvulos de una horda de no muertos o numerosas opciones mucho más contundente como Zombieland, su secuela y muchas otras. Y, ya que estamos en el ámbito de la comedia y la relevancia de la información (o desinformación) es absoluta, yo volvería a un clásico como Primera plana (The Front Page, 1974) de Billy Wilder para delatar el amarillismo o a dos obras sobre la manipulación de Armand Ianucci como son In the loop (2009) o La muerte de Stalin (The Death of Stalin, 2017) .

Hay, sin embargo, otra dirección totalmente opuesta. Plantear la desconexión del encierro hacia las aventuras en grandes horizontes, lo cual nos llevará a John Ford (Centauros del desierto (The Searchers, 1956)), a David Lean (Lawrence de Arabia (Lawrence of Arabia, 1962)), John Huston (El hombre que pudo reinar (The Man Who Would Be King , 1975)) o Peter Jackson (El señor de los anillos). Aunque, si tenemos ansia de naturaleza, pero gustos más particulares, podemos bucear en las insólitas propuestas de Werner Herzog a caballo entre el documental y la ficción cómo Aguirre la cólera de Dios (Aguirre der Zorn Gottes, 1972), Fitzcarraldo (1982), Gasherbrum (Gasherbrum – Der leuchtende Berg, 1984), Grito de piedra (Schrei aus Stein, 1991), The wild blue yonder (2005), Encuentros en el fin del mundo (Encounters at the End of The World , 2007) o tantas otras.

Aunque inevitablemente, estando en casa y sean cuáles sean nuestros gustos, lo mejor es mirar a un clásico inolvidable y de absoluta vigencia. Sin duda alguna La ventana indiscreta (Rear Window, 1954) podrá ser el modelo a seguir y el bálsamo para esta prolongada estancia. En este caso concreto es posible que no sólo podamos revisitarla sino, directamente, revivirla.

"Fitzcarraldo" (Werner Herzog, 1982)

 

Antoni Peris Grao (Barcelona, 18 de marzo de 2020, el año del coronavirus)

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Los señores de la mafia (The Gentlemen, Guy Ritchie, 2019)

Relación de poderes

Después de su modesta e impersonal aportación a la moda Disney de revivir sus clásicos animados en acción real, en este caso Aladdin (2019), y de bucear en la leyenda británica con El Rey Arturo: la leyenda de la espada (2017), Guy Ritchie vuelve a sus orígenes, a los que le permitieron crear una serie de marcas autorales lo suficientemente potentes para generar un estilo cinematográfico propio e identificable. Han pasado veinte años desde aquellas Lock & Stock (1998) y Snatch: cerdos y diamantes (2000) que se convirtieron en clásicos de culto de manera prácticamente inmediata. Dos décadas en las que el director británico ha explorado otros caminos, otros géneros e incluso otras formas de entender el cine, aunque siempre regalando algún toque marca de la casa. Este proceso, aunque por el camino haya dejado algún título para el olvido, ha conformado una personalidad que ahora, en su vuelta a la casilla de salida, a la zona de confort donde construyó su éxito, retorna con una madurez y un tempo narrativo muy distintos.

The Gentlemen: los señores de la mafia es, ante todo, un relato de poder. De poderes, más bien, y de los equilibrios y jugarretas necesarios para mantenerlo, aumentarlo o, simplemente, conseguir salir vivo por la puerta de atrás. Un mundo exclusivamente masculino —anunciado desde el título— poblado por un reparto de renombre. Charlie Hunnam, Hugh Grant, Colin Farrell o Eddie Marsan son algunos de los peces que deben comportarse como tiburones para no ser devorados; Michelle Dockery, presentada en la película como una “Cleopatra cockney” es prácticamente el único contrapunto femenino y, aunque atada al estereotipo de “mujer de” y con poca participación en la trama, consigue generar una presencia potente a la que no importaría que el guión siguiera con más atención. Pero si hay un nombre que brilla sobre un elenco bastante enchufado es Matthew McConaughey, Mickey Pearson, un “paleto” americano que consigue una beca en Oxford y acaba siendo el dueño del mayor imperio de cultivo y tráfico de marihuana de Inglaterra. El rey de la selva al que, para seguir siéndolo, no le basta con parecerlo, tiene que, efectivamente, serlo. McConaughey es un león que atemoriza solo con su lenguaje corporal, capaz de manejar una cota peligrosísima de poder y de sacar las garras si la situación lo requiere. Uno de esos personajes que cualquier actor debería agradecer interpretar y que, sin embargo, no todos podrían.

El retorno de Ritchie a la criminalidad, a la acción, al Londres más sucio y peligroso, al humor negro y a la violencia, se produce desde una madurez, decía, diferente a aquellas primeras veces. Aquellos matones de barrios bajos, gángsteres de gimnasio de boxeo y peleas callejeras y ladronzuelos de poca monta con miras altas no han desaparecido, pero han pasado a un segundo plano. The Gentlemen pone el foco en la aristocracia británica, los lords and ladies venidos a menos, que malviven en inmensas mansiones que se humedecen y derrumban sobre sus cabezas. Las grandes élites: directores de periódicos, dueños de importantes locales de ocio y todo tipo de grandes capos, que se reúnen en palcos vip y lujosas fiestas de etiqueta. Un cambio de ambiente que también provoca una evolución formal: los famosos montajes vertiginosos, con ángulos imposibles, acciones simultáneas, planos detalle frenéticos y ritmo imposible quedan aquí reducidos a anécdota. Acierta Ritchie adaptando sus gestos y su manera de mostrar a un ambiente diferente, aunque, por supuesto, se permite detalles y destellos, como rupturas de la cuarta pared, juegos con los tiempos o superposición de diégesis, que gestiona con bastante destreza.

Comedido pero capaz de perder los papeles, sereno pero en guardia, elegante pero intimidante, educado pero violento; Ritchie se comporta como uno más de los señores que retrata, manteniendo su posición en medio del juego de intereses. Atento a una guerra en la que ni siquiera el narrador está completamente a salvo.

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La famosa invasión de los osos en Sicilia (La fameuse invasion des ours en Sicile, Lorenzo Mattotti, 2019)

Canto a la infancia

Hace ya mucho tiempo que el cine de animación consiguió romper con la etiqueta de “cine infantil”. La animación para adultos dejó de ser algo marginal o anecdótico para convertirse en un género potente, con autores consolidados y títulos muy reconocidos. Resulta curioso observar como esta asimilación del cine de animación como algo no necesariamente infantil ha producido un efecto en el cine animado para niños: es bastante habitual —especialmente en la última década— encontrar en las promociones y críticas del taquillazo animado del momento algún tipo de referente a la «madurez» de la película. Hay que introducir aristas, tramas o chascarrillos que entretengan al joven adulto —o directamente adulto— que ha ido a la sala, como si esto fuera una suerte de justificación, como si dirigirse exclusivamente al niño no diera prestigio cinematográfico. También es cierto que esta reconversión del «cine para niños» en «cine para adolescentes» parece traer buenos resultados económicos que, al final, es de lo que se trata.

Sin embargo, este desplazamiento generacional tiene excepciones. Películas animadas dirigidas a los niños que no necesitan rendir pleitesía a un público más maduro y que tampoco pecan de hablarle a sus espectadores como si fueran bebés que aún no comprenden exactamente qué es todo eso que les rodea. En ese equilibrio se encuentra La famosa invasión de los osos en Sicilia, una película de Lorenzo Mattotti que adapta el cuento infantil de Dino Buzzati. Dos cuentacuentos que caminando por el campo se topan con la guarida de un oso al que, para entretener y salvar sus vidas, comienzan a contarle una famosa fábula de otro tiempo: la historia de cómo los osos conquistaron Sicilia a los humanos para rescatar al hijo de su rey. Comienza así la narración diegética de una leyenda de aventura, fantasía, traición y valor; dividida en dos partes —cuando los cuentacuentos terminan con la historia «oficial», el oso que escuchaba siente la necesidad de añadir otro desenlace— y con moraleja final que reflexiona sobre la ambición de poder, la lealtad y la identidad propia.

La historia del rey Leoncé y su ejército de osos se muestra ante nuestros ojos mediante una animación sencilla, que huye completamente de fórmulas fotorrealistas y se parapeta entre líneas curvas, formas geométricas, colores brillantes y diseños minimalistas; un estilo de dibujo inspirado en las ilustraciones originales de Buzzati, que a su vez poseen grandes influencias de la pintura medieval.

Leyendas ancestrales, fábulas orales que se relatan junto a un fuego, que se interpretan con máscaras, bailes y entonaciones. Contar un cuento siguiendo las lógicas del juego y el disfrute, utilizando los elementos narrativos básicos pero esenciales que nos acompañan desde el principio de los tiempos y algún otro más reciente que aporte frescor y cierta sorpresa. Es sencillo y efectivo, pero no fácil. Hay que tener buen pulso —y algo de gusto— para unir todos estos mimbres y conformar una película de esta belleza formal, un manifiesto a favor de la alegría de ser niño cuya pretensión, igual que la de los cuentacuentos, no es más que la de entretener y divertir durante un rato, que no es poca cosa.

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