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‘Antes del anochecer’ (‘Before Midnight’, Richard Linklater, 2013)

Regreso al futuro

Aunque el término más usado para definir Antes del amanecer (Before Sunrise, 1995) / Antes del atardecer (Before Sunset, 2004) / Antes del anochecer (Before Midnight, 2013) es el de trilogía, intuyo que la obra magna de Richard Linklater, Ethan Hawke y Julie Delpy lo que realmente forma es un tríptico: uno donde la evolución es capital pero donde los paneles paralelos tienen igual importancia. El paso del tiempo ha hecho que la superficie se haya acrecentado, dilatado y expandido, pero el retablo es único. En este caso, las bisagras que lo unen son invisibles (o rotoscópicas) pero ese fuera de campo importa tanto como lo finalmente inmortalizado porque permite un tiempo repleto de sueños y posibilidades, algo que la obra rodea y a lo que vuelve de manera continua.

Si algo revela esta nueva ampliación es el hecho de que el tríptico siempre ha sido una máquina del tiempo: desde ese primer instante en el que Jesse convence a Celine de bajar del tren en Viena apelando a su futuro yo, pasando, nueve años después, por esa vuelta incesante en París hacia un pasado imposible y culminando en una secuencia en el Peloponeso griego en la que el protagonista acaba adoptando el rol del viajante venidero, el tríptico del “Antes de” es un antes, pero también un durante y un después. Las tres partes narran el encuentro, reencuentro y desencuentro de Jesse y Celine pero ninguno de esos acontecimientos es independiente del resto. Ya desde la primera secuencia del primer filme, en la que Celine abandona su asiento en el tren tras escuchar una discusión ininteligible a manos de una pareja alemana, sabemos que el amor es tanto eso como un primer juego de miradas que todavía no necesita echar mano de las palabras. Tal y como dice Javier Marías, “el amor, que siempre tuvo fama de misterioso, empieza a serlo tanto que ya ni siquiera se sabe si es un bien o un mal” [1].

El crecimiento y encogimiento de Jesse y Celine viene también determinado por un pasado y un futuro del que nunca fueron o serán protagonistas. Un rol de hijos incapaces de entender u olvidar las decisiones de sus padres pero también un rol de padres que han abandonado su propio tiempo y agenda para convertirse en sombras de unos cuantos pares de piececitos corriendo y discutiendo. Es el paso que va desde la inclusión de los fantasmas en las vivencias de niñez hasta la incredulidad respecto a que todos los cuentos de hadas acaben con un matrimonio. Todo ello, al mismo tiempo, envuelto en las enseñanzas del “yo ya he estado aquí”, que bien puede ser una abuela eternamente enamorada de un destino que no le correspondía (una abuela que acabará impidiendo el destino que ambos se empeñaron en esbozar) u otra abuela que se prometió no ir nunca al funeral de su otra mitad (otra abuela que obliga a los protagonistas a mirar a un futuro que intuyen tan incierto como su pasado).

Si en el amanecer asistíamos a las huellas del amor en los espacios vacíos y en el atardecer visitábamos el escenario desocupado preparado para los pasos, el anochecer vincula directamente la atmósfera con los objetos arrasados después de la tormenta. También es el único panel donde Jesse y Celine abandonan el montaje conjunto o quedan separados en plano por un aire irrespirable. El tríptico es Antonioni, es Rossellini, es Rohmer, es Bergman, es incluso Godard, pero sobre todo es algo nuevo construido sobre sus enseñanzas, como si los grandes autores europeos no fuesen más que aquellas abuelas determinantes pero ausentes sobre las que uno ha construido la concepción de un universo que avanza y gira. Nada pretende repetirse porque las fronteras y muros que se derruían en aquel cine y en aquel pasado ya tienen un lugar consolidado tanto en la historia de Jesse y Celine como en los museos.

El tríptico de “Antes de” trata, sobre todo, de lo efímero. De capturar la vida como ocurre, del estar de paso, de la imposibilidad de conquistar el tiempo. De la aceptación de la persona humana como un ente transitorio donde lo que queda acaba siendo siempre el fondo. Del amor como respeto, admiración, y confianza, pero también como el mecanismo más egoísta que existe. De lo sano que es el deseo y lo insano que es el camino hacia su consecución. Del evitar el auto hartazgo y del hacer que nos quieran un poco más como única motivación vital.

El amanecer, atardecer y la medianoche abaten no porque pasen sino porque uno se da cuenta de que se han marchado cuando ya no queda lugar para las despedidas. Todo eso es lo que Linklater-Hawke-Delpy entienden perfectamente: que no puede concebirse una película sobre el amor sin que duela, porque el romanticismo es tanto el punto más extraordinario de nuestras vidas como el miedo a haberlo gastado en una sola noche.

Notas:

  1. MARÍAS, Javier: “Ocultarse el destino”, El País, 11 de diciembre de 1985. (leer el texto
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Donostia Zinemaldia – Festival de Cine de San Sebastián (18-19/09/2011)

Cuatro secuencias

1. Santos Trinidad es un policía borracho que mata injustificadamente a tres personas en un club de alterne y usará todos sus conocimientos del oficio para evitar que le descubran. La juez Chacón, encargada de investigar el caso, descubre que esas tres personas estaban implicadas, casualmente, en un caso de tráfico de drogas, y que éste pasó a ser investigado por el departamento de terrorismo (varios de los implicados eran musulmanes sospechosos de atentar contra España). No habrá paz para los malvados (Enrique Urbizu) recoge esas dos investigaciones: por un lado la de Santos intentando borrar todo aquello que pueda incriminarle; por otro la de la juez que hurga en las mafias de la droga, los fanáticos terroristas y, en última instancia, el propio Santos. En este sentido, el guión está pulido hasta el extremo: no hay una secuencia que no haga avanzar la trama ni una frase que no sirva para describir entornos o personajes. Lo llamativo es que aunque el filme sea totalmente pulcro respecto a las formas del género policíaco-noir, Urbizu ensucia la película con contenidos 100% españoles. En este sentido, cuando la juez Chacón decide reunirse con el máximo encargado de las fuerzas policiales contra el terrorismo, lo hace en un bar que recuerda a las cafeterías de carretera estadounidenses. Pero cuando le pregunta por qué los culpables de tráfico de drogas no acabaron en la cárcel habiendo pruebas, la respuesta no puede ser menos hollywoodiense: un funcionario se olvidó de rellenar un documento en plazo, y ya no pudieron condenar a nadie. El gran mérito de No habrá paz para los malvados es que habla tanto del policía corrupto y el crimen organizado como de un país que huele a horas extra y anís del mono.

2. En el primer baño que el personaje de Michelle Williams se da en Take This Waltz (dirigida por Sarah Polley) se queja porque la ducha sigue estropeada y siempre le sale un chorro de agua helada. En el segundo, vemos que su novio (Seth Rogen) le tira desde fuera ese chorro sin que ella se de cuenta. En el tercero, el que ya es su ex novio le muestra que ha sido él el que le echaba el agua fría, y le aclara que pretendía seguir haciéndolo sin decirle nada, hasta que fueran ancianos, porque era una especie de "broma a largo plazo". Esta secuencia describe bastante bien cuáles son los encantos y las pegas de la película: por un lado tenemos una idea original y hasta conmovedora dentro de un acontecimiento cotidiano, un detalle que define perfectamente el juego de cariños de la pareja protagonista y que lo hace a un nivel de intimidad que no suele quedar retratado en la mayoría de comedias románticas. Por otro, el misterio del agua fría es revelado repetidas veces al espectador, y para que la protagonista se entere de ello su ex novio tiene que pedirle literalmente que vaya a ducharse “porque quiere enseñarle algo”. Esta explicitud+subrayado+repetición es el mayor problema de Take This Waltz: éste es un filme que sabe perfectamente que lo que mejor define a una pareja son los vínculos estúpidos y chistes privados que se han ido formando a lo largo de los años, pero que, al mismo tiempo, no se conforma con usarlos como contexto. Al centrar su atención en los adjetivos, Sarah Polley pierde toda la capacidad de engendrar un nombre propio.

3. Le Skylab (Julie Delpy) también está dirigida por una actriz profundamente influida por factores autobiográficos. En este caso, una sosias de la directora viaja en tren con su familia a un pueblo de la Bretaña y durante el viaje recuerda otro desplazamiento acontecido 30 años atrás cuando ella era una niña. El relato de infancia se centra en un encuentro familiar donde primos, tíos y abuelos celebran un cumpleaños comiendo, bebiendo, discutiendo y cantando. Si bien la película sufre una sobredosis de nostalgia, lo cierto es que el buen trazo de los personajes y la decisión de prescindir de grandes conflictos en la trama hacen que el resultado final sea muy efectivo. La gran disyuntiva se encuentra en ese prólogo y epílogo en el tren: la secuencia sirve claramente para imponer unos ojos a la historia que se va a contar, pero una vez la cámara viaja al año 1979 el punto de vista de la niña se pierde continuamente, para dar paso a situaciones que incluyen temas y personajes adultos donde la protagonista nunca estuvo presente. Se podría argumentar que la historia del cine está repleta de traiciones en forma de contracampos, pero la única función del presente que enmarca Le Skylab es la de evidenciar a la narradora. El hecho de que poco después de hacerlo se dedique a contradecirlo es tramposo o torpe. En cualquiera de los dos casos, fallido.

4. Si en estos cuatro días de Festival ha habido una película (dentro de la Sección Oficial) que haya sobrevolado en términos de calidad al resto de competidoras, ésa ha sido claramente The Deep Blue Sea (Terence Davies). Al igual que en Voces distantes (Distant Voices, Still Lives, 1988), ésta es una película sosegada pero nunca estática. No cae ni en lo pictórico ni en lo escénico pese a que sus planos tengan una composición compleja y los decorados sean postizos [1]. Terence Davies es un maestro a la hora de dotar de luz natural y verdad a escenarios exaltadamente artificiales. La historia trata de Hester Collyer (Rachel Weisz), mujer en el Londres de los 50 que abandona a su marido, juez del Tribunal Supremo, para irse a vivir con Mr. Page, piloto sin dinero obsesionado con la guerra y de baja condición educacional. Cuando éste se olvida de su cumpleaños y ella se acerca tímidamente al intento de suicido, Page decide abandonarla. Cuando ella vaya a buscarle al bar para intentar convencerle de que vuelva con ella, los parroquianos del mismo entran en comunión espiritual cantando el You belong to me de Patti Page. La secuencia ilustra la situación económica de Hester con la de toda una Gran Bretaña post-guerra sumida en la bancarrota; una comunidad triste que ahoga sus penas en el alcohol de la misma forma que Hester lo intenta con el gas en su habitación; una canción popular cantada a pleno pulmón por un hombre que ya desprecia a su enamorada tanto como a la alta cultura. Hester no conseguirá que Page vuelva con ella, pero ella seguirá allí para él porque la pasión y, por tanto, el amor “es inexplicable en términos de lógica”. La masa seguirá cantando y Hester se convertirá en su única audiencia.

Notas:

  1. "El cine y el teatro son distintos. El cine puede revelar cosas. Y si puedes revelar cosas, no hay necesidad de hablar acerca de ellas. Pero también puedes mostrar las ambigüedades que surgen entre los cortes. Y puedes moverte dentro y fuera del tiempo.” (Davies en el Dossier de Prensa) 
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