8.1. ‘Morir como un hombre’ (‘Morrer como um homem’, João Pedro Rodrigues, 2009)

Elogio de la transformación

Morir como un hombre se abre con el rostro de un soldado camuflándose. El hombre se pinta la cara por sí solo hasta que un compañero lo ayuda. “Así se ve mejor”. Primera imagen del film y João Pedro Rodrigues explicita ya la presencia de la máscara y la de una realidad escondida. Un juego de apariencias que al final de la película se cierra con la deconstrucción del personaje principal. Despojarse de la máscara implica quitarse el maquillaje y cualquier prótesis para quedarse únicamente con el cuerpo.

Los soldados avanzan en mitad de la noche formados en doble columna. Se detienen. Tres son enviados a reconocer el terreno. Dos de ellos se escabullen del tercero y, cuando menos lo esperamos, se besan, se acarician y follan al cobijo de las sombras. Lo que parecía un film con reminiscencias bélicas no tarda en revelarse como un melodrama. Quizá prudente ante la inutilidad de ceñirse estrictamente al canon de los géneros o quizá consciente de la complejidad de la construcción narrativa en la contemporaneidad, João Pedro Rodrigues hace transitar el film entre lo bélico, el melodrama, el drama trágico e, incluso, el musical con elementos del fantástico. Suena abigarrado pero Morir como un hombre atraviesa estos registros cinematográficos y sale airoso de la empresa.

El film recorre la historia de Tonia, un transexual que trabaja en un club de drag queens en Lisboa, y nos sumerge en el laberinto de sus relaciones personales. Con cada personaje más profundo se muestra el abismo de las pasiones, Rosario su joven amante al que trata como si fuera su hijo y Zé Maria, el único familiar que tiene, su auténtico hijo, que odia tanto como necesita a su padre. Morir como un hombre nos presenta un relato donde las complicaciones de la construcción fílmica, sean genéricas, sean históricas como decíamos antes, se hacen eco de esa complejidad alcanzando el estatuto mismo de los personajes.

Tonia, ella es el film. Morir como un hombre no juega a la expectativa argumental. Como Bresson cuando dejaba claro que su condenado a muerte se había fugado, João Pedro Rodrigues explicita en el título del film el destino de la protagonista. Lo que importa no es adónde vamos sino el camino que seguimos hasta llegar a destino. Morir como un hombre nos acerca a la desintegración de una identidad remarcada por el paso del tiempo. Tonia, la estrella que enfervorizaba al público ahora debe dar paso a las nuevas generaciones y la transición no es nada placentera.

El cineasta se encarga de hacerlo evidente con la aparición constante de espejos en la escenografía. Si convencionalmente el hombre se mira al espejo para reafirmar su virilidad, la mujer intenta reafirmarse también pero fracasa en el intento. El paso del tiempo es inexorable y así se lo dice el espejo constantemente.

Estatus de hombre-mujer, condición transitoria a medio camino de todo y en el lugar de la nada, al menos aparentemente. Así se siente Tonia cada vez que se mira al espejo o cuando reza suplicando “como una mujer” para inmediatamente pedir perdón por decir “lo que no es”. Morir como un hombre es, en este sentido, un auténtico calvario, el de un transexual que diluye la separación de las cosas, de los estados y los géneros, la que ama al otro como su amante pero también como si fuera su propio hijo, la que muere poco a poco, en silencio, viviendo el horror de sentir que su cuerpo de hombre rechaza los atributos del cuerpo femenino.

En este sentido Tonia es un personaje castigado, es evidente, pero también es el ser más aventajado de todos. Es el único, como representante de aquellos que viven y gozan de la metamorfosis mientras pueden, que sabe que no tiene sentido alguno situarse en un único extremo de la realidad. Tonia encarna, nunca mejor dicho, ese “universo fluido en el que las cosas no están endurecidas en su identidad, sino que participan en una gran unidad cósmica en movimiento” [1]. Es un ser tan sensible que es capaz de encontrar la belleza en un cargador de móvil kitsch y en la Virgen de la Anunciación de Antonello da Messina (¡que tiene en el lavabo!). Así se entiende su negativa a operarse, a pesar de que Rosario insista en ello, porque Tonia sabe que operada pasará a ser una mujer más y entonces habrá perdido su encanto (y también su cruz) como transexual.

Por esta sensibilidad tan desarrollada es por lo que nos duele su itinerario. Rodrigues rescata la “cámara tortura” definida por Alain Bergala [2] colocando a Tonia en una situación límite. En un nivel argumental gracias al destructivo amor que mantiene con Rosario, al rechazo colérico de su hijo y a la enfermedad que poco a poco consume su cuerpo. En un nivel formal con una planificación que busca una revelación en el cuerpo de los actores fragmentándolos en el plano [3].

Los cuerpos circulan, chocan y ante nuestros ojos también se desintegran. El único paliativo lo aporta el cineasta en varios instantes en los que la narración se suspende maravillosamente. Rodrigues vuelve a explicitar su consciencia de que el género necesita transformarse (o que ya lo está). Si Tonia encarna el dilema de la transmutación, el film se contagia y hace del melodrama un musical alucinado en el que el color y la música suspenden el qué en favor del cómo. Desde la combinación de dos travellings (uno hacia atrás y uno hacia delante) en un cementerio:

Hasta una sublimación de la imagen con la saturación del color en una sesión de peluquería casera:

Morir como un hombre alberga pequeñas metamorfosis del relato que Tonia (y nosotros en la sala de cine) vivimos como bálsamos en mitad de la tragedia. ¡Qué decir de la secuencia del bosque, el momento más hermoso que nos haya regalado el cine portugués contemporáneo!

João Pedro Rodrigues nos aleja de la ciudad antes del fatal desenlace. La naturaleza como punto de inflexión en el periplo de los personajes. El viaje, el lago y el bosque como refugio y una casa en mitad de ninguna parte con dos transexuales que han buscado “la clausura”, aislarse de la barbarie del mundo por “puro tedio” [4]. Allí, en ese enclave alejado de lo urbano lo fantástico en forma de luciérnaga y luna llena precede el advenimiento de la muerte. Tonia intuye su propio final y lo acepta admitiendo enfrentarse a él tal como vino al mundo, como un varón.

Morir como un hombre construye así un retrato increíblemente intimista que hace poesía con el dolor de un pecho sangrante, el kitsch de un vestido con lentejuelas y la fantasía homoerótica inspirada por Cristiano Ronaldo. Nos rendimos ante esta sentida demostración de cómo el amor (y lo profundamente bello) está al alcance de la mano de un transexual tan hermoso como sensible.

Notas:

  1. MORIN, Edgar, El cine o el hombre imaginario. Barcelona, Paidós, 2001. Pág. 71. Me gustaría señalar la agradable coincidencia que, al referenciar a Morin, ha surgido a propósito de la metamorfosis con el magnífico montaje que la compañera Cloe Masotta realizó para los colegas de Transit (ver el video). 
  2. Y explicada magníficamente por Domènec Font en sus Paisajes de la Modernidad. Barcelona, Paidós, 2002. Págs. 131-135. 
  3. Léanse las declaraciones del cineasta recogidas en una excelente entrevista realizada por los compañeros de la revista Transit (leer el texto). 
  4. No es de extrañar que si muchos relacionan Morir como un hombre y la obra de Tsai Ming-liang por su libre interpretación del género musical, otros vean en el viaje al bosque elementos que conectan este film con el trabajo de Apichatpong Weerasethakul (Tropical Malady, 2004) o Raya Martin (Independencia, 2009). E incluso, como ha hecho nuestra compañera Marla Jacarilla en las crónicas del Festival de Cinema d’Autor de Barcelona, vean en los personajes alucinados que habitan la casa del bosque una reminiscencia de los personajes modelados por Fassbinder (leer el texto). 
Publicado en Panorámica del número 41. Este artículo pertenece al grupo Cine Portugués Contemporáneo.