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Atlántida Film Fest – Sección Atlas (IV)

Narraciones a la deriva, naturaleza urbana

En el anterior artículo dedicado al Atlántida Film Festival, habíamos hablado de una serie de filmes que hacían de la exposición de los mecanismos de filmación y de la transgresión de dichos mecanismos su eje central. En este segundo artículo, nos centraremos en un grupo de películas que hacen de la deriva narrativa un reflejo de la marginalidad de sus protagonistas. Unos personajes que se mueven casi en el fuera de campo, en los márgenes de la sociedad, pero que ocupan el espacio central en la pantalla cinematográfica. Unos márgenes, en todos los casos, simbolizados por la presencia de la naturaleza como medio de retorno, de reencuentro.

Algo muy presente en los paisajes que rodean a los protagonistas de En algún lugar sin ley (Ain’t Them Bodies Saints, David Lowery), una obra bellamente filmada, con una ambientación preciosista, pero que queda lastrada por un guión a ratos demasiado evidente. Aunque no nos engañemos, su punto de partida es interesante: una vez la pareja de delincuentes queda separada (él en la cárcel, ella viviendo con el bebé que nació poco después del arresto), el ideal muere, la fuerza que rodea a los fuera de la ley se quebranta y sólo queda el vago y vehemente deseo de retornar al hogar. El realizador descontextualiza el género del cine de atracadores para encuadrarlo dentro del cine romántico, próximo al experimento que hizo Malick renovando el cine bélico en La delgada línea roja (The Thin Red Line, 1998), pero, lamentablemente, sin los mismo resultados.

Pero si hablamos de resultados frustrantes o, cuando menos, decepcionantes, no podemos dejar de hablar de Ritual. A Psychomagic Story (Luca Immesi, Giulia Brazzale) y Soldate Jeannette (Daniel Hoesl), dos relatos de mujeres que huyen hacia parajes naturales con el fin de alejarse de la opresión de sus vidas. Por un lado, la primera trata de unir magia y psicoanálisis a través de la inspiración y participación de Alejandro Jodorowsky. En ella, una joven huye lejos de su pareja, hacia un paraje natural que se mueve entre lo místico y lo etéreo, junto con su tía, una suerte de guía espiritual. Si el filme trasciende el género fantástico lo hace para convertirse en una obra de autoayuda que trata, a mi entender, de manera frívola y superficial un tema tan duro y complejo como el maltrato psicológico y el aborto. Por otro lado, Soldate Jeannette es un filme de ritmo en exceso lento, de actuaciones demasiado pétreas en el que la protagonista, tras caer en ruina y robar en unos centros comerciales, decide escapar a la montaña, quemar su dinero y empezar una nueva vida. Un personaje que, como la sociedad que la rodea, ve desmoronarse su mundo sin inmutarse, sin ninguna ilusión más que tratar de moverse hacia delante, sin rumbo fijo. Un desapego y tedio que, lamentablemente, se contagia al espectador dado el poco interés que genera el personaje central y sus actuaciones.

En cambio, si ha habido una obra que ha sabido integrar el paisaje natural como reflejo de la condición humana, ha sido la divertida y conmovedora, original y sorprendente obra Of Horses and Men (Hross í oss, Benedikt Erlingsson). Un filme que es una reinterpretación del género de las fábulas: aquí el protagonismo lo tienen los animales, más concretamente los caballos, quienes dotan de humanidad a sus jinetes, les otorgan su carácter cómico, trágico, romántico... No les hace falta hablar, su mutismo, su “físicidad”, su presencia da sentido a toda la narración: una disección equina que indaga en la humanidad, en la sociedad que los envuelve, todo ello filmado con una cámara que se mueve entre el retrato lírico y el prosaico ante unos personajes que escapan continuamente de su condición estereotipada: el galán, el borracho, el viajante... todos ellos transitan desbocados por entre los fotogramas de un filme que reconduce con maestría toda esa fuerza, esas pulsiones ocultas tras las máscaras. Un retrato de una sociedad alejada de los cauces de la “normalidad”, que tiene en los caballos su símbolo y su medio de vida.

Habíamos comentado, al inicio, que el medio natural era el símbolo de esa marginalidad, pero también es el modo de retornar a la misma humanidad. Algo que nos muestra la última obra de Shane Carruth, Upstream Color: su filme es mucho más que un experimento que trasciende los géneros (ciencia ficción, thriller, romántico, noir...) para mostrarnos cómo la narración cinematográfica puede adentrarse en la experimentación sin miedo a dejar de explicar una historia. Es mucho más porque nos muestra una obra próxima al trascendentalismo de R. W. Emerson, en el que la verdad podía ser experimentada a través de un contacto directo con la naturaleza. En este filme en el que los protagonistas son sujetos automarginados de la sociedad, la ciencia ficción funciona como excusa para realizar un montaje sonoro y visual en el que la naturaleza es el contacto directo con la conciencia profunda de los seres humanos. Si la protagonista recita fragmentos del Walden de H. D. Thoreau, lo hace como mantra con el que contactar con la naturaleza humana. En fin, una obra hipnótica que se despliega como un artefacto que conecta la sociedad y la naturaleza en una suerte de dimensión inconsciente escondida en los seres que pululan en el filme.

Pero la conexión entre hombre y naturaleza queda imposibilitada en el último filme que comentaremos aquí: una de las obras más extrañas y sugerentes del festival, pero truncada por un exceso de pretensión y duración que merma su capacidad poética, The Secret Society of Fine Arts (Anders Rønnow Klarlund). Y queda truncada ya por esa explosión que dinamita el museo zoológico, que lanza por los aires, a modo de obra de arte efímera, las mariposas y demás insectos y animales que constituyeron dicho edificio. Y todo filmado en una puesta en escena que rememora la obra maestra La Jetée (Chris Marker, 1962), es decir, a través de fotografías mínimamente animadas. Su intención no es más, ni menos, que la de tratar de poner en cuestión el estatuto del arte, la relación entre estética y política, creando algunas escenas realmente logradas pero que en su conjunto carecen de un discurso bien articulado. Un buen intento, en cualquier caso, de reflexionar sobre la condición del arte como propiciadora de una revolución en una sociedad enajenada y alienada, desconectada de su dimensión natural, en la que las calles metropolitanas ahogan cualquier recuerdo de una naturaleza que sólo se muestra encerrada en ese museo que vuela por los aires.

Como hemos podido ver en esta sucesión de filmes, la sociedad retratada en ellos navega hacia una deriva que desemboca en la naturaleza como instrumento de recuperación, de búsqueda y de expresión. Un modo de observar el mundo urbano como contrapuesto al paisaje rural, pero no como caras diferentes de una misma moneda, sino como reflejos de una imagen pretérita y futura.

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REC 2013 – Festival Internacional de Cinema de Tarragona (y 3)

Eurobronx expandido

Como vimos en nuestro anterior texto, In Bloom, My Dog Killer, Salvo y The Selfish Giant conformaron, desde la sección Eurobronx, un mapa de las periferias europeas que iba más allá de las fronteras nacionales. Entre los cuatro títulos se podían establecer diálogos, aunque no sólo entre ellos: repasando la programación del festival, la idea de Eurobronx puede extenderse, con variaciones, a muchas películas más. Zoran, il mio nipote scemo (Matteo Oleotto), por ejemplo, contaba una historia simpática de superación y conocimiento del otro también en un territorio fronterizo, el que separa el Friuli, en Italia, de Eslovenia. Y una comedia bastante menos amable, Of Horses and Men (Benedikt Erlingsson), se sitúa en los confines de Europa (Islandia) y presenta un amplio catálogo de relaciones entrañables y perversas entre hombres y caballos, como parodiando, de forma salvaje, los vínculos entre equinos y niños en The Selfish Giant. Ambos filmes marcharon del festival con las manos llenas, el primero con el Premio del Público y el segundo con el Premio del Jurado Joven. Sin embargo, para retratos de la Europa que nos ha tocado vivir, la película que venía más arropada de galardones y prensa era Oh Boy, del alemán Jan Ole Gerster. Situada en el Berlín contemporáneo, y protagonizada por un joven hijo de papá sin rumbo, se presenta como una fábula sobre nuestros días, aunque el resultado final queda disuelto en una serie de situaciones poco ingeniosas, pensadas como sketches separados, sin imágenes para la memoria y sí, en cambio, un blanco y negro que se ve impostado, música de jazz y un arranque que homenajea el look de Al final de la escapada (À bout de souffle, Jean-Luc Godard, 1959). Queda, pese a todo el moderneo, la secuencia de imágenes del Berlín vacío mientras muere un personaje, como metáfora de nuestros tiempos; en ese momento la ciudad deja de respirar, aunque es una lástima que en todo el filme no se haya llenado los pulmones, como mínimo del aire que nos habría gustado.

Eurobronx, pues, arriba y abajo, en la periferia y en la ciudad más cool, y, también, fuera de Europa. El propio nombre de la sección ya remite a aquella idea pasoliniana según la cual las periferias de todo el mundo tienen cosas en común, y es por eso que no es arriesgado decir que hay algunas películas del festival que llevaron la idea del Eurobronx mucho más lejos, a otros continentes. Shopping (Mark Albiston y Louis Sutherland), un filme neozelandés lamentablemente proyectado sin subtítulos, habla de un joven medio blanco medio indígena (un conflicto étnico que nos recuerda al de My Dog Killer con los gitanos) que entra en contacto con una banda de criminales. Y El cuarto desnudo, filme mejicano de Nuria Ibáñez, retrata una infancia que podría salir perfectamente de The Selfish Giant o In Bloom, y deja que hable: la película está compuesta casi exclusivamente por las confesiones de niños y adolescentes a psiquiatras de un hospital infantil, desvelando una serie de historiales de vértigo que incluyen depresiones y autolesiones. Una obra que hace visible una realidad incómoda, y probablemente por ello consiguió el beneplácito de mucha gente y el Premio a Mejor Ópera Prima. Sin embargo, creemos que es un documental muy discutible, y es por ello que queremos detenernos un segundo sobre él y su propuesta.

Si, tal como decíamos en nuestro anterior texto, In Bloom muestra la relación entre unas adolescentes georgianas y su mundo mediante la profundidad de campo, con la figura y el fondo, El cuarto desnudo se despoja del contexto: no hay fondo, ni entorno, sólo las confesiones de los niños a psiquiatras que no vemos, y casi nunca los padres al lado. Lo que es crucial, y peligroso, es que la cámara toma asiento al lado del psiquiatra, casi identificándose con él, y simplemente filma, sin dialogar ella misma con los niños, y sin dialogar ella misma con los psiquiatras. A excepción de breves planos al inicio y al final, significativos pero no suficientes, la cámara no explora la realidad por su cuenta, ni preguntando a los niños ni saliendo al exterior, y se limita a registrar la terapia psiquiátrica, que no cuestiona en ningún momento. Se dirá que eso no es malo: muchos cineastas han explorado a sus actores o testigos mediante la interrogación directa, dejando que hablasen y hablasen, sin necesidad de mucho más. Es cierto, pero si esa era la apuesta de El cuarto desnudo habríamos querido ver las confesiones enteras, con los problemas del psiquiatra (o el cineasta) para llegar hasta el corazón de cada niño, las dudas, las resistencias; eso está en la película, pero muy fragmentado, intercalando un montón de confesiones distintas donde se pierde el hilo de algunas historias individuales, y donde la cámara, y la institución psiquiátrica, quedan como héroes que no muestran sus problemas, mientras que los niños son las víctimas ayudadas. El tema y el material conmueven, claro, pero la película, que mira cómo los demás se desnudan, simula ir sin ropa cuando en realidad no es así. Su Eurobronx es real como la vida misma, pero la forma de afrontarlo no es de ningún modo la más deseable.

La apuesta de El cuarto desnudo fue aparentemente una de las más atrevidas del festival, aunque para viajes a los confines del lenguaje y el cine preferimos la radicalidad sin complejos de Costa da Morte (Lois Patiño) y A Spell to Ward Off the Darkness (Ben Rivers y Ben Russell, dos cineastas que ya han pasado por Xcèntric), dos películas que van más allá de la realidad social e histórica y se adentran en las relaciones entre lo telúrico de la naturaleza y nuestras civilizaciones presuntamente avanzadas. La primera contempla los paisajes del territorio gallego que le da título, con figuras en miniatura entre rocas gigantes, mares infinitos, nieblas fantasmales y el fuego de fiestas populares; también las máquinas que tumban árboles y la luz de los parques de atracciones, que remiten, finalmente, a rituales sacros del pasado, que este paisaje arrastra consigo. La segunda empieza en una comuna de Estonia, sigue después al músico Robert A. A. Lowe por los bosques de Finlandia y termina en un concierto de Black Metal en Noruega, donde el misticismo buscado en las montañas se materializa en la potencia vocal del cantante y en el arrebato estupefaciente del público. Tanto Costa da Morte como A Spell to Ward Off the Darkness fueron auténticas rarezas en el seno del REC, por su naturaleza experimental, o por la experimental naturaleza que retratan, persiguiendo con las imágenes una relación nueva no ya con espacios o sociedades, sino con el planeta donde un día aterrizamos. Su Eurobronx es mental, conceptual, va más allá de la civilización y lo humano. Y es aquí donde nos despedimos de las óperas primas del REC: con una fuga a los ancestros de nuestra mente, a nuestros orígenes, a cuando fuimos humanos for the first time. Esa fue, al fin y al cabo, nuestra primera vez.

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Donostia Zinemaldia – Festival de Cine de San Sebastián (22-23/09/2013)

Viajes al conflicto interno

Entre el tercer y el cuarto día aparecen algunas de las joyas más sorprendentes del festival. Al terminar de ver Enemy (Denis Villeneuve) quedo sumido en una especie de confusión entre mística y perturbadora. Con Jake Gyllenhaal como protagonista por partida doble, la obra nos propone un juego identitario perverso: ¿qué haríamos si descubriéramos que existe alguien exactamente igual que uno mismo? El hallazgo de ese doble físico tiene lugar en un Toronto absolutamente despersonalizado, y nos inicia en un relato introspectivo de densidad y opresión palpables, en un ambiente recalentado y amarillento.

La incursión esporádica pero reveladora de algunas imágenes metafóricas que escarban en el oscuro mundo de una feminidad arácnida permite que nos adentremos lentamente en una mente caótica obsesionada por el dominio de algo que no puede controlar. Acabamos entendiendo que, de hecho, la seductora pero endiablada proposición de la idea del doble es una turbia invitación a cuestionarnos cómo está construido el subconsciente humano, a base de deseos y miedos, peligrosos y excitantes a partes iguales.

El viaje que tanto el espectador como el personaje de Gyllenhaal realizan hacia uno de los pilares de la psique humana, el miedo, también se produce en diferente medida en Gravity (Alfonso Cuarón). En ella, Sandra Bullock encarna a una doctora que está en misión en la Estación Espacial Internacional y debe regresar a la Tierra con urgencia por los riesgos de colisión de partículas provenientes de la explosión de otro satélite.

El contexto de la acción ya es de por sí aterrador: un inmenso vacío negro con pequeñas salpicaduras de materia tangible y flotante. No hay prácticamente nada a lo que aferrarse y la supervivencia de la protagonista pende de cuerdas extremadamente frágiles que la retienen de quedar confinada en la gravedad cero. Vivimos una experiencia de angustia y tensión constantes, una vivencia transmitida casi a la propia piel del público, que no podrá hacer más que agarrarse a lo que tenga más a mano y esperar que todo vaya bien. La terrible aventura de la astronauta toma una vertiente altamente psicológica en el conflicto que disputa en su interior. Por una parte, está haciendo lo imposible por seguir con vida, pero es consciente que no tiene nada por lo que vivir. Allá, abajo, en la Tierra, no hay nadie que la espere. El trauma adulto de la muerte de una hija despierta fulgores de desapego a su propia existencia, pero el horror vacuo del espacio exterior hará que entre en una razón mucho más instintiva, la de la autoprotección.

De alguna manera, el viaje externo, la odisea imposible que lleva a cabo para volver a tierra firme provoca una introspección mucho más relevante: la continuidad del relato y de la integridad mental de la protagonista se basan en la simple decisión entre seguir intentándolo o tirar la toalla. Es, en este caso, la realización de un viaje, una escapada imposible la que despierta la confrontación con el miedo a morir, a perderse en la nada, y el consiguiente deseo a aferrarse a la vida, que causará un proceso de renacimiento metafórico de la protagonista. En cambio, lo que Enemy propone es un recorrido inverso, una involución destructiva: la confrontación de un poso denso formado de miedos y deseos activa un relato, un viaje supuestamente hacia el exterior que acabará resolviéndose de forma inevitable en el subconsciente originador.

Ambas obras ponen sobre la mesa unas premisas similares: un conflicto interno en forma de miedos y deseos profundos, y un conflicto externo en forma de viaje, ya sea de búsqueda o de huida. Estos parámetros son puestos bajo presión en direcciones opuestas y en contextos y situaciones tremendamente anormales, considerando la ingravidez del espacio exterior y la aparición surreal del doble idéntico como algo evidentemente anormal. Teniendo cada película un punto de partida diferente, Enemy la curiosidad de la psique y Gravity la necesidad física, se ponen en marcha mecanismos complementarios que chocarán para tejer relatos de aspecto mitológico pero que acarician la posmodernidad con maestría.

El absurdo en el drama social

Otro de los temas interesantes que aparece durante estos dos días es el drama social llevado a lo absurdo. Of Horses and Men (Benedikt Erlingsson), con un humor negrísimo procedente de Islandia, nos da a conocer un mosaico de historias peculiares de las gentes del lugar, siempre con algún tipo de relación con la especie equina. Ya sea el elegante paseo diario de uno de los señores de la región o las andadas de un granjero enemistado con otro, todo acaba en el patetismo extremo de aquello fuertemente real y dramático, pero visto desde fuera, con lo cual acaba siendo altamente risible. Con un sentido del humor destructivo y despreocupado parecido al de Sightseers (Ben Wheatley, 2012), nos acercamos a la curiosa sociedad islandesa desde un punto de vista que expone los hechos reales en bruto, a distancia, con una crudeza sarcástica que desmonta el mecanismo del drama social para llevarlo a una comedia empapada de la absurdidad de lo posible.

Abordado por otro lado, Pelo malo (Mariana Rondón) también plantea temas interesantes respecto a este absurdo filtrado en lo que pudiera ser dramático. La película se ambienta en Caracas, en una zona pobre de apartamentos multifamiliares donde viven Junior, un niño de 9 años, su madre y su hermano pequeño. Junior tiene el pelo rizado, “malo”, según él, y su principal fijación es alisárselo para parecer un cantante. Su comportamiento inconscientemente amanerado alarmará a su madre de forma ilógica, haciéndole pensar que es homosexual. Lo que se plantea es una obsesión irracional de la madre viuda, un drama infundado sobre algo que no merece recibir tamaña preocupación, al menos por el momento. Tratar el tema de la homosexualidad en un entorno de miseria y familia atípica, con la confrontación de sus potenciales inconvenientes sociales, es lo que dota a la obra de ese interés en un drama latentemente absurdo.

Dentro del drama, Pelo malo se ajusta a la dirección de emociones propia de su género, pero al mismo tiempo está planteando una posibilidad, una verdad semioculta que resulta absurda tomada en perspectiva. A diferencia de Of Horses and Men, el absurdo, la pequeña locura irreverente que roe a la madre de Junior, es el hecho que desencadena la puesta en escena del drama. El motivo encerrado del conflicto generacional no es más que una suposición, una actitud paranoide anticipada a algo que todavía no puede estar claro. Por el contrario, la comedia islandesa toma hechos con un gran potencial trágico y pone distancia entre éstos y la mirada. Esa separación estratégica es la que confiere un cariz hilarante al fresco de la sociedad islandesa. Tanto por una parte como por la otra, pues, el drama social se encuentra presente, pero el resultado acaba dependiendo de si se toma como tema a diseccionar o propiamente como género originador de la obra.

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