Archivo de la etiqueta: Triángulo amoroso

La wedding planner (Jour J, Reem Kherici, 2017)

La trama inagotable

Mathias (Nicolas Duvauchelle) le es infiel a su pareja, Alexia (Julia Piaton), con Juliette (Reem Kherici), una organizadora de bodas que conoce en una fiesta de disfraces. A la mañana siguiente, Alexia encuentra la tarjeta de Juliette en el bolsillo de Mathias, lo que desencadena una escena de celos de la que al novio solo se le ocurre escapar asumiendo que tiene la tarjeta por estar preparando su propia boda. El triángulo Alexia - Mathias - Juliette se embarca, entonces, en la accidentada y peliaguda preparación de una boda por todo lo alto.

Reem Kherici dirige y protagoniza esta comedia romántica de enredos que pone de manifiesto algo interesante respecto al género: que es inagotable. Uno podría escudarse en aquel «todas las historias están ya contadas» para perdonar la repetición, pero seamos honestos: esto no es otra variación de una historia o arquetipo universal; esto es la enésima repetición de un patrón sin la más mínima pretensión de introducir una novedad. No es solo que uno pueda predecir el final de la película en la segunda escena, es que, prácticamente, pueden adelantarse todos y cada uno de los pasos que se van a dar para llegar a este final. Porque ya los hemos visto.

Kherici pone todos los pilotos automáticos posibles. Dispone el triángulo amoroso, al amigo (hermano, en este caso) cómico, la subtrama de trauma infantil que le da una falsa profundidad a su personaje, y, sobre todo, el ambiente burgués de riqueza insultante, que permite desarrollar todo tipo de fantasías aventureras, bellos paisajes y entornos elitistas sin que haya el más mínimo chirrido. Todo ello para terminar insinuando una suerte de discurso de que se puede llegar lejos siendo «el patito feo» y sin contactos, que parece más sano ignorar.

Un discurso que parece hacerse eco del mantra del «sueño americano» que tanto le ha gustado siempre al cine de Hollywood y que, ahora, un cierto cine europeo no se esconde de hacer suyo. En España ya vemos como hay una corriente —especialmente en la comedia, pero no solo— que apuesta, directamente, por hacer películas «a la americana». Los franceses, que tradicionalmente han sido los más protectores con su cinematografía y su manera de hacer cine —de manera, en ocasiones, realmente admirable— también sucumben a estos vicios. La wedding planner es eso, un objeto fílmico que, realmente, es difícil catalogar como francés, más allá de estar ambientado en ese ambiente aristócrata que tanto gusta en determinado cine cómico galo.

Tampoco ayuda mucho un guion que debería acudir a rescatar la originalidad que lapidan los clichés del género, pero que no lo hace. La mayoría de las cumbres humorísticas de la película son gags de golpes y objetos caros que se rompen, lo cual tampoco es como para levantarse a aplaudir en la sala.

A estas alturas de la historia, con tanto cine realizado y tantas historias contadas —y tantas posibilidades inexploradas— parece un poco fútil limitarse a copiar y repetir sin aportar prácticamente nada novedoso, ni siquiera el diseño de los títulos de crédito.

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D’A FILM FESTIVAL BARCELONA 2017 (28/04/17) – ESPIRITUALIDADES (I)

'The Student' (Kirill Serebrennikov, 2016)

El predicador provocador

La de Rusia no es una cinematografía muy conocida en el resto de Europa, más allá de los pocos nombres, ya totémicos, que se enseñan en las escuelas de cine. Por eso nos sorprendemos (positivamente) cuando llegan propuestas como The Student. Su director, Kirill Serebrennikov, una suerte de Sokurov en versión laica, le otorga prácticamente todo el peso dramático y narrativo a Veniamin, un joven con problemas de conducta que se niega a cuestionar y realizar todas sus obligaciones como individuo, provocando una relación tortuosa con su madre; y que además rebate, biblia en mano, la razón de ser de cualquier aspecto de su entorno vital.

The Student alberga en su núcleo dramático un poderoso relato sobre los fanatismos y la maleabilidad del carácter, y sobre la fe (cristiana ortodoxa) como refugio de la no aceptación de los cánones y las normas de la sociedad, que se va dosificando en pequeñas dosis en forma de versículos de la biblia, que Veniamin va recitando mientras aparece sobreescrita en pantalla el autor del contenido. El carisma del protagonista, junto con su elocuencia de predicador de teleparroquia, y sus bufonescas provocaciones (desnudo aleccionador incluido), ponen en un dilema moral al espectador, que se puede llegar a cuestionar cuál es el verdadero origen de las  normas de nuestra civilización; a la vez que seducen al resto de personajes del film, provocando su confrontación con la profesora de biología y la admiración de Grigoriy, un chico asocial de su clase -la ambivalencia del título original, “(M)uchenik”, que convierte la palabra “Mártir” en “Discípulo”, tan sólo quitando la letra “M”, da las claves para entender su relación y el sorprendente desenlace del film-.

Que un país culturalmente tan hermético sea capaz de producir películas tan autoflagelantes como la que nos ocupa es, como poco, inequívoca señal de que el carácter autoinculpatorio del cristianismo (ortodoxo) cala en la moral rusa más que el crudo frío del invierno de Siberia.

'Rester Vertical' (Alain Guiraudie, 2016)

El fantasma de la paternidad

Como si, pasados quince años, el autor de El desconocido del lago (L’Inconnu du lac, 2016) necesitase volver a los prados que poblaban su ópera prima, Du soleil pour les gueux (2001), y el espíritu de uno de sus personajes -un hombre amenazado de muerte que aún así no puede abandonar su pueblo natal- se apoderase del personaje protagonista de la película que nos ocupa, la historia de Rester Vertical arranca cuando un nómada cuarentón conoce por casualidad a una joven pastora, a la que dejará embarazada.

Alan Guiraudie vuelve a ubicar su historia en el ámbito rural, territorio salvaje por excelencia y en donde las pasiones se desatan mucho más fácilmente y, como en su anterior película, L’Inconnu du Lac, despliega una trama llena de meandros situacionistas y derivas argumentales, que alejan al protagonista de su punto de partida, tanto como al espectador de sus prejuicios. En este sentido, el director francés  retoma el pulso del carácter homosexual de sus personajes masculinos y la ambigüedad que muestran ante circunstancias puntuales, convirtiendo las sorprendentes consecuencias que tienen sus acciones en una redentora justicia poética disfrazada de feliz casualidad.

En el caso que nos ocupa, la obsesión de Léo (guionista de cine en busca de inspiración) por un joven que cuida de un anciano (que, ¡sorpresa!, está enamorado del primero) por puro interés, encuentra en su decisión de responsabilizarse del hijo que engendra con Marie, un oprobio para abandonar el hogar conyugal y, al mismo tiempo, una excusa para visitar la casa del anciano, convirtiendo el pueblo en el que se desarrolla la acción en una jaula de cristal. Tal juego de enredos y dobles parejas convierte un doble encuentro casual, el que tiene Léo con el chico y con Marie, en un triángulo amoroso algebraicamente imposible, provocando que la pasión sexual se convierta en culpa y sobrevuele el fantasma de la paternidad.

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La excepción a la regla (Rules Don’t Apply, Warren Beatty, 2016)

Con más regla que excepción

Warren Beatty vuelve al cine después de casi quince años de ausencia con La excepción a la regla, película que escribe, dirige y protagoniza. Beatty echa la vista atrás, al Hollywood de finales de los años cincuenta, para contarnos el episodio final de la vida del excéntrico y multimillonario Howard Hughes, empresario, director de cine, ingeniero y piloto de aviones, cuya llamativa biografía fue llevada al cine por Martin Scorsese en El aviador (2004).

Marla Mabrey (Lily Collins) es una de las muchas chicas que llega a Hollywood para probar fortuna en el mundo del espectáculo, contratada por Hughes (Warren Beatty) como una de tantas actrices a las que mantiene en nómina y vigila, a cambio de la esperanza de una prueba y un papel. Su chófer y asistente designado por Hughes, Frank Forbes (Alden Ehrenreich), comparte con la chica ser un recién llegado a la ciudad y su impaciencia por conocer al excéntrico y misterioso personaje.

La excepción a la regla muestra a un Howard Hughes ya mayor, cuyas excentricidades traspasan el límite de la cordura, dejando continuamente en entredicho sus aptitudes sociales. Tanto Marla como Frank tendrán que lidiar con la demencia, y es esta lucha la que marca el devenir no solo de la relación con su jefe, sino de su relación entre ellos. Relaciones que acaban por conformar un triángulo amoroso en el que la chica se convierte en amante insostenible de Hughes y, a la vez, en amante imposible de Frank.

Este triángulo amoroso se entremezcla con el relato biográfico de la etapa vital en la que Hughes lucha por evitar su internamiento en un psiquiátrico y por mostrar a la opinión pública americana, así como a sus socios de negocios, que su salud mental es mejor de lo que es. Ambos relatos no se desarrollan con un paralelismo natural y orgánico que permita avanzar por una trama y una subtrama, sino que, por el contrario, cuando se centra la atención en una, la otra desaparece, y viceversa: Hughes tarda un buen rato en aparecer en pantalla, pareciendo que va a quedar como un personaje en fuera de campo que permita vincular a los dos jóvenes y su relación prohibida. Posteriormente, durante el segundo acto, es el personaje de Marla el que desaparece, centrándose todo en los problemas empresariales y vitales de Hughes. Esto imprime a la película un ritmo extraño pero, sobre todo, una falta de enfoque narrativo que dificulta no solo la empatía con los personajes, sino el interés sobre sus acciones.

Beatty ha tratado de apelar a la nostalgia romántica, al idealizado ocaso de Hollywood antes del colapso del sistema de los estudios y el fin del cine clásico. A la figura de uno de esos «grandes hombres del cine» que manejaban los hilos, algo que ahora, cuando las productoras cinematográficas son una especie de matrioska de empresas y conglomerados de todos los sectores industriales, se ve tan lejano. Y al discurso, también, del sueño americano, de dos chicos de pueblo que se van a la gran ciudad a forjar su prosperidad. El resultado es una película extremadamente tibia e insulsa, una interpelación al pasado vacía y casi redundante, una colección de tópicos y lugares comunes que ni siquiera la presencia de una figura histórica tan singular e irrepetible es capaz de romper. En esta ocasión, al menos, el avión diseñado por Beatty no ha conseguido alzar el vuelo.

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