Archivo de la etiqueta: Pere Portabella

D’A Film Festival 2018 (VII)

 Breve elogio del cortometraje

Algunas de las mejores películas que se han podido ver en esta edición del festival duran menos de media hora. Una de ellas, ni cinco minutos. Me parece bien que las llamemos “cortometrajes”, porque lo son, porque duran poco, y eso es innegable. Lo que no me parece tan bien es que por ese motivo se las considere menores: cortas sí, pero de ninguna manera pequeñas; son películas, sin más. Hay habitualmente una  condescendencia respecto al cortometraje que resulta muy molesta e irrespetuosa, como si Lo Sguardo di Michelangelo (2004) no mereciese estar a la altura del mejor Antonioni, The Big Shave (Martin Scorsese, 1967) no fuese la película de uno de los cineastas visualmente más rabiosos y brillantes de la historia, o Miró l´altre (Pere Portabella, 1969) no hablase de Joan Miró con tanta lucidez como podría hacerlo un documental de hora y media. ¿Es que acaso no es Pla y Cancela (Elena Duque, 2018), que dura apenas 3 minutos y que desde la artesanía experimental del stop motion ofrece una visión fantasmagórica y fascinante del doloroso paso del tiempo,  una de las propuestas más interesantes que se han visto en un D´A del que hemos disfrutado hasta caer rendidos?

Por otra parte, entiendo la dificultad de encajar estas películas de metraje reducido en una parrilla en la que ya de por sí los programadores se las ven y se las desean para cuadrar los horarios de proyección de casi un centenar de obras, pero me da la impresión de que el hecho de que acaben recluidas en una sección estanca favorece la percepción de los cortometrajes como “peliculitas”. De la misma manera, creo que lanzarlas una detrás de otra, sin solución de continuidad, en una sesión de dos horas largas, dificulta enormemente el ejercicio necesario de pensarlas, de reflexionar sobre lo mucho que algunas de ellas ofrecen. Ignoro si hay posibilidad de hacerlo de otra forma, y en todo caso seguro que no es nada fácil; tampoco trato de decir que desde el festival se menosprecien estas películas o a sus directoras y directores, todo lo contrario: sé perfectamente el esfuerzo que supone incluirlas en la programación y el mimo con que se trata a cada una de ellas; pero, insisto, tal vez habría que encontrar la forma de dignificarlas un poco más. No aquí, no en el D´A, no en los festivales: en cualquier sala de proyección, en cualquier circuito de exhibición.

Ejercido el derecho a la pataleta, habría que empezar a hablar de algunas de estas películas. Gran parte de lo que más me ha interesado de este Impulso Colectivo en formato corta duración tiene que ver con la no ficción. Bohèmia, de Anna Petrus, es la excepción. Una obra delicada y sutil sobre el descubrimiento de nuevos mundos (interiores). Rodada con la calma y la precisión con la que la pintora protagonista observa y captura los paisajes que ve por primera vez, y con la fascinación y la curiosidad con la que un niño descubre el amor en esa presencia nueva que aporta una mirada distinta sobre los espacios y las rutinas que tanto conoce. Una obra de ficción, pero rigurosa a la hora de retratar paisajes, tradiciones y modos de vida.

Igualmente riguroso y con la meticulosidad a que obliga cierto tipo de cine de no ficción es el retrato del pintor Manuel Moldes que realiza Ángel Santos. Digo retrato del pintor, pero en realidad debería decir análisis de su pintura, de sus métodos, de sus espacios, de sus ritmos, de sus trazos. M. (Manuel Moldes, Pontevedra Suite 1983-1987) es una película granulosa, que traslada al cuerpo del fotograma la textura de la obra del pintor, rodada y fotografiada como un trazo de pincel. Solo vemos al pintor trabajando, pero Ángel Santos consigue convertir esa rutina en gestos emocionantes.

Y si Ángel Santos extrae emoción del movimiento repetitivo de un pincel sobre un lienzo, Ramón Lluís Bande lo consigue plantando la cámara frente a una pared. Por supuesto, no una pared cualquiera, sino una impregnada de los vestigios de un pasado terrible cuyas heridas aún no han cicatrizado. Se trata de los calabozos de Cangas del Narcea, en cuyos muros aún  se conservan algunos dibujos y escritos de los condenados a muerte durante el franquismo. Aún me quedan balas para dibujar evoca el pasado desde el presente con la sencillez y el rigor que caracterizan el cine de su director, incansable en sus luchas y fiel a sus presupuestos formales. Sabe perfectamente cuánto puede un plano fijo y vacío mirando frontalmente las ruinas de la memoria.

También Luis López Carrasco mira frontalmente al pasado y, como Bande, lo hace para cuestionarse el relato que se ha hecho. Aunque si de la película del cineasta asturiano podríamos decir que es “discreta” en su sencillez, Aliens es un vendaval. Desbordante, caótica y alucinada como la propia Tesa Arranz, figura destacadísima de lo que se conoció como La Movida, y de la que Luis López Carrasco realiza un retrato íntimo que se convierte, gracias a su incontinencia y locuacidad, pero también gracias a determinadas apuestas estéticas y formales de López Carrasco, en el análisis de unos años de los que no queda nada claro que hayamos salido indemnes.

Hay muchas formas de hacer una película política. Virginia García del Pino se sirve de la voz del filósofo Josep Maria Esquirol, que improvisa reflexiones acertadísimas a partir de las imágenes que se nos ofrecen a diario en cualquier medio de comunicación, para elaborar un discurso muy lúcido acerca del espectáculo y la farsa de la vida política y, sobre todo, de su representación. Creo que Improvisaciones de una ardilla es importante por lo que cuenta,  por su reflexión serena, pero también por la forma de contarlo, porque no hay ningún artificio (aparente) y porque deja claro desde el título (esas improvisaciones) que lo que oímos es nada más (y nada menos) que el resultado de la mirada de una persona con actitud crítica frente al presente.

Publicado en Festivales, Jump cut, Reseñas | Etiquetado , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en D’A Film Festival 2018 (VII)

Atlántida Film Fest – Sección Oficial (I)

Una expedición sonora

Desde que directores como Jean-Marie Straub y Danièle Huillet, Pere Portabella o Alain Corneau exploraron en el cine formas de hacer visible la música más allá de su interpretación convencional como banda sonora, se ha ido desarrollando un lenguaje moldeable y abierto a nuevas perspectivas que aun hoy representan un motor de creatividad. Me alegra encontrar distintas películas presentadas en la Sección Oficial del Atlántida Film Fest que indagan sobre el mundo sonoro desde lo experimental, estableciendo puentes con los pioneros de la puesta en escena del instrumento musical a la vez que extienden su formato más allá del campo visual.

Daniel V. Villamediana vuelve a la esencia de la música barroca con un documental, De occulta philosophia, que describe el proceso de creación musical y concentra la tradición en un solo escenario, la iglesia. Lo sagrado devuelve el misticismo a la concepción del sonido, como descubrimos en El silencio antes de Bach (Pere Portabella, 2008), donde lo más importante es mostrar el mecanismo a través de todo lo que circunda una audición: la construcción del instrumento, la meditación del músico, el ensayo y la puesta en escena final. De occulta philosophia se compone como una partitura, exponiendo un tema inicial con sus distintas variaciones, como ocurre en las famosas Variaciones Goldberg compuestas por Johann Sebastian Bach, que van sonando a lo largo del film construyendo así un paralelismo perfecto entre la estructura narrativa y la estructura musical. Esta fórmula organizada y llena de detalles inunda la pantalla de armonía e imagen, como encontraríamos originalmente en la propia concepción barroca.

Sin embargo otras películas de la Sección Oficial van en busca del trasfondo sonoro para encontrar el hecho diferencial y original. Es el caso de Noche (Leonardo Brzezicki), una fantástica película argentina que habla del amor entre amigos, la solitud y la muerte, a través de las grabaciones de voz que realizó el personaje de Miguel antes de quitarse la vida. Las relaciones entre homosexuales cogen especial relevancia, como vemos también en otra de las películas seleccionadas, El tercero, dirigida por el argentino Rodrigo Guerrero, o recientemente en El desconocido del lago (L’inconnu du lac, Alain Guiraudie, 2013) o La vida de Adèle (La vie d’Adèle - Chapitres 1 et 2, Abdellatif Kechiche, 2013). Nos encontramos frente a un nuevo terreno que profundiza más en la relación sentimental, y que Noche aprovecha para mostrarnos la angustia por la pérdida del ser querido.

Brzezicki juega también con lo sonoro, que sirve para establecer el hilo narrativo del film, un desarrollo que de nuevo se mueve entre aquello que no podemos ver, tan solo escuchar, y que suscita en gran medida la sensación de que la historia se desarrolla en fuera de campo, algo que conlleva continuas escenas enigmáticas que son a la vez sutiles e inhóspitas, con lo que consigue mantener enganchado al espectador. La experimentación sonora se produce dentro y fuera de campo, aferrándose a la idea de que el sonido diegético no tiene que estar necesariamente visible en el plano, ya que es evidente: personajes y espectador están escuchando lo mismo, el testimonio de un joven atormentado al que nunca vemos, solo oímos, pero que se establece claramente como protagonista. Es interesante notar la implicación dramática de este recurso sonoro, que actúa a la vez como principio narrativo y como ejercicio de memoria que evoca un recuerdo, el cual sus amigos tratan de afrontar. Otro film presentado, Después de la generación feliz, de Miguel Ángel Blanca, juega también con esta intención de revivir historias, en este caso a partir de la recuperación de antiguos VHS familiares, mostrados con un cierto toque rocambolesco. Blanca experimenta dentro del propio formato de vídeo, e introduce la actuación de Joan Colomo, que, como si de un videoclip se tratara, reproduce todas aquellas viejas canciones para introducir una banda sonora a imágenes mudas. El proceso de recuperación se realiza desde diferentes ámbitos, para culminar en este universo kitsch que sin embargo se aproxima al videoarte y que se basa en una historia familiar en la que, como en todas, los años pasan pero los testimonios fílmicos permanecen.

Es importante referirse también a Se fa saber, dirigida por Zoraida Roselló, quizás la película que consigue unirlo todo: sonido, realidad y memoria. Un film que se sitúa en una zona rural cerca de Tarragona, donde se nos muestra el testimonio de una generación de posguerra que reivindica la vida en el pueblo. Son especialmente entrañables estos pequeños momentos del film en los cuales el sonido encarna la voz real de los protagonistas, como el mecanismo que reproduce mejor toda la esencia de una generación. Unos protagonistas que muestran su vida cotidiana a través de ejercicios donde predominan sus voces, como la señora que en plena vejez sigue realizando un espacio musical en un programa de radio local, o bien la canción popular interpretada de forma brillante por una señora mientras se retoca el peinado en una peluquería, hasta la intervención de una mujer en un programa radiofónico que denuncia robos de ofrendas en el cementerio. Todas ellas son un testimonio claro de una sociedad rural que la directora barcelonesa describe destacando las voces por encima de los cuerpos. Son estas voces las que cuentan las historias y definen este preciso retrato costumbrista.

Estos filmes recogen la tendencia de esta última ola de cine español y también latinoamericano, que como vemos se caracteriza, entre otras cosas, por la preocupación acerca del tratamiento del sonido, que en muchas ocasiones pasa a ser un elemento central inscrito en la propia narrativa. Y no nos quedaríamos aquí, ya que otros títulos como Mapa de León Siminiani (2012) o Los ilusos de Jonás Trueba (2013) también se incluirían en esta búsqueda de esencias con la música como eje vertebrador.

A la suma de De occulta philosophia, Después de la generación feliz, Se fa saber y Noche, encontramos que todas están comprometidas con el detenerse y releer la imagen para establecer un cuadro sonoro que hable, como las obras pictóricas, de una época y un espacio. En este sentido, estas películas cuentan con testimonios que tienen que ser observados, pero sobre todo escuchados, ya sea desde el discurso musical, la grabación o la voz humana para devenir, como las obras de arte, perdurables.

Publicado en Jump cut | Etiquetado , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en Atlántida Film Fest – Sección Oficial (I)