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D’A 2014 (01/05/2014) – Escuchar el silencio, observar el vacío, llorar ante el tiempo, reír frente a la muerte

El séptimo día del Festival Internacional de Cinema d’Autor nos trajo cuatro experiencias bastante distintas entre sí. Cuba Libre –un homenaje a Rainer Werner Fassbinder y Günther Kauffman–, Shirley: Visions of Reality –otro homenaje, esta vez a Edward Hopper–, Stray Dogs –la nueva y singular película de Tsai Ming-Liang–, y Gerontophilia –una comedia romántica con sorprendentes protagonistas–.

Empezamos hablando de Cuba Libre, incorporación de último minuto que en un principio no se encontraba programada. Este cortometraje abre la retrospectiva dedicada a Albert Serra en el Centro Georges Pompidou de París y es en realidad parte de un proyecto mucho mayor: el que realizó el director de Bañolas para la dOCUMENTA (13) de Kassel, una de las exposiciones de arte contemporáneo más importantes del mundo. Ya sabemos todos que la iconoclastia y excentricidad del cineasta son dos de sus características más representativas (entre muchas otras). Sea por estos u otros motivos, el mundo del arte contemporáneo ha decidido adoptar a este enfant terrible del cine catalán y por eso su obra es incluso más frecuente en museos que en salas de cine. Pero a lo que íbamos. Las intenciones de Serra para la dOCUMENTA (13) consistían en (nada más y nada menos) rodar una película de más de 100 horas que pusiese en relación las figuras de Rainer Werner Fassbinder, Johann Wolfgang von Goethe y Adolf Hitler. Lo que pudimos ver ayer en el D’A fue una muestra, escasa pero representativa, de este inabarcable proyecto cuya realización tuvo lugar en la propia Kassel.

Un escenario que se nos antoja anacrónico, como si se hubiese detenido el tiempo en él durante cuarenta años. Sin diálogos pero sin silencios, sin escenas al aire libre. Un club nocturno, con luces de neón y alguna que otra bola de discoteca. Una decoración polvorienta y una clientela digna de las películas de Fassbinder. Un cantante misterioso y enigmático, una voz profunda y cavernosa que nos podría recordar a la de Günther Kauffman, cantante y actor fetiche en muchas películas de Fassbinder. En definitiva, un fragmento de experiencia que, descontextualizado del resto de la obra del director catalán, se convierte en algo muy distinto a lo que nos tiene acostumbrados.

cubalibre

El segundo homenaje de la noche fue el realizado por Gustav Deutsch en Shirley: Visions of Reality. Deutsch parte de 13 obras del pintor estadounidense Edward Hopper y realiza una película extremadamente ambiciosa y parcialmente fallida. Un artificio metalingüístico en el que el fondo queda supeditado a la forma. La Shirley que da título al film es una mujer introspectiva y comprometida. Sus reflexiones en off y los noticieros de la radio sirven a Deutsch para estructurar 30 años de la historia de Norteamérica. O al menos, para intentarlo. El Macarthismo y la caza de brujas, la guerra fría, el asesinato de Kennedy o el famoso discurso de Martin Luther King son algunos de los hechos clave que contextualizan la acción. O en todo caso, la falta de ella. Porque en esta película apenas suceden cosas (y no lo digo necesariamente como algo peyorativo). Los escenarios (fieles adaptaciones tridimensionales de las obras de Hopper) sirven de hierático fondo a los personajes. Los personajes (y sobre todo la Shirley del título) pretenden representar la esencia de esos 30 años de historia norteamericana. Los hechos (levantarse de la cama, fumar un cigarro, leer un libro) devienen algo probablemente intrascendente, pero necesario para que la escasa acción discurra. Las reflexiones de la protagonista, eso sí, son de lo más trascendente. Mi duda principal es hasta qué punto es lícito politizar hasta el extremo la obra del pintor dotándola de unas connotaciones que probablemente no tenga. En fin, la pregunta más básica y recurrente, la de si el fin justifica los medios. La de qué pasa cuando la forma puede más que el fondo y el fondo, con gran tristeza y desaliento, se refugia en un rincón pidiendo clemencia.

Pero si hay una experiencia que permanecerá en el recuerdo de los espectadores que habitaron ayer la Sala 1 de los cines Aribau Club, esa es el visionado de Stray Dogs. Para bien o para mal. Tsai Ming-liang permanece fiel a su marca de fábrica y nos ofrece una película estructurada por largos planos secuencia, repleta de incómodos silencios, salpicada de momentos surrealistas y plagada de incontables elipsis.

La trama narra, grosso modo, la supervivencia de una familia y su adaptación a las rutinas que conlleva la miseria. Poco sabemos de estos personajes y poco se nos dará a conocer. Palabras, las justas. Acciones, las mínimas. La expresión “estética de la resistencia” era hasta ayer para mí el título de una obra de Peter Weiss. Una obra de marcado carácter político y social. Pero viendo el film de Tsai Ming-liang no pude evitar pensar en la necesidad de apropiarme de dichas palabras y reinterpretarlas para hablar de aquello que estaba viendo y sintiendo. La resistencia del director, la de los actores, y la de aquel que ve la película. Porque Stray Dogs incomoda al espectador. Obviamente, es su intención más clara. Lo deja a la deriva, perdido en medio del mar, sin alimentos y sin brújula, sin apenas posibilidades de supervivencia. El campo de interpretaciones queda abierto para todo aquel que sea capaz de enfrentarse al film. Tal vez demasiado abierto, todavía no lo sé.

Y la última experiencia de la noche fue Gerontophilia, la nueva película del fotógrafo y cineasta Bruce LaBruce. LaBruce se aleja de la polémica y radicalidad que suele acompañar a sus filmes y nos presenta una comedia romántica mucho más accesible para el "gran público". Con la peculiaridad, eso sí, de que la historia narrada es la de un joven enamorado de un anciano. LaBruce hace algunas concesiones y se ablanda en su característico estilo. Tal vez, para llegar de este modo a un mayor número de espectadores. Aun así, el acercamiento a la relación es sutil, honesto, valiente y respetuoso. Los guiños constantes (tanto a películas suyas como a escritores y artistas cuya obra tiene un marcado carácter reivindicativo) están bien integrados en el argumento y funcionan como una pieza más dentro del engranaje. Puede que Gerontophilia no sea una obra maestra ni una película especialmente revolucionaria. Puede que su poso no perdure a lo largo de los años. Pero afortunadamente, consigue dejar un buen sabor de boca y una sonrisa en los labios. Y eso ya es mucho.

gerontophilia

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D’A 2012 – ‘El Senyor ha fet en mi meravelles’ y ‘Snowtown’

Dos mesías para una tragedia

1- El Senyor ha fet en mi un director de cinema

Las correspondencias fílmicas, proyecto que el CCCB propuso a varias parejas de directores, tomaron, en manos de Albert Serra, una dimensión diferente. Escéptico con el concepto de compartir sus imágenes para establecer una relación cinematográfica más bien forzada, Serra acuerda con Lisandro Alonso, su interlocutor (“a quien tengo afecto, pero el justo” según sus palabras), filmar la correspondencia cada uno para sí mismo. Se trataba de “focalizar la mirada sobre la lucha por la libertad creativa”. Lo que surge de Serra es El Senyor ha fet en mi meravelles que, de igual manera que Els noms de Crist (2010) o El cant dels ocells (2008), sugiere desde su título la magnificencia de la mayor obra conocida: la creación de Cristo. Aunque el cineasta, soberbiamente inteligente, siempre se muestre ambiguo con eso, rechazando la religiosidad impostada, pero a la vez abrazando la referencia espiritual.

La pieza es una suerte de road movie quijotesca (ocurre en la Mancha) detenida en el espacio, aunque en realidad se nos muestre como el making of de una película (“entendida desde el fueracampo” apunta el de Banyoles) que nunca se llega a rodar. Podríamos pensar que es un 8 y ½ (Federico Fellini, 1963) pasado por el filtro de Serra, pero la cosa va más allá. Él mismo ve su película como “un comodín narrativo para películas pasadas, presentes y futuras” y sugiere la idea de “un documental de gente que se está poniendo en escena, pues ya son personajes en la realidad misma”. Tras este juego de espejos no tan laberíntico como parece, se esconde un punto de partida más honesto y sencillo: divertirse rodando. Y es que él mismo admite que “en El cant dels ocells había una ambición estética” que, si bien aquí no es la misma, no impide tampoco que haya una búsqueda formal. Pero lo cierto es que se respira en todo momento un carácter más lúdico que hace remontarnos a su ópera prima: Crespià, the film not the village (2003); y a su confesión a gritos: “hacer cine para salir del aburrimiento y además no tener que trabajar”. A pesar de ello, y como se ha dicho, la propuesta formal de El Senyor ha fet en mi meravelles no oculta para nada el gusto estético de su director, que mediante el plano fijo y sostenido construye imágenes pictóricas de una realidad que se mueve ante sí. La habilidad de Serra en combinar la plástica más pura con el diálogo más cotidiano y banal, recurso siempre presente en su cine, encuentra aquí un nuevo punto de vista, ya que se convierte, en este film, en una prolongación de su manera de rodar, contextualizando el elemento documental cuando se abandona el componente de ficción, “para evitar la complejidad del aparato dramático”. Como ocurre en otros autores como Kossakovsky, Serra aguanta el plano fijo hasta que la realidad nos regala el momento memorable, el diálogo entre lo banal y lo sublime, el instante que él, ponedor en escena convertido en un demiurgo sui generis, provoca en forma de epifanía, para convertir su cine en una revelación.



2- Don't let it snow

Honestamente, Snowtown (Justin Kurzel, 2011) es, junto a la también (aunque en diferente tesitura) mortuoria Once Upon a Time in Anatolia (Nuri Bilge Ceylan, 2011), una de las más gratas sorpresas del D'A 2012. En su inicio, tenso a la vez que lóbrego y pesadillesco, contemplamos un paisaje árido y solitario desde la ventanilla de un coche, a la vez que una voz en off de un hombre nos relata que tiene un sueño recurrente en el que un individuo tiene el cuello cortado y dentro de la garganta un chihuahua que no para de lanzar alaridos. De fondo suena un bombo insistente y percutor que ha empezado ya en los títulos de crédito y que nos rompe los nervios uno a uno sin piedad. Esta secuencia queda abruptamente interrumpida. En una casa particular, un hombre de mediana edad está tomando unas fotos a unos adolescentes desnudos. La madre de los chicos es Elizabeth Harvey, una mujer recientemente separada. Estamos en una urbanización marginal en la que tienen lugar una serie de casos de pederastia. John, el nuevo novio de Elizabeth, llegará a la comunidad y entablará una relación de complicidad con Jamie, el hijo mayor, a la vez que empezará a convocar reuniones con sus convecinos con tal de tomarse la justicia por su mano y escarmentar a los pedófilos. Pero su afán conservador y moralista hace que su plan se le vaya de las manos.

El film está basado en las novelas Killing for pleasure de Deby Marshall y The Snowtown Murders de Andrew McGarry, que a su vez se basan en los crímenes pertrechados hacia 1999 por John Bunting, el asesino en serie más célebre de Australia. Se trata, entonces, de un film de terror. Pero no al uso, ya que se aborda desde la más perturbadora cotidianeidad –variando la fórmula de Henry, retrato de un asesino (Henry: Portrait of a Serial Killer, John McNaughton, 1986)– y, por si fuera poco, con una tesitura enteramente de melodrama, mostrando la progresiva descomposición de una familia en manos de un psicópata con carisma. La ópera prima de Kurtzel, a pesar de su gran factura, no esconde su crudeza, mostrando escenas de torturas con insoportable realismo, que recuerda en ciertas secuencias a El crimen de Cuenca (Pilar Miró, 1980). La inquietante y atmosférica banda sonora de Jed Kurzel, que brota tan sólo puntualmente, nos traslada al interior de la mente del psicópata, y a la huida de Jamie para intentar salvar su vida y condenar involuntariamente la de su madre.

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