Donostia Zinemaldia – Festival de Cine de San Sebastián (21/09/2018)

Jornada 1

El amor menos pensado (Juan Vera)

¿De qué va? Cuando el hijo de Marcos (Ricardo Darín) y Ana (Mercedes Morán) se marcha a estudiar a España, el matrimonio argentino se enfrenta a una considerable crisis de pareja. Conscientes del deterioro sentimental, deciden divorciarse y buscar el amor en nuevas aventuras.

¿Y qué tal? No era de extrañar que el debut en la dirección de uno de los productores más prolíficos de comedia romántica argentina fuera una comedia romántica. El responsable de El hijo de la novia (Juan José Campanella, 2002), 2+2 (Diego Kaplan, 2012), Me casé con un boludo (Juan Taratuto, 2016) o Mamá se fue de viaje (Ariel Winograd, 2017), por citar algunos ejemplos, dirige una primera película enrocada en la fórmula clásica del boy meets girl, solvente en su perfil cómico y algo más cuestionable en sus reflexiones sobre lo interpersonal. Ahí quedarán, como pequeña muestra de su humor generacional (especialmente dedicado a los no-nativos digitales), la cita a ciegas del personaje de Darín o esa conversación por chat, vía pantalla dividida, digna de Tienes un e-mail (Nora Ephron, 1998).

Que todo el peso de la película recae en su dúo protagonista es algo de lo que Juan Vera se muestra plenamente consciente cuando, en la primera secuencia, la cámara recorre una biblioteca inmensa hasta posarse en el personaje de Ricardo Darín, el auténtico protagonista de toda esta historia.

 

Apuntes para una película de atracos (Elías León Siminiani)

¿De qué va? Con el cine de atracos en el horizonte, la detención de “el Robin Hood de Vallecas” en 2013 sorprende a Elías León Siminiani y le empuja a filmar un documental sobre uno de los ladrones de bancos más buscados de la última década.

¿Y qué tal? Como ya sucediera en las sobresalientes Límites: 1ª persona (2009) o Mapa (2012), Elías León Siminiani funde su experiencia íntima y sus vivencias personales con el objeto de estudio. El desarrollo del proyecto cinematográfico avanza acompañado de todas las interrogaciones y dudas del cineasta. Si, como afirma Alain Bergala, "toda película es un documental de su propio rodaje", Siminiani muestra las costuras de su largometraje para hacer visible todo ese proceso de producción, construyendo un juego de muñecas rusas donde el documental se convierte en el documental del propio documental.

En este caso, además, a todos estos niveles hay que sumar una nueva capa. Esta tiene que ver con la capacidad autorreflexiva en lo que respecta al trabajo sobre el género y su deconstrucción. El uso de elementos propios del cine de atracos como pueden ser los rótulos, los fragmentos de otras películas y las composiciones musicales, elevan Apuntes para una película de atracos a la categoría de estudio o tesis. La ficción afecta a la puesta en escena de manera más o menos directa a través de citas como la de Rififi (Jules Dassin, 1955), las reconstrucciones de diálogos o incluso con la máscara integral que Siminiani usa para proteger la identidad de su entrevistado. No es que la realidad supere a la ficción: es que cada una se nutre de la otra.

 

Asako I y II (Netemo Sametemo, Ryûsuke Hamaguchi)

¿De qué va? Asako (Erika Karata) se enamora de un joven rebelde, Baku (Masahiro Higashide). A pesar de las advertencias de sus amigos, ella decide empezar a salir con él. Un buen día, Baku desaparece y Asako se marcha a Tokio. Allí conoce a Ryôhei, un chico idéntico a su expareja.

¿Y qué tal? En uno de los momentos de Asako I y II, Ryôhei asiste a una representación de El pato silvestre de Henrik Ibsen pero, justo antes de comenzar la función, un terremoto sacude la sala y la obra queda suspendida. Desde luego, hay muy poco de la crítica de Ibsen en la película de Hamaguchi, donde su protagonista se debate entre el amor de dos hombres interpretados por el mismo actor, pero que son llevados a opuestos psicológicos extremos. Una inestabilidad sentimental, la de Asako, que no se traduce tanto en la planificación (donde la cámara se mantiene generalmente estática), como en las alteraciones del romance clásico.


3 Faces (Se Rokh, Jafar Panahi)

¿De qué va? Una directora de cine (Behnaz Jafari) recibe en su móvil la nota de suicidio de una joven aspirante actriz (Marziyeh Rezaei), que ha visto frustradas sus aspiraciones artísticas por la tradición familiar. Así, Jafari y Panahi emprenden un viaje hacia el pueblo natal de la joven para resolver si el vídeo que han recibido es real o un fake.

¿Y qué tal? Instalado como el conductor de esta particular road movie, Panahi se adentra en una pequeña aldea de Teherán. En ella se suceden los diferentes episodios con los habitantes del pueblo, trazando así un retrato costumbrista de la sociedad iraní.

El coche de Panahi se convierte, como en el cine de Abbas Kiarostami, en la cápsula que atraviesa los caminos escarpados y serpenteantes en busca de sentido. Significativamente, en el caso de 3 Faces, el acceso a la aldea en cuestión es tan estrecho que los vehículos solo pueden pasar de uno en uno. El choque entre las caravanas que entran y las que salen, en definitiva, entre la tradición y el progreso, únicamente puede evitarse cediendo el paso. O avisando con antelación.

Sin embargo, si el principio de 3 Faces podría tener concomitancias con una película como Ten (Abbas Kiarostami, 2002), donde el primer plano se sostiene en el tiempo de forma prolongada, negando el convencional contraplano y produciendo sentido precisamente en su duración, pronto el discurso de Panahi evoluciona hacia otras vías expresivas quizá más convencionales, para volver a ese plano fijo de un paisaje en forma de caligrafía, donde los caminos esquivan el sentido único.

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Happy End (Michael Haneke, 2017)

La mirada herida

Algo más de un año ha tardado en estrenarse en nuestras pantallas Happy End (Happy End, 2017), la última película de Michael Haneke, tras su cuestionada recepción en el Festival de Cannes de 2017. La actividad a la que se ven sometidos los asistentes a los festivales de la magnitud de Cannes implica en ocasiones juicios precipitados, y cada vez con mayor frecuencia las películas se despachan a golpe de Twitter. Tal vez porque Happy End contiene algunos de los temas analizados por el director en sus anteriores filmes, por contar de nuevo con Jean-Louis Trintignant tras Amor (Amour, 2012), o incluso por el propio título, se extendió la idea de que se trataba de un obra testamentaria, una especie de síntesis, e incluso imitación, de sus anteriores largometrajes. Un titular, una definición rápida para pasar a la siguiente película, cuando lo que parece reclamar Haneke en Happy End es tiempo, un espacio y una distancia suficiente para la reflexión, para absorber los meandros por los que circula esta nueva disección de la burguesía francesa.

Haneke dirige en esta ocasión su implacable mirada hacia los integrantes de la familia Laurent, perteneciente a la alta burguesía industrial del norte de Francia. En un principio parece desconcertar con las distintas líneas argumentales que emprende en su retrato de los integrantes de esta familia en aparente descomposición, evitando el impacto de ciertos momentos perturbadores, presentes en otras de sus películas, pero con resultados no por ello menos demoledores. Experto en la construcción de atmósferas desasosegantes, muestra con su habitual frialdad y distancia a unos personajes incapaces de comunicarse y con una extraña pulsión por el suicidio. Y los sitúa en Calais, una ciudad en torno a la que se extienden los campamentos de los refugiados que intentan llegar al Reino Unido, una realidad que se erige en un potente fuera de campo, puntualmente vislumbrado, pero que siempre parece estar presente. Las pequeñas miserias en las que se hallan inmersos los Laurent parecen evidenciar la dimensión de la tragedia que se vive al otro lado del muro que aísla estos campamentos.

El propio Haneke declaró en Cannes que el origen de Happy End fue el deseo de Jean-Louis Trintignant de ponerse por última vez ante las cámaras bajo su dirección, y fue lo que le empujó a escribir el guión. Haneke ha tenido la generosidad de elaborar una digna función de despedida para el veterano actor, y de reservar los últimos fotogramas del film para uno de los rostros emblemáticos del cine europeo. Presencia en películas fundamentales, Trintignant ha colaborado con cineastas como Rohmer en Mi noche con Maud (Ma nuit chez Maud, 1969), Lelouch en Un hombre y una mujer (Un homme et une femme, 1966) o Bertolucci en El conformista (Il conformista, 1970). Actor de mirada herida, tanto en la pantalla como en la vida –él mismo ha declarado que se siente muerto desde que su hija Marie Trintignant fuese asesinada hace quince años–, realiza un conmovedor esfuerzo en una interpretación que lo vincula a su personaje de Amor. Da vida a Georges Laurent, patriarca de esta familia, embarcado en un viaje hacia el olvido y que desea morir, o al menos, encontrar a alguien que le ayude en ese tránsito.

Happy End parece adquirir su verdadero sentido en la relación que surge entre Georges y su nieta Eve (Fantine Harduin). Este vínculo, recorrido por pulsiones trágicas pero también afectivas, se convierte en el verdadero eje del film, sobre el que confluyen las distintas líneas argumentales y en torno al que el resto de los intérpretes cumplen su cometido de manera impecable. Trintignat y Fantine Harduin son los únicos que tienen verdaderos primeros planos, y los únicos también sobre los que Haneke abandona su luz quirúrgica para arrojar algo de calidez.

Los aires de decadencia de los Laurent recuerdan lejanamente a la familia de industriales retratada por Luchino Visconti en La caída de los dioses (La caduta degle Dei, 1969). Guardan ciertas similitudes, en especial el personaje de Anne (Isabelle Huppert) y la ambigua relación con su hijo Pierre (Franz Rogowski). Este último remite al papel interpretado por Helmut Berger en el film de Visconti, con una similar debilidad de carácter y la duda de que pueda heredar el imperio familiar –si Berger imitaba a Marlene Dietrich, aquí Rogowski se marca un delirante baile en un local nocturno–. El destino de la grotesca familia de La caída de los dioses quedaba ligado al nazismo, mientras que los Laurent se entregarán a una amenaza actual como es la globalización financiera. En cierto momento, no es fortuita la imagen de dos de los personajes de Happy End ante un cartel médico que alerta sobre la transmisión de los virus. La propia familia parece inocular uno de estos virus, que se extiende silenciosamente y que puede acabar por destruirlos. Tal vez sea este el siniestro significado del “happy end” que propone Haneke.

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Braguino (Clément Cogitore, 2017)

Amenazas en la profundidad de la taiga siberiana

Ubicada en lo más remoto de la taiga siberiana, a 700 Km del pueblo más cercano, vive la familia numerosa de Braguino. Junto con su mujer, se alejó de la sociedad en busca de un lugar en el que ser autosuficiente, vivir al margen de los demás y poder establecer sus propias normas. Donde vive la familia de Braguino, solo se puede acceder en barco o helicóptero. No hay carreteras que delimiten el camino. Allí, la naturaleza se muestra en todo su esplendor, y también en toda su crueldad. Braguino y su familia cazan para alimentarse, para subsistir. La naturalidad pasmosa con la que sus hijos se enfrentan a la muerte es producto de una cotidianidad, de una repetición. Nada hay de sorprendente o ajeno para ellos en la caza de un ser vivo. Sujetan el pato muerto y lo despluman entre juegos y risas. Será su sustento, su alimento. Jamás lo han visto envasado ni introducido en una bandeja de poliestireno, tan solo lo han visto volar por la taiga. Tan habituados a la muerte están, que pueden incluso llevar puestas las zarpas de un oso a modo de zapatillas sin que ello les parezca nada raro.

Los hijos de Braguino viven ajenos a las redes sociales, al último modelo de Iphone o al cantante de moda. Sus juegos tienen la naturaleza como eje central. Nada de videojuegos ni gadgets electrónicos, nada de tecnología. Pero, lejos de convertirse este ambiente en un contexto bucólico, sobre la familia de Braguino planea la sombra de una amenaza. Una amenaza que en realidad son dos. Por un lado los Kiline, una familia que vive al otro lado de la valla y hacia la que sienten una total animadversión. Por otro, los cazadores furtivos, que llegan a la taiga en helicóptero para romper, con su desmesurada avaricia, el equilibro del ecosistema. “Los humanos son los animales más peligrosos de la taiga”, afirma (y no sin razón) el protagonista en un momento determinado del filme. Parece que varios factores externos confluyen para evitar que la utopía sea posible.

La cámara de Clément Cogitore se acerca a los hijos de Braguino. Estos, al no estar sometidos a los horarios que implica la escolarización pueden pasar su tiempo jugando, y lo hacen en una tierra de nadie misteriosa, etérea, en una pequeña isla en medio de la nada que los niños de ambas familias utilizan para jugar. Los pequeños, sin ser capaces de racionalizarla, han heredado la animadversión que existe entre los patriarcas de ambos clanes y mantienen las distancias. Se miran, sí, pero no se dirigen la palabra. Una barrera, no precisamente material, les impide relacionarse.

Formado en la escuela de arte Le Fresnoy, Cogitore concibió inicialmente esta obra como una instalación a doce pantallas que expuso en la galería Le Bal de París. El título original de la misma, Braguino o la comunidad imposible, era bastante más explícito y descriptivo que el actual. Una comunidad imposible, dos familias enfrentadas que no tienen a nadie más, que viven aisladas del resto de la sociedad, que se enfrentan cada día, cual personajes de un cuadro de Friedrich, a la inmensidad de la naturaleza. Que no tienen más remedio que asimilar que la autosuficiencia es en realidad inalcanzable, que el hombre es un lobo para el hombre y que, por mucho que intenten huir, la amenaza siempre les perseguirá. En apenas 50 minutos, el director es capaz de condensar un documental etnográfico que deriva de modo sinuoso hacia el relato de fantasmas. Un relato de tintes hipnóticos, perturbador y distópico, que nos muestra una insólita y angustiosa cotidianidad, tan cercana al universo de Jean Rouch como al de David Lynch.

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Las Guardianas (Xavier Beauvois, 2018)

Después de la Guerra

El director y actor francés Xavier Beauvois logró su mayor reconocimiento, hasta el momento, hace ocho años con la muy estimable De dioses y hombres (Des hommes et des dieux, 2010) –Premio Especial del Jurado en el Festival de Cannes–. Una obra que exploraba, con rigor y lucidez, las trágicas circunstancias desencadenadas por la decisión de un grupo de religiosos franceses de no abandonar el Atlas argelino durante la guerra civil de aquel país. Aquel drama reflexivo, de marcado carácter coral, determinado por el aislamiento de sus integrantes y unas circunstancias históricas concretas, guarda algunos vínculos con su última película Las guardianas (Les gardiennes, 2017). En esta ocasión, Beauvois parte de la novela homónima de Ernest Perochon, publicada en 1924, que se sitúa en la Francia rural durante los años en los que se prolongó la Primera Guerra Mundial, y que refleja el trabajo, tradicionalmente masculino, que tuvieron que asumir las mujeres mientras miles de hombres eran enviados al frente.

Las guardianas remite a aquello que sucede en la transtienda de la historia, y se sitúa en una granja regentada por una mujer, Hortense –Nathalie Baye– y su hija –Laura Smet–, junto a Francine –Iris Bry–, una joven criada en un orfanato, a la que contratan para poder hacer frente al trabajo. El escenario prácticamente único, los vínculos entre mujeres de distintas generaciones y el latente trasfondo bélico remiten, inevitablemente, a De dioses y hombres. Beauvois intenta un nuevo ejercicio de reflexión, de conjunción entre el drama personal y el devenir histórico, creando para ello un marco de exquisita factura y proporcionando el tiempo que considera preciso. Sin embargo, en esta ocasión carece de los profundos dilemas morales a los que estaban sometidos los personajes de De dioses y hombres, limitándose a una trama que resulta endeble y en todo momento previsible.

De esta forma, los personajes de Las guardianas quedan algo perdidos en la sucesión de prolongadas secuencias que recrean con extremo detalle las labores del campo. Unos hermosos planos, inundados por la luz dorada de la siega y los matices cromáticos de las sucesivas estaciones, en los que se repite la soledad de las siluetas femeninas. Resulta innegable la convicción de Beauvois en su planteamiento y en su forma de narrar, en el aliento clásico que pretende imprimir a la historia. Estos planos sostenidos y sus imperceptibles movimientos de cámara consiguen transmitir la sensación de una especie de parálisis. Un periodo de espera en el que todo está supeditado a las noticias del frente, aunque en última instancia, la cámara de Beauvois dilate en exceso este tiempo.

Beauvois confía el papel de Hortense a Nathalie Baye, actriz que acumula una excelente carrera y rostro habitual de su cine, que en esta ocasión se ve perjudicada por un exceso de caracterización. Pese a su entrega, ni su presencia ni la de Laura Smet –madre e hija también en la vida real–, parecen encajar en unos personajes criados en los rigores de un entorno rural, y éste es otro de los obstáculos del film. Una impresión que contrasta con la credibilidad que desprende el resto de los intérpretes, en especial la extraordinaria naturalidad de la debutante Iris Bry, sin duda el mayor acierto de la película.

“Después de la guerra”, “Cuando la guerra termine”… Son palabras que repiten los personajes a lo largo del metraje, y que inciden en esa sensación de la vida en suspenso. El film ha sido recibido en general como un reconocimiento –que lo es– al trabajo no visibilizado de estas mujeres. Además de esta lectura, colocada por el director en un primer plano, el anhelo de ese “después de la guerra” revelará, cuando los hombres vuelvan del frente, el restablecimiento de una prosaica realidad, en la que apenas cambian las circunstancias y los papeles asignados.

El último tramo, construido en torno a la radiante presencia y hermosa voz de Iris Bry, triste y esperanzador al mismo tiempo –y que remite en cierta forma a la escena final de Senderos de gloria (Paths of glory, 1957)–, deja en el aire varias preguntas sobre su incierto futuro. Unas imágenes recorridas por una sugerente ambigüedad, ausente durante el resto del film, que conducen a cuestionarse si algo puede cambiar. Un espléndido acto final de la contienda que compensa, en parte, el vacío en el que parece perderse Beauvois a lo largo del metraje.

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“Xcèntric Cinema. Conversaciones sobre el proceso creativo y la visión fílmica” (Edición de Gonzalo de Lucas, 2018)

Algunas anotaciones sobre todo aquello que las imágenes pueden llegar a ser

Vivimos en una sociedad que funciona cada día de un modo más y más acelerado. Los avances tecnológicos pueden facilitarnos la realización de muchas tareas tediosas, sí, pero también pueden hacer que nos olvidemos del contacto directo con la materia prima durante los procesos de realización (en este caso, de una obra cinematográfica). El uso de técnicas analógicas se ha convertido –en un mundo conquistado por el monopolio del píxel– en una suerte de resistencia no solo física, sino también política e ideológica; en una declaración de principios de aquellos que reivindican la fisicidad del celuloide frente a la inmediatez digital.

Ha quedado ampliamente demostrado que los registros guardados en formato analógico ofrecen una mayor resistencia al paso del tiempo que los digitales (concebidos y diseñados –como cualquier producto realizado en un contexto neoliberal– para durar poco). Sus autores son conscientes de que, probablemente, dichos registros analógicos les sobrevivirán. Tal vez por este motivo cuiden en extremo sus procedimientos creativos, llegándolos incluso a transformar en una suerte de ritual. El libro Xcèntric Cinema. Conversaciones sobre el proceso creativo y la visión fílmica nos introduce en el universo de quince cineastas que han trabajado principalmente con el medio analógico y han desarrollado un corpus cinematográfico que trasciende el hecho narrativo para centrarse en la poesía que las imágenes pueden llegar a destilar, en la reflexión sobre la fisicidad del medio, en conceptos como el montaje, el color, el sonido o la luz. Quince cineastas que abordan la relación del ser humano con el espacio, con la naturaleza, con el paso del tiempo, con el propio medio cinematográfico. Mediante extensas entrevistas a autores como Jonas Mekas, Michael Snow, Carolee Schneemann, Jan Švankmajer o Laida Lertxundi entre otros, este libro reflexiona en profundidad sobre las implicaciones de seguir utilizando el celuloide como materia prima para la elaboración de una obra. Pero también reflexiona sobre las implicaciones de dejar al margen los cánones y códigos impuestos por el cine más narrativo y convencional y adentrarse así en el terreno de la fisicidad y las sensaciones. Un terreno en el que, como dice Gonzalo de Lucas en la introducción del libro, se sustituye la narración por la asociación. Un terreno en el que se invita al espectador a reapropiarse de nuevo de su tiempo y dedicarlo a la reflexión sobre las imágenes que transcurren en pantalla y las relaciones que se establecen entre ellas, a reocupar ese espacio de incertidumbre habitándolo con diversas interpretaciones, a pensar en la infinita potencialidad de las imágenes en movimiento, a ser conscientes de su origen y a preguntarse por sus posibles destinos.

Carolee Schneemann, "Fuses" (1967)

En inglés, la palabra reflection significa tanto reflexión como reflejo. Un hecho aparentemente intrascendente que en realidad nos descubre la posibilidad de asociar diversos aspectos del proceso de percepción de las imágenes. Imágenes que, constituidas a menudo como un supuesto o pretendido reflejo de la realidad, no sirven en el fondo más que para reflexionar sobre la misma. Imágenes latentes, imágenes autobiográficas, imágenes oníricas, imágenes poéticas, imágenes polisémicas, imágenes incompletas, imágenes fantasmagóricas, imágenes libres. Imágenes de la resistencia, de la persistencia, de la fuga y la reinterpretación. Imágenes que podemos tocar con nuestras propias manos, que son capaces de conformar utopías y provocar emociones. Imágenes que resultan, en estos tiempos tan revueltos, más necesarias que nunca.

Michael Snow, "Wavelenght" (1967)

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La fábrica de nada (Pedro Pinho, 2017)

En estas últimas décadas, el cine portugués ha demostrado estar a la vanguardia de un cine social que ha sabido aprovechar las facilidades que brindan las nuevas tecnologías para conjugar sus temáticas comprometidas con propuestas visuales imaginativas y creativas. Esta conexión atípica entre cine social y estéticas innovadoras es también debida a nuevas formas de organización más transversales y flexibles en sus procesos de producción cinematográfica. Un ejemplo claro de ello es la participación del propio director de La fábrica de nada en el diseño de producción de este film.

La fábrica de nada nos explica cómo, en plena noche, los empleados de una factoría de ascensores de Portugal descubren que la cúpula directiva de su propia empresa está sacando la maquinaria a escondidas con el fin de cerrar la fábrica. Mientras empiezan los procesos de despido (a cambio de una mísera retribución después de décadas de trabajo dedicado) los empleados deciden amotinarse en la fábrica y emprender una reivindicación por sus derechos sin saber cuál va a ser el resultado de su lucha.

La fábrica de nada, ganadora del Giraldillo de Oro en la última edición del Festival de Sevilla, nos descubre un cine que de alguna manera exigía su sitio. La productora Terratrema Films, que nace en 2008 en Portugal con una vocación colaborativa entre distintos realizadores y que busca que las necesidades de cada película determinen su modo de producción, trata de mostrarnos en este film de tres horas de duración los cambios en los procesos de producción y organización empresarial actuales producto de esta etapa de transición que nace con la crisis económica y el cambio social y tecnológico. A medida que avanza la película podemos ver cómo la situación de estos trabajadores vive una evolución inesperada: de empleados rasos a desempleados y, finalmente, empresarios involuntarios dueños de una fábrica con exportaciones internacionales.

Pedro Pinho (director de otros documentales como son Bab Sebta, 2008, Um fim do mundo, 2013 y As Cidades e as Trocas, 2014) nos muestra un film híbrido que transita de manera natural y perfectamente entrelazada entre el cine social, el documental y el musical. Una de las imágenes más llamativas del film nos muestra el pueblo en el que viven los empleados con la fábrica que emerge de él como si se tratara del campanario de una iglesia. La fábrica humeante aparece sobre los tejados como símbolo a partir del cuál se han organizado los pueblos y ciudades occidentales desde las colonias industriales hasta la actualidad. La fábrica de nada trata de reflexionar entorno a una etapa de transición hacia un postcapitalismo ya presente y en donde afloran las perversiones del capitalismo ya caduco. Aborda esta etapa de transición entre una época que parece terminar y otra que comienza y que trae consigo el contraste entre las olas de despido despiadadas y las nuevas formas de organización que se alejan de la globalización para acercarse a un modelo de autogestión comunitaria y local.

Nos hallamos, por lo tanto, ante un film político, no solo en su contendido sino también en su forma. Como si siguiera los postulados del Grupo Dziga Vertov, en el que Jean-Luc Godard reivinidicaba que el cine político había que hacerlo políticamente, el film de Pedro Pihno desjerarquiza las imágenes del film igual que los trabajadores deconstruyen la jerarquía capitalista en que se organiza la fábrica.

Esta descontextualización formal de las imágenes se aprecia en su narrativa cambiante que afecta a todos los elementos que conforman la puesta en escena, desde interpretaciones que parecen improvisadas y que se entremezclan con entrevistas mirando a cámara con un evidente tono documental, hasta la forma en la que los obreros se reapropian de la maquinaria y del espacio, convirtiendo la fábrica en un espacio de recreo. De igual modo, escenas musicales a modo coral en los escenarios de la fábrica de ascensores encumbran irónicamente la figura  rasa del obrero a la altura de una gran estrella del star system.

La fábrica de nada, por lo tanto, mantiene los postulados de un cine político no solo en su contenido y en su estructura de producción cinematográfica, sino también en su forma,  en su proceso creativo y su narrativa.  Podemos decir, más que nunca en este caso, que la estética se ha convertido en una ética.

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Inmersión (Wim Wenders, 2017)

Inmersión,  Un amor líquido desbordado por su pasión

Inmersión (2017) es una producción alemano-franco-española dirigida por Wim Wenders que habla del nacimiento y muerte de una relación amorosa entre dos personas apasionadas y desbordadas por su vida profesional y personal; factores que anormalmente guiarán a la pareja a su propia autodestrucción.

Danielle Flinders (Alicia Vikander) y James More (James McAvoy) se conocen en un lejano hotel de la costa de Normandía. El agua será el punto en común a partir del cual esta biomatemática y este ingeniero hidráulico empezaran una relación pasional y amorosa. Tan repentino es su idilio como sus destinos. James More es enviado a Somalia donde es tomado como rehén por el movimiento yihadista y terrorista Al-Shabab, mientras que Danielle Flinders deberá viajar a las profundidades más remotas del océano para demostrar sus teorías del origen de la vida en el planeta, en plena oscuridad.

Mediante una imagen simbólica que parte de los cuadros de Gaspar David Friedrich; como si los dos personajes se adentraran en una de las obras del pintor romántico, el cineasta sitúa a la pareja en un gigantesco acantilado frente al mar como metáfora de la inmensidad de un mundo que los supera totalmente. Las potentes imágenes de los fondos marinos y de los acantilados, además de reflejar una belleza de lo oscuro, apuntan ya la trascendencia que posteriormente la naturaleza tendrá en sus vidas, convirtiendo esos espacios en escenarios que funcionarán como mapa psicológico de los propios personajes.

La inmensidad de los paisajes se equipara a la grandeza de las hazañas profesionales tanto de la curiosa Danielle Flinders, como del concienciado e impulsivo James More. Esta inmensidad, en cambio, contrasta con la juventud de los  enamorados y su tamaño diminuto al lado de estos vastos escenarios.

Mientras que el film comienza con un vínculo claro entre sus personajes y los espectaculares mares, océanos, arrecifes y parajes del norte de Europa; a lo largo del film esta línea se va diluyendo para convertirse en un simple espejo de este enamoramiento trágico. Los contextos dramáticos e inquietantes que  rodean a Danielle Flinders y a James More  se ven totalmente eclipsados por el dolor pasional que siente la pareja por su separación en la distancia.

El uso despiadado del agua como herramienta de tensión geopolítica y militar por parte de Al-Shabab, evitando la construcción de pozos y haciendo que la población muera de sed, queda relegado a un segundo término y se convierte en el decorado de una relación amorosa que nos resulta algo críptica en algunos momentos y poco permeable a su entorno a pesar de la trascendencia de los sucesos que les rodean.

Otro elemento que nos aleja de este vínculo inicial entre los protagonistas y sus escenarios son los propios  militares que secuestran a James More, los cuales son presentados como personajes totalmente planos que han perdido, desde hace tiempo, toda humanidad y son solo conducidos por su fe, hallando en la fuerza de sus creencias religiosas el único motor que los mantiene con vida. En ambas historias, los investigadores, médicos y terroristas que acompañan a los protagonistas son mostrados como zombies andantes que quieren imponer su “plan hegemónico”, hecho que sin querer banaliza el trasfondo social y político de las dos historias.

El cineasta alemán obsequia a sus seguidores con un bello detalle en el momento climático del film. Nos impacta apreciar un cambio drástico de textura visual en el que pasamos de una iluminación típicamente neoclásica y evocadora a un plano sin jerarquías lumínicas, uniforme, realista y crudo del monitor del submarino en el que  la biomatemática explora las profundidades del océano. En el monitor podemos apreciar la imagen de una planta, rodeada por la biodiversidad de un mundo tan oscuro como desconocido y en el que las profundidades del océano exhalan humo. Este cambio momentáneo a una textura documental, a través de la pantalla del submarino, para volver de inmediato  a la imagen jerarquizada del star system; hace de contrapunto a un film que sigue  a rajatabla los cánones convencionales del cine hollywoodiense y que también ha asumido la industria de películas europea. Elementos tal vez necesarios para levantar el film y entramar esta adaptación de la novela de J. M. Legran.

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Top D’A Film Festival 2018

Terminamos nuestro decálogo de textos sobre el D’A Film Festival con un Top 15 de los mejores momentos.

Carlos Balbuena

 –El desolador plano final de Escoréu, 24 d'avientu de 1937, En el que Ramón Lluís Bande invoca a los 10000 cuerpos aún enterrados en las cunetas asturianas.

–La incontinencia verbal de Tesa Arranz en Aliens, de Luís López Carrasco, haciendo un repaso a todos los nombres propios de la Movida, incluido un Pedro Almodóvar del que dice que ni tenía talento ni era interesante.

–La tremenda y desgarradora reflexión sobre la maternidad que Carolina Astudillo hace en primera persona en su maravillosa Ainhoa, yo no soy esa.

–La sesión de Fasenuova sobre Maya Deren. Una verdadera EXPERIENCIA audiovisual (y sí, EXPERIENCIA, en letra mayúscula).

–El maravilloso blanco y negro, rodado en 35 mm, de Amante por un día. Hay siempre algo de cine de la Resistencia que me emociona en Philippe Garrel.

 

Marla Jacarilla

–La hermosa secuencia del baile de En attendant les hirondelles de Karim Moussaoui, en la que los gestos y miradas de sus protagonistas dicen mucho más que todos sus diálogos.

–El desolador final de Frost, de Sharunas Bartas. Una película en la que la guerra es un elemento desconocido, extraño y ajeno. Al menos, hasta que ya es demasiado tarde como para huir de ella.

–El desconcertante final de Dhogs, de Andrés Goteira. Un final en el que se pide al espectador que tome partido, esta vez sí, de forma activa y consciente.

–El descacharrante inicio de Oh Lucy!, que tiene lugar en la academia de inglés más bizarra a la que hayamos podido asistir jamás.

–Los gloriosos minutos que Guy Maddin le dedica a Chuck Norris (triste) en The Green Fog, el modo infalible de conseguir que toda una sala de cine se ría a carcajada limpia. 

 

Enrique Aguilar

Amante por un día. Mirar, bailar, sentir.

Trinta Lumes. Escuchar la lluvia.

Les Unwanted de Europa. Dos cuerpos que caminan, gestualidades diferentes, una frontera.

Cocote. Ritual.

A Ciambra "Siamo noi contro il mondo".

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D’A Film Festival 2018 (VIII)

Novo cinema Galego, cuando las etiquetas no son eficientes

Admitámoslo, tenemos una relación de amor odio con las etiquetas. Aun a pesar de que las cuestionamos constantemente somos incapaces de dejar de utilizarlas. Conglomeramos a los directores por edad, procedencia, escuela de formación, temáticas de sus películas… Queremos pensar que los podemos ubicar en compartimentos estancos e inamovibles. Por otro lado, a veces no tenemos más remedio que darnos cuenta de que esas etiquetas a veces no encajan. Tras la proyección de Dhogs, me preguntaba qué implica que te incluyan dentro de una categoría. ¿Qué es por ejemplo el Novo Cinema Galego? La respuesta más obvia incluye a todas aquellas películas realizadas recientemente por jóvenes directores gallegos. Pero como ya supondréis, mi pregunta pretende ir un poco más allá. ¿Qué tienen en común películas como Arraianos (Eloy Enciso, 2012), Costa da Morte (Lois Patiño, 2013), Mimosas (Oliver Laxe, 2016) o las más recientes Trinta Lumes (Diana Toucedo, 2017), Dhogs (Andrés Goteira, 2017) o La estación violenta (Anxos Fazáns, 2017)? Centrémonos, por no extendernos en exceso, en las dos últimas. Ambas son producciones gallegas que se han proyectado este año en el D’A Film Festival y ambas han sido realizadas con mucho esfuerzo, un equipo reducido y un escaso presupuesto. Y hasta aquí, si no me equivoco, llegan las coincidencias.

Empecemos por hablar de la más inclasificable de ambas. Podríamos (intentar) definir Dhogs, la opera prima de Andrés Goteira, como una disección en clave onírica de la violencia, ejercida con o sin motivos. Goteira nos propone un juego de espejos infinito en el que la presentación y la representación se funden y se confunden. Acompañaremos a una mujer sola en medio de la noche. Una mujer que intuimos, va a pasarlo bastante mal. ¿Es la protagonista? ¿O los protagonistas somos nosotros? ¿Se trata de una película? ¿De una obra de teatro? ¿Acaso de un videojuego? ¿Quién está decidiendo el guion (es decir; el destino de esa mujer que aparece en pantalla)? Dhogs nos puede recordar a muchas cosas, pero no se parece a nada. Los ecos a Leos Carax, David Lynch, Carlos Vermut y sí, vale, lo admito, también un poquito a Tarantino, resuenan en esta pesadilla oscura y lisérgica salpicada de humor negro. Una apuesta de riesgo para aquellos que creen que lo han visto todo.

Una melancolía increíblemente amarga impregna la opera prima de Anxos Fazáns. Con tan solo 25 años, la directora gallega adapta la novela de Manuel Jabois y lo hace de la mejor manera posible: distanciándose de ella. En La estación violenta, la joven pareja formada por Claudia y David se reencuentran con Manuel después de muchos años. Amigos de adolescencia separados por las circunstancias, como tantos otros. La película nos muestra una relación marcada por las elipsis. En ella, lo que no se cuenta es casi más importante que lo que se cuenta y la historia se recompone a base de vacíos y ausencias. El fantasma de la muerte enturbia el presente y cualquier tiempo pasado parece mejor. La literatura no es suficiente para sacar a Manuel de la espiral autodestructiva en la que ha caído, y tal vez el amor tampoco. Para Claudia y David, la felicidad es un recuerdo distante que se alejó ante la inminencia de la muerte. Las imágenes, rodadas en 16 mm, subrayan la fisicidad de unos cuerpos destinados a desaparecer, más pronto que tarde. La escena underground de Galicia sirve de telón de fondo y permite el retrato generacional de una juventud cada vez menos joven y cada vez más desencantada. La estación violenta duele, como una pequeña herida que se infecta y nunca llega a cicatrizar, pero es necesaria para recordarnos que estamos vivos.

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D’A Film Festival 2018 (VII)

 Breve elogio del cortometraje

Algunas de las mejores películas que se han podido ver en esta edición del festival duran menos de media hora. Una de ellas, ni cinco minutos. Me parece bien que las llamemos “cortometrajes”, porque lo son, porque duran poco, y eso es innegable. Lo que no me parece tan bien es que por ese motivo se las considere menores: cortas sí, pero de ninguna manera pequeñas; son películas, sin más. Hay habitualmente una  condescendencia respecto al cortometraje que resulta muy molesta e irrespetuosa, como si Lo Sguardo di Michelangelo (2004) no mereciese estar a la altura del mejor Antonioni, The Big Shave (Martin Scorsese, 1967) no fuese la película de uno de los cineastas visualmente más rabiosos y brillantes de la historia, o Miró l´altre (Pere Portabella, 1969) no hablase de Joan Miró con tanta lucidez como podría hacerlo un documental de hora y media. ¿Es que acaso no es Pla y Cancela (Elena Duque, 2018), que dura apenas 3 minutos y que desde la artesanía experimental del stop motion ofrece una visión fantasmagórica y fascinante del doloroso paso del tiempo,  una de las propuestas más interesantes que se han visto en un D´A del que hemos disfrutado hasta caer rendidos?

Por otra parte, entiendo la dificultad de encajar estas películas de metraje reducido en una parrilla en la que ya de por sí los programadores se las ven y se las desean para cuadrar los horarios de proyección de casi un centenar de obras, pero me da la impresión de que el hecho de que acaben recluidas en una sección estanca favorece la percepción de los cortometrajes como “peliculitas”. De la misma manera, creo que lanzarlas una detrás de otra, sin solución de continuidad, en una sesión de dos horas largas, dificulta enormemente el ejercicio necesario de pensarlas, de reflexionar sobre lo mucho que algunas de ellas ofrecen. Ignoro si hay posibilidad de hacerlo de otra forma, y en todo caso seguro que no es nada fácil; tampoco trato de decir que desde el festival se menosprecien estas películas o a sus directoras y directores, todo lo contrario: sé perfectamente el esfuerzo que supone incluirlas en la programación y el mimo con que se trata a cada una de ellas; pero, insisto, tal vez habría que encontrar la forma de dignificarlas un poco más. No aquí, no en el D´A, no en los festivales: en cualquier sala de proyección, en cualquier circuito de exhibición.

Ejercido el derecho a la pataleta, habría que empezar a hablar de algunas de estas películas. Gran parte de lo que más me ha interesado de este Impulso Colectivo en formato corta duración tiene que ver con la no ficción. Bohèmia, de Anna Petrus, es la excepción. Una obra delicada y sutil sobre el descubrimiento de nuevos mundos (interiores). Rodada con la calma y la precisión con la que la pintora protagonista observa y captura los paisajes que ve por primera vez, y con la fascinación y la curiosidad con la que un niño descubre el amor en esa presencia nueva que aporta una mirada distinta sobre los espacios y las rutinas que tanto conoce. Una obra de ficción, pero rigurosa a la hora de retratar paisajes, tradiciones y modos de vida.

Igualmente riguroso y con la meticulosidad a que obliga cierto tipo de cine de no ficción es el retrato del pintor Manuel Moldes que realiza Ángel Santos. Digo retrato del pintor, pero en realidad debería decir análisis de su pintura, de sus métodos, de sus espacios, de sus ritmos, de sus trazos. M. (Manuel Moldes, Pontevedra Suite 1983-1987) es una película granulosa, que traslada al cuerpo del fotograma la textura de la obra del pintor, rodada y fotografiada como un trazo de pincel. Solo vemos al pintor trabajando, pero Ángel Santos consigue convertir esa rutina en gestos emocionantes.

Y si Ángel Santos extrae emoción del movimiento repetitivo de un pincel sobre un lienzo, Ramón Lluís Bande lo consigue plantando la cámara frente a una pared. Por supuesto, no una pared cualquiera, sino una impregnada de los vestigios de un pasado terrible cuyas heridas aún no han cicatrizado. Se trata de los calabozos de Cangas del Narcea, en cuyos muros aún  se conservan algunos dibujos y escritos de los condenados a muerte durante el franquismo. Aún me quedan balas para dibujar evoca el pasado desde el presente con la sencillez y el rigor que caracterizan el cine de su director, incansable en sus luchas y fiel a sus presupuestos formales. Sabe perfectamente cuánto puede un plano fijo y vacío mirando frontalmente las ruinas de la memoria.

También Luis López Carrasco mira frontalmente al pasado y, como Bande, lo hace para cuestionarse el relato que se ha hecho. Aunque si de la película del cineasta asturiano podríamos decir que es “discreta” en su sencillez, Aliens es un vendaval. Desbordante, caótica y alucinada como la propia Tesa Arranz, figura destacadísima de lo que se conoció como La Movida, y de la que Luis López Carrasco realiza un retrato íntimo que se convierte, gracias a su incontinencia y locuacidad, pero también gracias a determinadas apuestas estéticas y formales de López Carrasco, en el análisis de unos años de los que no queda nada claro que hayamos salido indemnes.

Hay muchas formas de hacer una película política. Virginia García del Pino se sirve de la voz del filósofo Josep Maria Esquirol, que improvisa reflexiones acertadísimas a partir de las imágenes que se nos ofrecen a diario en cualquier medio de comunicación, para elaborar un discurso muy lúcido acerca del espectáculo y la farsa de la vida política y, sobre todo, de su representación. Creo que Improvisaciones de una ardilla es importante por lo que cuenta,  por su reflexión serena, pero también por la forma de contarlo, porque no hay ningún artificio (aparente) y porque deja claro desde el título (esas improvisaciones) que lo que oímos es nada más (y nada menos) que el resultado de la mirada de una persona con actitud crítica frente al presente.

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