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Trenes rigurosamente vigilados (Ostre sledované vlaky, Jirí Menzel, 1966)

A medio reír de la guerra

La ironía y el humor checos podrían ser consecuencia de que fueron invadidos por el nazismo y luego por el comunismo soviético, justo cuando pensaban que ya había pasado lo peor. La llamada Nueva ola checoslovaca sucede entre 1960 y 70, y convierte a ese país en objeto de las miradas neoyorquinas y parisinas interesadas en el cine de los países socialistas. Pero antes de que esto sucediese el cine checo de animación había dado a conocer realizadores como Jirí Trnka, quien en películas como Bajaja (1950) y El buen soldado Svejk (1955) demostraba sus habilidades para animar marionetas con stop motion. Para cuando llega la década de los sesenta los realizadores checos tienen prestigio y premios. Unos de tendencia realista, irónica, sin estrépito, crítica y humorística, como Jirí Menzel, Milos Forman e Ivan Passer (Iluminación íntima, Ivan Passer,  1965); y otros de tendencia kafkiana, absurda, compleja y disparatada, como es el caso de Pavel Juracek (Kazdy mlady muz, 1966), Jan Nemec (La fiesta y sus invitados, 1966) y Vera Chytilova (Las margaritas, 1966).

En Trenes rigurosamente vigilados (Jirí Menzel, 1966) está la Segunda Guerra Mundial vista desde el lugar menos probable, aquel que prescinde del héroe y no condena: la parcialidad. A Menzel no le interesan las grandes hazañas. En las cosas pequeñas, las cotidianas, encuentra material más que suficiente para explotar su ironía y sancionar con frescura que la guerra no es bella ni heroica. Amigo cercano del novelista Bohumil Hrabal, Menzel procura una mezcla de tragedia, erotismo, humor y sinsentido que están personificados en el protagonista como en cualquiera de los personajes de la literatura checa.

Una de las maravillas de la trama es que se dé en una estación de trenes muy poco transitada. En ella veremos al tímido Milos educarse sentimental y sexualmente, al inicio ajeno a la guerra y a medida que transcurre el tiempo más involucrado, pero no por voluntad propia, solo parece haber estado allí accidentalmente. Las escenas de humor lo son con mucha cautela, como si Menzel esbozase una media sonrisa.

El montaje de la secuencia inicial, en la que a través de un monólogo Milos cuenta mediante voz en off la historia de su familia mientras imágenes de objetos y rostros descritos se suceden rápidamente, puede verse en el trabajo de algunos realizadores mucho después, por ejemplo Jean-Pierre Jeunet (Amélie, 2001) y Wes Anderson (El Gran Hotel Budapest, 2014).

En 1968 la película fue prohibida en Checoslovaquia porque las autoridades del Partido Comunista la consideraron irreverente. Otras de sus películas como Alondras en el alambre (1969), fueron prohibidas y Menzel dejó de dirigir hasta los años ochenta. Trenes rigurosamente vigilados es su ópera prima y una muestra del cine checo de la Nueva ola subvirtiendo con humor las trabas de los totalitarismos. Como declaró Menzel: “La risa es la mejor manera de conocer el mundo”.

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IndieLisboa 2012 – Día 3 (28/04/2012)

Lisboa y Viena, un modelo para el cine

Ya habíamos hablado del homenaje del IndieLisboa a la Viennale, el festival de cine de Viena, por sus cincuenta años de actividad. Desde su fundación, hace nueve años, que el evento portugués integra un círculo de eventos independientes que promueve un cine de calidad. Con la existencia de Cannes, Berlín o Venecia, grandes mercados de compra y venta de películas (y secciones competitivas cada vez más caracterizadas por impulsos de marketing y no tanto por la innovación cinematográfica), ha crecido un circuito que trabaja por la valorización cultural de sus ciudades con películas que desafían los géneros de la Historia del Cine. Pasados nueve años de existencia, IndieLisboa es uno de ellos, y para eso se ha inspirado en el modelo de Viena: un festival que defiende la calidad de las películas como único criterio de exhibición, mostrando cine y no eventos de publicidad. En Viena se ha creado un equilibrio casi perfecto entre una oferta cinematográfica exigente y una búsqueda de 200 mil espectadores. La dimensión demográfica de Viena es similar a la de Lisboa (2 millones de habitantes en la capital portuguesa, con su área suburbana) y con 41 años más de actividad quizás tendremos un movimiento de la misma amplitud.

El homenaje se plasma en cinco películas que han marcado la historia de la Viennale. Daisies (1966) de Vera Chytilová, exhibido ayer, nos trae el tiempo de las nuevas olas internacionales ‑un ejemplo surrealista de las vanguardias del cine de Checoslovaquia en los años sesenta. El programa seguirá con Beware of a Holy Whore (1971) de Rainer W. Fassbinder, “héroe independiente” y rebelde máximo del cine europeo (una película sobre un rodaje que demuestra su amor y odio por el propio acto de hacer películas), The Last of England (1988) de Derek Jarman (obra experimental contra los años Thatcher en Inglaterra), La terre des âmes errantes (2000) de Rithy Panh, ejemplo vivo del mejor documental político (una obra de denuncia de las atrocidades del régimen de Pol Pot en Mongolia cuando sus ciudadanos buscan su progreso económico y personal) y, finalmente, Los Angeles Plays Itself, imperdible obra del crítico Thom Andersen sobre la presencia de la ciudad de Los Angeles en las obras creadas en su propia industria (un homenaje al cine, a su poder de ilusión y a los cambios permanentes de una ciudad-estudio).

Pero la noche ha terminado con la proyección de la última película de Abel Ferrara: 4:44 Last Day on Earth. Encontramos las fuentes de violencia de su cine, pero también un deseo de paz y de amor entre lo que se espera para todos: la muerte. El director parece realista y consciente de un Apocalipsis que no llegará por ningún evento extraño a nuestros sentidos, pero que vive ya entre nuestro impulso de muerte y un deseo natural por el abismo. Abel Ferrara rodea su personaje principal -interpretado por William Dafoe- de discursos e imágenes retiradas de nuestra vida real y sus noticiarios, captando momentos de revuelta (o indicios de muerte) de forma tan natural y pacífica como los impulsos de creatividad y de renacimiento que demuestra su pareja femenina (Shanyn Leigh). Y en su mirada, sugiere un fin también para el cine o la forma de representar nuestras historias inocentes (recordando, a veces, algunos gestos de los últimos años de Godard). Una película sobre el fin de la humanidad pero de gran vitalidad, obra de un cineasta que ha pasado por los extremos de la vida y que mira a la muerte sin complejos o fantasías.

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