Una revelación en tres movimientos

Todo comenzó una tarde de otoño, yo tendría doce o trece años y subía sigilosamente la escalera de mi casa dirigiéndome a la segunda planta donde estaba situado el despacho de mis padres. Me asomé y vi a mi madre y a mi hermano, de espaldas a mí, frente a la ventana. Cuando sintieron mi presencia se dieron la vuelta rápidamente. Estaban asustados, recuerdo muy bien la expresión de terror en sus rostros. Parecía que habían visto un fantasma y, en cierto modo, así era porque, según me contaron, a quien creían estar observando al otro lado del cristal, en un parque cercano a casa, era a mí. Mi hermano quiso que me aproximara a la ventana para que yo misma pudiese ver a esa chica con la que me habían confundido. La miré largamente jugando entre los columpios y no pude entender a qué se debía el error. Me irritó porque esa chica se movía de una manera extraña pero, sobre todo, me chocaba que ambos insistiesen tanto en nuestro parecido cuando la distancia que mediaba desde nuestra casa al parque era considerable y no permitía fijar ningún rasgo característico. O eso creí yo entonces.

Años después, cuando iba al instituto, vi un filme que, durante mucho tiempo, amé por encima de todos los demás: La doble vida de Verónica (La double vie de Véronique, Krzysztof Kieslowski, 1991). Fotografiada de un modo que yo nunca antes había visto, esta película cuenta la historia de dos chicas idénticas que nacen el mismo día en lugares alejados del mapa. Nunca llegan a conocerse, pero en una ocasión ambas coinciden en una plaza de Cracovia durante una revuelta callejera. La Weronika polaca ve claramente a la Véronique francesa subiendo a un autobús y tomando fotografías desde el interior del vehículo. Recuerdo especialmente el último plano de esa secuencia cuando, mientras el autobús arranca, la francesa levanta la vista como si hubiese sentido la presencia de la otra. Ese momento fugaz (Kieslowski corta el plano enseguida) en el que el gesto de la actriz queda suspendido se quedaría para siempre grabado en mi memoria.

No llegué a relacionar este filme con el episodio anterior hasta unos años más tarde cuando vi, por primera vez, un vídeo en el que aparecía yo. Fue una experiencia angustiosa. Ante la pequeña pantalla de un teléfono móvil observé extrañada una serie de gestos y de movimientos que me costó aceptar como propios y trajeron a mi mente la imagen de esa chica que jugaba en el parque. Entonces comprendí claramente qué era lo que había provocado la confusión de mi madre y de mi hermano: el movimiento, el trazo del gesto en el aire, la forma en que el cuerpo habita el espacio, todo aquello que a mí me había parecido tan extraño en ella y que ahora descubría también en mí, repetido, doblado. Recordé la escena del filme de Kieslowski en la que aparecen los negativos de las fotografías que Véronique tomó durante su viaje y cómo, ante ellos, solo es capaz de balbucear: “No soy yo. Ese no es mi abrigo”. Y fue en este tercer movimiento cuando cada imagen ocupó su lugar revelando su sentido al entrar en contacto con las otras. Descubrir eso cambió para siempre mi relación con el cine.

 

Cristina Álvarez López es Diplomada en Teoría y Crítica de Cine. Ha colaborado con varias revistas de cine online (Contrapicado, Shangri-la, Lumière…) y con el periódico del Festival de Gijón. Imparte clases en La Casa del Cine y es cofundadora y coeditora de Transit. Cine y otros desvíos.
Publicado en Panorámica del número 40. Este artículo pertenece al grupo Bergala.