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FILMADRID 2017: The Last of Us (Ala Eddine Slim, 2016)

El exilio espiritual

Si en el documental Babylon (2012) Ala Eddine Slim abordaba ese paso de la individualidad más absoluta a los primeros contactos con "el otro”, en lo que era el retrato de la gestación de una civilización, es en The last of us, su última obra, donde el director tunecino deja de lado cualquier tipo de acercamiento a lo que se da como aparente realidad para construir un artificio puramente ficcional que, si bien se aleja de la documentación de lo que acontece para hablarnos desde la mentira –de la que tampoco escapan los documentales, a fin de cuentas-, es cierto que apunta en la misma dirección de la necesaria comunicación con el otro para sobrevivir primero y poder progresar en grupo después. Es así que Ala Eddine Slim nos presenta a una pareja de subsaharianos que, atravesando el desierto camino de Túnez para poder llegar a Europa, serán atacados por un grupo que, a su manera, también se buscan la vida. Perdiendo la pista de uno de ellos por completo, Eddine Slim comenzará a seguir los pasos de un joven que, sin apoyo alguno ahora, continuará su éxodo. Mediante un contraste entre los planos que registran el cuerpo y aquellos que liberan el peso de lo humano para fijarse en las alturas, algo que ya indica por donde va a ser encauzada el resto de la cinta, el director de Túnez, como Dios creador de vida, acosará con la mala fortuna a este pobre paria hasta desterrarlo a una naturaleza carente de todo lo humano.

Esa idea de ausencia de sociedad oxidada y presencia absoluta de naturaleza bruta que supera al individuo ha tenido su presencia, más allá del presente film, en las salas españolas a lo largo del último año. Si en El perdido (2016) Christophe Farnarier desarrollaba una narración radicalmente material mediante el desvelamiento permanente de las modificaciones que sufren cuerpo humano y entorno natural consecuencia de la inevitable tensión entre los dos elementos; es en La tortuga roja (2016) donde, desde la animación, Michael Dudok de Wit, partiendo de la idea del hombre como naúfrago y del destierro forzoso, hacía hincapié en la tendencia a la cooperación como motor de vida. Y es que The last of us enlaza en gran medida con estas dos pues, más allá del salto de la civilización a la Naturaleza que las une en cuanto a propuesta, es en relación a la forma donde encontramos que en las tres no hay discurso verbal alguno. Pero esta relación que atañe a esos dos elementos resulta burda y simple precisamente porque llegado determinado momento en el film de Eddine Slim se desborda el terreno de lo aparente al que se ciñen las dos obras citadas para ascender a un plano trascendental que, partiendo de lo físico como se ha venido diciendo, termina por asentarse en una dimensión incorpórea y espiritual que pide al espectador un acto de fe. Es decir, que si atendemos a esa pirueta que va del viaje físico que une a hombre y Naturaleza a un viaje de orden trascendente, podemos decir que The last of us  tiene más del Oliver Laxe de Mimosas (2016) que de cualquier otro relato de travesías, huidas y conservación de la vida. Es ahora, por lo tanto, cuando entendemos aquel juego entre seguimiento casi obsesivo del cuerpo y fuga en planos ascensionales que registran el cielo y las montañas.

Con The last of us Ala Eddine Slim irrita, aburre, encandila, y sorprende por igual a lo largo de su narración, estableciendo como requisito necesario adentrarse en ella con la predisposición del espíritu contemplativo que tan solo anhela percibir el acontecer de lo que es dado a los sentidos sin buscar explicación lógica alguna a lo que tiene delante. De difícil acceso en una tierra en la que cualquier aspecto que desborde la materia es rechazado y tomado por bufo, las imágenes de The last of us vienen a Occidente para luchar por ese puesto que le ha sido vetado al espíritu desde hace ya bastante tiempo.

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Doclisboa 2012 – Competición Oficial 4

Los filmes necesarios

El festival y la competición internacional, como hemos comentado, han puesto la atención en los conflictos que se están viviendo en el mundo, revoluciones, protestas… en otros casos levantamientos o catástrofes, como Babylon de Youssef Chebbi, Ismaël Chebbi y Ala Eddine Slim (Túnez, 2012) y Vers Madrid (The Burning Bright)! (Sylvain George, Francia, 2012). Caso aparte es la obra The Radiant, de The Otolith Group (Reino Unido, 2012); su propuesta, la investigación de las imágenes y una particular articulación del film con todo tipo de recursos son ya señas de identidad de un grupo con 10 años de actividad donde las propuestas artísticas navegan sobre la investigación del lenguaje de las imágenes y el documento sociocultural, bajo el lema “El mundo no necesita más películas, ni más vídeo arte”, una regeneración de la percepción de los acontecimientos filmados y sobre todo una disección de las imágenes que vemos y la cultura que las crea. Esta propuesta se ha dirigido en este caso a las consecuencias radiactivas generadas en la devastación acontecida por el último colapso nuclear. Babylon nos conduce, bajo una propuesta más convencional del tratamiento de las imágenes, por la creación de una comunidad humana, o una ciudad “babilónica”, en este caso los campos de refugiados levantados en la frontera con Túnez. Con su cámara el reportero finalmente encuentra un hilo narrativo en la necesidad de crear un lugar habitable en medio del desierto, respondiendo a la perentoria situación. Miles de refugiados huyen de la guerra… La Babilonia moderna aparece y desaparece en medio de una situación límite y miles de restos de basura, hoy por hoy el verdadero indicio de que la humanidad existe.

Alejado de este conflicto pero en la línea de las reivindicaciones y manifestaciones que han surgido en este tiempo, el movimiento 15M ha acaparado gran parte de la atención mediática, al igual que las movilizaciones, mucho más punzantes, de la crisis en Grecia. Vers Madrid (The Burning Bright)! es uno de los muchos documentos audiovisuales que podían surgir de esta situación, material de denuncia y registro, que a mi modo de ver resulta necesario proyectar en espacios como festivales internacionales, pero con el inconveniente de que sobre estos acontecimientos aún no se han conseguido construir obras con un lenguaje más cinematográfico, por lo que en general casi todos estos trabajos funcionan más como documentos de denuncia y registro que como obras cinematográficas –función, vuelvo a repetir, necesaria, la Historia esta llena de bellacos que han intentado echar cemento a hechos que acontecieron–; por tanto, la dirección del festival, de forma lógica y conociendo la situación, ha arriesgado en la proyección de estos documentos, sobre todo dentro de la competición oficial.

Desde la experiencia humana, foco inevitable del festival, y también en el campo de la denuncia, Bakoroman (Simplice Ganou, Francia / Burquina Faso, 2011) construye a través de uno de los recursos esenciales del lenguaje cinematográfico, el tránsito, el camino vital de un grupo de niños “da rua” en Burquina Faso, una película de lo esencial. El componente odisea, es decir el viaje y sus aventuras pero con un claro elemento motor, salir de la miseria para buscar trabajo en la ciudad, propone una película con una clara articulación cinematográfica. A través de esa acción se retrata a estos niños, víctimas todos ellos de la miseria ejercida desde arriba, descolonizaciones, gobiernos, falta de medios, pobreza, hambre y consecuencias aledañas como la drogadicción y el abandono. Es este pequeño éxodo, del campo a la ciudad, motivo reconocido incluso como inercia antropológica –la factura de esta película nos recuerda a los filmes de Jean Rouch–, donde encontramos la amistad, los sueños de mejora, los anhelos de todo tipo que son explicados infantilmente a cámara, por estos inocentes seres que viven su vida como algo fantástico, al menos de momento. La cámara, siempre dispuesta hacia el retrato y la imagen del rostro de estos niños, realiza un seguimiento de sus aventuras; cámara al hombro en muchas ocasiones, aunque perfila la presentación de las secuencias con una cámara fija, ubica a los niños en contexto dentro de la nueva escena, otro día más. De nuevo nos encontramos ante el paraíso de la infancia, el que ya vimos en Three Sisters (San Zimei, Wang Bing, 2012), en este caso demoledora, pero que será recordada por muy mala que parezca, si sobreviven, como el único lugar donde aferrarse.

Ese otro paraíso, el de la Naturaleza, puede llegar a ser un verdadero infierno y es en ese estado en donde se mueve Fogo, en mi opinión una de las mejores películas que se han visto en el festival, un verdadero viaje por los abismos humanos en medio de un entorno hostil pero arrebatador. La imagen de Yulene Olaizola (México / Canadá, 2012) es de una precisión barroca, excelente en el tratamiento de la luz y sobre todo el sentido en cada uno de los planos, los cuadros que ha dibujado –hago mención aquí a otro trabajo de verdadera precisión en el punto de la toma, O sabor do leite creme, película de Hiroatsu Suzuki y Rossana Torres, que estuvo presente en la competición portuguesa de largometrajes–. Fogo nos ubica en un lugar inhóspito pero bello: la isla del Fuego, al norte de Canadá, es un espacio donde parece que sólo existe el pasado, ya que el futuro está condenado por la tundra que poco a poco se está apoderando del lugar. Los pocos habitantes que residen se preparan para la despedida, irse a la ciudad, pero otros deciden permanecer. En esos paseos, por los espacios helados y húmedos, imágenes casi lunares de los lugares, brotan las conversaciones tras los muros de las pocas casas que quedan en pie, o la ocupación de las abandonadas, allí se desgranan las palabras y los lamentos frente a la ventana. La luz que entra por los vanos, débil y crepuscular, dibuja claroscuros en las siluetas de los personajes que piensan cuál será su futuro y qué hacer. Es un tiempo que se acaba, y para algunos, los más mayores, un dibujo adelantado de su propia muerte. Ese espacio crepuscular tiene unos colores tenues, grises, y una mirada gélida, en esos cuadros la cámara, solemne y quieta, se ubica para buscar el espacio de intimidad preciso, estar para ser parte de la soledad que cada una de las tomas de la película dibuja. Toda la obra es una continuidad de cuadros y espacios, plásticos y sonoros, no hace falta la continuidad; la luz, o mejor dicho la ausencia de, determina en los cuadros el paso del tiempo. Un tiempo que aquí se acaba.

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