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Aves de presa (Birds of Prey, Cathy Yan, 2020)

La potencia sin control…

A Hollywood ya no le asusta crear un taquillazo audiovisual marcadamente femenino. Los tiempos le van de cara, la publicidad es (casi) siempre positiva y la primera barrera de intolerancia del gran público —parece— ya está rota (“¡Cómo que los Cazafantasmas no van a tener pene!”). Las películas protagonizadas y dirigidas por mujeres se abren paso por los grandes estudios, aún como rareza exótica, y siempre perseguidas por la duda de si realmente son un elemento empoderador que va a favor del movimiento feminista o solo una camiseta de Inditex con el eslogan activista del momento.

Desde el subtítulo, Aves de presa, marca muy clara su idea: “la fantabulosa emancipación de Harley Quinn”. Se trata, efectivamente, de dotar a Harley Quinn de entidad propia como personaje protagonista, sacándola de su eterno rol secundario de pareja torturada del gran villano de Gotham. Pero no es solo del Joker de quien necesita emanciparse Harley Quinn: el estudio tenía que resarcir la primera aparición del personaje interpretado por Margot Robbie. Escuadrón suicida (David Ayer, 2016) fue un desastre sin demasiados paliativos. La primera Harley Quinn de la gran pantalla no difería mucho de la vista anteriormente en otros formatos: una chica hipersexualizada, histriónica, violenta y totalmente enloquecida por culpa de una relación amorosa completamente podrida. Para muchos, esto fue una oportunidad perdida, y de ahí esta “fantabulosa emancipación”.

Aves de presa presenta un nuevo grupo de ¿anti?heroínas del cómic: la propia Harley, Canario Negro (Jurnee Smollett-Bell), La cazadora (Mary Elizabeth Winstead) y Renée Montoya (Rosie Perez). Cuatro nombres —a excepción de Quinn— inéditos en el universo cinematográfico de DC, un nuevo name-dropping que tanto gusta entre los guionistas y productores del cine superheroico. Igual que en Escuadrón suicida e, incluso, con algunos personajes de La liga de la justicia (Zack Snyder, 2017), queda la sensación de que los personajes son introducidos como meros artefactos que poder utilizar en películas venideras. Apenas hay construcción, backstory, o profundidad en los personajes que van apareciendo en pantalla, como máximo algunas pinceladas. Vuelve a dar la impresión de que es una carrera por unir nombres del cómic con caras célebres, como el que tiene que completar un álbum de cromos.

De hecho, las partes más interesantes de la película son aquellas en las que se permite ahondar un poco en la persona de Harley Quinn. Hay momentos, muy pocos, que casi parece que estén ahí por un error del montador, en los que vemos la lucha de Harley, su «despertar» post-Joker, la necesidad de encauzar una vida marcada por el crimen, y la violencia y la imposibilidad de hacerlo. Si no fuera por la estética colorida y casi publicitaria, podría pasar por un drama generacional de Sundance. Desgraciadamente, estos momentos son pequeños oasis en el desierto cuya continuidad queda interrumpida por momentos de acción más propios del género.

Precisamente en estas escenas de acción es donde, quizás, se podría exigir mucho más a la cinta. Es, a priori, su fuerte y el tratamiento de las secuencias lo demuestra: los escenarios, las coreografías, el vestuario, el montaje, la música…todo está bastante medido para crear escenas molonas. Pero, pese a las explosiones de confeti y color, estos momentos terminan haciéndose tediosos, repetitivos, quizás demasiado encorsetados, quizás demasiado evidentes. Los toques de humor al que casi todo este tipo de cine recurre son bastante ineficaces, con un par de excepciones, lo que tampoco ayuda a digerir mejor una película que, pese a ser más corta que la media del género, se hace larga. Como contrapunto positivo, casi al final, Cathy Yan nos regala la mejor escena de acción de la película. La reunión de las cuatro protagonistas en una pelea circense bastante mejor desarrollada que todas las anteriores, con las cuatro actrices (y sus dobles) absolutamente entregadas y poderosas. Lástima que sea como el caramelo que te dan al salir del dentista.

Al final, Harley Quinn se redime a medias. Desde luego, el camino que le marca Aves de Presa (que tendrá secuelas, claro) es bastante más esperanzador que el que parecía llevar en la primera aparición, pero queda mucho por pulir y por explorar. Este personaje se merece que le dediquen más de la atención y el cuidado que han intentado darle aquí. Especialmente teniendo en cuenta que le toca defenderlo a una Margot Robbie que está espectacular, a la que no se le puede reprochar nada y que consigue transmitir toda clase de emociones contradictorias, dar miedo, hacer reír y generar compasión, sin perder credibilidad ni sobreactuar. Su emancipación de ser solo una cara bonita y un cuerpo atractivo —que, en realidad, lleva demostrando desde El lobo de Wall Street (Martin Scorsese, 2013)— sí que es “fantabulosa”. Su talento, unido a que le construyan un buen personaje, es el único salvavidas para una franquicia que, por lo demás, parece ir a la deriva.

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La liga de la justicia (Zack Snyder, 2017)

Nuevas caras y poco más

La carrera por la taquilla «superheróica» entre las dos grandes —DC y Marvel— es, desde hace un tiempo, imparable. Se siguen sucediendo estrenos a un ritmo casi imposible, que, sumando los de las dos factorías, dejan una agotadora lista de nuevas entregas anuales, que no hace sino crecer y alargarse sobre el futuro. DC entró tarde a la competición. Se he hablado mucho de las prisas y los acelerones que habían de asumir para no perder el tren, lo que se ha traducido en menos películas individuales hasta llegar al punto que nos atañe hoy: la primera entrega que fusiona a sus grandes nombres en una sola cinta. La liga de la justicia podría considerarse, como a Los Vengadores (Whedon, 2012) en su momento, como el fin de la primera etapa introductoria del universo cinematográfico DC.

Efectivamente, La liga de la justicia une a sus grandes superhéroes, de los cuales solo dos han podido contar con una película exclusiva para sus personajes —Superman (El hombre de acero (Snyder, 2013)) y Wonder Woman (Wonder Woman (Jenkins, 2017))— y el resto, excepto Batman, son introducidos por primera vez. Esto puede parecer una anécdota sin más, pero es un reflejo certero de las prioridades comerciales de este tipo de películas: se trata de tener la imagen del grupo, el típico plano de varios superhéroes con sus disfraces resultones y su pose guerrera. Eso es lo que vende, la épica superficial de la imagen recopilatoria de personajes icónicos, el cómo funcionen esos personajes luego como elementos narrativos en un argumento, es absolutamente irrelevante.

En la película de Zack Snyder, esta irrelevancia se acentúa especialmente. Uno puede ver a seis superhéroes, compartiendo pantalla y protagonismo como pueden en un enrevesado reparto de minutos, pero, a poco que se atienda a lo que pasa, se verá que la mayoría de ellos no aportan realmente nada. ¿Para qué introducir personajes de relleno, interpretados algunos por actores de gran caché y que luego, realmente, no aporten nada relevante a la acción? Parece que no hay otro motivo que el de tener un interés meramente publicitario. En este sentido, Snyder no ha inventado nada. La fórmula es la misma que empleó Whedon —que también anda presente en esta película— con sus Vengadores. Todo se centra en ampliar el catálogo de nombres, en ampliar el imaginario, incluso hasta niveles que dificultan la gestión de los tiempos narrativos, para que, al final, todo recaiga en un par de personajes.

La liga de la justicia no va a defraudar a nadie que sepa mínimamente cómo funciona el cine de superhéroes de los últimos años, pero tampoco va a aportar nada que haga que resalte sobre las demás, más allá de que algunos tengan más simpatía por los murciélagos y amazonas que por gigantes verdes y arañas. Si el universo DC parecía tener posibilidades de tomar un camino alternativo al de Marvel, más alejado del cine-espectáculo y de superhéroes con carisma de estrellas del rock, como se podía apuntar en Wonder Woman o, especialmente, en Batman v. Superman (Snyder, 2016); La liga de la justicia las descarta. La «batalla» entre marcas se luchará en idénticos términos. Aquello de dos productos que son iguales y solo la publicidad les hace parecer distintos parece poderse aplicar aquí.

Tenemos algunas caras nuevas para nuestro álbum infinito de rostros con habilidades especiales, un nuevo recital de una Gal Gadot —que ojalá tenga la ocasión de convertirse en una de esas actrices de blockbuster que, cuando salen de él, deslumbran y asombran— y, nuevas escenas  en las que absolutamente todo parece construido con materiales inflamables, marca de la casa Snyder. Un más de lo mismo, otra pieza en esta suerte de introducción infinita a la aventura definitiva.

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