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El día más feliz en la vida de Olli Mäki (Juho Kuosmanen, 2016)

El héroe que no quería serlo

Tras una corta de carrera como boxeador profesional, Olli Mäki (Jarkko Lahti) consigue ser el aspirante al título del mundo de peso pluma. Para ello deberá vencer, en su Finlandia natal, al actual campeón, el americano Davey Moore. El día más feliz en la vida de Olli Mäki se centra en todo el período de preparación de dicho combate, durante el cual Olli alcanzará el estatus de héroe nacional en potencia, algo que, desde muy pronto, va a interesarle bastante menos que su sentimiento de atracción hacia Raija (Oona Airola).

El segundo largometraje del director Juho Kuosmanen tiene varios elementos de propios de una ópera prima: poca presencia del autor, un reparto compuesto por actores más o menos desconocidos, incluso en el ámbito finlandés, pero, sobre todo, un hábito demasiado común en los primeros trabajos: la clara visibilidad de los referentes, que puede llevar a que un trabajo inspirado en otro parezca una imitación. En este caso, la historia de un boxeador superado física y mentalmente por su contexto y sus exigencias, que expresa un malestar general creciente, muy enmarcada en el terreno íntimo e incluso doméstico y fotografiada en blanco y negro, remite, prácticamente solo con leer la descripción, sobre todo, a Toro Salvaje (Raging Bull, Martin Scorsese, 1980). No es mi intención catalogar El día más feliz en la vida de Olli Mäki de copia, de intento de imitación o de intento de explotar fórmulas seguras de conexión con el público. No lo es, porque esta película parece más humilde que todo eso, no hay pretensión de ser la nueva Toro Salvaje o la nueva Rocky (John G. Avildsen, 1976), sino que Kuosmanen decidió, como muchos otros cineastas, llevar a la gran pantalla una historia sobre boxeo teniendo presentes los referentes del género. Estos referentes, sin embargo, repito, son demasiado visibles, quizás porque no están del todo integrados en un discurso más personal o, quizás, porque son referentes muy fuertes y populares como para disolverlos.

En relación a esto, hay una frase de la película bastante reveladora. El combate entre Mäki y Moore se presenta con la frase: “Ya no hace falta ir a América para ver un buen espectáculo, hemos traído el espectáculo a Finlandia”. Se trata de eso, una importación de referentes cinematográficos que no pasan, o pasan levemente, por una adaptación a las formas y al estilo de la cinematografía finlandesa.

Si hay en esta película algo que la distancie de sus referentes y del modo de concebir las imágenes en el cine americano, es la sencillez. Sencillez y humildad que están bien reflejadas en la personalidad del protagonista, interpretado por un desconocido Jarkko Lahti que maneja bien la expresión de sus sentimientos pese a tener que hacerlo de manera introvertida y poco expresiva. Un personaje, el protagonista, que tiene una misión importante para todo el mundo menos para él, que rápidamente concentra su pensamiento en una historia amorosa que le parece que le puede reportar muchas más satisfacciones que convertirse en héroe nacional. No hay, en Olli Mäki, ambición, ansias de poder, de fama ni ninguno de estos grandes y oscuros propósitos comunes en el cine de boxeo, solo hay ganas de hacer lo que sabe lo mejor que pueda, buscar tranquilidad y ser feliz.

Algo de eso parece impregnar la voluntad del director en este largometraje —siendo la lectura de la voluntad de un autor en una obra algo tan poco fiable como las bolas de cristal o el horóscopo—, por eso, aunque se hayan destacado puntos relativamente negativos en la construcción de la película, la sensación final no puede ser mala. El día más feliz en la vida de Olli Mäki tiene más que ver con el día en el que Olli puede amar que con el día en el que Olli puede ganar un gran combate, por lo que no seríamos justos si saliésemos del cine creyendo haber visto una película con pretensiones de excelencia, en lugar de una película que responde a la necesidad de un cineasta de plasmar una historia que le conmovió recordando las películas que amó.

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Donostia Zinemaldia – Festival de Cine de San Sebastián (24-25/09/2013)

Lobos solitarios

Cuarto y quinto día del festival. En las salas, los cazadores furtivos, lobos y máquinas de matar de violencia irreprimible salen a tomar por la fuerza el protagonismo de algunas de las películas. Wolf (Jim Taihuttu) se aposenta cómodamente en los patrones canónicos del film deportivo: Majid, un joven boxeador árabe que vive en los suburbios de una ciudad holandesa, empieza a ganar reputación en el submundo deportivo. En cuanto a su vida personal, la relación que lleva con sus padres es más bien tensa, tiene encuentros casuales con su exnovia Tessa y comete pequeños delitos organizados con su grupo de amigos. En un ambiente cargado de contrastes hostiles, propio de una mezcla entre Toro salvaje (Raging Bull, Martin Scorsese, 1980) y El odio (La haine, Mathieu Kassovitz, 1995), la estética del noir urbano pende por encima de todo como una premonición fúnebre de sangre. Uno de los peces gordos del crimen organizado se interesará por él y lo patrocinará como boxeador, concediéndole la posibilidad de llegar a la liga profesional. Todo a su alrededor parece jugar en su favor, se trata de una apuesta muy arriesgada que él cree poder controlar por sí solo, pero que se le puede girar en contra en cualquier momento, y por el lado más inesperado.

En este panorama de peligrosa ambición, parece obvio que cualquier acción inapropiada puede desembocar en una represalia, ya sea procedente de la mafia o como acción de las fuerzas de la ley. No obstante, Majid ignora todo esto. Para él, su poder físico y determinación lo convierten en todopoderoso. Y es esa misma convicción convertida en un instinto furioso lo que hace que su omnipotencia se torne real. Anda solo por las calles del suburbio, por los rings de boxeo, es amo de los dominios que se le antojan. Su violencia conquista por asalto la de aquel que se le oponga. Prácticamente reduce a una masa pulposa la cara del tío que va con su antigua novia, y hace sucumbir incluso a los miembros de otra mafia en un intercambio comercial, imponiendo sus propias reglas. El entorno poco amigable en el que ha crecido ha propiciado su actitud, pero ésta es al mismo tiempo una elección voluntaria. Su violencia es la del lobo solitario por convicción propia, por creencia en su potencial de dominación.

Si nos paramos a observar Caníbal (Manuel Martín Cuenca, 2013), encontraremos también la filosofía despiadada del cazador, pero en una vertiente mucho más cruda. El personaje de Antonio de la Torre, Carlos, es un elegante sastre de pueblo que, sorpresa, consume carne humana. Uno de los puntos de partida interesantes de esta película es esa suposición previa, dada por hecha, que el espectador sabe de sobras que el protagonista practica el canibalismo. A través de una pausadísima narración episódica, tal vez anclada en exceso en la narrativa literaria, vamos conociendo la dinámica rutinaria del personaje. Se levanta temprano y está en el trabajo buena parte del día; de vez en cuando sale a cazar alguna presa, la cual prepara para su consumición en una cabaña en la montaña; en casa, básicamente cocina la carne (de la cual tiene una nevera llena) sin demasiados complementos, y se la come en una impasibilidad absoluta. A todo este día a día, llegará la intrigante intrusión de una nueva vecina, que tiene problemas con su pareja por asuntos monetarios de familia.

El caníbal mostrará algo de interés por la nueva inquilina, pero su indiferencia sólo se verá afectada cuando aparezca su hermana y las implicaciones emocionales sean mayores. Incluso con el revuelo de un posible amor en su vida, la violencia que perpetra el protagonista sigue siendo la misma. Sólo caza mujeres, y consigue la pieza que ha escogido pase lo que pase. En una secuencia enervantemente magistral, espera durante horas la rendición de una chica que se está bañando desnuda en el mar. Después que el cazador haya matado a su pareja, la espera a ella, que nada desesperada sin otra posibilidad que seguir en el agua. Esa paciencia, esa certeza implacable de la muerte provocada es lo que causa un escalofrío al sopesar al personaje protagonista. Su acción destructiva no explota en el fervor de la pelea, por autocomplacencia, como en Wolf, sino que es absolutamente fría y premeditada.

La violencia de Caníbal es, de hecho, por necesidad biológica intrínseca, por una característica mental que establece que, a su pesar o no, debe consumir carne humana. Esa necesidad anula ya de buen principio la mayor parte de humanidad que se podría encontrar en Carlos, transformándolo en la figura rectificada de un psicópata. Su pulcritud, su obsesión por la corrección y recto funcionamiento y disposición de todo lo que hay en su vida demuestran que el hecho de matar mujeres y comérselas no es más que una parte del trabajo que hay que realizar con meticulosidad. El caníbal necesita la violencia, pero para subsistir, no para hacerse lugar ni defenderse.

En cambio, en A Touch of Sin (Tian zhu ding, Zhangke Jia) encontramos casos mucho más diversos del uso de la violencia. Con un entramado de historias locales en la China contemporánea, acabamos viendo que, la gran mayoría de las veces, la violencia es la única respuesta. Puede que un hombre de pueblo la encuentre necesaria para parar un sistema controlado por unos pocos poderosos y hacer que la gente reaccione, o puede que le haga falta a una masajista para defenderse de unos clientes que son violadores en potencia. En ocasiones, personajes marginales de la sociedad encuentran la única vía de escape a situaciones precarias en hacerle estallar la cabeza de un balazo a quien los esté intentando someter. Este uso de una agresividad justificada por el desamparo se retrata de forma brutal en la película china, con una exaltación del dinamismo y la visceralidad extrema, al más puro estilo Park Chan-wook.

Dentro del mismo tejido de relatos, no obstante, también encontramos lobos implacables que ejercen la violencia como deber insano. Un raquítico hombrecillo abrigadísimo que va en moto no duda en matar de tres tiros certeros a los tres pandilleros que lo asaltan en la carretera, y menos aún en acabar con quien se le ponga por delante cuando se dispone a robar un bolso. Esta violencia ejercida de forma consciente y premeditada, y con el solo fin de imponer un control sobre otro ser, trae de vuelta la ley del salvaje Oeste, que se apodera de las imágenes de una China andrajosa y muestra al mundo las diferentes expresiones que puede tener matar a alguien.

Personajes que van por libre, lobos solitarios, unos que machacan por autocomplacencia en el estimulante fervor de una pelea, otros que cazan humanos por la mera necesidad patológica de consumir esas presas, tantos otros que matan en acto de defensa o liberación, y otros que reparten violencia sádica con impunidad como don de poder personal. Podría parecer fácil juzgar qué está mal y qué está justificado, pero nunca sabemos con qué motivos podemos llegar a encontrarnos para necesitar empuñar la violencia.

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