5. Tesis (Alejandro Amenábar, 1996)

Española, seguro.

Cuando estudiaba en la Facultad de Comunicación de la Universidad del País Vasco una profesora del primer curso y primer cuatrimestre de carrera tuvo una idea. Su asignatura era eminentemente práctica, pero todavía no sabíamos nada acerca de cómo utilizar una cámara o una sala de edición, con lo que más allá de buscar nuestro aprendizaje permitiéndonos dar rienda suelta a la imaginación, decidió pedirnos un ejercicio de mímesis parcial. Dividió la clase por grupos y cada uno de ellos debía rodar una serie de secuencias de Tesis; de este modo, juntando todo lo rodado, tendríamos nuestra propia versión sweded [1] de la película, una especie de cadáver exquisito rodado con diferentes actores, en escenarios distintos y por personas con una aproximación a la puesta en escena completamente opuesta… por no hablar de nuestras desiguales habilidades respecto a la narrativa audiovisual.

Vista en perspectiva, la idea se me antoja absolutamente pertinente. No se trataba de copiar, sino de recrear, y el ejercicio nos obligó a plantearnos qué decisiones llevar a cabo dentro de nuestros escasos recursos al mismo tiempo que realizábamos un constante análisis fílmico de la película muestra. Volver una y otra vez a la cinta de Amenábar nos hacía plantearnos el por qué de varias de sus decisiones del mismo modo que nos hacía sentir empatía por la figura del director: Amenábar, al igual que nosotros, rodó su primera película en los pasillos de su facultad de ciencias de la información, con actores que también eran amigos —y hasta compañeros de clase— y, sobre todo, con un plan de rodaje compactado en exceso. Confeccionar el primer guión técnico de nuestras vidas y editar mentalmente todo el material que aún no habíamos rodado, partiendo de un referente tan factible, nos metía ya desde los 18 años en una realidad alternativa dentro del cine español. A medio camino entre el remake y el fandom, nuestra versión de Tesis era, directamente, una chapuza analógica, un borrador hecho a posteriori, pero también uno escrito en tinta.

Truffaut aseguraba pertenecer a la generación que supo que quería dirigir viendo Ciudadano Kane –Orson Welles,1941– (“esta película es, sin duda, la que más vocaciones cinematográficas ha suscitado en todo el mundo”). No recuerdo quién afirmaba, acertadamente, que la aseveración del director francés era excesiva ya que Los 400 golpes (1959) había sido probablemente mucho más inspiradora para la cinefilia en su cercanía que la soberbia película de Welles. Con la cinta de Amenábar ocurre algo similar; no se trata de equiparar su calidad a ninguna de las dos películas citadas, por supuesto, pero sí de ponerla al mismo nivel en un contexto determinado: el de hacer creer a toda una audiencia que hacer es posible. Tesis es el ejemplo perfecto de cómo exprimir todos los recursos y conseguir un zumo casero con un resultado similar al industrial. No se trata tanto de valorar cuál de los dos sabores es mejor, sino de apreciar la fórmula, una que también se acerca a la mímesis respecto a un cine de género externo a nuestro país. De algún modo la Tesis de Amenábar también se parece a la nuestra: también es un ensayo, sólo que, en esta ocasión, es uno general, el que precede al estreno y ya prácticamente ni se diferencia de éste.

Cuando uno vuelve a la cinta se encuentra en parte con aquella sensación casi nostálgica de asistir a un cine español donde no había nada más que márgenes. La tesis de Tesis es diáfana y no se anda por las ramas, con lo que uno de los villanos de la historia —que no por casualidad también es un profesor universitario—, asegura directamente que “no hay cine en nuestro país porque no hay concepto de industria. Solo se salvará si es entendido como un fenómeno industrial. Hay que darle al público lo que quiere ver”. Poco más tarde, cuando otro profesor universitario muere de un ataque al corazón al visionar una película desconocida, Chema (Fele Martínez), uno de los protagonistas asegura, entre risas, que la causante era una cinta “española, seguro”. De algún modo esas dos líneas de guión, tan subrayadas como naifs, definen lo que Tesis consiguió en España: no se trata de la primera película española en intentar salirse del camino marcado buscando territorios ajenos, pero sí de una plenamente consciente y defensora de hacerlo. Una que lo hace con tanto arrojo que casi hasta resulta jocosa, porque lo que la película busca es desmarcarse a nivel de trama e instalarse en un thriller made in Hollywood, pero haciéndolo desde su aquí y ahora, desde unos espacios y personajes que gritan que estamos ante España.

Bosco, el psicópata de la cinta, es un pijo madrileño que bien podría haber salido de un concierto de Hombres G. Chema, el antihéroe, es un freak de manual al que el porno y la violencia le acercaban fuera de las fronteras del país. Ángela, la heroína, es los ojos del cine español, aquellos que no pueden apartar la mirada de la pantalla y unos que son en sí mismos historia patria. Ana Torrent es esa chica que mira a cámara y asegura que “Me llamo Ángela. Me van a matar”, pero también es aquella que no puede dejar de mirar a Frankenstein en un cine de Hoyuelos para, de repente, crecer y mutar en un personaje que ahora ya no puede dejar de observar a las víctimas del monstruo. La niña ha crecido y Tesis no es, en ese sentido, una película tímida en absoluto. La cámara plantea paralelismos entre las mujeres torturadas y su protagonista, pero no se detiene ahí porque Ángela no es tan sólo esa chica que entrevé a través de unas manos tapando sus ojos, sino una que quiere mirar y excitarse con todo aquello que no debería querer ver.

Y es precisamente en ese discurso metalingüístico donde Tesis ofrece algo distintivo. Ésta no es una cinta moral y está más interesada en llevar al espectador de una trampa a otra que de convertirse en la disertación del título, pero aun así, Amenábar aprovecha al máximo todos los elementos para ofrecer una guinda a la audiencia. Desde ese comienzo con un suicidio en fuera de campo a ese final donde toda la audiencia espera sentada ver la muerte en (falso) directo, si Tesis consiguió ese halo de película seria es porque su mensaje se adecuaba a una España en la que el debate acerca de los límites de la violencia audiovisual estaba a la orden del día. Tesis es una película sobre el acto de mirar: sobre mirar la muerte, pero también sobre mirar a alguien mirando la muerte. En este sentido, la secuencia en que se descubre que Chema ha robado una de las cámaras con las que se ruedan los asesinatos para, a su vez, rodar a Ángela en su casa, es paradigmática: Tesis actualiza La ventana indiscreta (Rear Window, Hitchcock, 1954) y El fotógrafo del pánico (Peeping Tom, Michael Powell, 1960) sin que apenas nos demos cuenta. Nos habla del voyeur y nos transforma en el mismo pero tiene la inteligencia de hacerlo sin apelar a pulsiones ya que aquí Tánatos es quién determinará el Eros.

Por supuesto, Tesis es todo menos una película perfecta. La puesta en escena del filme está casi siempre determinada por la comprensión narrativa y Amenábar se permite pocos arrestos a la hora de jugar con el lenguaje de la dirección: él mismo asegura que había poco presupuesto y, ya que no se podían permitir repetir tomas, lo importante para él siempre fue sencilla y llanamente que la película se entendiera. Eso hace también que la interpretación de los actores resulte por lo general torpe, probablemente debido a la ausencia de ensayos previos: se nota en todo momento que los intérpretes no dejan de ser objetos al servicio de la cámara. A su vez, el guión está repleto de ardides poco consistentes y para los que hay que ejercer todo un acto de fe como espectadores... Tendrá que llegar Abre los ojos (1998), su segunda película, para encontrar un producto final donde todos los factores sí culminen en una obra redonda también fundamental para entender el cine español de finales de siglo. Pero mientras que aquella resultaba ya un producto envasado, Tesis tiene todavía el encanto de los comienzos, de los ensayos y los borradores. De algún modo Tesis marca una nueva etapa y es una fase Cero dentro de la historia del cine español.

[1] Término con que se conocen las recreaciones amateurs de películas famosas, para las que se usan recursos económicos y tecnológicos limitados. El concepto surge del film Rebobine, por favor (Be Kind Rewind, Michel Gondry, 2008).

Este artículo pertenece al grupo Filmoteca de cine español.