Festival Internacional de Cine de Rotterdam

Con un modelo de exhibición reorganizado en sus ya secciones habituales (según las redefinió el director actual en 2009: Bright Future, que incluye las competidoras a los Tigers, Spectrum y Signals), el Festival Internacional de Cine de Rotterdam amplió sus miras en este 2011 para celebrar los fastos de sus cuatro décadas en activo. Una primera novedad y única en esta edición era la sección competitiva Return Of The Tiger, donde participaban las nuevas obras de antiguos premiados Tiger (Hong Sang-soo, Kelly Reichardt, Naomi Kawase, Pablo Trapero) seleccionadas de entre los festivales fílmicos previos en el calendario. Para la ocasión, el recién estrenado Lantaren Venster al otro lado del puente Erasmus expandió el certamen más allá del centro de la ciudad: se trata de un espacio multiusos que tanto acogía proyecciones de filmes como conciertos o sesiones de DJ (The Ex, Lee Ranaldo, F.J. Ossang); además de contar con otras cuarenta localizaciones que albergaban desde exposiciones a eventos para los más pequeños. Un programa monumental, así pues, si es que el de Rotterdam no puede considerarse como tal en cada edición.

Buscar un eje que hilvane los más de 250 largometrajes y 450 cortometrajes que se proyectan en los doce días del certamen es lo más parecido a buscar una aguja en un pajar. No obstante, habría que remarcar que en este 2011 el revisionismo del pasado comunista en Europa y Rusia hizo acto de presencia en Rotterdam. Estas visiones de la URSS y los países que orbitaron en su eje de influencia bien podían ser de ánimo profundamente crítico (The Autobiography of Nicolas Caecescu, de Andrei Ujica, un opus construido con el abundante metraje del ex dictador de Rumanía, una apabullante muestra de la puesta en escena de los poderes totalitarios y que compitió en Cannes); de evidente perplejidad ante los cambios políticos de los últimos 30 años (My Perestroika, de Robin Hessman, y Marxism Today, de Phil Collins); o ficciones no tan acertadas como prometían, cintas tan destartaladas como se intuye el funcionamiento del país hoy en día (A Stoker, de Aleksei Balabanov). Y todo ello sin contar el programa dedicado a los Red Westerns, películas del oeste filmadas en el bloque soviético durante la Guerra Fría. Inaugurado por By The Law (Lev Kuleshov, 1926), adaptación de la novela de Jack London, en una proyección que gozaba de acompañamiento musical, el programa incluía la delirante Lemonade Joe (Oldrich Lipsky, 1964), ganadora de la Concha de Oro en el Festival de San Sebastián de ese año, un premio a todas luces insurrecto para la época dado el volumen de ideología anticapitalista que se agolpa entre chistes absurdos y fotogramas tintados de amarillo, azul y rosa.

A estas revisiones de la historia que se dieron cita en Rotterdam les seguía esa constante contemporánea por ahondar en las fronteras ya sea como espacio, físico y mental, así como elemento por el que transcurrir y que en ocasiones se debe traspasar: de la rumana y algo anodina Mörgen, de Marian Crisan, a la buddy movie de derivas que es Finisterrae, del codirector del Sónar Sergio Caballero (que gracias a su ironía se hizo con uno de los tres ansiados Tiger y una buena acogida por parte de la crítica internacional), sin olvidar la vacua Somewhere, de Sofía Coppola, para culminar en Essential Killing, de Jerzy Skolimowski, también proveniente de la Mostra y magnífica survival movie que roza el torture porn (más arty, por supuesto) en su objetivo de relatar la (agónica) muerte de un cuerpo. Sobre muertos, cumplieron la cuota con creces la colombiana Todos tus muertos, de Carlos Moreno y que competía por un Tiger, un trabajo donde de nuevo la frontera y la carne protagonizan una alegoría sobre el statu quo del país, a la par que un trabajo multigenérico (thriller político, fantástico, drama, etc.) más que eficaz; como también la chilena Post mortem, de Pablo Larraín, quien, de nuevo con el terror del golpe de estado pinochetista como telón de fondo, persiste en los tonos grises y cansados, en un cine ojerizo y de traumas.

El estado del cine

Si de algo presume el festival neerlandés es que en él se puede palpar el estado del cine actual en todas sus posibilidades. Con un programa tan amplio, el certamen selecciona sin prejuicios y allí cabe desde el cine experimental a revisiones más puristas, o no tanto, del género, como trabajos de cierta reflexión sobre (de nuevo) lo digital. Con All Flowers in Time, Jonathan Caouette regresaba a la dirección con una pequeña pieza que ya pudo verse en el Festival de Sitges el pasado año y que se podría resumir muy vagamente como la suma de Videodrome, de David Cronenberg, y, cómo no, David Lynch: el dispositivo televisivo como elemento que crea engendros capaces de metamorfosear su carne sin limitación. Más abstracta era la propuesta de Deborah Stratman. Su ...These Blazeing Starrs! se mostraba como una oda a los cometas, a las estrellas, y para ello recurría al recorrido historiográfico para acabar con imágenes de funciones matemáticas (integrales, elipsis, etc.) y píxeles sobredimensionados. Curiosa. Sobre la abstracción, imposible no citar a Ken Jacobs, que en Another Occupation distorsiona los límites de las figuras en una imagen de un viaje en tren por un país asiático en un loop temporal hipnotizante y extremadamente plástico. Mientras el ojo trata de encontrar las formas de la imagen, varios intertítulos narran la historia de un soldado, exponiendo las miserias de la guerra. No tan integrado en las derivas digitales, el canadiense Guy Maddin presentó Night Mayor, estrenada online hace meses, donde narra cómo un inventor construye un dispositivo con el que, mediante la energía de la aurora boreal, es posible crear imágenes del subconsciente de los habitantes de Canadá. La pluripantalla hizo acto de presencia en Random Strangers de Alexis Do Santos, el clásico boy meets girl en el contexto chatroulette; mientras que Andrés Duque se apropia de la multiplicidad de nuevos formatos digitales para dar rienda a un sugerente relato sobre la memoria en la estupenda Color perro que huye.

Las postales de la América profunda llegaron con New Jerusalem de R. Alverson, una historia sobre el renacimiento y la amistad con el ínclito Will Oldham como coprotagonista, trabajo que remitía a la celebrada Old Joy de Kelly Reichardt (presente asimismo con Meek’s Cuttoff); y con Gravity Was Everywhere Back Then, de Brent Green, un mágico largometraje de animación fotográfica en stop motion algo lastrado por una voz en off a la que el director tuvo que recurrir por problemas de financiación. Por su parte, la inaugural Wasted Youth, de Argyris Papadimitropoulos y Jan Vogel, que competía por un Tiger, se quedó en una falsa promesa para aquellos que esperaban de ella una nueva muestra de problemas de tipo griego. Demasiado predecible. No como su compatriota Attenberg, de Athina Rachel Tsangari, proveniente de Orizzonti y del mismo equipo que Canino (Yorgos Lanthimos) y otra fábula sobre la incomunicación intergeneracional y la insularidad emocional.

Sobre el deseo, el adorado Xavier Dolan regresaba al certamen que le aupó con su nuevo largometraje, Les amors imaginaires, esteticista triángulo amoroso que hace alarde de lo mucho que le encanta Luchino Visconti, Jean-Luc Godard o Wong Kar-wai. Más arriesgada es la nueva película de Mathieu Amalric, L’illusion comique, en la que adapta un texto de Corneille y hace de las intrigas amorosas en un hotel todo un ejemplo de savoir-faire en la dirección de actores. Otro de los favoritos de Rotterdam, Hong Sang-soo, volvió con Oki’s Movie, que se llevó el premio Return of the Tiger, enésima variación de sus obsesiones en torno al deseo y al rechazo en un tríptico que cuenta cuatro historias pivotadas en los mismos tres personajes: dos estudiantes de cine y su profesor. Finalmente, Blue Valentine, de Derek Cianfrance, se construye en las interpretaciones de Ryan Gosling y Michelle Williams como una pareja herida y sin horizonte, erosionada. Poco más.

Además de los ciclos dedicados al francés F.J. Ossang, al por fin laureado Agustí Villaronga y al documentalista zen Nathaniel Dorsky, el programa también incluía una retrospectiva al género wuxia, un recorrido por la historia del género desde la emblemática Dragon Gate Inn (King Hu, 1966) a la reciente Reign Of Assassins, de Su Chao-pin y John Woo. Oriente, de hecho, continua como reducto del género en su esencia. Cold Fish, de Sion Sono, hizo las delicias de quienes disfrutan del suspense regado de sangre y delirio, y Red Eagle, de Wisit Sansanatieng, demuestra lo bueno y tan desacomplejado que es el cine de género en Tailandia. Son muchos los que esperan la secuela de esta suerte de Batman thai.

La nueva prescripción

Más allá de sus aciertos, y algún que otro desliz en la programación, siempre, no obstante a la búsqueda de nuevos talentos con los que mantener el prestigio labrado durante 40 años, el certamen de Rotterdam tiene en el Hubert Bals Fund otra de sus bazas. No sólo por lo de sello de calidad que otorga a cada uno de los proyectos apoyados por este fondo (la cantidad que da a los proyectos no es especialmente elevada), sino porque muchas de las películas que han recibido ayudas se proyectan en el certamen. Además, todas las películas Hubert Bals Fund, todas ellas realizadas en países fuera de la órbita del primer mundo, que son exhibidas en cada edición del certamen optan a otro premio, el galardón Diophrate, que va acompañado de unos 10.000 euros y lo elige el público. De nuevo la cuantía es mínima, pero es otra puerta de salida a los proyectos ayudados por el fondo, que en su labor filantrópica ejerce de manera obvia de herramienta de producción, fuera del sistema industrial al que estamos acostumbrados y estableciendo el nuevo paradigma de lo que será un certamen cinematográfico: un nodo de amplitud global donde producción, exhibición y distribución convergen. Desde 2004, World Cinema Fund es el fondo de la Berlinale que otorga ayudas también a proyectos fílmicos que no pertenecen a países del primer mundo, mientras que Pusan acaba de poner en marcha hace apenas un año un fondo panasiático de mismos objetivos.

Cierto que recibir un premio o participar en la sección oficial de un certamen no garantiza la distribución de una película, pero sí ayuda a que ese trabajo amplíe su recorrido vital en el cada vez mayor circuito de festivales. O por Internet. Una de las apuestas de esta 40 edición fue exhibir durante doce días y a través de YouTube doce películas que participaban en Bright Future, además de exhibir los cortometrajes de Alexis do Santos y Ho Yuang (No One Is Illegal), realizados en el marco del programa Cinema Reloaded, herramienta de crowfunding que se puso en marcha el año pasado.

Nacido de la voluntad de Adriaan van der Staay, director a finales de los 60 de la Fundación por las Artes de Rotterdam (Kunststichting), con la connivencia de otros agentes políticos y culturales (Huub Bals, quien fuera el fundador del festival) y con el objetivo de reconvertir económicamente la ciudad [1], el certamen neerlandés ha hecho de su espíritu pionero su baza para posicionarse como indispensable en el circuito de festivales de cine, ya fuera en su tarea de desarrollar nuevos cánones fílmicos a preguntarse actualmente cómo ha de ser el modelo de certamen cinematográfico del siglo XXI.

Notas:

  1. DE VALCK, Marijke, Film Festivals. From European Geopolitics to Global Cinephilia. Amsterdam: Amsterdam University Press, 2007. Págs. 171-172. 
Publicado en Encuentros del número 40.