15. Stella Cadente (Luis Miñarro, 2014)

 El rey castrado

El 16 de Noviembre de 1870 y tras la abdicación de Isabel II, Amadeo de Saboya fue nombrado Rey de España. Concretamente, el primer Rey de España elegido en un parlamento, con 191 votos a favor, nada menos. El productor y director Luís Miñarro debuta en la ficción con Stella Cadente, película que aborda el breve reinado de Amadeo, estrella fugaz que pasó sin apenas dejar rastro en los libros de historia.

Vegetariano, masón, declarado republicano y de ideología progresista, Amadeo pretendía sacar al país de la convulsión y la pobreza, conseguir la alfabetización del pueblo, desarrollar la industria y potenciar nuevas técnicas agrícolas, luchar por un reparto más equitativo de la riqueza y, sobre todo, conseguir la separación del estado y la iglesia. Elevados ideales, todos ellos, imposibles de cumplir en un país corrupto hasta la médula y controlado por los principales causantes de su podredumbre moral.

Atado de pies y manos y encerrado en su jaula de cristal (imponente castillo octogonal que limita su radio de acción), Amadeo de Saboya se convierte pues, a efectos del pueblo, en una marioneta sin capacidad de actuación, en un pelele que no hace nada para evitar la degradación del país. En alguien odiado por carlistas, por republicanos, por la Iglesia y por la aristocracia borbónica. Es decir: por todos.

Así pues, el 11 de febrero de 1873, tras darse cuenta de que ninguno de sus deseos para el país podrá ser puesto en práctica, sintiéndose frustrado e impotente ante la situación, abdica y regresa a Turín junto con su esposa y sus hijos.

Veo esta película el día dos de junio del año 2014. El mismo día en que casualmente Juan Carlos I hace pública su abdicación; una coincidencia como cualquier otra que me lleva a reflexionar sobre ambas situaciones, separadas 141 años en el tiempo. Me pregunto inevitablemente qué sucedería si un nuevo rey en España tuviese los ideales de Amadeo de Saboya. Me pregunto también qué aspectos de la sociedad actual son de la incumbencia de la monarquía y cuales no. Me pregunto acerca de la utilidad de esta forma de gobierno, de si es útil o no en los tiempos que corren, y pasan por mi cabeza demasiadas ideas. Algunas, supongo, un tanto ingenuas e idealistas. Quizás, como las de Amadeo. Me pregunto qué resultados mostraría un referéndum al respecto en la actualidad. Escucho una banda sonora pop, me dejo hipnotizar por primeros planos cargados de simbolismo, por el erotismo de las imágenes, por los prolongados silencios. Observo en pantalla una España muy distinta a la que nos han contado los libros de historia.

Lejos de repetir los cánones del cine de época más convencional, el filme de Miñarro realiza un retrato intimista e introspectivo, repleto de coherentes anacronismos que nos ubican en un pasado más presente que nunca. Una obra de reminiscencias teatrales, repleta de guiños literarios (Baudelaire, Leopardi) y pictóricos (Courbet, Goya, Manet, Nolde). Una obra esencialmente contradictoria que, tras su rotunda humildad y aparente sencillez, esconde mucho más de lo que aparenta. Un sincero homenaje al cine (resuenan los ecos de Oliveira en su puesta en escena), una necesaria llamada de atención que nos recuerda que, de vez en cuando, es pertinente revisar la historia, aun a pesar de saber que acabaremos cometiendo los mismos errores una y otra vez.

Publicado en Panorámica del número 50. Este artículo pertenece al grupo Panorámica de cine español.