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‘Abbott y Costello contra los fantasmas’ (‘Abbott and Costello Meet Frankenstein’, Charles Barton, 1948)

 

El centenario de la Universal (y, seguramente, el vacío en las carteleras veraniegas) son la excusa para recuperar Abbott y Costello contra los fantasmas, que se reestrena ahora proyectada en Alta Definición (2K). El film, realizado poco después del ocaso del ciclo de monstruos de la Universal pero antes de que la ciencia ficción fuera hegemónica [1], seguía la estela de películas como La zíngara y los monstruos (House of Frankenstein, Erle C. Kenton, 1944) o La mansión de Drácula (House of Dracula, Erle C. Kenton, 1945), que habían sido el máximo exponente de los crossovers de la Universal (mucho antes de que esta práctica se popularizara en el mundo del cómic), en los que, mediante forzados planteamientos argumentales, conseguían hacer coincidir en un mismo plano a diversos monstruos de su panteón. Siguiendo la lógica de esta estrategia de reclamo, puestos a desempolvar el traje de Drácula o el maquillaje del Hombre Lobo, nada parecía más apropiado para salpimentar un cocktail elaborado a partir de unos personajes ya en horas bajas que cruzarlos con dos cómicos que, tras haber saltado a la fama con su rutina Who’s On First? y de haber realizado ya varias películas, vivían en ese momento el cénit de su carrera: “Bud” Abbott y Lou Costello.

En esta ocasión el dúo cómico interpreta a dos trabajadores de una estafeta de correos que reciben un cargamento llegado del corazón de la vieja Europa, en el que no verán nada especial hasta que una misteriosa llamada anónima los ponga sobre aviso acerca del contenido del mismo. La identidad del enigmático personaje no será otra que el Hombre Lobo (por supuesto, Lon Chaney Jr.), en un papel de héroe-villano muy fiel a la dualidad arquetípica del personaje. En cuanto al cargamento, se trata de dos ataúdes que contienen los cuerpos del mismísimo Conde Drácula (interpretado por un Bela Lugosi visiblemente consciente de su condición de guest star) y la criatura de Frankenstein (interpretada en este caso por Glenn Strange, el sucesor de Karloff).

Durante la primera parte de la película, en la que lo más importante es que el dúo cómico desarrolle los gags y las rutinas por los que eran populares, la utilización de los monstruos y los elementos visuales típicos del género (el castillo, las telarañas, los ataúdes, las bobinas Tesla) “aparece absolutamente vaciada de sentido, no extremada en su función de signo, sino reducida a un simple movimiento de reconocimiento genérico” [2], tal y como ocurría en las películas de decadencia de la Universal. El elemento humorístico se ve potenciado por una trama más propia de una screwball comedy que de una película de terror en la que Costello es víctima de las interesadas artes de seducción de la ayudante del Conde Drácula (que aquí mezcla su arquetipo con el del Mad Doctor al ser el responsable de resucitar a la criatura de Frankenstein). Convirtiéndolos en objeto de comedia, los elementos que habían hecho del horror film (en principio, el género más opuesto al cómico) la expresión de los abismos de la sociedad norteamericana de los años 30 parecen quedar neutralizados, efecto que acentuaría el comportamiento de Abbott quien, en una actitud que seguramente el espectador compartiría en la vida real, ridiculiza constantemente a Costello por tener miedo de los fantasmas.

Sin embargo, el mayor interés de la película es que la comedia viene propiciada fundamentalmente por la actitud con la que los protagonistas afrontan unas situaciones que se encuentran en un entorno donde el resto de personajes respetan rigurosamente las convenciones del género de terror. No se trata de una parodia como La familia Monster (The Munsters, CBS, 1964-1966) o, por poner un ejemplo más reciente, Scary Movie (Keenen Ivory Wayans, 2000). En Abbott y Costello contra los fantasmas la coherencia interna del horror film se mantiene en todo momento (una fórmula que tendría su más honorable sucesora en El baile de los vampiros [The Fearless Vampire Killers, Roman Polanski, 1967] [3]). A medida que la película avanza, el terror va ganando terreno hasta expulsar definitivamente la comedia en los últimos minutos del film (elocuentemente, una vez Abbott se ha convencido de la realidad de los fantasmas), que transitan puramente dentro del horror más ortodoxo, convirtiendo la película en un honesto homenaje al género. Un homenaje que se basa en la conciencia del espectador de contemplar la manifestación de una variante del género ya extinta. Esta actitud, que ya debía encontrarse en los espectadores de 1948, no ha hecho sino acentuarse con el tiempo, convirtiendo la película en un entrañable, pero no por ello menos consistente, ejercicio de nostalgia.

Notas:

  1. Pocos años más tarde, en 1954, una película como La mujer y el monstruo (Creature from the Black Lagoon, Jack Arnold), que en muchos aspectos seguía los códigos del cine de monstruos de la Universal, ya se promocionaba únicamente como una película de ciencia ficción, sin hacer ninguna referencia a su cualidad de horror film (el ejemplo se cita en ALTMAN, Rick: Los géneros cinematográficos, Barcelona: Paidós, 2000). 
  2. LOSILLA, Carlos: El cine de terror. Una introducción, Barcelona: Paidós, 1993, p. 97. La cita hace referencia a La zíngara y los monstruos
  3. Realizada también en un momento de transición dentro del cine de terror (en concreto al final de lo que Losilla llama el “manierismo colorista”, cuyo máximo exponente fue el ciclo de películas de la Hammer dedicado a reinventar los monstruos clásicos de la Universal; LOSILLA, op. cit., pp. 109-137). 
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