Sarris/Kael y el no-te-lo-tomes-tan-en-serio

Tras la muerte de Andrew Sarris, el pasado 20 de Junio, han aparecido en la blogosfera textos muy recomendables sobre el papel del crítico de Brooklyn, responsable -y posterior mártir- de la versión yankee de la politique des auteurs a principios de los 60. Discutir el legado o la personalidad de Sarris desborda la intención de esta breve reseña (y de los links que incluimos en ella), pero los comentarios sobre la célebre rivalidad entre Sarris y Pauline Kael, dos de -o los dos- grandes nombres de la crítica cinematográfica norteamericana de los sesenta y los setenta, when movies mattered, son una buena oportunidad para polemizar sobre el análisis y la crítica, la historia y el periodismo, esos dos polos-esquizo de nuestra cinefilia. Dos entradas de blog resumen con especial intensidad esas fricciones cinéfilas:

D. Bordwell: "Octave’s hop: Andrew Sarris"

J. Emerson: "Andrew Sarris, auteurism, and his take on his own legacy"

[Circula también por YouTube una especie de Celebrity Deathmatch robótico y sin ritmo que enfrenta a Sarris y Kael debatiendo en un plató virtual, y perpetua muchos de los estereotipos más extendidos sobre la –falsa- auteur theory, a golpe de cliché]

Ya, claro... y, concretamente, ¿en qué películas estás pensando?

Hay una técnica milenaria de comentario cinematográfico que late en el corazón de ese debate entre Sarristes y Paulettes: el no-te-lo-tomes-tan-en-serio. Reducida a tópico, la polémica entre Sarris y Kael, entre Film Comment y The New Yorker, opone un tipo de escritura sobre cine que no tiene ningún problema en “dar importancia” a su objeto de estudio, profundizando en el trabajo de un autor como forma de aproximarse íntimamente al cine (no sólo a su cine sino al cine en general, como lenguaje), frente a otra que rehúye análisis tan “profundos” -con toda la ironía- y prefiere, legítimamente, cobijarse en impresiones más laterales y menos contrastadas. Según recuerda Bordwell, Sarris se erigió en firme defensor de la primera, a medio camino entre la crítica y la academia, abogando por ver las películas más de una vez, mientras que a Kael le parecía más adecuado escribir tras verlas una sola vez (como sus lectores), del lado del crítico impresionista. Ambas tendencias son del todo admisibles y no quedan tan lejos como parece: el punch de los dos personajes está fuera de duda. Pero su oposición, aunque falsa, arroja luz sobre ese no-te-lo-tomes-tan-en-serio que vemos reflejado en algunos debates cinéfilos hoy. En otras palabras, mientras la primera postura se sostiene en elementos relativamente cuantificables (las horas de trabajo y visionado, la rigurosidad del análisis), la segunda confía únicamente en la experiencia y -sobre todo- en el talento del crítico... y, por mucho que Twitter parezca sugerir lo contrario, la crítica no puede sostenerse únicamente en lo ingenioso, ni todo el mundo puede ser Gilles Deleuze.

Mientras la primera tendencia arrastra el sambenito de “lo académico” (que también le colgaron a Sarris), la segunda queda siempre muy cool y antisistema, escribiendo como quien no quiere la cosa, con demasiado “estilo” como para tomarse las cosas en serio. Así, el no-te-lo-tomes-tan-en-serio tiene un mecanismo de defensa de manual: tildar de sesudo y pedante todo lo que suene a análisis, cualquier crítica, texto o comentario que trate de ir a fondo deteniéndose en el detalle y la comparación (de películas, cineastas, estéticas), en lugar de recrearse en los poderes de la superficie (modas, descubrimientos, tendencias). De ese modo, hacer pasar la rigurosidad por academicismo y la concreción por tedio es el recurso favorito de esa tribu anti-análisis que habla de cine sin entregarse nunca, como si “dedicar horas”, “ver las películas varias veces” o “pensar mucho un plano” fuesen pecados pueriles e imperdonables, cosa de pringados y/o ratas de biblioteca. Cuando si algo permite el software digital hoy es justo eso, volver una y otra vez a las imágenes... remontándolas. El no-te-lo-tomes-tan-en-serio contribuye además a popularizar esa noción penosamente extendida del lector-como-idiota, que atonta el gusto del público con paternalismos (demasiado denso para el espectador medio) y subestima el poder de la curiosidad cinéfila (cuidado con citar películas o directores que no estén en el candelero).

Thank God, no toda la crítica à la New Yorker tiene por qué caer en las redes del no-te-lo-tomes-tan-en-serio, y ahí quedan las intuiciones sublimes de Pauline incluso cuando metía caña a según qué películas (entre ellas una definición bellísima del cine de Jim Jarmusch: comic-strip Beckett). Pero mientras el método Sarris fuerza al escritor a vérselas con el peso de la historia, disfrazada de nombre propio, el método Kael -o la perversión gafapasta del método Kael- se contenta con ser supuestamente brillante a toda costa (ese gran tema), y menospreciar a quien todavía crea en los cánones, los autores que nos llevaríamos a una isla desierta y, por supuesto, los panteones cinéfilos. Contra ese no-te-lo-tomes-tan-en-serio ya escribieron Dickens y Balzac, pero, ¿cómo detectarlo y desenmascararlo en estos tiempos de instantaneidad y diletantismo made in redes sociales? Ni idea, pero siempre nos quedará ese momento delicioso en el que algún nuevo gran genio de la crítica emergente raja de un cineasta, sin conocimiento de causa y sin haber visto en realidad más que una o dos de sus películas (se nota, a la legua), cobijándose en alguna boutade presuntamente brillante... y algún Sarrista encubierto lo detecta y le pregunta sonriendo, slow burn:

- Ya, claro... y, concretamente, ¿en qué películas estás pensando?

Quien entienda que el mejor modo de responder a esa pregunta es apasionarse hablando de unas y otras películas, discutiéndolas, detallando y tomándose el cine “en serio”, como un cauce propio (siempre con humor), disfrutará sin duda la reciente publicación de textos de Sarris y otros críticos de Film Comment -hasta ahora inéditos en castellano-, en una cuidada edición de Manu Yáñez: La mirada americana. 50 años de Film Comment (T&B Editores).

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