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Los nadie (Juan Sebastián Mesa, 2016)

Huida hacia ninguna parte

Desde principios de los 2000 a esta parte es fácil encontrar en el cine latinoamericano varios ejemplos de películas que podrían conformar una suerte de subgénero o corriente estética, de esas que se crean fruto de un contexto social muy determinado. Son películas que comparten varios rasgos temáticos y estilísticos, desde la mirada a los suburbios de las grandes ciudades y la vida marginal, hasta una fotografía —en ocasiones en un blanco y negro poco contrastado— propia de la estética audiovisual de la cultura urbana. Pero, sin duda, el gran elemento que las cohesiona y permite relacionarlas con claridad es el de centrar su atención en adolescentes; chicos que se encuentran en un momento vital de estancamiento e indecisión y que, a falta de una meta que perseguir, se dedican a vagar sin rumbo.

Películas como Dos en la vereda (Lisandro Alonso, 1995); Temporada de patos (Fernando Eimbcke, 2004); Los hongos (Óscar Ruiz Navia, 2014) o Güeros (Alonso Ruizpalacios, 2014), forman parte, de una forma o de otra, de la vida de Los nadie. También hay algo de la manera de filmar de cierto cine independiente americano, como el que realizan Gus Van Sant, Harmony Korine o Larry Clark; aunque en Los nadie, Juan Sebastián Mesa no mira hacia la adolescencia para mostrar un mundo de conductas intensas y autodestructivas, como podría ser el caso de los tres directores estadounidenses. Los chicos de Los nadie —aunque, evidentemente, se divierten— no abrazan la marginalidad o la falta de motivaciones y esperanzas para pasarse el día entre excesos y vicios. La motivación de todos ellos es un viaje. Una huída hacia adelante sin un destino mucho más marcado que el de salir de su ciudad.

Esta imagen del adolescente como un individuo perdido ante una sociedad en la que no parece tener cabida, con un pasado que no parece crearle excesivas raíces ni identificación y con un futuro que prácticamente les parece negado, no es algo que aparezca ahora en el cine latinoamericano, por supuesto. Es, por ejemplo, uno de los motivos más recurrentes del cine japonés de la «nueva ola» japonesa de los Nagisa Oshima o Shuji Terayama, o del cine de Shinji Sômai. Estamos hablando de unos referentes que sitúan un período de auge de esta imagen del adolescente entre los años setenta y los años ochenta —no en vano es en esta época cuando también aparece todo el movimiento punk del nihilismo y el “no futuro”— que no va a desaparecer desde entonces. Los nadie, por tanto, es fruto de una preocupación generacional que atraviesa el mapa de la historia del cine desde hace casi cincuenta años. Un motivo que, además, cuando se une a un contexto socioeconómico especialmente complejo, siempre suele resurgir con fuerza.

El acercamiento a este sector tan concreto de la población, a este grupo de chicos que se pasan el día en la calle haciendo trucos circenses para ganarse unas monedas, no es sencillo. Es fácil caer en el paternalismo, en lo maniqueo o, incluso, establecer un discurso moralista condescendiente. Juan Sebastián Mesa, sin embargo, lo filma con un pulso muy firme y, sin ser una película que se rija por los preceptos del realismo, consigue obtener una imagen bastante limpia y neutra, en cuanto a lecturas dadas se refiere.

Estos «nadie», como aquellos de Eduardo Galeano, sueñan con que un día les llueva la buena suerte. Con un viaje que se convierta en una escapada, en un reencuentro con ellos mismos consiguiendo serlo. Merece la pena saber de ellos, subirse a la parte trasera de una camioneta con un montón de nadie que, en el fondo, podríamos ser nosotros.

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FILMADRID 2017: The Last of Us (Ala Eddine Slim, 2016)

El exilio espiritual

Si en el documental Babylon (2012) Ala Eddine Slim abordaba ese paso de la individualidad más absoluta a los primeros contactos con "el otro”, en lo que era el retrato de la gestación de una civilización, es en The last of us, su última obra, donde el director tunecino deja de lado cualquier tipo de acercamiento a lo que se da como aparente realidad para construir un artificio puramente ficcional que, si bien se aleja de la documentación de lo que acontece para hablarnos desde la mentira –de la que tampoco escapan los documentales, a fin de cuentas-, es cierto que apunta en la misma dirección de la necesaria comunicación con el otro para sobrevivir primero y poder progresar en grupo después. Es así que Ala Eddine Slim nos presenta a una pareja de subsaharianos que, atravesando el desierto camino de Túnez para poder llegar a Europa, serán atacados por un grupo que, a su manera, también se buscan la vida. Perdiendo la pista de uno de ellos por completo, Eddine Slim comenzará a seguir los pasos de un joven que, sin apoyo alguno ahora, continuará su éxodo. Mediante un contraste entre los planos que registran el cuerpo y aquellos que liberan el peso de lo humano para fijarse en las alturas, algo que ya indica por donde va a ser encauzada el resto de la cinta, el director de Túnez, como Dios creador de vida, acosará con la mala fortuna a este pobre paria hasta desterrarlo a una naturaleza carente de todo lo humano.

Esa idea de ausencia de sociedad oxidada y presencia absoluta de naturaleza bruta que supera al individuo ha tenido su presencia, más allá del presente film, en las salas españolas a lo largo del último año. Si en El perdido (2016) Christophe Farnarier desarrollaba una narración radicalmente material mediante el desvelamiento permanente de las modificaciones que sufren cuerpo humano y entorno natural consecuencia de la inevitable tensión entre los dos elementos; es en La tortuga roja (2016) donde, desde la animación, Michael Dudok de Wit, partiendo de la idea del hombre como naúfrago y del destierro forzoso, hacía hincapié en la tendencia a la cooperación como motor de vida. Y es que The last of us enlaza en gran medida con estas dos pues, más allá del salto de la civilización a la Naturaleza que las une en cuanto a propuesta, es en relación a la forma donde encontramos que en las tres no hay discurso verbal alguno. Pero esta relación que atañe a esos dos elementos resulta burda y simple precisamente porque llegado determinado momento en el film de Eddine Slim se desborda el terreno de lo aparente al que se ciñen las dos obras citadas para ascender a un plano trascendental que, partiendo de lo físico como se ha venido diciendo, termina por asentarse en una dimensión incorpórea y espiritual que pide al espectador un acto de fe. Es decir, que si atendemos a esa pirueta que va del viaje físico que une a hombre y Naturaleza a un viaje de orden trascendente, podemos decir que The last of us  tiene más del Oliver Laxe de Mimosas (2016) que de cualquier otro relato de travesías, huidas y conservación de la vida. Es ahora, por lo tanto, cuando entendemos aquel juego entre seguimiento casi obsesivo del cuerpo y fuga en planos ascensionales que registran el cielo y las montañas.

Con The last of us Ala Eddine Slim irrita, aburre, encandila, y sorprende por igual a lo largo de su narración, estableciendo como requisito necesario adentrarse en ella con la predisposición del espíritu contemplativo que tan solo anhela percibir el acontecer de lo que es dado a los sentidos sin buscar explicación lógica alguna a lo que tiene delante. De difícil acceso en una tierra en la que cualquier aspecto que desborde la materia es rechazado y tomado por bufo, las imágenes de The last of us vienen a Occidente para luchar por ese puesto que le ha sido vetado al espíritu desde hace ya bastante tiempo.

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