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D’A FILM FESTIVAL BARCELONA 2017 (29/04/17) – AMORES EN FUGA

Hermia y Helena (Matías Piñeiro, 2016)

La(s) cartografía(s) del amor

Se podría decir, sin mucho riesgo, que Matías Piñeiro culmina con oficio, en Hermia y Helena, una suerte de trilogía sobre “el amor y el teatro (de las apariencias)”, que inició con Viola (2014) y continuó con La princesa de Francia (2014). En esta película, no obstante, el autor da un paso más en el proceso de depuración de su estilo, presentándonos una historia bastante más amable y cercana que las anteriores.

La evidente referencia teatral shakesperiana (“A Midsummer Night’s Dream”) que Camila, la protagonista, debe traducir en su viaje becado de estudios a Nueva York para después representar con su compañía de teatro en Buenos Aires, lejos de lastrar la narración o limitarla al puro homenaje, sirve de diorama cultural que contextualiza las acciones que acontecen en el film, así como el carácter indeciso y esquivo de su protagonista. Aunque tratándose de Piñeiro, no faltan los homenajes cinéfilos (el más obvio, a Woody Allen) o los subrayados intelectuales (la novela “Lady Chatterlay's Lover”, de explícito significado dramático).

Quizás influenciado (o no) por una situación personal que llevó a Piñeiro a trasladarse, hace cinco años, de Buenos Aires a Nueva York, el director pone a la protagonista en una tesitura casi idéntica, ubicando en un desplazamiento entre las mismas ciudades el punto de partida del film. Para añadir complejidad a la trama, Camila sucede en el piso de Nueva York a Carmen, estudiante becada como ella, que ha realizado consecutivos trayectos por la geografía norteamericana, trazando así una suerte de cartografía sentimental. Los trayectos de Camila que tienen lugar a lo largo del film, por supuesto, están adornados por las inseguridades sentimentales de su presente incierto, que continuamente le hacen mirar hacia un pasado no tan ideal como parece.

El film, estructurado en episodios protagonizados por parejas (siempre Camila y uno de los personajes que conforman la trama argumental), encuentra su punto álgido en el fugaz encuentro con su padre biológico, un amor pasajero que su madre conoció en Australia. Parece, pues, que como lenguaje universal, el amor no tiene límites geográficos.

 

Malgré la nuit (Phillippe Grandrieux, 2015)

La chica de mis pesadillas

A pesar de ser el más narrativo de toda su filmografía, el último film de Grandrieux continua no dejando indiferente a nadie. Quizás porque, a pesar de su generosa duración, su hilo argumental resulta tan escueto, que da la sensación de que el francés desoye la llamada comercial para seguir experimentando con la imagen, obsesionado en pegarse a los cuerpos, vampirizándolos hasta extraerles el último hálito de vida, y captar así la textura de la piel hasta que los planos se vuelven plomizos, irrespirables, asfixiantes.

La imagen que abre el film, un delicioso sueño espectral de pérdidas dolorosas, de amores confusos, de desgarro emocional, escinde el film ya desde su inicio y lo aboca a una irremediable e infructuosa persecución de sombras. En la secuencia que abría Padre e hijo (Otets i syn, Aleksandr Sokurov, 2003), los cuerpos de los protagonistas del título se estremecían abrazados, en continua fricción, unidos más allá de lo físico por una pesadilla que ambos tenían en común: al hijo le perseguía alguien y su padre no estaba allí para ayudarle. Resonaban los ecos pesadillescos del inicio de Hiroshima, Mon Amour (Alain Resnais, 1959), en la que los amantes juntaban sus cuerpos en uno solo y la fragmentación de los mismos, en un plano cuya proximidad casi los hacía palpables a los ojos, convertía su piel rugosa en la plasmación de una pérdida.

Grandrieux va más allá: tal es su empeño por retratar la fisicidad de los cuerpos y, a su vez, el desazonante vacío existencial al que se enfrentan sus personajes, que no contento con desarrollar la trama en la nocturnidad -y la alevosía- (ubicándolos así, sobre un lienzo oscuro, prácticamente la nada más absoluta), se permite condenarlos a un descenso a los infiernos de la depravación, la lujuria y la muerte. Su protagonista, Lens, que regresa a Paris en busca de Madeleine, su amor platónico, pronto se ve cegado por Lena, un trasunto de la primera, y absorbido por los ambientes turbulentos de la industria del porno.

La dualidad femenina que representa a su vez el amor espiritual y el carnal, la luz y la oscuridad, la vida y la muerte; no es, por supuesto, un tema nuevo –ahí están Vertigo (Hitchcock, 1958), Persona (Bergman, 1966) o Mulholland Drive (Lynch, 2001)–. Pero en este film Grandrieux depura su estilo como compositor de imágenes autistas y perturbadoras, y da un paso más, mostrándonos el abismo que une el mundo de los vivos con el de los muertos, acercándonos a una fisicidad casi espectral (sí, imposible en la realidad, pero demasiado real en las imágenes) que transmite una rara sensación flotante cercana a visionar Carretera perdida (Lynch, 1997) después de haber ingerido algún tipo de estupefaciente.

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‘Mucho ruido y pocas nueces’ (‘Much Ado About Nothing’, Joss Whedon, 2012)

Gente con clase

Cuando uno piensa en Mucho ruido y pocas nueces suelen aparecer varias imágenes mentales asociadas al título. Shakespeare, comedia, Kenneth Branagh, renacimiento alegre y florido y una banda sonora de Patrick Doyle que evoca una sola palabra: épica. De acuerdo que el film de Branagh versaba sobre el hedonismo, pero todo bajo la pátina de lo literario en el sentido más respetuoso posible. ¿Malo? En absoluto, pero sí literal en cuanto a lo que se espera de una traslación a la gran pantalla de la obra shakesperiana.

Por ello mismo el proyecto de Whedon mueve a extrañeza, no solo por el tipo de películas, más centradas en el fantástico, que suele rodar, sino por el propio formato. Blanco y negro, filmación rápida (12 días) y un aire de simple divertimento que puede inducir a pensar (erróneamente) en una puesta en escena tendente a la superficialidad, a querer no ir más allá de la simple traslación anacrónica del texto, a confundir la alegría de ser joven y el amor con la mera banalidad caprichosa. Curiosamente no estamos tan alejados de ello, por lo que al mensaje transmitido respecta, ya que si con una palabra podemos definir el film de Whedon esa no es otra que celebración.

Estamos ante una película que se despoja de toda pretensión literaria para ir a la raíz del asunto que no es otro que la felicidad, el jolgorio y el disfrute de lo que significa ser joven y enamorado con todo lo que ello conlleva: malentendidos, arrebatos, peleas y el delirio adrenalínico de descubrirse amado. La paradoja es que, para articular este discurso, Whedon opta por un dolce far niente formal consistente en dejar ir la cámara sin aparente planificación, como si fuera un invitado más dialogando amigablemente con el resto de los presentes. Un laissez faire que ayuda a sumergirnos en un ambiente desenfadado y que nos invita a olvidar los corsés (y clichés) asociados habitualmente a las adaptaciones shakesperianas.

Efectivamente, nada suena fuera de lugar, ni el lenguaje en verso, ni los atuendos, ni la ausencia de los usos habituales en los modelos cortesanos. Si acaso ofrece incluso perspectivas interpretativas como mínimo curiosas sobre los personajes y puede llegar incluso a disfrutarse como un capítulo alucinatorio de Los Soprano (por citar alguna serie referencial en cuanto al tema mafioso). Es en este sentido que Whedon sabe dotar el filme, dada su experiencia televisiva, del ritmo adecuado, prescindiendo de momentos más declamatorios y exprimiendo al máximo el gag bufonesco, casi como si de un slapstick se tratara.

Mucho ruido y pocas nueces funciona porque es despreocupada hasta el milímetro. Es esa fiesta de amigos que uno organiza porque sí, porque le apetece y de la que no se espera otra cosa que pasarlo bien. Eso sí, que no haya motivo para celebrar la fiesta no implica que no haya una especial atención en la preparación y eso se nota perfectamente en la selección de actores, amigos cierto, pero también caras que resultan atractivas; y es que no nos engañemos, esto no es un pogo en una discoteca grunge. Esto es un cocktail groovy, con easy jazz, smoking y nouvelle cuisine y por tanto necesariamente estilizado, como un after-party de un desfile de modelos.

Con esta adaptación Joss Whedon procede a un proceso de desmontaje absoluto de la tradición cartonpiedrista de las adaptaciones shakesperianas y gracias a ello consigue sacar la esencia misma de dichas obras. Shakespeare no es trajes de época, declamaciones, y muros palaciegos. Shakespeare es la destilación de grandes tragedias, de grandes dramas sobre la condición humana y, en casos como el que nos ocupa, es una visión burlesca de la presunta trascendencia del sentimiento amoroso. En definitiva nos hallamos ante un tema universal, y como tal no puede ser constreñido al corsé del marco temporal.

 

Así pues, Mucho ruido y pocas nueces es una sorpresa y no lo es al mismo tiempo. Ofrece lo que se espera de ella en un ambiente aparentemente ajeno a su posible desarrollo en un proceso donde hay una simbiosis de adaptación de formas y contenidos. En cierta manera, es como si fuera la mejor adaptación posible sin los recursos más obvios al alcance. Solo mediante la captación desnuda del mensaje se llega al fondo, al espíritu fundamental de lo narrado. No, esto no es Bresson, por supuesto, ni cine de lo trascendente. Es sencillamente una fiesta, y como en todas ellas, se disfruta en presente, y se recuerda difuminada, pero siempre queda el poso de lo que fue y lo que significó. En el caso de Mucho ruido y pocas nueces no puede ser más dulce.

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