Archivo de la etiqueta: Animación

El bebé jefazo (The Boss Baby, Tom McGrath, 2017)

Si los niños llegaran con un memorándum bajo el brazo

Tim es un niño de siete años que disfruta de la infancia más idílica que un director pueda soñar. Un chico con una imaginación desbordante, que convierte cada rincón de su casa en una aventura y cada aventura en un juego. Es el único hijo de unos padres extremadamente afectivos, de los que no tienen inconveniente en arropar a su hijo cada noche con cuentos, canciones y abrazos, y que, para colmo, tienen el “mejor trabajo del mundo” en el departamento de marketing de una empresa de cachorritos. La vida de Tim es inmejorable, hasta que llega un nuevo miembro a la familia: su hermano. Tim, tras ver como la extrema atención de sus padres se desvía al nuevo miembro de la familia, será el único de la casa que parezca notar algo raro en el bebé, que llega en taxi, con traje y corbata y un maletín. Pronto descubrirá que no es un bebé normal, sino un ejecutivo de la empresa “Baby Corp.”, cuyo objetivo es solucionar un problema gravísimo para la empresa: los bebés pierden amor por culpa de los cachorritos.

El bebé jefazo es la última apuesta de Dreamworks por el cine de animación familiar, dirigida por Tom McGrath, que fue el encargado de darle vida a la trilogía de Madagascar (2005, 2008, 2012) y a Megamind (2010). Una película que apuesta por la fórmula de buddy movie: personajes que no se llevan bien (los dos hermanos) obligados a colaborar por un objetivo común.

En El bebé jefazo, Dreamworks arriesga con la introducción de un elemento original que sorprenda y aporte la posibilidad de crear un universo único que se salga de los lugares comunes del género, algo que, por otra parte, es una de las grandes habilidades de la factoría Pixar, que parece seguir siendo el rival a batir en el mercado euro-estadounidense de la animación. En este caso, la empresa de bebés, sus ejecutivos y la explicación de sus lógicas (algo que se resuelve de manera bastante fluida durante la acción y no mediante el abuso de “escenas-tutoriales”) copa prácticamente la primera parte de la película. El resto de la apuesta se vuelca en la acción, en la misión que Tim y su hermano deben saldar aprendiendo a cooperar y utilizando sus habilidades de juego, algo vital para el ritmo y el tono de una película familiar. 

El humor, por supuesto, es otro de los ingredientes irrenunciables. En El bebé jefazo, como cabe esperar, casi todo el peso humorístico recae en el personaje del bebé, haciendo una revisión de un recurso cómico tan antiguo y básico, aunque no por ello menos efectivo, como es el del niño comportándose como un adulto.

Tampoco faltan en esta película la moraleja ni, desgraciadamente, la moralina. Peripecias, chistes y originalidades aparte, El bebé jefazo es, en esencia, un relato sobre la llegada de un hermano pequeño a la vida de un hijo único, la convivencia entre ellos, el amor, el afecto y la familia. Algo que aquí se explora con ingentes cantidades de edulcorante que hará a más de uno superar los niveles de azúcar que su cuerpo tolera. Si aquel Shrek (Vicky Jenson y Andrew Adamson, 2001) supuso la puerta a un nuevo estilo narrativo de animación, fresco, en el que los tópicos y los clichés que se venían arrastrando (especialmente de la mano de Disney) eran cuestionados y parodiados; en este El bebé jefazo, Dreamworks deshace el camino andado, devolviendo a la animación infantil el tratamiento de grandes cuestiones como el amor y la amistad a través de una serie de tópicos extremadamente ñoños.

Publicado en Estrenos, Reseñas | Etiquetado , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en El bebé jefazo (The Boss Baby, Tom McGrath, 2017)

‘The Tale of Princess Kaguya’ (‘Kaguyahime no monogatari’, Takahata Isao, 2013)

La belleza de la imperfección

Takahata Isao gozaba ya del respeto del mundo de la animación cuando, al cobijo del recientemente instaurado Studio Ghibli, se instaló en la excelencia con La tumba de las luciérnagas (Hotaru no haka, 1988), Recuerdos del ayer (Omohide poroporo, 1991) y Pompoko (Heisei tanuki gassen Pompoko, 1994). Pero parece que el maestro no se conformaba con rozar la perfección. Cinco años tardó en completar su siguiente y arriesgado movimiento con Mis vecinos los Yamada (Hôhokekyo tonari no yamada-kun, 1999). Con esa producción abandonaba definitivamente –ya en Pompoko había lanzado algún mensaje en este sentido– una fórmula de éxito que él mismo había contribuido enormemente a refinar y popularizar como marca de estilo en la animación de su país, en favor de la experimentación con otras estrategias narrativas, con otro perfil y diseño de personajes, con otros registros más directos en su ya demostrada capacidad para ironizar con las miserias de nuestro tiempo.

Con la familia Yamada apostaba por reivindicar otra estética, no menos propia de la tradición de ilustración cómica en su país, pero prácticamente inédita fuera de sus fronteras, como las series de tiras cómicas breves [1], con el reto de adaptar para largometraje una estructura episódica. Se considera que este film fue el mayor fracaso en la historia de Ghibli. Desde el punto de vista comercial y con las cifras en la mano se puede defender esta postura, pero no seré yo quien lo haga. Por aquel tiempo ya disfrutaba Takahata de un cómodo segundo plano, a la sombra aún en expansión de su compañero de viaje, el gigante Miyazaki. Realizar un producto que no reportara enormes beneficios contables pero que no hundiera la compañía ni afectara su prestigio artístico se me antoja como el mayor triunfo en la carrera del viejo maestro.

En Mis vecinos los Yamada creo poder rastrear el germen de la fascinante adaptación que The Tale of Princess Kaguya ofrece de El cortador de bambú. Recreando el antiguo cuento popular japonés [2] para escenificar el nacimiento de Nono-chan, la hija de la familia protagonista, no cuesta imaginar a Takahata plantearse un tratamiento exclusivo de tan sugerente historia.

Pero sobre todo sirvió para iniciar el desarrollo de una estética de la imperfección, sólo en apariencia contradictoria con el sello forjado por Ghibli, confirmando al veterano animador la gran libertad creativa de que podía gozar. Esa libertad que, paradójicamente, tanto ansía y persigue su princesa Kaguya y que Takahata ejerce volviendo a prescindir de lo accesorio para recrearse en los placeres visuales del trazo y la sugerencia. Recreándose en un dibujo que parece inacabado, con esos segundos y terceros planos apenas delineados, el apagado color aplicado a veces con aparente descuido y esos fondos que contrastan con el detallismo habitual en los productos de su estudio, nos ofrece una animación de una belleza arrebatadora.

Estamos ante una película tan compleja que desanima intuir (ya se puede leer por la red alguna muestra en este sentido) que habrá quien no quiera ver más allá de la recreación de una estética exótica y ancestral [3], porque Takahata está proponiendo aquí mucho más. Así nos lo hace notar en la escena en que la instructora muestra a la princesa un emaki, un rollo con narraciones ilustradas, y le explica su correcto uso. El rollo debe ser progresivamente desplegado por un lado y recogido por el opuesto, para ser vistas las ilustraciones en sucesión por el orden designado. La joven lectora de imágenes se rebela metafóricamente extendiéndolo por completo, mostrando el conjunto de imágenes en simultaneidad.

La contemporaneidad de la propuesta se materializa en múltiples aspectos. Destaca su tratamiento de lo individual y una apuesta en femenino ya anunciada por el título, avanzándonos una apropiación del cuento, su transformación para ofrecernos algo nuevo. El título “El cortador de bambú” no presentaba problemas legales de uso por ser de un cuento tradicional. Cambiarlo por el de “Princesa Kaguya” implica tomar la denominación más popular para referirse a él, pero sobre todo desplazar el punto de vista desde las extraordinarias vivencias del humilde campesino en el relato tradicional hasta los sentimientos de la muchacha en la película. No afirmaré que se trata de un film en clave feminista, pero sí que no deja en muy buen lugar al patriarcado. El deseo de posesión masculino reduce a la inquieta princesa a una indeseada reclusión. Su inteligencia le sirve para mantener una cierta independencia, pero pagando por ello un alto y doloroso precio. El cortador de bambú, en su bienintencionado papel de padre adoptivo, se muestra como figura castrante, interrumpiendo cada momento de íntima felicidad de su prohijada. Momentos que se producen en la humildad de lo sencillo, en la actividad artesanal y el contacto con la naturaleza. El goce de lo ordinario es el anhelo de la protagonista, en dolorosa paradoja con esa extraordinaria naturaleza que le otorga capacidades sólo soñadas por el individuo ordinario.

Y es que, con su despojada sencillez, la película suma nuevas fórmulas visuales pero no resta nada de los logros previos del animador, ni pierde un ápice de ese gusto por el detalle que viene distinguiendo su cine. Muy al contrario, deténgase el espectador en el gozo de experimentar la furia de la tormenta, la delicadeza de las sedas y tules o la exuberancia de la vegetación floreciente sobre una pantalla transmutada en lienzo sobre el que se van delineando con simpleza, en aparente descuido. Un descuido acentuado por esos trazos apresurados y deformantes que ensucian la pantalla con la desesperación de la protagonista en la secuencia de su huida, en su angustia al descubrir la violencia y la muerte, conceptos que irrumpen en doloroso contraste con la belleza visual del film, con la suavidad de sus delicados colores.

En efecto, la película está construida por contrastes, simbolizados a nivel formal por el trazo negro en soporte blanco. El contraste principal es el de las expectativas de la protagonista y la realidad que acaba viviendo, abandonada la perfección celestial para experimentar la vida ordinaria, movida por una idealización estética que no contempla la amargura inherente al devenir humano. Revelada la frialdad que reside en la perfección, comprendemos que la belleza sólo existe en cohabitación con lo imperfecto. Los breves momentos felices de la princesa son continuamente abortados por la irrupción de la realidad, frustrando cada sueño. Momentos de ilusión que se entretejen con sus correspondientes decepciones, como los hilos en el humilde telar al que la princesa dedica sus momentos vacíos, conformando trazo a trazo un relato de la imposibilidad de alcanzar los sueños.

Qué hermosa, qué terriblemente amarga es esta película.

Qué hermosa es la carrera profesional de Takahata vista en perspectiva: tantos años avanzando por el camino de la excelencia para acabar realizando la película perfecta apostando por la imperfección.

Notas:

  1. Se conoce como yonkoma manga, literalmente manga de 4 viñetas, nombre que describe fielmente la composición formal del medio. En su brevedad, presentan sintéticamente situaciones conclusivas, pero al estar generalmente publicados como series por los diarios llegan a conformar relatos extensos, alcanzando las series más populares gran longevidad. Es el caso de Nono-chan, la serie que Takahata adapta en su película. 
  2. En Mis vecinos los Yamada se introduce la historia del matrimonio protagonista, desde su boda hasta el momento presente, como un recorrido por las artes tradicionales japonesas, mostrando el nacimiento de sus hijos como el de los protagonistas de cuentos clásicos, Momotarô (surgido del interior de un melocotón) en el caso del chico y Kaguya en el de la niña. El cuento del cortador de bambú o de la princesa Kaguya relata cómo un campesino, al cortar el tallo de un bambú, encuentra una niña resplandeciente en su interior. En lengua hispana disponemos de una muy recomendable edición de este relato, extraordinariamente traducida y prologada. TAKAGI, K. (tr.), El cuento del cortador de bambú. Cátedra, Madrid, 2004. 
  3. Takahata toma como referente la imagen ilustrada tradicional del periodo Heian, 794 a 1185 de nuestra era, en que se origina la historia narrada. 
Publicado en Jump cut | Etiquetado , , , , , , | 2 comentarios

Sitges 2013 – ‘The Congress’ (Ari Folman, 2013)

Mirando hacia el futuro con ira

El exitoso trabajo previo de Ari Folman, Vals con Bashir (Vals im Bashir, 2008), no invitaba precisamente a esperar de The Congress una fábula optimista acerca de lo que nos depara el futuro. El director israelí explicaba en aquella película un tenebroso episodio de principios de los años ochenta en la Primera Guerra del Líbano en el que el propio director se vio implicado. Aunque me da la impresión de que no se le otorga tanta importancia como, por ejemplo, al esfuerzo de Pixar por dignificar y ampliar los límites del cine de animación, Vals con Bashir juega un papel capital en el desarrollo de este género al conseguir cruzar, con pasmosa habilidad, el cine de animación con el documental y la autobiografía. Es por eso que, personalmente, esperaba mucho de The Congress

… Que, vaya por delante, no es ni una decepción ni una mala película, aunque no me parece digna de tantos elogios como su anterior cinta. Tengo la sensación de que Folman, un poco presionado por ese éxito artístico y comercial que supuso Vals con Bashir (nominación al Oscar incluida), ha decidido poner la directa e intentar sorprender con una combinación de imagen real y de animación. Formalmente, los primeros 45 minutos de película se nos presentan con actores de carne y hueso, para pasar luego al mundo imaginario representado mediante la misma animación lánguida y existencialista de Vals con Bashir.

Hay que reconocerle a The Congress una buena excusa para introducir el mundo real en un contexto que se presupone (por la anterior película de Folman y también por su estrategia de promoción) animado: en un futuro distópico, Robin Wright (que se interpreta a sí misma) decide, ante la falta de papeles y bajo la presión de una carrera plagada de fracasos, aceptar la oferta que le ofrece un poderoso estudio de digitalizar su persona, que pasará a ser propiedad del estudio y hará las películas que al estudio le dé la gana, mientras la verdadera Robin Wright no podrá nunca más volver a actuar en ningún medio y en ninguna parte del mundo y deberá retirarse de por vida a una (bien pagada) existencia anónima. Este argumento permite a Folman exponer una visión desesperanzada y deprimente del futuro, donde las grandes corporaciones han deshumanizado la cultura (notable es, en este sentido, la caracterización del siempre excelente Danny Huston como el ejecutivo depredador del estudio), y donde apenas hay espacio para el contacto personal.

Contra todo pronóstico, esta primera parte de The Congress tiene un peso dramático y una solidez narrativa de la que carece la parte animada. Es en esta primera mitad cuando Robin Wright y Harvey Keitel ofrecen un verdadero recital interpretativo, donde Folman consigue transmitir esa desesperación de la que hablaba antes de un futuro donde la tecnología es capaz de eliminar la vida de las personas, y donde el talento de los tres confluye en la que, sin duda, es la mejor escena de toda la película, la del escaneo del cuerpo de Wright: hay que estar muy atentos aquí tanto a la realización de Folman (que filma el momento alejando o acercando la cámara a la actriz según conviene a la narración) como a las demoledoras interpretaciones de Keitel y especialmente de Wright, en una escena que no cualquier actriz podría haber dotado del dramatismo y la sensibilidad obtenidos.

A partir de la inmersión en el mundo animado, The Congress resbala demasiado y la pérdida de interés es evidente. El discurso futurista de Folman, que en la primera mitad había revelado todas sus intenciones, deviene reiterativo con una progresión argumental predecible y no demasiado original. Seguramente recortando buena parte de sus (a todas luces) excesivos 120 minutos de duración no habría tanto desequilibrio entre una parte y la otra y el balance final sería bastante más satisfactorio. Con todo, estamos ante una apuesta valiente tanto por contenido (algunos de los temas tratados, como la pérdida de identidad o la incomunicación social que provocan los avances tecnológicos, no son agradables y se muestran frontalmente) como por forma (la animación lánguida de Folman está muy, pero que muy lejos de lo que estamos habituados con el cine occidental) y que debería tener una oportunidad en taquilla. Se la merece.

Publicado en Jump cut | Etiquetado , , , , , | Comentarios desactivados en Sitges 2013 – ‘The Congress’ (Ari Folman, 2013)

‘El alucinante mundo de Norman’ (‘ParaNorman’, Chris Butler y Sam Fell, 2012)

Regreso al futuro

El alucinante mundo de Norman puede verse como otro episodio más en esta apuesta recuperadora de cierto tipo de cine, el de los años 80, en la que se han embarcado últimamente títulos tan dispares como Super 8 (Super 8, J.J. Abrams, 2011) o Rock of Ages. La era del rock (Rock of Ages, Adam Shankman, 2012), apuesta que en este caso estaría centrada en el cine adolescente de los años 80 que se inscribía en el fantástico, tipo Gremlins (Gremlins, Joe Dante, 1984) o Noche de miedo (Fright Night, Tom Holland, 1985). Grave error. Aunque podría considerarse incluso un remake encubierto de Una pandilla alucinante (The Monster Squad, Fred Dekker, 1987), ya que sus argumentos no difieren demasiado y en ambas una pandilla de chavales ha de salvar a la típica small town estadounidense del ataque nocturno de las fuerzas malignas desatadas, no encuentro por ninguna parte esa afectación tan típica de los homenajes, esa condescendencia distante y contradictoria que lastraba (por ejemplo) a Super 8: aunque asumía como propias algunas claves de aquel cine (cf. la compartimentación de roles en los personajes principales), en la aparatosa secuencia del accidente de tren (que ninguna película de los años 80 se habría atrevido a mostrar de esa manera) se evidencian unos recursos visuales que delatan a una película del siglo XXI copiando a una película de los años 80. El alucinante mundo de Norman no es un homenaje al cine adolescente fantástico de los años 80, es cine adolescente fantástico de los años 80. Todo en esta película destila honestidad, sinceridad abrumadora, no es un ejercicio del alumno más listo de la clase que demuestra que se sabe la lección. Al contrario de lo que suele ocurrir en los homenajes, donde hay una cierta actitud (¿automática?) de condescendencia, los responsables de El alucinante mundo de Norman no plantean la película como un juego de referencias –que las hay, y muy jugosas [1]–, sino que adoptan el trazo narrativo simple y lineal típico de los años 80 para esbozar una de esas odas a la marginalidad tan del gusto de Tim Burton. Aunque lo acaba siendo, Chris Butler y Sam Fell no han concebido la película como una fiesta para los fans, y por eso las citas funcionan como chascarrillos ornamentales más que como objetivo finalista per se, que es el principal problema de muchos de estos homenajes: su acentuado carácter referencial acaba fagocitando la misma propuesta y les resta alcance dramático y entidad como obras independientes.

Lo que desde luego no es muy propio de los años 80 es el uso de la técnica stop motion en una propuesta, esta sí, enmarcada de pleno en el siglo XXI: en los 80 apenas se hicieron largometrajes exclusivamente a partir del stop motion, y tan solo artesanos como Jan Svankmajer o los hermanos Stephen y Timothy Quay usaban esta técnica, la mayor parte de las ocasiones en cortometrajes y combinándola con imágenes de acción real [2]. Con la actual “regularización” del género, El alucinante mundo de Norman hace gala de un virtuosismo técnico con el que Selick y Burton apenas podían soñar en 1993. Y aunque a estas alturas ya no sorprende la adopción de figuras propias del cine de acción real “adulto” (como el montaje, los movimientos de cámara o la profundidad de campo) puesto que las películas de animación hace años que las utilizan, sí que llama la atención que, aunque el tono es jocoso en general, no se evitan los aspectos más tenebrosos de la historia, que por momentos abraza un inquietante oscurantismo con imágenes que se adentran sin titubeos en el terror adulto (cf. la bruja encarnada en un cielo infernal o la iluminación nocturna de las calles del pueblo). Todo pasado por el filtro de una creatividad desbordante que (again) habría firmado gozoso el Tim Burton de Bitelchús (Beetle Juice, 1988) o Eduardo Manostijeras (Edward Scissorhands, 1990) y que convierte El alucinante mundo de Norman en una fuente inagotable de imaginación.

Notas:

  1. La lista de películas referenciadas es rutilante, y va desde la obvia iconografía de las películas de muertos vivientes de George A. Romero hasta La noche de Halloween (Halloween, John Carpenter, 1978) pasando por Viernes, 13 (Friday, the 13th, Sean S. Cunningham, 1980), sin olvidar las descacharrantes parodias físicas de Tom Savini, reencarnado en el padre de Norman, y del Josh Brolin de Los Goonies (The Goonies, Richard Donner, 1985), que cobra vida gracias al cachas Mitch. 
  2. Aunque hubo tímidos intentos de presentar una película de larga duración exclusivamente a través del stop motion, e incluso aunque Wallace & Gromit aparecen con su primer corto en 1989, realmente podríamos datar el inicio de la popularidad de este formato en 1993 con la extraordinaria Pesadilla antes de Navidad (The Nightmare Before Christmas, Henry Selick). 
Publicado en Estrenos | Etiquetado , , , , , , , | Comentarios desactivados en ‘El alucinante mundo de Norman’ (‘ParaNorman’, Chris Butler y Sam Fell, 2012)

Sitges 2012 – Festival Internacional de Cine Fantástico de Catalunya (07/10/2012)

Expectativas en montaña rusa

Sí una película había generado expectación en la presente edición del festival, debido a la masiva campaña publicitaria y por la avalancha de buenas reseñas en festivales como el de San Sebastián, esta no era otra que The Impossible, film de J.A. Bayona destinado a consagrarle como uno de los grandes directores del momento. Una vez visionada, se puede decir que esta segunda película del director sigue lo ya mostrado en El orfanato (2007); hay talento para crear una factura impecable, un trabajo asombroso en cuanto a recreación de atmósferas, paisajes y eventos (la escena del tsunami es sencillamente apabullante). Este es el mayor triunfo de Bayona, su capacidad de armar un estructura sólida para sus películas, sin embargo a la hora de rellenarlo es donde el edificio se derrumba por completo. Siendo esta una película sobre la condición humana le falta precisamente eso, humanidad real, natural, sincera. En cambio aparece un catálogo de tomas perfectamente filmadas y planificadas, tanto que acaba por anular cualquier atisbo de emoción auténtica. Este es un film dictatorial en tanto que con los trucos de guión, de plano y un subrayado musical absolutamente incesante, estéril y agotador pretende dirigir las emociones del espectador sin dejarle espacio a que sienta realmente lo que está pasando. Al final The Impossible acaba siendo lo contrario de lo pretendido, un film de precisión matemática tan perfecta como hueca, tan impecable en su forma como grosera en lo emocional.

Al otro lado del espectro aparece una producción como Robot & Frank (Jake Schreier), donde se consigue precisamente lo que no hay en el film de Bayona. Esta es una pequeña historia, un film de factura low cost pero que se ampara en su sencillez y en la aparente imposibilidad del establecimiento de una relación entre hombre y robot. Lejos de la cursilería de títulos como El hombre bicentenario (Bicentennial Man, Chris Columbus, 1999) el discurso de Robot & Frank se articula en base a los contrastes; la premisa de un viejo ladrón con problemas incipientes de Alzheimer e incapaz de establecer una verdadera relación con su familia se contrapone a cómo lo consigue con la aparente frialdad de un robot doméstico. Con un tono que por momentos se balancea peligrosamente entre la amabilidad y la excesiva blandura se consigue finalmente empacar un producto tierno y eficaz, cuyas mejores bazas están en sus intérpretes y en su nula pretensión de grandeza. Una película que habla del placer de escuchar y ser escuchado y como esa es la base de toda relación humana sincera, aunque sea con una máquina.

También desde la amabilidad nos llega El alucinante mundo de Norman (ParaNorman, Sam Fell y Chris Butler), un film de animación que demuestra que hay vida más allá de Pixar. Cierto es que le falta cierta fluidez y reitera muchos tópicos sobre niños marginados que acaban siendo los héroes y sobre el respeto a la diferencia. No obstante tiene ciertos detalles como una estética tendiente a lo retro y unos toques grindhouse que la convierten no sólo en un entretenimiento familiar amable, también en una película si no notable sí recomendable para pasar un rato agradable.

La bomba nos llega con The Cabin in the Woods (Drew Goddard). Esta es una película que busca solo una cosa: dar placer a los aficionados del género. Lanzarlos por un mundo reconocible cuyo eje central lo podríamos encontrar en Posesión infernal (The Evil Dead, 1981) de Sam Raimi y a partir de aquí dedicarse a plasmar tópico tras tópico para sin solución de continuidad subvertirlo, destrozarlo, convertirlo en un arma de destrucción masiva en lo humorístico. Un film que posiblemente puede llegar a horrorizar a los más puristas del género pero que funcionará con todos aquellos que busquen novedades y disfruten viendo cómo aquello que reconocen y aburren puede convertirse en un tren de la bruja descarado y surrealista. Esto sólo en primera instancia, porque lo mejor del film de Drew Goddard es posiblemente un tramo final donde la locura se desata al por mayor: no es que se subviertan las reglas, es que directamente dejan de existir y por tanto cada plano es como una bomba de relojería que, por cierto, en algunos momentos le acaba por explotar al director. Se nota una cierta falta de control, un alargamiento excesivo de los tempos y se desea algo más de horror que contraponer a la balanza de las risas. Una película quizás no perfecta, pero 100% festivalera.

Publicado en Jump cut | Etiquetado , , , , , , , , , , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en Sitges 2012 – Festival Internacional de Cine Fantástico de Catalunya (07/10/2012)

Panorama japonés en Sitges 2011

Se puede decir que sufro una cierta deformación profesional que, al asistir a un festival de cine, me inclina a ver todas las películas japonesas que se proyectan. O todas las posibles, porque en el caso de esta edición 2011 de Sitges la tarea era ardua por la ingente presencia nipona en la programación. Me permito pues comentar el actual momento del cine japonés a tenor de lo visto en la cita de este año.

Una de las constataciones que nos deja el certamen es que Japón conserva su jerarquía en el ámbito de la animación. Y lo más llamativo es que, en estos tiempos digitales en los que el 3D va a salvar el cine (nótese la ironía en un comentario que retomaré más adelante), lo logra con excelentes filmaciones tradicionales como A Letter to Momo. Siete años de cuidada elaboración han sido necesarios para recrear una animación de lujo, con un nivel de fluidez y de detalle mimado hasta niveles de asombro. Reconforta comprobar que, en esto del dibujo animado fotografiando uno por uno cada acetato, hay vida más allá de Miyazaki, incluso más allá de Ghibli. Auspiciado por un estudio no menos emblemático como es el IG, bajo cuyos auspicios se han parido hitos como Ghost in the Shell (Oshii Mamoru, 1995), Okiura Hiroyuki construye una clásica historia con heroína adolescente en su pequeño drama intimo en el que se entrometen diversos elementos sobrenaturales. Aunque suena a ya visto, justamente en las obras del citado patriarca, el film tiene su propio carácter, decididamente menos orientado al público infantil, sin perjuicio de que los chiquillos puedan disfrutar también con algunas escenas de acción y desmadre. Una apuesta de riesgo en los tiempos que corren, pero que parece dar resultado a los dos grandes estudios de Mitaka, tanto a efectos artísticos como comerciales. Los aficionados esperamos que puedan mantenerse en ese empeño.

Junto al anime, otro de los elementos recurrentes del cine japonés es el género de terror. Y es que, más allá de inventos como la etiqueta J-Horror y la explotación de un determinado tipo de productos orientados a un público muy concreto, las historias sobrenaturales forman parte de manera indisoluble de la cultura nipona, véase al respecto el párrafo anterior. Este año llamaba la atención en el programa la proyección de Kaidan Horror Classics. Hombre, los acérrimos del género, especialmente los que adoran la J mayúscula, se habrán sentido defraudados por unas historias comedidas en cuanto a lo “terrorífico”, sin sobresaltantes efectos sonoros ni cabelleras sobre pálidos rostros. Se trata de una sesión que combina cuatro mediometrajes que la NHK encargó a prestigiosos cineastas. Reconforta comprobar que aún hay televisiones públicas que cumplen con esa función de servicio, poniendo al alcance de sus espectadores obras relevantes de su cultura, de su literatura reciente en este caso, mediante productos audiovisuales cuidados y de calidad. Interesante recopilación en que destaco dos episodios que se complementan de forma curiosa. Tsukamoto se mantiene en forma y nos sorprende con The Whistler convirtiendo en inquietante cuento sobrenatural lo que en otras manos no pasaría de melodrama familiar. Como un espejo, le responde Koreeda con una historia de muertos que regresan pero sin asustar, poniendo el acento justamente en lo dramático de la perdida familiar. The Days After retoma los senderos de su Still Walking (2008) pero en otra época y con fantasma.

Siguiendo con nombres propios, esperaba con ganas lo nuevo del siempre interesante Sono Sion, pero me hago cruces al no haber podido ver la única pieza japonesa que arañó un lugar en el palmarés. Otro al que esperaba con ganas era Iwai Shunji. El de Sendai regresaba a la dirección tras largos años de silencio creativo y un traslado, vital y cinematográfico, a los Estados Unidos que auguraba un giro en su trayectoria. Decepción. No se puede afirmar objetivamente que su (engañoso) acercamiento al mundo vampírico no haya generado un buen film, pero no se aprecia novedad alguna. Algunos destellos del habitual lirismo de Iwai y un bien llevado final salvan Vampire de la monotonía que la recorre en algunos tramos.

Otro que sigue a lo suyo es Miike Takashi. Como de costumbre, presenta las películas por manojos y con registros muy diferentes entre ellas. Y como últimamente vuelve a adaptar clásicos del jidaigeki. Sobre su nueva incursión en las aventuras infantiles con Ninja Kids!!! no opino por no haberla visto, pero sí de su remake del Harakiri de Kobayashi (Seppuku, 1962) Harakiri: Death of a Samurai (desastroso título internacional orientado a recoger la inercia de su célebre predecesora). Una vez más, la probada eficacia del director nos entrega un producto espectacular e inapelable, con alguna de sus potentes soluciones visuales como la esperadamente explicita escena del seppuku (en efecto, seppuku y harakiri no son sinónimos y por eso me quejo del título) o la muerte del gato como preludio de las desgracias familiares. Pero lamentamos que esta vez cargue las tintas justamente sobre esa tragedia familiar del protagonista, excesiva e innecesariamente subrayada y no en las contradicciones que Kobayashi enunció magistralmente y que Miike diluye con algunos cambios respecto a la trama del original. Y sobre todo, el innecesario 3D nos ofrece algunos planos hermosos, pero aporta poco más que una gran incomodidad. Tal vez con unas gafas más normales se podría disfrutar mejor la sesión, pero las que entregaron en el Auditori eran como de buzo, por tamaño y peso, y el plástico que enterraba mi nariz me generaba un incesante sudor, empañando el vidrio hasta hacerme dudar si estábamos en el Edo shogunal o en el Londres victoriano. A parte del reclamo publicitario, creo que en este caso se podrían haber ahorrado el recurso hipertecnológico y dejarnos disfrutar la película en formato tradicional. Resumiendo, tal vez es demasiado pedir que Miike, lustros después y a cuatro o cinco producciones por año, no tenga ningún momento de flojera. Sólo esperamos que no sean síntomas de que en lo sucesivo va a caer en la autocomplacencia y deje de sorprendernos como ha venido haciendo hasta la fecha.

En definitiva, vemos que en mi particular recorrido japonés por el Sitges 2011 destaca sobremanera el acercamiento al drama intimista y familiar que la espectacularidad o la acción que se le supone a cierto cine del que nos llega del lejano archipiélago. Esto incluye lo último de otro destacado como Matsumoto Hitoshi y el género cómico, sobre los que no insistiré porque ya los analicé en un post reciente, pero que ha sido para mí con mucho lo más interesante de esta edición del festival.

Publicado en Jump cut | Etiquetado , , , , , , , | 4 comentarios

Sitges 2011 – Festival Internacional de Cine Fantástico de Catalunya (09/10/2011)

A bittersweet life

Como si de un partido de fútbol se tratara hoy la jornada se puede dividir en dos partes claramente diferenciadas entre lo visto por la mañana y por la tarde. Un día de sensaciones encontradas con respecto a los films visionados que ha contado con la ventaja de finalizar con dos películas muy diferentes entre sí pero igualmente notables.

Pero centrándonos en la mañana, las propuestas escogidas han sido Another Earth de Mike Cahill y la española Verbo, dirigida por Eduardo Chapero-Jackson. Respecto a la primera, muchas esperanzas estaban depositadas en ella y, de hecho, tenía la vitola de ser una de las posibles sensaciones del festival. Ante esta perspectiva la decepción ha sido mayúscula. Cahill plantea un drama con ribetes existencialistas centrado sobre todo en la idea de la imagen especular de uno mismo, de quién somos realmente frente a los actos que cometemos. Un film intimista cuyo mayor pero es, y a la postre lo que lo lastra durante todo el metraje, su estética preciosista, un continuo desfilar de slow motions, y de imágenes de postal que no solo no aportan nada sino que le otorgan un ritmo cansino, deslavazado. Mike Cahill apuesta por un cine de la estética, muy en sintonía con Terrence Malick pero sin su profundidad. Sus imágenes son bellas pero no hay planos significativos, necesita demasiado del diálogo para explicar lo que otros consiguen con una sola mirada. Eso sí, lo que no hay que negar es que es un film que no engaña a nadie: desde el primer plano se sabe qué clase de película se va a ver, y por ello queda claro que al menos el director tenía clara cuál era su apuesta.

Si Another Earth se podría considerar fallida, Verbo entra dentro de la categoría de horrores monumentales. Sí, aquí también estamos ante una película existencialista, pero en este caso no se trata precisamente de Jean-Paul Sartre sino más bien de angustia adolescente tópica y manida pasada por un turmix bizarro de hip-hop, estética telecinquera, mucho polígono y escasas neuronas en el guión. Un espectáculo demencial al que hay reconocerle por un lado su valor para presentarse en Sitges y por otro su apuesta clara por el público fan de cosas como Sin tetas no hay paraíso y demás encefalogramas planos artísticos.

Ya por la tarde visionamos una de las películas que más están gustando hasta el momento, Attack the Block de Joe Cornish. Una comedia gamberra donde los hoddies (jóvenes de la periferia londinense) pasan de ser los gamberros oficiales a defender el barrio de un ataque alienígena. Un film de humor negro, acción y diversión a raudales que, sin llegar a los mismos niveles de calidad, podría ser al cine de invasiones lo que Shaun of the Dead (Edgar Wright, 2004) al cine de zombies. Una propuesta que satisface sin duda a los amantes del género y que proporciona sin más hora y media de risas y entretenimiento.

Para acabar la jornada nada mejor que un pequeño film en presupuesto y pretensiones pero grande en la simplicidad de su belleza y en la forma de transmitir su mensaje. Hablamos de Les contes de la nuit de Michel Ocelot. Un film de animación que, aunque aprovecha la tecnología 3D, entra en terreno de lo digital presentando un aspecto artesanal, como los cuentos de antaño. Y de cuentos precisamente trata la historia, seis pequeñas historias multiculturales que nos hablan que temas como el amor, la verdad y la justicia son trasladables a todos los ámbitos por igual. Una pequeña joya deliciosa para los sentidos que demuestra que el cine familiar no tiene por qué ir ligado con la mojigatería.

Publicado en Jump cut | Etiquetado , , , | Comentarios desactivados en Sitges 2011 – Festival Internacional de Cine Fantástico de Catalunya (09/10/2011)