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Americana Film Fest 2018 (I)

La reivindicación de la diferencia

El Festival de cine independiente norteamericano de Barcelona cumple su primer lustro de vida y lo celebra aumentando los días de proyecciones y también la cantidad de contenidos: de los once largometrajes presentados en 2014 a nada menos que veintiocho en 2018, además de veinte cortometrajes. Americana Film Fest se suma de este modo a todos aquellos festivales especializados que, en los últimos años, han conseguido establecerse en la ciudad de Barcelona y convertirse en imprescindibles de la escena cultural en Cataluña. En esta nuestra primera crónica, hacemos un breve repaso por algunas de las películas que hemos podido ver estos primeros días de festival.

Gook (Justin Chon, 2017)

Premiado en los Independent Spirit Awards, en el Festival de Sundance o en VC Film Fest, el segundo largometraje de Justin Chon –que es además uno de los protagonistas– realiza una interesante reflexión sobre las estructuras familiares y la discriminación racial. Chon utiliza los disturbios que tuvieron lugar en Los Angeles en 1992 a raíz del veredicto del caso Rodney King como telón de fondo, pero lo que en realidad le interesa son las relaciones que se establecen entre los tres personajes protagonistas. Por un lado Kamilla, una niña afroamericana que intenta adaptarse a su desestructurado contexto lo mejor que puede; por otro Eli y Daniel, dos hermanos coreanos que tienen una humilde tienda de zapatos en los suburbios y que han de soportar constantemente la discriminación y la violencia ejercida por las comunidades afroamericanas hacia los inmigrantes coreanos. Con una cuidada fotografía en blanco y negro y un especial apego al desarrollo de sus tres personajes protagonistas, la película de Chon ofrece unas buenas interpretaciones, aunque en los últimos minutos deriva hacia algunos clichés que lamentablemente le hacen un flaco favor al desenlace del film.

Gook (Justin Chon, 2017)

Beach Rats (Eliza Hittman, 2017)

La directora Eliza Hittman se alzó con el premio a la mejor dirección en Sundance con este segundo largometraje, drama naturalista sobre el descubrimiento y aceptación de la homosexualidad. Frankie, el adolescente protagonista de Beach Rats, no tiene mucho que hacer en Brooklyn. Mata el tiempo vagabundeando con sus amigos, robando de vez en cuando, intentando conseguir algo de droga y dando vueltas sin rumbo por Conney Island. Por las noches, busca páginas web para citas homosexuales, aunque sigue sin querer aceptar lo que resulta obvio. Es por ello que continua fingiendo ante sus amigos: se busca una novia, pretende ser heterosexual, mantiene la misma actitud de aquellos que hay a su alrededor. Aunque la película no realiza ninguna reflexión política explícita, no es baladí que un film como este se estrene en plena legislatura republicana de Donald Trump. Con un estilo naturalista, el film muestra las dificultades para aceptar la homosexualidad (propia o ajena) en un entorno reaccionario que fomenta heterosexistas roles de género y reacciona con violencia o desprecio hacia todo aquel que no los acepta. Aunque la puesta en escena es acertada y Hittman logra que las imágenes rezumen sexualidad, el mayor problema de Beach Rats es probablemente la falta de interés de los personajes protagonistas, ya que un acercamiento pretendidamente introspectivo acaba convirtiéndose en una constante representación de gestos manidos que se repiten hasta la saciedad en una gran cantidad de cine independiente de estos últimos años.

Beach Rats (Eliza Hittman, 2017)

Saturday Church (Damon Cardasis, 2017)

Pero sin duda alguna la propuesta más sorprendente hasta el momento ha sido Saturday Church, el debut en el largometraje de Damon Cardasis y recolectora de premios en el Festival Internacional de cine Gay y Lésbico de Austin, en el Festival LGTBQ de San Francisco, en el Festival Kaleidoscope, en el LA Outfest, en el Long Beach QFilm Festival, en el Out of Film de Atlanta, en el Outflix Film Festival, en el Festival de cine Gay y Lésbico de Seattle… Una propuesta atrevida y original que mezcla drama con musical, un coctail de influencias kistch aplicadas a una película coming of age que reflexiona sobre cuestiones de género con gran emotividad y optimismo. Una obra de notable carga humanista que, a pesar de acumular en su argumento algunos tópicos sobre la  aceptación de la diversidad sexual y la necesidad de que la heterogeneidad sea una característica inherente de las estructuras familiares, consigue emocionar mediante las interpretaciones de sus protagonistas, especialmente la del joven Luka Kain en el papel de Ulysses. No se trata de un musical al uso y de hecho algunos de los actores no cantan especialmente bien, pero este hecho no es en absoluto relevante. Porque lo que en realidad importa es que en estos tiempos tan crispados que estamos viviendo, en los que el auge de las políticas conservadoras dificultan la defensa de los derechos de las minorías, son necesarias más que nunca reivindicaciones que tendrían que parecernos obvias, pero que por desgracia, parece que para algunos no lo son tanto. Reivindicaciones de algo tan fundamental como es el derecho a elegir y a conformar tu propia identidad de género; en definitiva, a tomar decisiones por ti mismo. Si te gustaron películas como Hedwig and the Angry Inch (John Cameron Mitchell, 2001), Desayuno en Plutón (Neil Jordan, 2005) o Laurence Anyways (Xavier Dolan, 2012), no dudes en ver Saturday Church.

Saturday Church (Damon Cardasis, 2017)

Tanto en Gook como en Beach Rats o Saturday Church hay un elemento llamativo coincidente y es la estructuración de los hechos alrededor de una ausencia. En el caso de Gook  se trata de la ausencia de los padres de Kamilla, fallecidos en un accidente. En el caso de Beach Rats, la muerte del padre, fallecido a causa del cáncer. Ausencia esta que casualmente también se repite en Saturday Church. Tanto si se trata de una coincidencia anecdótica como determinante, lo cierto es que nos podría servir para establecer ciertas similitudes entre los tres filmes, tan distintos en otros aspectos. Pero esa ya sería otra historia.

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REC 2013 – Festival Internacional de Cinema de Tarragona (1)

La primera vez

¿Dónde empieza una carrera? No es tan fácil de decir. ¿En el primer largometraje, tal vez? Eso es lo que diría, probablemente, la historiografía más tradicional, y mayoritaria. El debut tiene siempre un halo romántico, de artista que se lanza al mundo de la creación, aunque también un sentido estético, de emergencia de formas personales a consolidar en próximos proyectos. Cada uno tiene sus filias, y es un placer descubrir cómo en las óperas primas ya estaba todo, naciente, sugerido y no estilizado, o más estilizado que nunca. Por eso es tan gratificante poder señalar con el dedo la primera obra, la ópera prima, para ver cómo el cineasta abre los ojos a un mundo, o balbucea sus primeras palabras. Sin embargo, en la actualidad estos conceptos parecen haber entrado en crisis. Antaño este cuestionamiento era terreno privilegiado del debate de autorías y de la revisión arqueológica, la que encuentra latas podridas en polvorientos almacenes, y descubre obras anteriores que no se habían visto: el alumbramiento el pasado verano de Too Much Johnson (1938), un mediometraje de Orson Welles previo a Ciudadano Kane (Citizen Kane, 1941), es el ejemplo más reciente. Sin embargo, en las últimas décadas la crisis se ha hecho más profunda, pues la diversificación de los formatos ha desacreditado al largometraje como modelo definitivo y ha reivindicado poner al mismo nivel cortometrajes, piezas experimentales para museos, series de televisión o videoclips. De modo que decir cuál es la ópera prima se complica, el concepto se fragmenta y hasta se diluye. Ya no es cuestión de señalar el primer árbol, sino la planta más vieja de un bosque espeso y enmarañado. Pocos dirán que Mission: Impossible III (2006) es la ópera prima de J.J. Abrams, por ejemplo.

Dicho todo lo anterior, sería una lástima marginar el concepto: el lanzamiento del (y en el) primer largometraje sigue viéndose como una puesta de largo, una tarjeta de presentación ante el gran público mucho más reluciente y consolidada que un cortometraje o un audiovisual para una sala de exposición. Y la visibilidad que ello implica conlleva, pensamos, cuestiones creativas: el primer largometraje es trascendente, nunca secundario, y el cineasta se vuelca en él con entrañas y corazón. No es algo que pueda pasar desapercibido en el magma de los estrenos. Pensando, además, que tal vez no sea sólo el primer largometraje, sino también el último. Es por eso que merece la pena continuar usando el concepto, pese a todos los peros, y una de las muestras más recientes de ello ha sido la celebración del REC, el Festival Internacional de Cinema de Tarragona. A él, que tuvo lugar del 3 al 8 de diciembre, dedicaremos tres textos, que llegan francamente tarde, aunque en cualquier caso merecen la pena para dar cuenta de la importancia de este pequeño gran festival en el panorama español, así como especular sobre algunas de las tendencias fuertes del cine de los autores noveles.

El REC es un festival dedicado esencialmente a las óperas primas, y llegaba este año, tras varias dificultades, a su decimotercera edición. En uno de sus spots promocionales aparece Orson Welles, con la voz invertida (de modo que lo que dice resulta ininteligible) y subtítulos que se inventan una posible entrevista: en ella, Welles dice que The Hearts of Age, cortometraje que firmó en 1934 con William Vance, no cuenta como primera obra, igual que los vídeos de gatitos en Youtube, y niega la existencia de Too Much Johnson, asegurando que su primera película fue Ciudadano Kane.

La broma presentaba una novedad del festival, la sección My First Time, dedicada a redescubrir las primeras obras de cineastas consolidados. ¿Cómo fue tu first time? Se preguntó a Agustí Villaronga en la desenfadada gala de inauguración. El director mallorquín respondió sin dar detalles, pero sugiriendo que en su primera vez el autor se lanza a crear con un impulso vital enorme. Y de ahí salió Tras el cristal (1987), proyectada a continuación, un filme que no recordábamos tan escabroso, tan radical en la mostración de juegos sexuales sadomasoquistas. En la pantalla se mezclan obsesiones íntimas y herencias políticas (el criminal nazi que usa un pulmón de acero), como si con el filme quisiera decirse todo de una vez, pasándose de la raya, sin pensar en las consecuencias para la propia carrera. Algo parecido nos transmitieron las figuras sexuales y religiosas de Fotos (1996), la ópera prima de Elio Quiroga, proyectada en una sesión golfa con la presencia de actores disfrazados entre el público. Ambos filmes sugirieron que la ópera prima debe ser desbordante, imperfecta y abierta, lanzada al vacío: tal vez sea la única ocasión de arrojar imágenes que chillen.

Es por todo ello que parece perfectamente coherente que la primera proyección de la sección Ópera Prima del REC fuera It Felt Like Love, de la neoyorquina Eliza Hittman, una película sobre una adolescente que descubre el amor y el sexo, o ansía descubrirlo, o se imagina que lo descubre, o sufre al descubrirlo, o todo ello al mismo tiempo. Entre miradas en la playa y delirantes fiestas nocturnas, la película se construye a base de lisérgicos fragmentos de cuerpos y caóticos fragmentos de relato, como si la confusión de su protagonista no fuera capaz de dar cuenta de lo que le ocurre: las piezas del puzzle encajan más o menos, pero dejan agujeros narrativos. Es una obra imperfecta que se intuye autobiográfica y que se pierde, como la chica, pero que funciona perfectamente como primer paso de una búsqueda de formas estéticas y narrativas propias, arranque de una carrera que tiembla, como al encender un motor. Una sensación que tuvimos también con otra película de firma femenina, Family Tour, ganadora del Premio de la Crítica [1]. En ella, la española afincada en Méjico Liliana Torres rememora una visita a su familia catalana durante las vacaciones. Y lo hace mezclando la ficción y el documental: el filme tiene un guión, pero todos los familiares, con la excepción de ella y de un enfermo terminal, se interpretan a sí mismos. Surgen ahí todas las contradicciones posibles: entre una chica que ha estudiado cine y una familia trabajadora, entre su presente y su pasado, entre la realidad de los cuerpos y la reconstrucción de las escenas… contradicciones que atraviesan el filme y a la propia directora. Family Tour es fruto de un arrebato pasional, un ajuste de cuentas íntimo que va más allá de las imperfecciones que se puedan encontrar en el resultado final. Como en I Felt Like Love, la primera obra se desnuda, se abre a nosotros para hablar de lo difícil que es dar un sentido a la experiencia, tanto vital como cinematográfica.

Notas:

  1. Para poner todas las cartas sobre la mesa, es justo decir que el Jurado de la Associació Catalana de Crítics i Escriptors Cinematogràfics estaba formado por Manel Bocero, Joaquín Vallet y yo mismo. 
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