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‘Midnight in Paris’ (Woody Allen, 2011)

París es una fiesta

En el tramo final de Todos dicen I Love You (Everyone Says I Love You, 1996), Woody Allen se marca un baile con Goldie Hawn a orillas del río Sena en el que la pareja, literalmente, vuela: en un género como el musical que ya de por sí es fantástico (rompe con la realidad cada vez que los personajes expresan sus emociones a través de canciones y coreografías) se apuesta claramente y sin tapujos por lo mágico, lo onírico, como si a ese estado de ánimo solo se pudiera embarcar desde la capital gala, aunque el filme haya viajado antes por destinos tan seductores como Venecia y Nueva York.

A ese mismo rincón, y con ese mismo espíritu de feliz irrealidad, regresa Allen en Midnight in Paris, posiblemente su mejor comedia desde el citado musical y su mejor filme desde Match Point (2005). Bueno, a ese rincón y a otros muchos de una París que no aparece solo como esa postal turística, y en ocasiones descolorida, de Europa que el cineasta nos ha mostrado en su reciente (y aún inconcluso) tour por el viejo continente sino que se presenta, más que como una ciudad, como un auténtico universo vivo donde pasado, presente y futuro se mezclan y confunden bajo la lluvia.

Una de las grandes virtudes de Midnight in Paris es su continua capacidad de sorpresa, por lo que se disfruta más y mejor cuanto menos se conoce su argumento, algo cada vez más difícil en estos tiempos de tráileres que parecen sagas y 'espoilers' agazapados en cada esquina de la red. Así que únicamente apuntaremos que, como en otros Allen, tenemos a un escritor en crisis de identidad con varias encrucijadas abiertas (debe elegir si lanzarse a escribir su primera novela o malgastar su talento en la industria de Hollywood, quiere vivir como un bohemio en París en contra de su prometida y de sus republicanos padres…) que, como en los cuentos de hadas, acabará encontrando su propio camino cada vez que el reloj marque la medianoche.

Gil, el escritor en cuestión, es un sorprendente Owen Wilson, capaz de ir más allá del sosias alleniano con una creación tan tierna como divertida: un Quijote paseando entre molinos de viento acompañado de una bella escudera, la cada vez más imprescindible Marion Cotillard, y flanqueado por un acertado elenco de secundarios, donde destacan Rachel McAdams, Michael Sheen y Carla Bruni (no tanto por sus dotes de actriz como por los maliciosos susurros en la sala cada vez que aparece en plano), amén de una legión de chanantes e ‘ilustres’ cameos.

Como si le hubieran pitado los oídos cada vez que hemos criticado durante la última década que este Allen había perdido la puntería del viejo Woody, asumiendo que no habrá más Annie Hall (1977) ni Manhattan (1979) ni Hannah y sus hermanas (Hannah and Her Sisters, 1986) ni Delitos y faltas (Crimes and Misdemeanors, 1989) pero consciente de que aún guarda balas en la recámara y de que nadie puede ver el futuro para firmar que lo mejor no está por llegar, el cineasta neoyorquino reflexiona con ironía sobre ese mantra tan asimilado de que cualquier tiempo pretérito fue mejor por el mero hecho de que ya es irrecuperable, lo que uno de los personajes del filme define como complejo de la Edad de Oro. Y lo hace con una comedia elegante y calmada (curiosamente, la secuencia más vodevilesca, la de los pendientes, es la que peor funciona), que pasea entre el suelo de la realidad y el cielo de la nostalgia sin prisa pero sin pausa, y que consigue que el cine de Allen, como París, sea otra vez una auténtica fiesta.

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