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Cars 3 (Brian Fee, 2017)

Relevo generacional

El coche de carreras y campeón de la Copa Pistón, Rayo McQueen, sigue su exitosa carrera por los circuitos, compitiendo contra rivales que ya son amigos y compartiendo boxes con su equipo y patrocinadores de toda la vida. Todo parece marchar sobre ruedas —literalmente— hasta que llega a los circuitos Jack Storm, el primero de una nueva generación de coches de competición, que se vale de los últimos avances tecnológicos para convertirse en un rival invencible. Esta nueva ola de coches desplaza a todos los que hasta ese momento competían, dejando a Rayo McQueen como el último de su especie, incapaz de seguir los nuevos ritmos. Rayo deberá buscar nuevas formas de superar los límites para dar caza a sus nuevos y poderosos rivales.

La factoría Pixar retoma una de sus sagas, que si quizás no es la más exitosa en cuanto a calidad final del producto cinematográfico, sí es, sin duda, una de las que más triunfa en las estanterías y escaparates de las tiendas. Cars 3 repite todos los mecanismos de sus dos predecesoras —aunque esta vez la dirección corre a cargo de Brian Fee, que sustituye a John Lasseter— activando el piloto automático que le permite llegar a la línea de meta sin demasiado riesgo ni sobresaltos.

La premisa, tan sencilla como eficiente. Una prueba que hay que superar con imposibilidad aparente, un entrenamiento exhaustivo en el que se palpe la mejoría y un enfrentamiento final con dicha prueba: Rocky aporreando vacas colgadas y subiendo escaleras. El matiz que introduce Cars 3 es un cierto discurso sobre la importancia de lo clásico para afrontar lo moderno; una suerte de regreso a los orígenes como mecanismo imprescindible para alcanzar la excelencia, aún en tiempos en los que dichos orígenes parecen obsoletos. Es un mensaje llamativo y curioso por provenir de una empresa que revolucionó la animación mediante la incorporación de la tecnología, y que supuso casi un viaje sin retorno dentro del formato, asemejándose más con el «villano» de su propia película que con el héroe.

En cuanto a la animación «pixariana» —si se me permite la invención del adjetivo—, está evolucionando de una manera bastante interesante. El diseño de personajes sigue siendo suficientemente fiel al establecido en Toy Story (1995), con pequeñas variaciones fruto de las posibilidades tecnológicas, como los monstruos melenudos de Monstruos University (2013) que eran inviables en la primera entrega. Esto les permite crear esa estética de cuerpos y objetos que perdura en el tiempo y contribuye a que el paso de los años no convierta la animación en algo acartonado y arcaico, evitando esa sensación de sorpresa que experimentamos cuando, por ejemplo, nos enfrentamos a la animación de un videojuego de hace quince años al que no recordábamos así.

Sin embargo, donde la factoría californiana está innovando y mejorando la calidad, es en la ambientación y los fondos. En la anterior película Pixar, El viaje de Arlo (Peter Sohn, 2015), ya aparecen unos fondos fotorrealistas de naturaleza que empiezan a ser verdaderamente difíciles de distinguir de una imagen captada de la realidad. Cars 3 vuelve a hacer uso de esas técnicas, creando circuitos, playas, bosques y praderas con un nivel de detalle que supone un salto cualitativo. En cuanto a la ambientación, la creación de atmósfera visual es otro elemento que resalta especialmente en esta película. La neblina provocada por el humo de los coches, la iluminación artificial de los circuitos, el polvo…todo un despliegue de esfuerzo que, realmente, es efectivo para la creación de la sensación de velocidad que requiere este largometraje.

Junto con la idea del retorno a los orígenes y la importancia de lo clásico, hay otra idea principal en Cars 3, que se potencia hacia el final de la cinta: el relevo generacional. Llegan coches nuevos y los antiguos tienen que encontrar su sitio, como lo hicieron todas las generaciones de corredores antes que ellos. Curiosamente, es un mensaje similar al que explora Toy Story 3 (2010), cuando los juguetes deben asumir que su dueño ya no puede jugar con ellos. Sin embargo, la sensación final es diferente. Mientras Toy Story 3 maneja la idea del relevo a través de una película bastante acertada en todas sus propuestas, que abre un camino lleno de frescura que puede motivar a querer asistir a ese relevo en forma de una nueva secuela; Cars 3 lo explora de una manera mucho más cansada, mostrando síntomas de agotamiento y falta de gasolina. Nadie dice que no continúe la saga —y menos con la inercia que lleva toda la industria en los últimos años— pero, en una hipotética continuación, habrá que pasar por el taller y reformular muchas cosas si no se quiere hacer, por cuarta vez, la misma película.

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Venecia 2012 (4)

En el interior de la fortaleza. La frontera de al lado

Seguimos considerando el festival de Venecia como un espacio hermético y casi repugnantemente ignorante de todo lo que sucede en el mundo, y que juega toda su legitimidad ideológica a la carta del cine que pretende proyectar y amplificar. Observamos y valoramos las películas que nos ofreció Venecia 69 en función de su capacidad para ofrecernos algo de esas realidades que, cada vez más, conforman el momento histórico que vivimos y llaman a las puertas de nuestras privilegiadas posiciones con fuerza creciente.

Empecemos por lo light, Passion, de Brian De Palma. Una pequeña violación cinematográfica: sexo sin amor, Passion parece una formalización generosa de sensaciones en base al esquema del thriller, con un subtexto que conduce a una reflexión acerca de la manera en que se gestionan las emociones. En la película, una misma situación resulta risible cuando debería ser triste (cuando la trama la ubica en un clímax emotivo, y la puesta en escena roza lo paródico por la extrema radicalidad del dramatismo) y sólo entristece cuando, vista de nuevo desde un punto de vista mucho más frío, afecta retrospectivamente a su protagonista (todo muy De Palma). En Passion, las mujeres con poder van enseñando a las demás a ignorar cualquier nobleza o humanidad que contamine sus instintos y a sustituirlas por anhelo de más poder y control sobre los seres humanos de su entorno. El juego de luces, los desequilibrios de los encuadres y los tonos oníricos de brocha gorda son vetustos, básicos y potentísimos para quien no vea la película con el martillito de juez de la historia del cine.

Todavía más interesante resulta Spring Breakers, de Harmony Korine. Volvemos al corazón mismo de la fortaleza occidental: los Estados Unidos de América. El plan de la película es uno de sus elementos más importantes: Korine ha escogido a las 3 niñas buenas y cursis de las pelis de Disney y las ha metido en un fregado tremendo que incluye: tetas mojadas de whisky, braguitas espolvoreadas de cocaína, anarquía sexual absoluta, pistolas, morbo... Se establece, de entrada, una antigua dicotomía entre el deber y el placer, el recato y el desenfreno. Emerge del torbellino visual y sonoro de Spring Breakers una suerte de canto al hedonismo superficial de una generación, la de los Beliebers y sus distintas encarnaciones por todo el espectro de los países desarrollados, que los intelectuales tienden a obviar, preocupados por la de los treintañeros y sus múltiples carencias.

Entre el puritanismo disfrazado de transgresión y algunas ideas fuertes sobre los límites del viaje iniciático hacia lo puramente dionisíaco que puedan emprender las niñitas blancas americanas, Korine hila su discurso. Llegados a cierto punto, las chicas protagonistas topan con SU otredad, en forma de EL NEGRO, auténtica frontera interna de la sociedad norteamericana. Insinuaciones potentes de los grilletes que todavía someten occidente a la polaridad moral que emana del cristianismo.

El punto flojo de Spring Breakers es su incapacidad para MOSTRAR. No es lo videoclipesco de sus imágenes lo que molesta, sino que nunca enseña lo que realmente están haciendo esas chicas. Sólo vemos retazos esterilizados, lomographicos, de su actividad. El estilo fluido, “popero”, del director, escamotea la visualización (que Tarantino, por poner un ejemplo pertinente, nunca nos negaría) de la violencia, física o psicológica, que producen los desmadres de las protagonistas. Sólo en momentos en que las situaciones violentas son “recreadas” por las chicas y narradas a otros personajes, sentimos de manera indirecta las consecuencias que tendría una “REALIDAD” parecida. Es una estrategia interesante (empleada por Korine ya en Gummo -1997-) pero que evade las implicaciones profundas del contenido. El flagrante y cobarde off en que las familias se ubican, formidable estrategia narrativa, es el epítome de esta ambivalencia creada por la desaparición de algunos de los agentes importantes de la trama, una decisión deliberada que quiere remarcar lo independientes que las nuevas generaciones son del influjo paterno. Por omisión, la no-presencia de los padres es importante, pero también nos priva de una de las dimensiones más estremecedoras de una escapada como la de las protagonistas: el daño que produce en los seres queridos.

Última apreciación sobre esta obra maestra, polémica y potente como el mejor Houellebecq: quizás todo sea, en el fondo, un STATMENT acerca del advenimiento y triunfo de una cierta forma de feminidad que pervierte incluso lo masculino mientras transmuta los valores (haciéndole comer su propia polla/pistola a James Franco) en busca de algo que no se sabe muy bien lo que es. Chicas como ménades del siglo XXI lanzadas a un caos moral esplendoroso.

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