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Tres anuncios en las afueras (Three Billboards Outside Ebbing, Missouri; Martin McDonagh, 2017)

La importancia de los personajes

El sur de Estados Unidos se ha convertido en el escenario cinematográfico predilecto para la exploración de todo tipo de traumas, individuales o de pequeñas sociedades cerradas. Tensiones acrecentadas por una filosofía de vida muy marcada por el individualismo radical, que acrecenta el odio hacia el otro a la vez que justifica cualquier acción, fuera de lo legal o lo ético, que vaya en beneficio propio. Es en este contexto de pensamiento —y acción— en el que se sitúa Tres anuncios en las afueras, la última película de Martin McDonagh (Siete psicópatas (2012), Escondidos en Brujas (2008)), una película que muestra la historia de una madre coraje (Frances McDormand) dispuesta a que el escabroso crimen que acabó con la vida de su hija no caiga en el olvido y la inactividad policial. Una antiheroína que, sin duda, haría las delicias de todas las «reinas de las mañanas» televisivas de este país.

Quizás la apuesta más fuerte que ha realizado McDonagh en esta película, y la causa de la mayoría de sus alabanzas, es una hibridación de géneros bastante atípica, en la que el thriller policiaco y la comedia negra se unen de manera bastante tosca. No hay un thriller paródico ni una fusión en degradado de elementos de uno y otro género, sino una superposición de escenas en las que varía drásticamente el tono, creando un resultado final efectivo pero desconcertante.

En este vaivén tonal se diluye considerablemente cualquier intención crítica o moralista que McDonagh pudiera haber diseñado. Es cierto que hay apuntes críticos con las formas y los abusos de poder de la policía, especialmente contra la población negra, pero también es cierto que eso termina por ser no más que una débil señalización, que acaba con una cierta redención de todo punto incomprensible.

Igualmente tosco resulta en ocasiones un guión que recurre, en demasiados momentos, a giros drásticos que terminan por no producir ningún efecto sobre la evolución de una trama policial bastante ramplona, llena de lugares comunes en los que cualquiera hemos estado un centenar de veces. Más acierto hay, sin embargo, en la parte cómica de la película, capaz de generar un humor tremendamente oscuro y ácido, por lo general bastante bien hilado, que da frescor y un punto de interés bastante importante a la cinta.

Pero, sin duda, el gran acierto de Tres anuncios en las afueras son sus personajes. Aquí no solo no hay ningún pero, sino que no cabe otra cosa que la alabanza. La reducida pero potente fauna de Ebbing, Missouri, es el gran potencial de la película. Una serie de personajes que, de modos diferentes, definen y encarnan el individualismo sureño, a la vez que tienen que convivir entre ellos y, de algún modo, complementarse. Todos ellos dignamente defendidos por un muy buen reparto, del que sobresalen sobremanera Frances McDormand y Sam Rockwell, encarnando a la madre coraje y a un policía excesivamente violento y torpe. Ambos son los grandes pilares sobre los que se sostiene todo el edificio de Tres anuncios en las afueras, Sus gestos, sus acciones, su presencia en la pantalla, todo lo que tiene que ver con su trabajo interpretativo eleva la película a otro nivel y, sin duda, justifica una parte de la lluvia de buenas críticas que está recibiendo.

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Wilson (Craig Johnson, 2017)

Benditos desgraciados

Daniel Clowes es uno de esos dibujantes de cómic que ha conseguido desarrollar un estilo propio con marcas autorales tan definidas que es fácil reconocerle solo viendo una de sus viñetas. Lógicamente, no es el único autor de cómic que lo ha conseguido. Sin embargo, sí que hay algo más de mérito y excepcionalidad en el hecho de que las adaptaciones cinematográficas de sus trabajos sean capaces de trasladar esas marcas desde la página hasta la pantalla, hasta el punto que, con ver una imagen, se intuye la presencia de Clowes en la producción. Sus dos primeros trabajos adaptados, Ghost World (2001) y Art School Confidential (2006) corrieron a cargo del mismo director, Terry Zwigoff, por lo que podía presumirse que la «estética Clowes cinematográfica» era fruto de una fuerte comunión entre el tándem Zwigoff-Clowes. Esta presunción se desmonta cuando, ahora, aparece el tercer trabajo adaptado del dibujante, Wilson, y en la dirección ya no figura Zwigoff, sino Craig Johnson (The Skeleton Twins, True Adolescents)[1], pero la esencia de las viñetas de Clowes sigue estando intacta.

Wilson, protagonizada por Woody Harrelson, es la historia de uno de esos personajes cuyo maltrato de las convenciones sociales convierte en un auténtico bicho raro. La aburrida y desdichada vida de Wilson se altera cuando se reencuentra con su ex-mujer, Pippi (Laura Dern), y esta le confiesa que no abortó el bebé que ambos esperaban hace diecisiete años. Dio a luz y entregó a la niña en adopción: Wilson es padre y quiere conocer a su hija.

Muchos pueden apresurarse a tildar a Wilson de misántropo o asocial, cuando lo que le confiere el punto peculiar de su personalidad es, curiosamente, ser tan social que no respeta los límites establecidos en las relaciones interpersonales, algo especialmente molesto para una cultura como la estadounidense, en la que esos límites son especialmente marcados e importantes: habla con desconocidos, inicia conversaciones con gente que lee, escucha música o mira el ordenador, o se pone al lado de otro hombre en unos servicios públicos y habla sobre ello. En cualquier caso, Wilson es un personaje repudiado de entrada que, sin embargo, logra obtener su sitio en la vida de los demás a través de una personalidad que, aunque torpe y molesta, denota una nobleza excepcional.

La construcción de este personaje es de vital importancia, no en vano las tiras cómicas y la película llevan su nombre. Clowes se encuentra cómodo —especialmente en este caso— creando historias mixtas entre aquella división de “tramas” y “personajes”: no estamos ante el soberbio Paterson (2016) de Jarmusch —aunque ambos protagonistas comparten una importante cantidad de parecidos—, en el que se pone en juego la supervivencia de un conductor de autobuses a través de la rutina. Tampoco estamos ante el Kong: la isla calavera (2017) de Vogt-Roberts, en el que la acción se sucede sin descanso y los personajes quedan relegados a elementos accesorios y casi planos. Wilson se mueve en ese medio camino entre los personajes fuertes que centran la atención en cómo sus personalidades se adaptan al entorno, y los giros de guión que les colocan como protagonistas de sucesos alejados de la cotidianidad.

La esencia de Wilson es la desgracia. Todos los personajes, incluso los que aparecen con vidas teóricamente satisfactorias, son unos desgraciados, y donde los habitantes de Paterson tenían que pelearse con la rutina, los compañeros de aventuras de Wilson deben hacerlo con la desdicha. “No siempre seremos unos desgraciados”, dice la espectacular Laura Dern en un momento determinado. Parece que Clowes ha sido más benevolente trabajando con Johnson que cuando lo hacía con los rotuladores, y, al final, sí que hay algo de esa redención que en el cómic no queda tan clara. Sea como fuere, el potencial de Wilson es sumergirte y aprender a vivir —conformismos a parte— en un mundo en el que, probablemente, siempre seas un desgraciado.

[1] Films de 2014 y 2009, respectivamente.

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