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Esta no es la distopía que me prometisteis

Distopía: f. Representación ficticia de una sociedad futura de características negativas causantes de la alienación humana

2020. Podría ser la fecha de alguna de las odiseas espaciales de Arthur C. Clarke. Suena lo suficientemente evocadora, lejana. Una fecha redonda que sin embargo tiene algo de imprecisa, de quedarse a medio camino de algo. Pero no, quita. 2020 es hoy. Y es un hoy decepcionante. Desde el punto de vista de cualquier ser humano confinado, pero también desde una perspectiva cinéfila. Me explico. ¡Teníamos tantas expectativas! ¿Por qué no un mundo berraco en el que las máquinas nos diesen sopas con onda, dispuestas a relevarnos como portento evolutivo? Yo me había imaginado que una legión de replicantes -con fecha de caducidad y muy vengativos ellos- estarían a estas alturas buscando a su Creador en la sede corporativa de alguna multinacional.

Blade Runner (Ridley Scott, 1982)

Esperaba neones por doquier, anuncios en alguna neo-lengua, un prêt-à-porter más heterodoxo, sueños aerotransportados. Seguiría habiendo ingenuos y villanos, pero todo tendría un aire sofisticado y al mismo tiempo… bizarro y desencantado. Porque hasta el caos es una cuestión de actitud, de flequillo, de cuero, de piezas y órganos biointercambiables. A mi rebelión de las máquinas no le pedía que fuese sistemática, ni mucho menos. Sería tan desordenada y patillera como la de los robots de Almas de metal (Michael Crichton, 1973). Entidades cobrando conciencia y… actuando en consecuencia contra un mundo borracho de ocio extremo. En comparación con el Yul Brynner pistolero, lo de Hal 9000 fue muy poco profesional: la megalomanía del silicio siempre acaba pecando de falta de ambición. ¿Cómo es posible que le falte perspectiva a la inteligencia artificial?

Diréis que también hubieron futuribles mucho más oscuros. En Matrix (Lana & Lilly Wachowski, 1999) se suponía que habíamos quedado relegados a ser muertos en vida, habitantes de una falsa realidad que tenía la cortesía de dejarnos en la inopia, una opción como otra cualquiera frente a lo insoportable. ¿Estaba esta sociedad de 2020 tan lejos de Matrix? Cambia las píldoras de colores por un dispositivo móvil -que dentro de tres décadas nadie tendrá problemas en implantarse- y tendrás un retrato no muy deformado del día antes (y del día después) al Coronavirus. Aunque lo que realmente nos preocupa estos días (una sola cosa como humanos yoístas que somos: nuestra muerte o la de aquellos que más queremos) ya había tenido amplio eco en el género de la ciencia-ficción.

En La fuga de Logan (Michael Anderson, 1976), el propio Estado acababa fijando una “edad de expiración”, una obsolescencia programada a manera de contención malthusiana. Pero es que los setenta ya habían sido pródigos en distopías a costa de la superpoblación y la esperanza de vida inasumible. Sin ir más lejos, Soylent GreenCuando el destino nos alcance (Richard Fleischer, 1974), también fantaseaba con un mundo que apostase por la eutanasia consensuada, por un abandono ordenado en un entorno aséptico y falsamente caritativo. Inhumano aquél futuro, inhumano este presente. En contraste con tanto futurismo miserabilista, un ahora miserable (sin más); en el que la muerte -conspiparanoicos al margen- no es un constructo gubernamental, sino un terrible accidente logístico y espiritual de países alelados.

El tiempo en sus manos (The Time Machine, George Pal, 1960)

Yo esperaba que la sociedad decayese lentamente, que nos dejásemos ir sin prisas pero sin pausa. No, no estoy pensando en un escenario a lo Mad Max (George Miller, 1979): por muy grande que sea el vehículo en el que te muevas, huir nunca es la solución. Hay que buscar un refugio, ya sea para ponerse a salvo de los acaparadores de combustibles fósiles o de mutantes antropófagos. El subsuelo. Las catacumbas siempre han parecido un lugar viable, en el que -llegado el momento- se podría aguantar lo que nos echasen. Pienso en los Morloks de La máquina del tiempo (George Pal, 1960), horrendos seres a los que la vida de topo no les sentaba muy bien. Pero también en la secta adoradora de la bomba atómica de Regreso al planeta de los simios (Ted Post, 1970), un puñado de irradiados poco hospitalarios con poderes telepáticos y acostumbrados a la vida en las galerías de servicio de un metro de Nueva York con estatua de la libertad recostada en la playa.

Podíamos haber supuesto un ocaso mucho más operístico, mucho más grandioso. No hacía falta aspirar a la inmortalidad, como los atormentados supervivientes de Zardoz (John Boorman, 1974). El reset ciberpunk no ha necesitado de una crisis del petróleo ni de un intercambio de megatones entre las superpotencias. De hecho, la crisis perfecta ha resultado un accidente perfecto, una derivada de nuestra vida -ya de por sí confinada- en megaurbes sin alma. Quizás fuese la Metrópolis (1927) de Fritz Lang (engrudo ideológico gentileza de Thea von Harbou al margen) la primera en plantear una distopía con rascacielos y obreros-termita fichando en deprimente orden de batalla. En la ciudad pasan siempre cosas malas: niños con superpoderes la convierten en su patio de juegos -Akira (Katsuhiro Otomo, 1988)-, los ocultos te persiguen y no sabes por qué -Dark City (Alex Proyas, 1998)- o los terroristas se ceban con el escaparatismo más cool -Brazil (Terry Gilliam, 1985)-. Olvidadlo. Nos hemos quedado sin rescate en Nueva York o en Los Ángeles: hasta el machirulo de Kurt Russell debe de estar amondongado, dándole al mando a distancia.

No ha hecho falta siquiera de una limpieza ideológica a costa de la literatura -Farenheit 451 (François Truffaut, 1966)-. Porque resulta que ya habíamos dejado de leer tiempo ha, enfrascados en un eterno toma y daca con quienes creemos tener a mano y nunca están presentes (¿amigos o conciencias virtuales?). No, no ha hecho falta ningún plan maestro: la humanidad ya había bajado los brazos hace tiempo, sin necesitar siquiera de ser aleccionada. ¿Suena muy loco Minority Report (Steven Spielberg, 2002) en el planeta de los chinos con sistema de puntos, seguimiento perpetuo y dádivas personalizadas en función de la “ciudadanía demostrada”? ¿A cuánto nos hemos quedado en la selección genética de la Gattaca (1997) de Andrew Niccol?

Hijos de los hombres (Alfonso Cuarón, 2006)

Nuestro Hijos de los hombres (Alfonso Cuarón, 2006) no ha sido ninguna extraña enfermedad que afecte a la gestación. Nuestra pandémica frustración habrá sido no ser capaces de proteger a los que nos parieron, silentes y dóciles hasta en la muerte. En definitiva, que quién más acertó fue el divino Orwell: ¡nuestro ‘1984’ es este! El miedo no lo provoca una guerra interminable y difusa, sino una posibilidad de infección no tan remota. Filas silenciosas en las puertas de los supermercados, perros que se pasean sin ser tironeados, sonrisas invisibles en gentes sin rostro. Por megafonía advierten que no hay que apelotonarse en la zona de frutería. Sirenas en la puerta. Miedo al otro, a las noticias, al día de mañana. Aunque quizás la visión más atinada de este mundo en suspenso y de puertas hacia adentro fuese la de un tal Luis Buñuel. En El ángel exterminador (1962) la gente permanecía, sin saber muy bien el por qué, entre las cuatro paredes de una casa mucho después de concluida la supuesta celebración. Nuestro presente amenaza con convertirse en un encierro hasta nueva orden del que quizás, una vez concluido, nos cueste salir por nuestro propio pie. Esa sí que sería una distopía a la altura de esta tragedia.

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‘Desafío total’ (‘Total Recall’, Len Wiseman, 2012)

Remake y Rekall: El difícil arte de versionar

Cuando la actriz Jessica Biel dijo ante las cámaras durante la promoción del filme, que Desafío total (2012) no sería una mera revisión del original de Verhoeven sino una adaptación completamente nueva del cuento, no pocos pensamos que Len Wiseman tenía la oportunidad de dirigir un filme único. Mezclar el género de acción con el argumento del relato original (Philip K. Dick) y su vibrante final alternativo, poseía un potencial literario tan singular como el que tuvo Blade Runner en su día (Ridley Scott, 1982). Aunque preferiblemente más comercial.

Las palabras de Biel pronto fueron desmentidas cuando se confirmó que Wiseman había decidido hacer un remake del original noventero. Doble problema, pues por un lado se sobresaturaba la película de acción fácil para dejar corto a Schwarzenegger, pero sería difícil alcanzar un nivel de malabarismos balísticos lo suficientemente alto como para contentar a los fans de lo que hasta hoy sigue siendo uno de los filmes emblema del austriaco.

Desafío total comienza presentándonos una rica y fascinante imagen del futuro, tan alejada de aquel futurismo ochentero teñido de marciano de la primera. Los nerds cinéfilos reconoceremos motivos visuales de otros clásicos de la ciencia-ficción: Desfiles interminables de “clones” de Star Wars: Episode II (George Lucas, 2002), el pistolero que, como un Blade Runner, atraviesa cristales a cámara lenta en gabardina y con pistola, y definitivamente (no podía ser de otra forma) coches voladores como en Minority Report (Steven Spielberg, 2002). Aparte, veladas referencias al Incal, cómic de Jodorowsky y Moebius, con sus omnipresentes “robo-polis” y atmósferas que recuerdan a videojuegos como los post-apocalípticos Metro 2033 o Deus Ex.

Tal mezcla parece funcionar bien, con Wiseman plasmando imágenes de ciudades que a ratos nos llevan a las megalópolis orientalizadas de Blade Runner y El quinto elemento (The Fifth Element, Luc Besson, 1997), y a ratos a las vanguardias de los veinte y Metrópolis (Fritz Lang, 1927). A ello se le suma aquel argumento noventero que había sido escrito por los también guionistas de Alien (Ridley Scott, 1979) y Minority Report. Los guiños al original son evidentes, pensemos en detalles como la prostituta con tres senos, o la señora gorda que todo el mundo espera sea el protagonista disfrazado. El director, sin embargo, decide marcar las distancias de cuando en cuando, y entonces se desmarca de la trama exacta: ese sensor de control mental que Schwarzenegger pugnaba tanto por extraerse en la famosa escena de 1990 se convierte ahora en un simple teléfono móvil subcutáneo.

La selección de actores es concienzuda, y también discutible. Colin Farrell resulta apto, nada nuevo hasta ahí. Pero el filme sustituye el reducido papel de muñeca de la Sharon Stone de 1990 por un perpetuum mobile de Kate Beckinsale haciendo de sí misma: la chica está atrapada en vestidos ceñidos y pistolas desde sus apariciones en la saga Underworld (Len Wiseman, 2003). Mientras, Jessica Biel resulta poca cosa comparada con lo que podrían haber sido otras de las elecciones (¡Eva Green!). Y Cranston resucita su papel de malvado, esta vez con menos credibilidad que en Breaking Bad (2008). Todos ellos tienen una desconcertante predilección por comunicarse mediante diálogos insulsos en los que cada dos minutos se repite la palabra shit. De fondo, una banda sonora olvidable, a pesar de que su precursora (tema de Jerry Goldsmith) fue premiada por su calidad.

Los fallos lastran el resultado, y el rencor de los fans de la original hará el resto. Wiseman aprende tarde que versionar un clásico (por delirante que sea) no resulta tan fácil como someterse al programa Rekall. Por lo demás, un buen manual de manejo de cámara, color y fotografía; en lo que no deja de ser una reinvención trascendental del conflicto entre el Brit Empire y Australia.

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