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D’A Film Festival 2019 (III)

Desestructuras familiares

Belmonte (Federico Veiroj, 2018), Ray & Liz (Richard Billingham, 2018)

Javier Belmonte es un pintor que se enfrenta, como buenamente puede, a la tan temida crisis de la mediana edad. Atraviesa el ecuador de su vida con paso vacilante y lucha sin demasiado convencimiento contra la inseguridad y la incerteza respecto al futuro, aun a sabiendas de que, siendo artista, nunca llevará esa vida ideal, estable y tranquila que el resto de los mortales ansía conseguir. Su exmujer, de la que sigue enamorado, va a tener un hijo de otro hombre, y su pequeña hija Celeste no pasa con él todo el tiempo que le gustaría. Además, la relación con sus ancianos padres es últimamente algo distante y cada vez le cuesta más ser cordial con las personas que le rodean. A pesar de que Belmonte va a tener una importante exposición en el Museo Nacional de Artes Visuales de Montevideo, está claro que su cabeza está en otra parte y que no está pasando por su mejor momento.

En su cuarto largometraje, el director uruguayo Federico Veiroj reincide, una vez más, en resaltar la importancia de esas pequeñas historias que, a priori, podrían pasar desapercibidas si nadie se detuviese a observarlas con detenimiento. Si La vida útil (2010) mostraba la melancólica subsistencia de un trabajador de la Cinemateca Uruguaya y El Apóstata (2015) la odisea de un joven cualquiera que un buen día decide apostatar, en este, su último filme, Veiroj se centra en los efectos de la crisis de la mediana edad en un protagonista que lucha por conservar la esperanza aferrándose al arte, tabla de salvación que no siempre flota cuando uno lo necesita. Ambos Belmontes (la película y el protagonista) destilan sencillez y autenticidad. Tragicomedia agridulce impregnada de cotidianidad, el filme tiene en Gonzalo Delgado y la jovencísima debutante Olivia Molinaro Eijo dos de sus mejores bazas y demuestra que las historias pequeñas también pueden resultar vitales.

Otro de los directores presentes en el D'A que ha puesto el foco en la complejidad de las relaciones familiares ha sido el artista y fotógrafo británico Richard Billingham (finalista del Premio Turner en 2001) con su opera prima Ray & Liz. En su primer filme, Billingham realiza una radiografía nada complaciente de la clase obrera de la Inglaterra de los años 80, recuperando para ello gran cantidad de recuerdos de su propia infancia.

La mayor dificultad a la que se enfrenta un artista a la hora de crear una obra abiertamente autobiográfica es sin duda la de conseguir evitar la condescendencia y no edulcorar en exceso los recuerdos. Porque nos gusta pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor, pero la experiencia nos demuestra a menudo que no siempre tiene por qué ser así. Desde que tenía dieciocho años, Billingham ha vivido pegado a su cámara, retratando constantemente su entorno más cercano: la vida de los habitantes del llamado Black Country, la zona industrial de los Midlands Occidentales. No era, de hecho, un contexto fácil en el que crecer, más bien todo lo contrario. Según palabras textuales de Billingham, "estadísticamente, tendría que estar en la cárcel, muerto o viviendo en la calle".

Alejado de cualquier atisbo de autocomplacencia, el director retrata una infancia dura, de aquellas que, a priori, contienen todos los elementos para conformar un drama tremendista y lacrimógeno de alta efectividad: padre alcohólico y sin trabajo, madre violenta, tío con diversidad funcional, apuros económicos… Pero Billingham, por fortuna, decide elegir un camino mucho menos transitado pero infinitamente más interesante: mezclando sobriedad, desencanto, humor negro y escatología a partes iguales –parece contradictorio, pero es en efecto la fórmula utilizada–, el autor se sirve del 16mm, del formato 4/3 y de primeros planos generalmente estáticos para transmitir esa sensación de claustrofobia constante que genera un contexto como el que vivió en su infancia. Desarrollando de modo pausado una trama de la que poco importa su desenlace (tal vez, porque se intuye desde el principio), Billingham nos remite sutilmente (tal vez de modo intencional o tal vez no) al Terence Davies de los años 80; sumándole, como resulta fácil deducir, un poso extra de amargura y desesperanza, para constituir así con estos ingredientes un prometedor debut que esperemos sea tan solo el inicio de una larga y próspera carrera cinematográfica.

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‘La vida útil’ (Federico Veiroj, 2010)

El extraño caso de Jorge

DVD “Colección Cahiers du Cinema” - Cameo

Imaginemos que nos viéramos obligados ahora mismo a cambiar de profesión, amigos, costumbres y rutinas. Imaginemos, además, que nuestra vida queda reducida a una pequeña cinemateca en ruinas donde hemos permanecido tantos años desempeñando con fervor y rigor nuestro trabajo, como para haber descuidado nuestras habilidades sociales hasta el extremo de que invitar a un café a la chica que nos gusta sea poco menos que un asunto de estado. Ahora no hace falta imaginar nada más; solamente introducir en el reproductor La vida útil editada en DVD por Cameo y seguir los pasos de Jorge, un hombre de 45 años que lleva 25 años programando y conduciendo un programa de radio en una cinemateca uruguaya que atraviesa una situación crítica; sólo tiene a 4 o 5 espectadores habituales como público que tiene la suerte de ver, entre otras cosas, la filmografía integral de Manoel de Oliveira. ¿Cómo volver a la vida después de que se ha tomado la decisión personal de apartarse de ella? ¿Cómo recobrar el tacto con esa realidad cotidiana de la que se ha permanecido tantos años alejado?

La vida útil podría verse como la prolongación de cierta tendencia del cine sudamericano contemporáneo empeñada a retratar una imposibilidad social tan importante como cualquier crisis económica. De algo que se encuentra más allá de la imagen machacona que la actualidad informativa ofrece, y que discurre subterráneamente como en rumor sordo de un problema tan invisible como endémico. Trabajos como la mejicana Parque Vía (Enrique Rivero, 2008), la chilena La nana (Sebastián Silva, 2009) o la también uruguaya Gigante (Adrian Biniez, 2009) colocan en el centro de sus historias “mínimas” a un unos personajes solitarios que anhelan cambiar de vida pero no pueden y fracasan porque son incapaces de encontrar las herramientas necesarias para desarrollar una vida plena. Además, su objetivo siempre viene adscrito a un espacio cerrado, claustrofóbico, que desempeña el ingrato papel de simbolizar la reclusión interior del personaje. La huida de ese espacio hacia el mundo real será una salida metafórica. Una liberación que tampoco resultará nada fácil porque, curiosamente, todos estos personajes aparecen lastrados por su cuerpo. Sus físicos están en estado de abandono y, por lo tanto, la imagen con que tratan de retornar impide que aquellos a los que pretenden acercarse descubran todos los valores que le hacen grandes interiormente.

Pero el protagonista de La vida útil juega con ventaja; ha visto tantas películas, las ha sentido y vivido tan cercanamente, que en cada situación que se le presenta como novedosa toma una secuencia de ficción para resolverla. Las melodías de Broadway siempre suenan de fondo en su cabeza para abrir la realidad que se le presenta ante sus ojos. El gesto, subvirtiendo el modelo clásico del musical hollywoodiense, demuestra que una secuencia de baile puede ser algo más que un punto de fuga hacia el sueño, hacia una realidad paralela; una actitud anacrónica donde reverbera toda la potencia del deseo profundo por acompasarse al ritmo de la vida. Potencia, en todo caso, de lo falso, de la farsa que esconde toda la fuerza de la verdad como se demuestra en uno de los momentos estelares de la película, cuando Jorge se cuela en una clase de la facultad de derecho para verbalizar un monologo con la mentira como tema.

La vida útil es una de esas películas pequeñas en apariencia y medios, pero grandes en sus reflexiones entorno a la vida y el cine. Es una pena que los extras de la película no incluyan más que una segunda toma de una de las numerosas y jugosas conversaciones que salpican al film y una pequeña biofilmografía de su director, Federico Veiroj, en la que podemos leer cómo su segundo trabajo después de Acné (2008) ha cosechado premios en casi todos los festivales en que ha competido. Una entrevista al director hubiera dignificado la edición de un trabajo tan estimable como recomendable.

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