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Wonder Woman (Patty Jenkins, 2017)

La superheroína que el cine necesitaba

Los proyectos de «universos cinematográficos» que están llevando a cabo las dos grandes editoriales americanas de cómics de superhéroes —Marvel primero, y ahora DC— han provocado que la industria cinematográfica entre en una dinámica de estrenos masivos, con cuatro o cinco películas al año de cada factoría, que dan continuidad a este camino hacia ninguna parte. Con estos ritmos de producción y consumo, era previsible que al producto le pasara lo que a todo lo que se fabrica con vocación cuantitativa y no cualitativa: repetición de patrones, previsibilidad, historias planas, clichés y una profunda insubstancialidad en una trama que no quiere servir para otra cosa que para crear un mínimo de expectación en el siguiente eslabón de la cadena, hasta el infinito.

Hasta ahora, no obstante, eso está colando. Los datos de taquilla son abrumadores, estreno tras estreno; los protagonistas son las súper estrellas del momento y la popularidad del género no parece decaer. Gran parte del mérito del «súper-éxito» puede achacarse a esas campañas de promoción tan inteligentes como extenuantes, que consiguen que toda nueva película de superhéroes parezca, de verdad, algo que rompe con lo anterior y que va a destacar por sí mismo. Normalmente esto termina quedándose en pura palabrería de publicistas, por lo que, ante el enésimo de estos casos, Wonder Woman, las expectativas eran muy cautas.

Sin embargo, la sensación es que, esta vez, la promoción era verdad: Wonder Woman es una (muy) buena película de superhéroes, con un compromiso palpable de no caer —dentro de lo posible en un género con unos códigos tan definidos— en la redundancia ni en lo manido; y, sobre todo, de poseer calidad como objeto cinematográfico con entidad propia, aislado de la serie.

Uno de los alicientes de Wonder Woman era ver, por fin, una película de superhéroes que concediera a la mujer el lugar que debe tener, sacándola de su eterna prisión de complemento del hombre. La encargada de llevarlo a cabo es la directora Patty Jenkins[1], elección que, en cuestión de género, es coherente con el intento de aprovechar esta adaptación para reivindicar el lugar de la mujer en este tipo de películas. No diré que Wonder Woman es la consecución de la lucha feminista —después de todo es un personaje creado por hombres con un objetivo claro de mostrar cuerpos idealizados con poca ropa— pero el desarrollo de la película y el trato al personaje —un personaje que en ningún momento requiere protección del hombre, rodeada continuamente de personajes masculinos que aceptan su inferioridad ante una heroína, y que no basa su poder en las «armas de mujer» tradicionalmente asociadas con la femme fatale— sí que suponen una interesante declaración de intenciones y la señalización de un camino que ojalá se atrevan a seguir explorando en el futuro en otras películas que no estén tan marcadamente centradas en lo femenino.

La película de Jenkins sigue la trayectoria de su predecesora, Batman v. Superman (Zack Snyder, 2016) en cuanto a arriesgar en la ruptura de patrones y pretender ser algo más que un refrito más. De hecho, Wonder Woman va más allá que la minusvalorada película de Snyder, solventando muchos de sus problemas y esquivando varios errores en los que este se tira de cabeza. Jenkins no trata de esconder su película en el «tono oscuro», una suerte de mantra que repiten la mayoría de los blocksbusters actuales para parecer más intelectuales y maduros de lo que son; y que, en la práctica consiste, simplemente, en reducir la iluminación de las escenas.

Tampoco recurre a la «humanización» o «realismo» del superhéroe que popularizó Christopher Nolan en sus revisiones de Batman. Wonder Woman no se parapeta en ninguno de los trucos que la industria ha desarrollado para que el género alcance un falso estatus de reputación, porque no los necesita. No hay ningún complejo en la película: es lo que quiere ser, una película de acción —cuyas batallas están excelentemente dosificadas y virtuosamente puestas en escena (con evidente ayuda del efecto digital)— que maneja los tiempos, el ritmo, la intensidad dramática y la épica con un pulso tan firme que su larga duración apenas llega a pesar.

Parecía que DC llegaba muy tarde a la carrera con Marvel, que ha implantado un ritmo desorbitado y difícil de seguir. Todo apuntaba a que, para alcanzar esa carrera, DC iba a necesitar un número masivo de estrenos, atropellados y fabricados en serie. Todo puede torcerse tan pronto como se produzca el siguiente estreno de la factoría, pero la realidad tras ver esta Wonder Woman es que, si se apuesta por la calidad en vez de por la cantidad, y se hacen productos valientes y coherentes como este, la competición entre editoriales va a tener que jugarse en un terreno muy diferente al de la acumulación de títulos por año.

[1] Directora cuya ópera prima fue Monster (2003).

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Capitán Calzoncillos: Su primer peliculón (Captain Underpants: The First Epic Movie, David Soren, 2017)

En defensa del humor básico

Jorge y Berto son dos amigos inseparables, que dedican sus días a hacer trastadas en el colegio y crear cómics que narran las aventuras del superhéroe de acción definitivo: el Capitán Calzoncillos. Sus bromas y chascarrillos traen de cabeza al director de la escuela, el Señor Carrasquilla, un hombre solitario, antipático y dispuesto a separar a los dos traviesos. Cuando finalmente Jorge y Berto son atrapados con las manos en la masa, el director decide imponer su castigo, para lo que los chicos se defienden mediante un anillo hipnotizador de caja de cereales que acaba revelando un asombroso poder: el Señor Carrasquilla es hipnotizado y se convierte en el Capitán Calzoncillos. Su trama heroica terminará de tomar forma con la aparición del nuevo profesor de ciencias: un científico chiflado obsesionado por erradicar la risa del mundo.

Capitán Calzoncillos: su primer peliculón es la fiel adaptación de los libros infantiles de Dav Pilkey, en los que se exploraban las aventuras de los dos chicos y el hipnotizado superhéroe. La (posible) serie de películas del superhéroe comienza por donde lo hace toda buena saga heroica: el relato del origen del héroe. Desde el nombre hasta el atuendo —que consta únicamente de unos calzoncillos y una cortina como capa— puede apreciarse que el Capitán Calzoncillos funciona más como comedia a través de los elementos característicos del género que como contribución seria al mismo; en una parodia, por otra parte, bastante coherente, al ser fruto de la imaginación de dos niños lectores de cómic, que aíslan los gestos y recursos que se repiten y los emplean «a su manera». La película recoge este tono mediante la inclusión de algunos guiños metalingüísticos y autorreferenciales.

El sentido del humor es una cuestión que transpira a lo largo de todo el relato: es lo que une e identifica a los amigos, es lo que da vida al héroe y es contra lo que lucha el villano. Un sentido del humor infantil y básico, que se sustenta en lo escatológico y en los juegos de palabras de guardería. Este punto puede suponer un rechazo a todo ese público adulto para el que, definitivamente, no está dirigida esta película; sin embargo, la cinta es altamente consciente de esta cuestión y apuesta por ese tipo de comedia abiertamente, con más de una línea de diálogo acudiendo en su defensa explícita.

Empleando un estilo de animación muy similar al que se empleó para dar vida a las viñetas de Schulz en Carlitos y Snoopy: La película de Peanuts (2015), David Soren crea un largometraje en el que la acción transcurre mediante un ritmo rápido; evolucionando desde la lógica de la gamberrada —movimientos con sigilo, golpes, clímax de revelación del chiste— hasta la de la batalla, momento en el que la película aprieta un poco el acelerador para terminar —como buena película de superhéroes— con una lucha que acapare toda la atención y una buena parte del metraje.

El resultado final es una película que, aunque puede que no cale entre el público adulto ni goce de que alguien la describa como “cine de animación apto para mayores” o “maduro”; es, sin duda, un trabajo bastante coherente y comprometido con lo que quiere ser, que se permite el lujo de reafirmarse en sus convicciones a lo largo de su discurso, sin perder el foco ni el tono en ningún momento. No es el cenit del cine infantil ni de animación, pero merece el esfuerzo de disfrutarla como un niño.

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Wilson (Craig Johnson, 2017)

Benditos desgraciados

Daniel Clowes es uno de esos dibujantes de cómic que ha conseguido desarrollar un estilo propio con marcas autorales tan definidas que es fácil reconocerle solo viendo una de sus viñetas. Lógicamente, no es el único autor de cómic que lo ha conseguido. Sin embargo, sí que hay algo más de mérito y excepcionalidad en el hecho de que las adaptaciones cinematográficas de sus trabajos sean capaces de trasladar esas marcas desde la página hasta la pantalla, hasta el punto que, con ver una imagen, se intuye la presencia de Clowes en la producción. Sus dos primeros trabajos adaptados, Ghost World (2001) y Art School Confidential (2006) corrieron a cargo del mismo director, Terry Zwigoff, por lo que podía presumirse que la «estética Clowes cinematográfica» era fruto de una fuerte comunión entre el tándem Zwigoff-Clowes. Esta presunción se desmonta cuando, ahora, aparece el tercer trabajo adaptado del dibujante, Wilson, y en la dirección ya no figura Zwigoff, sino Craig Johnson (The Skeleton Twins, True Adolescents)[1], pero la esencia de las viñetas de Clowes sigue estando intacta.

Wilson, protagonizada por Woody Harrelson, es la historia de uno de esos personajes cuyo maltrato de las convenciones sociales convierte en un auténtico bicho raro. La aburrida y desdichada vida de Wilson se altera cuando se reencuentra con su ex-mujer, Pippi (Laura Dern), y esta le confiesa que no abortó el bebé que ambos esperaban hace diecisiete años. Dio a luz y entregó a la niña en adopción: Wilson es padre y quiere conocer a su hija.

Muchos pueden apresurarse a tildar a Wilson de misántropo o asocial, cuando lo que le confiere el punto peculiar de su personalidad es, curiosamente, ser tan social que no respeta los límites establecidos en las relaciones interpersonales, algo especialmente molesto para una cultura como la estadounidense, en la que esos límites son especialmente marcados e importantes: habla con desconocidos, inicia conversaciones con gente que lee, escucha música o mira el ordenador, o se pone al lado de otro hombre en unos servicios públicos y habla sobre ello. En cualquier caso, Wilson es un personaje repudiado de entrada que, sin embargo, logra obtener su sitio en la vida de los demás a través de una personalidad que, aunque torpe y molesta, denota una nobleza excepcional.

La construcción de este personaje es de vital importancia, no en vano las tiras cómicas y la película llevan su nombre. Clowes se encuentra cómodo —especialmente en este caso— creando historias mixtas entre aquella división de “tramas” y “personajes”: no estamos ante el soberbio Paterson (2016) de Jarmusch —aunque ambos protagonistas comparten una importante cantidad de parecidos—, en el que se pone en juego la supervivencia de un conductor de autobuses a través de la rutina. Tampoco estamos ante el Kong: la isla calavera (2017) de Vogt-Roberts, en el que la acción se sucede sin descanso y los personajes quedan relegados a elementos accesorios y casi planos. Wilson se mueve en ese medio camino entre los personajes fuertes que centran la atención en cómo sus personalidades se adaptan al entorno, y los giros de guión que les colocan como protagonistas de sucesos alejados de la cotidianidad.

La esencia de Wilson es la desgracia. Todos los personajes, incluso los que aparecen con vidas teóricamente satisfactorias, son unos desgraciados, y donde los habitantes de Paterson tenían que pelearse con la rutina, los compañeros de aventuras de Wilson deben hacerlo con la desdicha. “No siempre seremos unos desgraciados”, dice la espectacular Laura Dern en un momento determinado. Parece que Clowes ha sido más benevolente trabajando con Johnson que cuando lo hacía con los rotuladores, y, al final, sí que hay algo de esa redención que en el cómic no queda tan clara. Sea como fuere, el potencial de Wilson es sumergirte y aprender a vivir —conformismos a parte— en un mundo en el que, probablemente, siempre seas un desgraciado.

[1] Films de 2014 y 2009, respectivamente.

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‘Capitán América: El primer vengador’ (Joe Johnston, 2011)

Hazañas bélicas de domingo por la tarde

Desde el estreno de Iron Man (Jon Favreau, 2008) y más concretamente su epílogo “sorpresa” tras los títulos de crédito, da la sensación que toda la galería de estrenos de superhéroes Marvel solo ha servido para un único objetivo: preparar al espectador para el mega acontecimiento que supondrá el estreno de Los vengadores (Joss Whedon, 2012) el año que viene. Así nos hallamos ante lo que casi se podría calificar de film “excusa”, un género basado en pequeñas producciones con cierta estética de serie “B”, con argumentos casi calcados cuyo único fin es el de presentar el personaje a la audiencia contando con un elenco solvente con el que dar como mínimo una cierta solidez y prestigio y tapar así sus posibles carencias.

El último eslabón de esta cadena llega con el Capitán América, film que a priori aparenta estar destinado a seguir el rol ya marcado por títulos anteriores como Thor (Kenneth Branagh, 2011), es decir,  ejercer de film puente y ofrecer un entretenimiento basado en el despliegue de efectos especiales, guión escaso  y tratamiento superficial de los personajes. Con estas premisas, y quizás precisamente por ellas, el Capitán América supone una sorpresa ya que aunque está lejos de ser un film notable, sí exhibe una cierta intencionalidad, unos modos que demuestran la voluntad de trascender  el papel de film-transición y posicionarse como un producto con entidad propia.

Para ello se articula un relato que se inspira, más que en los cómics del héroe, en una estética pulp digna de hazañas bélicas donde no importa tanto el componente realista de la acción sino establecer una iconografía reconocible, un mundo que se basa en la realidad pero que la distorsiona de modo que se establezca una clara división del bien y el mal, de la heroicidad asociada a unos determinados valores más que a una bandera.

De esta manera el film consigue huir de los tópicos patrioteros tan aparentemente ligados al héroe protagonista al mismo tiempo que opta por un discurso de lo multicultural, de una alianza de lo ético frente a los poderes de una  unidimensionalidad cultural y racial vinculada al concepto de lo maligno.

Pero donde radica la mayor fuerza del film es quizás en su parte menos superheroica; sí, es un film de superhéroes, también es un film de acción, pero hay un notable esfuerzo en demostrar que nada de eso es incompatible con unos buenos diálogos y un tratamiento cariñoso hacia los personajes. Lo que consigue el Capitán América es demostrar que no es necesario convertir las escenas entre momentos de acción en aburridos e insulsos planos cuyo fin es sencillamente no saturar de explosiones. Se trata de aportar dimensión humana, de conocer los entresijos psicológicos y morales de los personajes para así tener una comprensión mayor de sus actos.

Todo este catálogo de virtudes no obstante no acaba de explotar debido a una cierta reiteración argumentativa y un desenlace alargado y deslavazado que hace que el film se resienta en cuanto a su ritmo, convirtiéndose por momentos en un espectáculo descafeinado, una película que da la sensación que en cualquier momento puede ir a más pero que se conforma con ser un catálogo de buenas intenciones.

Así pues estamos ante un film agradable, cómodo de ver y que depara todo aquello que se le pide e incluso algo más. Lástima que ese punto de distinción entre lo correcto y lo notable no haya sido explotado con más brío, ya que al final la sensación es demasiado confortable, demasiado acomodaticia, dejando un regusto agridulce por lo que podía haber sido y finalmente no fue.

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