El primer fin de año del Poseidón

Al igual que Bergala, uno de los recuerdos cinematográficos más recurrentes en mi vida tiene que ver con el agua. En este caso la epifanía no fue el Mar Rojo abriéndose en dos, sino el mar abalanzándose sobre el SS Poseidón hasta darle la vuelta. Hablo, claro está, del descubrimiento de La aventura del Poseidón (The Poseidon Adventure, Ronald Neame, 1972).

No estoy seguro de mi edad, pero andaba en torno a los ocho o nueve años. Sé a ciencia cierta que era una tarde de festivo, y recuerdo que los siguientes domingos me empeñaba en sintonizar el mismo canal esperando una revelación igual de grande. Tuve que esperar varios meses hasta encontrar la otra gran película de catástrofes (también producida por Irwin Allen), El coloso en llamas (The Towering Inferno, John Guillermin, 1974), pero a aquella le faltaba algo, quizás la travesía, quizás el mundo al revés; muy probablemente, el gigantesco árbol de navidad.

Minutos antes del caos y la aventura, el Poseidón está de banquete y celebración: es la última noche del año, comienza la cuenta atrás y al llegar a cero los asistentes se besan y comienzan a cantar todos unidos el Auld Lang Syne.

Años después, con el cine siendo ya parte de mi vida despierta, volvería a encontrarme con aquella misma melodía en decenas de películas: desde los finales de ¡Qué bello es vivir! (It’s a Wonderful Life, Frank Capra, 1946) y El apartamento (The Apartment, Billy Wilder, 1960), a películas de Chaplin, McCarey, Kurosawa o Tarantino. En todos los casos, mi experiencia previa no me permitía más que ver las otras secuencias a través del reflejo de la primera. Pero no sólo eso: la Nochevieja de La aventura del Poseidón me ofreció las que posiblemente fueron las primeras claves cinematográficas con las que vislumbrar la realidad. Los besos, el Auld Lang Syne y el escenario del revés se me aparecían en mis finales de año. Hacían que éstos fuesen vividos con nervios y nostalgia de un pasado y un futuro que nunca fue, y jamás sería.

Algo común a todas esas personas a las que en algún momento el cine se les ha revelado como algo que les concernirá de por vida es el uso de las películas como mecanismo de defensa, como la frontera entre la realidad que es y la que en parte queremos que sea. Ese cine se explicita para unos con el uso de la cámara, y se interioriza para otros con el análisis de las imágenes ya creadas.

Para mí, el Auld Lang Syne de La aventura del Poseidón supuso, en este segundo aspecto -y de manera instintiva-, una forma de ritualizar la realidad; de conceder una estructura, banda sonora y significado a un acontecimiento vacío. Mucho tiempo después, me he visto dotando a otras circunstancias con imaginarios diferentes, pero la Nochevieja del Poseidón fue la primera vez que veía parte de mi propia vida en 35 mm, y aquello nunca se irá del todo.

 

Endika Rey es investigador en la Universitat Pompeu Fabra y actualmente trabaja en su tesis doctoral. Ha colaborado en El ojo que piensa y en Pausa.
Publicado en Panorámica del número 40. Este artículo pertenece al grupo Bergala.