3. ‘Zardoz’ (1974)

Días del futuro pasado

La aparición de un film como Zardoz en 1974 no responde a la casualidad. Estamos en un marco de grandes convulsiones sociales, de crisis en el sector petrolífero, de rediseño de las relaciones sociales y de los valores morales. Una época que afronta la idea de escoger entre hacer cambios o asistir a la desaparición dramática de un modelo que parecía intocable y con ello la destrucción de la civilización tal y como la conocemos. ¿Verdad que les suena? Igual que ahora, las situaciones de crisis no son ajenas al cine y este responde como un espejo donde se reflejan las preocupaciones del momento. Por ello no es de extrañar la aparición de filmes cuya temática plantea situaciones, distopías, postcrisis dotadas siempre de un cierto negativismo, como si ejercieran de señal de alarma y advertencia ante lo que se avecina. En este sentido se puede hablar más de cine como motor de cambio que como simple muestrario documental de los miedos y realidades existentes.

Esta es pues una película que se podría considerar un reflejo de su tiempo, no solo en cuanto a su temática, sino incluso en su estética lisérgica y alucinatoria. No es en absoluto casual que el vórtice donde sucede toda la acción se asemeje claramente al concepto de comuna hippie tan en boga pocos años atrás. Drogas, amor libre, comuna no materialista, todos conceptos vinculados a un estado superior de la civilización humana que intenta desvincularse de un mundo que se hunde, de las hordas de bárbaros que aún viven sujetos a conceptos como el terror y la violencia.

Más allá del obvio juego de palabras del título referente a El Mago de Oz (Wizard of Oz en el original –Victor Fleming, 1939–) lo realmente importante es el juego especular que se plantea. Todo en Zardoz bascula entre la lucha entre opuestos (intelectualismo vs barbarie) para a continuación hablar de los propios elementos oscuros que existen dentro de la aparente bondad de uno de los mundos. No es oro todo lo que reluce en la aparente utopía racional del vórtice ya que, detrás de la apariencia de perfección y felicidad, se ocultan también las victimas de un salvajismo, si no violento físicamente, sí igualmente degradante respecto al ser humano. La felicidad parece que debe ser supeditada en todo momento a una esclavitud de la no elección, de la obediencia por un mayor bien común, y es así como el sueño de la razón produce monstruos y cadáveres a esconder dentro de los ghettos pertinentes.

John Boorman no se limita a pintar un negro futuro sino que habla de la propia incapacidad del ser humano de crear algo positivo; siempre tiene que haber una deidad (falsa) a quien obedecer, unas leyes a las que someterse y una naturaleza que a pesar de los intentos es imposible de domeñar y que acaba por provocar que el raciocinio se pierda en los abismos de los instintos animales más salvajes. Un tema este que, aunque de forma lateral, se vincula al Boorman de Defensa (Deliverance, 1972).

No obstante estamos ante una cinta en la que cuesta entrar y esto, que podría ser un factor positivo al no mostrar una crítica mascada y obvia, se convierte en su principal talón de Aquiles. Las razones son variadas, pero fundamentalmente se encuentran en su concepción filosófica del tema a tratar. Hay demasiadas disquisiciones, debates y digresiones intelectuales que alejan de la comprensión inmediata de lo que está acaeciendo en pantalla. Unas líneas de diálogo que, aunque funcionan casi como un recurso metacinematográfico (el espectador siente la misma confusión que algunos de los personajes de la película), ralentizan terriblemente el tempo y se muestran demasiado discursivas, con demasiada tendencia a la sobreexplicación del delirio visual con el que por momentos se nos bombardea.

La principal paradoja que encierra Zardoz es su capacidad estética para situarnos rápidamente en el contexto histórico de su filmación (lo que le otorga un valor importante en cuanto a su comprensión) pero que, a su vez, la convierte en una cinta demasiado localizada en su momento haciendo que, aun pudiendo comprender el valor de su mensaje, nos resulte mal envejecida. El problema añadido a esto está en la seriedad de su propuesta lo que impide que incluso sea tomada como un producto camp o uno de esos filmes, tipo Ed Wood, que se revisan con cariño ni que sea por sus buenas intenciones.

La pregunta final es: ¿Qué es Zardoz? ¿Obra de culto o experimento fallido? ¿Ciencia ficción camp o tratado filosófico? ¿Crítica seria o parodia de la misma? Quizás todas las respuestas son válidas o sencillamente no las hay. En todo caso Zardoz se erige como uno de esos filmes semidesconocidos (o de culto, aunque este es un concepto más elástico si se quiere) que vale la pena rescatar ni que sea por lo valiente de algunos de sus planteamientos, por lo bizarro de la vestimenta de Sean Connery o porque encierra un inteligente y original posicionamiento crítico. Sí, Zardoz es un film crítico y críptico pero tiene la virtud de no caer en el buenismo fácil erigiéndose en un film de denuncia que no se esconde de advertir sobre los peligros que encierran ciertas muestras de humanismo mal entendido.

Quizás en el fondo no se trata de nada de todo esto sino de un simple escupitajo de John Boorman hacia la humanidad en su conjunto, una forma de decir que nada de lo que hagamos importa porque de todos modos va a acabar mal. No en vano los momentos más líricos del film se producen siempre en ausencia del ser humano (la roca dios volando al son de la Séptima Sinfonía de Beethoven, lo bucólico del vórtice que muestra el paraíso antes de ser mancillado por la mano del hombre). Momentos que dejan detrás un rastro de destrucción, muerte y desolación pero que sardónicamente derivan en el mejor de los mundos posibles: un mundo donde la paz triunfa porque la humanidad no es más que un rastro en la pared.

Publicado en Panorámica del número 43. Este artículo pertenece al grupo Dossier John Boorman.