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L’Alternativa 2012 – 21/11/2012

Formas de vida: (re)construcción de realidades

Primera jornada de l'Alternativa y más sorpresas, en este caso mayoritariamente positivas. Arrancaba la sección oficial de largometrajes con A nossa forma de vida (Pedro Filipe Marques), una muestra de cine bienintencionado en el que los abuelos del director se ponen en escena a sí mismos como matrimonio de jubilados, con mucho tiempo para reflexionar sobre las situaciones social, política y económica actuales. La película resulta en algunos puntos un simulacro de realidad, pues el discurso de los actores, claramente no profesionales, se intuye en ocasiones impostado. No en vano, la película abre con la imagen de una sombra chinesca proyectada sobre una pared y la consiguiente frase que nos ayudará a establecer las coordenadas del film: “El arte es una forma de vida. Que le cante a la vida quien pueda”. ¿Estamos entonces ante una más que consciente representación de la realidad? ¿Ante un teatro de las apariencias? Desde luego, y el hecho de que sus dos protagonistas se nos muestren durante la totalidad de la cinta siempre en el interior de su casa, espacio de representación teatral por antonomasia, apunta a esa idea. Sin embargo, huelga decir que la espontaneidad de los mismos rompe con el mecanismo prosaico del guión y de ello surgen momentos de comicidad realmente inspirados. La forma de vida a que alude el título es el transcurrir del tiempo del matrimonio y las ocupaciones que del mismo se derivan. Así, mientras Armando repara todo lo que se rompe y escribe poesías de dudoso lirismo, Fernanda se ocupa de las labores de casa y de interactuar con los fados que suenan en televisión. Es decir, él entiende la vida como arte y ella le canta a la vida. Pero donde la película más empatiza es en los momentos en los que el matrimonio, sentado siempre frente a la ventana, lee el periódico, mira los informativos de televisión, o escucha la radio, e interactúa con las noticias de actualidad. La naturalidad del entrañable matrimonio se impone a la construcción ficcional, asfixiada por el espacio interior. De ahí que cobre tanta importancia la ventana a la que siempre están asomados, pues deviene lugar de proyección de su pensamiento, pero también su único punto de conexión con la realidad. La ventana, pues, como umbral que separa las dos formas de vida contempladas en el film: la de ellos y la del fuera de campo, el resto del mundo.

5 Broken Cameras (Emad Burnat y Guy Davidi) ha arrancado el único aplauso de hoy. No quiero convertir esta crónica en un aplausímetro, pero esta película se lo ha merecido. El documental, como la película antes reseñada, hace mención a lo que eternamente se destruye para ser nuevamente reconstruido. El título esconde, bajo una apariencia de metaficción cinematográfica, un retrato (demasiado) certero y cruel de la realidad de Bil'in, la aldea dividida en dos por la construcción de la frontera entre Gaza y Cisjordania. El proceso es documentado paulatina y episódicamente por cada una de las cinco cámaras del título, que acaban pereciendo en los varios enfrentamientos armados que tienen lugar. El documental de Burnat contiene imágenes realmente duras y crueles, en las que presenciamos palizas, tiroteos y hasta una muerte en directo. La desmesura con la que el ejército israelí responde a la resistencia pacífica de los habitantes del pueblo palestino que se están viendo expropiados de sus tierras alcanza un hiperrealismo que contagia de nihilismo todo el documental. Burnat, eso sí, no se recrea de manera fácil en la violencia, sino que busca documentar el conflicto de una manera transparente (aunque totalmente arriesgada) y poner imágenes a tal injusticia. La cinta relata, en paralelo, cómo en el tiempo en el que tiene lugar el conflicto van naciendo y creciendo los cuatro hijos del director, que, de igual manera que las cámaras destrozadas, constituyen fases en su vida: el último de los hijos nace justo cuando empieza el proceso. En el desenlace, dicho hijo menor de Burnat cumple 5 años justo cuando una resolución judicial desautoriza la construcción del muro y el ejército israelí ha de retirar su estructura. Esta resulta ser la única nota de esperanza en Bil'in, la promesa de resistencia con la que se cierra el documental.

La última película de la sección oficial en la jornada de hoy ha sido Nana, ópera prima de Valérie Massadian, directora de arte y compañera sentimental de Pedro Costa. Nana, haciendo honor a su título, provoca el más profundo sueño. Y es que la película nos muestra el día a día de una niña de cuatro años que vive con su madre y su abuelo en una casa rural. La película basa su potencial en la precocidad y empatía que provoca Kelyna Lecomte, la niña que interpreta el papel de Nana. Pero cuando el espectador ya conoce las reacciones de la pequeña y sus ocurrencias, la película se agota y se torna anodina. No podemos culpabilizar, claro está, a una pobre niña de cuatro años de no hacer funcionar una película, pero sí a Valérie Massadian por intentar hacer algo así como la versión rural de Zazie en el metro (Zazie dans le métro, Louis Malle, 1960), en un entorno menos lúdico y dinámico, con un tono más pesaroso y sin más desarrollo argumental que el transcurrir rutinario de una casa en medio del bosque. Es decir, la indiferencia más absoluta.

(Otro texto sobre A nossa forma de vida fue publicado en Contrapicado con motivo del Doclisboa 2011 y estuvo firmado por Alberto Moreno. El texto puede leerse aquí.)

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IndieLisboa 2012 – Día 2 (27/04/2012)

El IndieLisboa 2012 y la infancia

Después de un primer día con menos películas, el IndieLisboa encuentra su energía habitual: sesiones agotadas y la presencia de directores y productores que hablan de sus obras al público. El festival, sobre todo en este momento difícil para el país, es una verdadera celebración del cine, no tanto un encuentro de mercados sino entre obras y cinéfilos que buscan otras visiones sobre el mundo y hablan directamente con las personas que las crean.

En muchos casos, el IndieLisboa es casi el único momento donde se podrán ver algunas obras en Lisboa, sobre todo los cortos, exceptuando otros festivales dedicados al “género”. Pero aquí los cortometrajes se encuentran al mismo nivel que todas las otras obras y formatos. Una oportunidad única para presenciarlos junto a largos y obras experimentales formando un diálogo entre lenguajes diferentes.

En el primer día de la competición nacional de cortos, vemos la presencia de dos obras de animación (un formato muy presente en esta edición del festival): Fado do Homem Crescido de Pedro Brito y O Cágado de Luís Matta Almeida y Pedro Lino. Pero destacamos la ficción, con La chambre jaune y O Que Arde Cura. La primera es un corto de André Godinho, un nuevo autor del cine portugués también conocido por su trabajo en documentales (MHM, 2009; sobre el editor de libros portugués Manuel Hermínio Monteiro) y sus experiencias en vídeo con los grupos de teatro portugueses Teatro Praga y Cão Solteiro (dos de los principales grupos de creación del teatro de vanguardia en Portugal). La chambre jaune es también una experiencia donde se nota la influencia teatral. Godinho filma y habla con su equipo para crear un homenaje cinéfilo a sus principales referencias (la Nouvelle Vague francesa, João César Monteiro, los actores-iconos y su poder en el cine) pero cuestiona, en todos los momentos, la forma de hacerlo y de encuadrar sus propias fantasías como espectador y director dentro de su obra. O Que Arde Cura es también un homenaje, pero a Jean Cocteau y su libro La voix humaine, también conocido por la adaptación cinematográfica de Roberto Rossellini con Anna Magnani. João Rui Guerra da Mata filma al director João Pedro Rodrigues (son habituales colaboradores en las películas de éste) en un escenario rodeado de imágenes del incendio de Lisboa de 1988 (que destruyó parte del barrio de Chiado), hablando por teléfono con la persona que lo ha dejado (como Magnani a Rossellini).

Poco después, el evento de la noche: la primera proyección de Rafa de João Salaviza, ganadora del Oso de Oro este año en Berlín al mejor cortometraje, seguido de Nana de Valérie Massadian, mejor ópera prima en el Festival de Locarno de 2011. Las dos películas van a estrenarse juntas en Portugal en el próximo mes y, como decía Salaviza en su presentación al público, “podrán bailar juntas”. Dos obras sobre la infancia: el niño de 13 años Rafael, que busca a su madre encarcelada en una comisaría de policía en Lisboa; y Nana, de 4 años, que vive con la ausencia de su madre en un escenario misterioso, rodeado por un bosque y una vida rural cruda. Pero la sensibilidad de las dos películas impresiona: el retrato de la soledad a través de los ojos de estos niños, su inocencia que sirve de fuerza y voluntad de vivir entre los grandes, donde se nota su claro instinto de supervivencia. Dos películas excepcionales que no necesitan de ninguna artificialidad para impresionar y que viven por la simple fuerza de su libertad y respeto por sus jóvenes actores. Que recibamos muchas más películas como estas en las futuras ediciones del festival: obras de independencia y verdad que enriquecen nuestras experiencias como espectadores.

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