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Frantz (François Ozon, 2016)

Las hojas muertas

Serge Gainsbourg repetía en una de sus canciones más célebres “Je suis venu te dire que je m´en vais, et tes larmes n´y pourront rien changer” –He venido a decirte que me voy, y tus lágrimas no podrán cambiar nada–, a lo que añadía “Recuerdas el tiempo pasado y lloras… como bien dijo Verlaine con el viento malvado”. El cantautor francés se inspiraba en Canción de Otoño, un poema de Paul Verlaine que, en cierto momento, también recita la pareja protagonista de Frantz, la última película del cineasta francés François Ozon. Las imágenes que visualiza la letra de Gainsbourg se repiten en Frantz, las sucesivas despedidas y las lágrimas que, en algunos instantes, dejarán caer sus cuatro principales personajes. Ozon parece inspirarse en la melancolía que arrastraba Gainsbourg en su canción y en la sensación de pérdida inevitable que transmite el poema de Verlaine –las hojas muertas arrastradas por el viento–, imprimiéndolas en las imágenes y la música de un melodrama que hurga en las heridas abiertas tras la Primera Guerra Mundial. Una obra de madurez en la que, bajo sus elegantes formas clásicas, fluctúan los sentimientos ambiguos y algunas de las constantes perturbadoras que recorren su filmografía.

A lo largo de su dilatada trayectoria, el prolífico François Ozon tal vez podría haber explorado algo más propuestas tan interesantes como 5x2, Cinco veces dos (5x2, 2004) o Joven y bonita (Jeune et jolie, 2013). Un exceso de depuración en el que no incurre en Frantz, dando forma a un relato que recupera la intensidad de obras como Bajo la arena (Sous le sable, 2000) y En la casa (Dans la maison, 2012). A pesar de los continuos cambios de género y estilo, su filmografía está recorrida por un meticuloso interés por indagar en aquello que subyace bajo las apariencias. La ambigüedad, los comportamientos enfermizos o derivas extrañas, que observa con mirada inteligente, sin pretender juzgar o ni tan siquiera llegar a explicar, inherentes a la propia naturaleza humana.

Frantz parte de la imagen de un joven francés, Adrien, que visita la tumba de un soldado alemán, muerto durante la Primera Guerra Mundial. Conmovido, deposita flores sobre la lápida mientras es observado por Anna, la prometida del fallecido. Adrien entablará relación con ésta y con los padres del soldado, Frantz, al que conoció en el pasado. Ozon construye un relato de remordimientos y sentimientos truncados, en el que va deslizando detalles equívocos que empujan a preguntarse por la relación que vinculaba a Frantz y Adrien. Al mismo tiempo, analiza los mecanismos que la memoria puede activar tras una experiencia trágica, tal vez tan solo para poder seguir viviendo. Resulta revelador el uso de la fotografía en blanco y negro y unas significativas transiciones al color, que no establecen una distinción estricta entre pasado y presente. El color surge junto a ciertos instantes felices vinculados al recuerdo de Frantz, tal vez transformados en representaciones del pasado.

Al hilo de estos mecanismos de representación, Ozon se pregunta por la mentira como una opción legítima de forma de consuelo. El director subraya este proceso en el que los personajes parecen arrojarse en brazos de distintas mentiras, con potentes imágenes cargadas de simbolismo. El violín que el padre de Frantz regala a Adrien, como si le entregase el corazón de su hijo. Unas manos que se posan suavemente sobre unos dedos inexpertos que tocan un violín, o las cartas que Anna lee a los padres de Frantz, unas hojas tan muertas como las del poema de Verlaine.

Frantz se estructura en dos partes que se reflejan y complementan, dos viajes entre Alemania y Francia en busca de una similar ficción reparadora. En el segundo tramo, la figura de Anna –conmovedora la interpretación de la actriz alemana Paula Beer-, se erige en el personaje central del film, encajando las piezas de este sinuoso puzzle de ficción y realidad. En la soledad de sus viajes en tren, atravesando los paisajes de la Francia de posguerra, Ozon llega a retratarla con una pureza cercana a las heroínas Fordianas. Un periplo que la conduce hasta otro elemento clave que planea sobre el relato, El suicida de Manet. Este cuadro que, como en otras ocasiones en el cine de Ozon, adquiere un significado afilado y de doble sentido, será para Anna una representación tanto de la muerte, como de un futuro lleno de vida.

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Donostia Zinemaldia – Festival de Cine de San Sebastián (26-27-28/09/2013)

Grietas profundas

Entre nosotros existen genios y locos, pero todos acabamos por ser humanos, por estar hechos de la misma manera. Las estructuras internas de lo que se puede llamar intelecto, corazón, alma, entre otras entidades incorpóreas no verificadas dentro de nuestro ser, funcionan de forma similar en todos, aunque cada persona tenga unos ritmos y texturas particulares. En estos mecanismos internos contemplamos, por desgracia, imperfecciones, grietas que pueden aparecer por un motivo más o menos evidente, y desviar el funcionamiento de su cadencia usual.

En la recta final del Festival de San Sebastián nos aproximamos a obras que exploran figuras muy humanas, figuras que por su carácter mortal han sufrido pequeños derrumbamientos de piezas clave en su interior. The Young and Prodigious T.S. Spivet (L'extravagant voyage du jeune et prodigieux T.S. Spivet, Jean-Pierre Jeunet) trata el asunto con una delicadez adorable. T.S., un jovencísimo inventor y cartógrafo de 12 años que vive en un rancho de Montana, recibe un día una llamada del Smithsonian Institute de Washington. Quieren premiarlo por la aportación que ha hecho a la ciencia diseñando una máquina de movimiento perpetuo, y el niño decide cruzar el país sin decírselo a su familia para recibir el premio. En un colorido y ameno relato en 3D que se permite saltos lúdicos entre diferentes momentos de la vida del chico, iremos descubriendo que la lucidez de T.S. ha sido asombrosa desde temprana edad, a cada paso con experimentaciones más imaginativas. El caso es que, tiempo atrás, en la práctica de una de sus hipótesis, algo salió mal. Un error imprevisible hizo que su hermano se volara la cabeza con el rifle de su padre. Y eso era algo que T.S. no esperaba que sucediera.

El recuerdo de su hermano, un pequeño cowboy alegre, frecuenta la consciencia del protagonista, remitiéndole al suceso rompedor. La genialidad de T.S. no nace del trauma, sino que se ve turbada por éste. La frágil contención emocional que consigue ejercer el niño permite que continúe su viaje sin perder el ingenio. En cierto modo, la muerte de su hermano lo saca de una obstinación ciega por descubrir y modelar el mundo, y lo hace más humano, más vulnerable como el niño que en el fondo es.

En ocasiones, estas lecciones que avivan las grietas psicológicas conllevan fuertes dilemas morales. En Jeune & jolie (François Ozon), Isabelle, una joven de belleza arrebatadora y angelical, ejerce de prostituta de lujo por voluntad propia después de quedar desengañada en su primera experiencia sexual con un chico de su edad. El poco afecto con el que él la trata después de robarle la virginidad hará que la chica se sumerja en un estanque de experimentación sexual autodegradante por mero despecho. Su consciencia en el acto de vender su cuerpo pone a los hombres de mucha más edad que la usan en una posición incluso más denigrante. La aceptación indiferente de Isabelle y la contraposición de su belleza pura con la necesidad de satisfacer un deseo sucio con dinero hacen que el hombre, aquel que ha pagado, sienta, aunque sea en una pequeña proporción, el desmoronamiento de los últimos rastros de nobleza en su interior.

Aunque ella crea estar llevando a cabo su venganza contra el género masculino, topará con un hombre que le dará algo más que dinero como pago por sus servicios. La devoción que le llegará a profesar este anciano removerá los pilares de sus principios, replanteándose el auténtico propósito de su hazaña. Más que nada, lo que la grieta de su primera relación le ha causado ha sido una búsqueda atípica de cariño, una búsqueda que ha fructificado en algo inesperado, encontrando una flor vieja en medio de un mar de putrefacción masculina carbonizada.

En una línea semejante, pero con consecuencias más graves, está la protagonista de La herida (Fernando Franco). Esa herida del título, esa grieta primaria queda fuera de campo, viene del pasado y podemos deducir que tuvo lugar en algún punto de la relación con su padre. La protagonista sufre un trastorno psicológico que le provoca episodios de ansiedad y una conducta maníaco-depresiva. Está claro que necesita ayuda, y eso es lo único que pide pero que nadie parece entender. Sus arranques autodestructivos, la autolesión y el comportamiento errático e inestable no son más que señales de alarma, misivas de S.O.S. a todo el mundo, sea amigo, familiar o ex novio. Para ella, esa es la única forma de dar a entender que necesita ayuda para curar la grieta que la sacude desde su interior. Esa impotencia de la comunicación emocional hace todavía más profunda la herida, la desesperación ante unas fachadas sociales incapaces de dedicar una mínima atención a sus gritos de ayuda.

Es posible que, en ocasiones, el trauma se agravie, se contagie del propio mal que lo ha causado y explote no sólo hacia uno mismo, sino hacia los demás, como venganza. En Prisoners (Denis Villeneuve) encontramos esta disfuncionalidad interna por partida doble. Por una parte, el enfermo que secuestra a las niñas tiene de forma inevitable algo que no funciona correctamente en su interior. Villeneuve intenta crear una psicología perversa para el misterioso personaje, una estructura mental laberíntica que vaya a la par que la trama, con un camino sinuoso y encontrando constantemente vías sin salida.

Por otro lado, en un planteamiento mucho más interesante, está el personaje de Hugh Jackman. El secuestro de su hija abre una grieta inesperada en lo que es ser padre para él. No sabe cómo solucionarlo pero hará lo que esté en sus manos para recuperar a su niña. Las sospechas van reptando de un lugar a otro, pero cuando echa las manos sobre lo que cree que lo llevará hasta el final del túnel, no dudará en traspasar los límites. Cuando retiene a su sospechoso número uno en una casa abandonada de su propiedad, la ética queda aparcada fuera, junto a su coche, y transfigura todo su dolor interno en atroces ataques físicos que le den respuestas.

En Mapa (León Siminiani), el autor hace un estudio altamente interesante de la consciencia sobre estas grietas, aunque en una medida muy alejada del dramatismo de la ficción y llevada al más estricto terreno autobiográfico. A partir de una ruptura amorosa, Elías pone en marcha una búsqueda a todos los niveles para encontrar los motivos de sus errores, para encontrar respuestas nuevas a viejos interrogantes y, sobre todo, para encontrarse a sí mismo. Este viaje autorreflexivo nos ayudará a ver con perspectiva cómo, de alguna manera, somos nosotros mismos los que podemos determinar, hasta cierto punto, el alcance de las grietas que se forman en nuestro interior, y ver cómo algunas cosas en la vida tienen una solución más fácil de lo que parecía.

Las formas de externalizar los males de las grietas internas, como hemos visto, son muy diversas. Pueden volverse contra nuestro propio cuerpo o dignidad, amenazar nuestra lucidez o poner en peligro nuestra integridad física y la de otros, pero también convertirse en un motivo de introspección personal que puede acabar enriqueciendo la propia experiencia vital. Sea del modo que sea, cada acontecimiento traumático provoca un tipo diferente de brecha de difícil reparación, y la única forma que los humanos tenemos de intentar combatirlas es externalizar esos males. Y parece que hacer películas sobre ello también sirve.

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