10. En la ciudad de Sylvia (José Luís Guerín, 2007)

Reinterpretación del flâneur. José Luis Guerín hechizado por la calle

"Deambulé solo por las calles durante dos horas. Nunca las he vuelto a ver así. Cada portal arrojaba una llamarada, cada trascantón echaba chispas y cada tranvía pasaba como el coche de bomberos."[1]

Walter Benjamin

En la ciudad de Sylvia nos presenta a un escritor que, incapaz de realizar su tarea creativa en la soledad de su habitación, decide salir a la calle para empaparse de vida. Es así como, sentado en la terraza de un bar de Francia, este joven dedica sus horas a observar las figuras que conforman su entorno, plasmando cada detalle, llamativo o trivial, en las páginas que antes permanecían en blanco. Fascinado con el rostro femenino de toda mujer que transita por las mesas que le rodean, parece terminar por centrarse en una sola. Es así como comenzará a seguir a Sylvia por todas las calles, dejando en manos del espectador decidir si se trata de un loco o tan solo de un romántico trasnochado. Guerín nos está planteando una imagen que recuerda a otra cuyo poso está todavía muy presente y que permanece ya clavada en la retina de muchos, y que no es otra que esa que retrató Poe en su relato breve El hombre de la multitud, publicado en 1840. En ella, describía a un hombre, recién salido de la enfermedad pero aún convaleciente, que miraba a través de la ventana de una cafetería el deambular por la calle principal de la muchedumbre que comenzaba a emerger en el inicio de la Modernidad. Este observador, llegado un punto, sentía el deseo irrefrenable de salir para fundirse con ese torrente de vidas. No contento con esta descarga de energía, el personaje de Poe decide seguir a un individuo concreto, siguiendo un proceso de obsesión que termina en la locura.

Podemos decir, sin lugar a dudas, que la obra de Guerín En la ciudad de Sylvia guarda ciertas conexiones con el relato de Poe. Y es cierto que cabe la posibilidad de que el cineasta español no haya tenido presente este cuento durante la realización del guion, pero lo que sí sabemos es que Guerín tiene una relación bastante fuerte con la teoría y la práctica de esa idea del hombre que vaga por las calles en busca de todo aquello que manifieste vida. Ya no se trata solamente de que el director de En construcción (2001) decidiera tan solo tres años después de la realización del film que nos ocupa, cuando se estrenó Guest (2010), mostrar al público que él mismo había adquirido el papel de esa figura; sino que en las mismas correspondencias filmadas que intercambia con Jonas Mekas (hombre de la multitud donde los haya) por aquella misma época, introduce un plano en el que se hace referencia al término flanêur. De manera que, si tenemos en cuenta esto último, podemos seguir manteniendo que Guerín no tuviese presente de manera directa el relato de Poe, pero sí la idea que rescata Walter Benjamin del escritor de Boston y que le viene filtrada por el propio Baudelaire y su El pintor de la vida moderna. En resumidas cuentas, José Luis Guerín agarra con En la ciudad de Sylvia esta figura que a tantos cineastas obsesiona (el Jean Vigo de À propos de Nice que ya queda atrás; el Chris Marker de Sans soleil en los 80; o el Jem Cohen de Counting, en nuestros días, son claros ejemplos de ello) y, tras haber sido abordada durante tanto tiempo desde el documental fílmico o el ensayo literario, la introduce de nuevo en la ficción, así como hizo Poe dando inicio a todo esto.

El director catalán muestra con esta sencilla obra que es uno de los grandes cineastas que ha dado nuestro país, dándonos indicios ya de su carácter inquieto y de sus ansias por experimentar la superficie. En ocasiones, ya en obras posteriores, derrochará palabras de más intentando descifrar verdades en las que realmente parece creer, demostrando un carácter sumamente ingenuo, como hace ver en su búsqueda de una estructura de orden metafísico que se encuentre bajo todo el caos aparente que se manifiesta en el deambular de la gente que pasa por una plaza pública. A pesar de ello, Guerín debe ser admirado por haber logrado ganarse un hueco para él solo en nuestra cinematografía desde el que no molesta a nadie pero desde el que tampoco deja que nadie le moleste, permaneciendo oculto y sigiloso hasta que tiene algo importante que enseñar.

[1] BENJAMIN, W., Calle de dirección única (relato Armas y munición), Akal, Madrid, 2015, p.41.

Publicado en Panorámica del número 50. Este artículo pertenece al grupo Panorámica de cine español.