‘Capitán América: El primer vengador’ (Joe Johnston, 2011)

Hazañas bélicas de domingo por la tarde

Desde el estreno de Iron Man (Jon Favreau, 2008) y más concretamente su epílogo “sorpresa” tras los títulos de crédito, da la sensación que toda la galería de estrenos de superhéroes Marvel solo ha servido para un único objetivo: preparar al espectador para el mega acontecimiento que supondrá el estreno de Los vengadores (Joss Whedon, 2012) el año que viene. Así nos hallamos ante lo que casi se podría calificar de film “excusa”, un género basado en pequeñas producciones con cierta estética de serie “B”, con argumentos casi calcados cuyo único fin es el de presentar el personaje a la audiencia contando con un elenco solvente con el que dar como mínimo una cierta solidez y prestigio y tapar así sus posibles carencias.

El último eslabón de esta cadena llega con el Capitán América, film que a priori aparenta estar destinado a seguir el rol ya marcado por títulos anteriores como Thor (Kenneth Branagh, 2011), es decir,  ejercer de film puente y ofrecer un entretenimiento basado en el despliegue de efectos especiales, guión escaso  y tratamiento superficial de los personajes. Con estas premisas, y quizás precisamente por ellas, el Capitán América supone una sorpresa ya que aunque está lejos de ser un film notable, sí exhibe una cierta intencionalidad, unos modos que demuestran la voluntad de trascender  el papel de film-transición y posicionarse como un producto con entidad propia.

Para ello se articula un relato que se inspira, más que en los cómics del héroe, en una estética pulp digna de hazañas bélicas donde no importa tanto el componente realista de la acción sino establecer una iconografía reconocible, un mundo que se basa en la realidad pero que la distorsiona de modo que se establezca una clara división del bien y el mal, de la heroicidad asociada a unos determinados valores más que a una bandera.

De esta manera el film consigue huir de los tópicos patrioteros tan aparentemente ligados al héroe protagonista al mismo tiempo que opta por un discurso de lo multicultural, de una alianza de lo ético frente a los poderes de una  unidimensionalidad cultural y racial vinculada al concepto de lo maligno.

Pero donde radica la mayor fuerza del film es quizás en su parte menos superheroica; sí, es un film de superhéroes, también es un film de acción, pero hay un notable esfuerzo en demostrar que nada de eso es incompatible con unos buenos diálogos y un tratamiento cariñoso hacia los personajes. Lo que consigue el Capitán América es demostrar que no es necesario convertir las escenas entre momentos de acción en aburridos e insulsos planos cuyo fin es sencillamente no saturar de explosiones. Se trata de aportar dimensión humana, de conocer los entresijos psicológicos y morales de los personajes para así tener una comprensión mayor de sus actos.

Todo este catálogo de virtudes no obstante no acaba de explotar debido a una cierta reiteración argumentativa y un desenlace alargado y deslavazado que hace que el film se resienta en cuanto a su ritmo, convirtiéndose por momentos en un espectáculo descafeinado, una película que da la sensación que en cualquier momento puede ir a más pero que se conforma con ser un catálogo de buenas intenciones.

Así pues estamos ante un film agradable, cómodo de ver y que depara todo aquello que se le pide e incluso algo más. Lástima que ese punto de distinción entre lo correcto y lo notable no haya sido explotado con más brío, ya que al final la sensación es demasiado confortable, demasiado acomodaticia, dejando un regusto agridulce por lo que podía haber sido y finalmente no fue.

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