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‘Prometheus’ (Ridley Scott, 2012)

Ridley Scott perdido en el laberinto de Dharma

Hace ya demasiados años que no espero nada bueno de Ridley Scott. La incontestable solvencia con la que dirige cine (en sus películas es habitual encontrarse con planos muy bien orquestados y con una puesta en escena más que aceptable) contrasta salvajemente con la mediocridad de la mayor parte de películas de las que se ha hecho cargo. Cineasta, pues, demasiado subordinado a los guiones que ha aceptado, pero precisamente por ello es fácil rastrear su calidad como director de cine, puesto que ha sido capaz de ofrecer películas más que dignas a partir de propuestas tan poco atractivas sobre el papel como los libretos de Black Rain (1989) o Gladiator (2000). Quizás por eso, porque es un buen director pese a quien pese, sus películas rara vez son extraordinarias pero a cambio casi nunca aburren, y desde luego no son del tipo que provocan reacciones airadas en la audiencia ni encendidos debates entre los analistas cinematográficos, vamos, lo contrario que, por ejemplo, Christopher Nolan, por citar a alguien de moda estos días [1].

No sé si Ridley Scott es consciente de todo esto. Tampoco sé si se ha dado cuenta de que su hermano Tony hace años que dirige mucho mejor cine que él [2]. En cualquier caso, intuyo que algo de esto debe de haber cuando, a sus nada menos que 75 años y sin nada ya que demostrar, decide revisitar el universo de una de sus dos incontestables obras maestras, Alien, el 8º pasajero (Alien, 1979) [3]. Prometheus, sin tener al bicho en el título ni ser “oficialmente” la quinta parte de la saga, enlaza de manera incuestionable con la primera película de la serie convirtiéndose en una especie de precuela (¿o incluso reboot?) que deja aún espacio para más películas que acaben de construir definitivamente el puente argumental entre Prometheus y la primera parte de la saga. Pero el primer (y mayor) error que comete Scott es fiarse de un guión tan absurdo como el que han urdido Jon Spaihts y Damon Lindelof. Si cada una de las secuelas de la serie ha estado profundamente marcada por la huella de sus diversos guionistas (no olvidemos el hiperbólico guión planteado por James Cameron en la segunda parte ni el retorno a los orígenes propuesto para la tercera película por dos de los productores de la primera parte, David Giler y Walter Hill), Spaihts y Lindelof han jugado la carta del despiste desde el primer momento presentando una historia con vagas conexiones con los sucesos acaecidos en la Nostromo (esas vasijas que parecen un embrión de lo que luego serán los famosos huevos alienígenas, o un face hugger también en estado primitivo, o incluso la presencia de un androide con oscuras intenciones) pero explicando, en líneas generales, una historia muy ambiciosa acerca de una expedición científica que viaja a un lejano planeta para investigar el origen de la especie humana. Como espectador, es imposible encontrar un hueco cómodo entre el recuerdo de Alien, el 8º pasajero y la novedad de la propuesta argumental. Cuando parece que la película se aproxima peligrosamente a lo que sin pudor podríamos calificar como plagio, entonces se separa del original con golpes de efecto sin duda heredados de los nuevos tiempos cinematográficos (sólo bajo esa excusa puede entenderse la inclusión de una escena tan gore y, a la vez, tan innecesaria, como la del auto-aborto de la protagonista). Pero luego volvemos a la senda de la copia una y otra vez (el tripulante infectado, el androide decapitado, el enfrentamiento final entre el bicho y la chica…).

No me encuentro precisamente entre los fundamentalistas y los freaks que creen que el universo de Alien es intocable (no creo, de hecho, que ninguna película sea “intocable”), pero admito que me pasé la mitad del metraje acordándome de Mourinho y su eterna pregunta: ¿Por qué? ¿Por qué? Más preguntas: ¿era necesario alargar una franquicia como la de Alien? Lo dudo mucho. Puestos a alargarla, ¿era necesario explicar Prometheus tal y como está explicada, sin una idea concreta de hacia dónde quiere llevar al espectador? No lo creo. Es lo que tiene de peligroso jugar al escondite con la audiencia: puede que la gente acabe perdida y desorientada intentando entender el sentido de tu película. Eso es exactamente lo que ocurre con Prometheus. Su indefinición como parte integrante de la saga de Alien acaba siendo su mayor lastre. Y no por casualidad Lindelof es uno de los artífices de Perdidos (Lost, 2004-2010): así hemos acabado todos, tanto Ridley Scott como los espectadores.

Notas:

  1. Me resulta bastante curioso el fenómeno de animadversión despertado por El caballero oscuro: La leyenda renace (The Dark Knight Rises, 2012) entre buena parte de la crítica española, que la hunde en base a su supuesto carácter reaccionario y neoliberal. Digo lo de curioso porque yo pensaba que El caballero oscuro: La leyenda renace era una película, no el discurso de un político. Tendré que revisar mi concepto de lo que es o no es una película, parece ser. 
  2. Han pasado ya algunos días, pero escribo este texto aún bajo el impacto de la noticia del suicidio de Tony Scott. Los dos hermanos han desarrollado exitosas carrera dentro del stablishment de Hollywood y, aunque de estilos muy diferentes, ambos compartían la misma productora, Scott Free, con la que promovían las películas. Así que aprovecho la oportunidad que me brinda este comentario para manifestar públicamente mi pesar por esta pérdida y para reivindicar las que me parecen sus dos mejores películas: esa joya del cine de acción (con un inolvidable desenlace entre lo hermoso y lo atrozmente cruel) llamada El fuego de la venganza (Man on Fire, 2004) y la divertidísima El último boy scout (The Last Boy Scout, 1991). 
  3. La otra, obviamente, es Blade Runner (Blade Runner, 1982), ambas constituyendo dos de las aproximaciones futuristas más complejas e incombustibles que dio el cine de finales de los 70 y principios de los 80. Sin querer ser para nada dogmático con esta puntualización, me parece que su ciclo de grandes películas bien podría completarse con ese descarnado retrato de la estupidez masculina y del derecho a la libertad que tenemos todos los seres humanos que es Thelma & Louise (1991). 
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