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Kong: La Isla Calavera (Jordan Vogt-Roberts, 2017)

Vuelve el rey

Después de rescatar a Godzilla en el 2014, Warners Bros. y Legendary Pictures vuelven a traer a la pantalla a uno de los grandes monstruos del cine, el legendario King Kong. El gorila de proporciones desorbitadas fue una de las primeras criaturas en habitar lo que luego se ha denominado como «cine de monstruos», que conforma por sí solo una suerte de subgénero híbrido entre acción y aventuras. Desde aquella primera versión de Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack estrenada en 1933, son innumerables los remakes, adaptaciones y guiños que se le han hecho, por lo que, para afrontar una nueva cinta sobre el legendario animal, había que introducir alguna variación.

Kong: La Isla Calavera toma el testigo del King Kong de Peter Jackson (2005), que supuso la irrupción de la animación y la imagen digital en la historia de Kong. Esta nueva película, dirigida por Jordan Vogt-Roberts —un director con escaso recorrido en la industria cinematográfica de los que suele gustar para poner al frente de un blockbuster en el que la autoría del realizador es lo de menos—, ahonda en el uso de la técnica digital, llenando la película de paisajes, criaturas y movimientos de cámara imposibles en los que se intuye la pantalla verde.

La trama de Kong: La Isla Calavera da un cambio significativo con respecto al clásico de 1933 y la película de Jackson. Esta vez no nos encontramos ante un equipo de rodaje que visita una isla en busca de localizaciones y encuentra una tribu que venera a un gorila gigante, que acaba siendo capturado para su exhibición y posterior lío. Esta vez estamos ante un grupo de investigadores —de uno de estos grupos secretos y extravagantes del gobierno americano que tan fácil nos resulta imaginar— que conocen la existencia de la isla y del monstruo, y emprenden una expedición para recopilar pruebas. A su expedición se suman una periodista (Brie Larson) y un guía mercenario (Tom Hiddleston) que acaba siendo el prototipo de personaje aventurero que siempre tiene todo bajo control. El último elemento que le falta al grupo viene dado por la nueva ambientación temporal de la película: comienza el día en que termina la guerra de Vietnam. Cuando el destacamento del general Packard (Samuel L. Jackson) está listo para volver a casa, reciben la orden de escoltar a la expedición de la Isla Calavera.

Esta nueva temporalidad es el gran condicionante para todo el dispositivo formal de la película, que nos presentará la atmósfera del sudeste asiático con todos los clichés que estableció Apocalypse Now (Francis Ford Coppola, 1979): grandes soles ardientes, formaciones de helicópteros, napalm, música rock, barcazas por los ríos y soldados con un repertorio infinito de frases ocurrentes. Al cambiar Vietnam por la Isla Calavera (una isla teóricamente situada en el Pacífico sur), los paisajes son prácticamente idénticos, por lo que Kong: La Isla Calavera se convierte en una película con estética de cine bélico sobre Vietnam en la que combaten criaturas inmensas. No es poca cosa.

Como se decía en un momento de Jurassic World (Colin Trevorrow, 2015) bastante autorreferencial: cuando uno se acostumbra a los dinosaurios hace falta darle uno más grande, más espectacular y más terrorífico. Efectivamente, el gorila es más grande. “Kong sigue creciendo”, dice en un momento de la película Hank Marlow (John C. Reilly) —un piloto de la Segunda Guerra Mundial que se estrelló en la isla y aparece en la ayuda de la expedición, como el marinero Ben Gunn en La isla del tesoro—, como si dicha frase apelara a que en cada entrega de Kong existiera una necesidad de hacerlo más grande y más espectacular. Pero no solo el monstruo es más grande, sino que hay más monstruos. Todo tipo de seres gigantescos en la superficie y bajo la misma, que darán alguna escena de lucha titánica entre monstruos al más puro estilo del cine de kaiju japonés.

Esta nueva entrega acelera los tiempos respecto a la original de 1933, pese a ser considerablemente más larga. En aquella, el monstruo tardaba cuarenta y tres (!) minutos en aparecer. Casi media película, en la que su presencia se va anunciando mediante fueras de campo, insinuaciones en los diálogos y por medio de una banda sonora que reproduce con percusión los pasos de un ser gigante. En Kong: La Isla Calavera, el monstruo aparece en toda su magnitud en el primer minuto de película. No se hace de rogar, porque mientras que en 1933 se jugaba con el suspense y la tensión de lo desconocido (“qué será lo que espera ver”, dice uno de los marineros cuando la actriz de la expedición está ensayando un grito desbocado a bordo del barco), en 2017 lo que prima es la acción, que el monstruo se vea y cuanto más mejor, y haciendo cosas lo más espectaculares posibles. La película de Vogt-Robers sigue, por tanto, la lógica del cine de acción, por lo que imprime un ritmo bastante rápido a la trama, con diversas escenas de lucha (alguna realmente digna de contemplar sin pestañear), pero también con los momentos necesarios para respirar, reposar y dejar asentar la trama antes de seguir haciéndola avanzar.

Kong: La Isla Calavera renuncia a las imágenes más icónicas que se asocian al personaje: no habrá paseo por el Empire State ni saldrá ninguna rubia de su apartamento por la ventana. Porque eso ya se ha hecho, y mucho. Parece que alguien ha tomado la inteligente decisión de renunciar a explorar territorios ya visitados y se ha limitado a utilizar la potente figura del icónico King Kong para crear una película de aventuras más que interesante.

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‘The Deep Blue Sea’ (Terence Davies, 2011) [Cameo 2013]

Desde Londres con (des)amor

Si hace unos días celebrábamos la edición en DVD de Blancanieves (Pablo Berger, 2012), película de cuidada factura visual y notables pretensiones artísticas, nos alegramos de que Cameo haya decidido editar esta discreta joya de confuso título: The Deep Blue Sea, que pudo verse en prestigiosos festivales como Londres, Toronto o San Sebastián, antes de su inadvertido paso por nuestras salas.

El film, adaptación de una exitosa obra de teatro de Terence Rattigan estrenada en 1952, conoció la primera versión cinematográfica en 1955 de la mano del multigénerico y siempre apasionado Anatole Litvak. Para esta, Davies recoge y combina estos dos precedentes y construye una preciosista puesta en escena que reinterpreta el origen teatral de Rattigan y, a la vez, la síntesis narrativa de Litvak. En sus secuencias de interior, Davies se ampara en la prodigiosa fotografía del alemán Florian Hoffmeister que, bebiendo confesamente de Vermeer, envuelve de delicada condescendencia la amarga historia de la protagonista y otorga al conjunto una majestuosa identidad. The Deep Blue Sea se ubica en la puritana Inglaterra post-Segunda Guerra Mundial, en la que Hester Collyer (Rachel Weisz) es una mujer casada con un hombre mucho mayor que ella, un insigne juez que le ha proporcionado estabilidad y un alto nivel de vida, pero que no ha sabido ponerle pasión a su matrimonio. Hester conocerá a Freddie (Tom Hiddleston), un ex piloto dela RAF bebedor y pendenciero, quien le descubrirá un mundo nuevo y del que caerá enamorada, pero este no podrá darle estabilidad a su relación ya que su atracción hacia ella es sólo sexual. Ante tal dicotomía y el temor de volver a una vida insulsa y monótona, Hester decidirá suicidarse.

Dos luces y dos sombras en los amores de Hester Collyer, perfectamente representados en la excelente fotografía.

El dicho inglés “Between the Devil and the Deep Blue Sea”, del que se extrae el título de la película, hace referencia al dilema en el que Hester está inmersa y nos sugiere cuál es su tono general. La muy eficaz síntesis con la que se plantea la situación inicial da lugar, a partir de este momento de la narración, a todo el desarrollo melodramático que, eso sí, con contención y frialdad inglesa, nos llevará por ese estado melancólico que acaba contagiándose a todo el relato. Davies explora con una inusitada sensibilidad formal las idas y venidas de los sentimientos de su protagonista femenina, algo que ya estaba presente en alguna de sus anteriores obras: en La casa de la alegría (The House of Mirth, 2000), donde Davies, escudándose en la adaptación de la novela de Edith Wharton de título homónimo, exploraba la complicada moralidad de una mujer de clase alta en la Nueva York de principios de siglo XX. Con una siempre expresa voluntad de detallismo en su diseño artístico (que destaca especialmente al tratarse, ambas películas, de recreaciones históricas) el director ponía a su protagonista, una joven a punto de casarse, en la difícil situación de elegir entre el hombre del que se había enamorado o el que podría hacerla escalar socialmente. Davies afirma que “el amor es la peculiaridad de la especie humana” [1] y esto se corrobora en su tratamiento de los sentimientos que hace en sus personajes, de los que parece escrutar su conducta, aún sin necesidad de emitir un juicio moral.

Gillian Anderson en ‘La casa de la alegría’ (2000) y Rachel Weisz en ‘The Deep Blue Sea’ (2012). O como Terence Davies filma dos películas (y dos épocas) distintas partiendo de un planteamiento similar.

Esta edición de Cameo presenta la película en su formato original 16:9 y con Dolby Digital 5.1. En el apartado de extras se echa de menos (no nos consta que exista) el habitual Making Off, que nos permitiría, por ejemplo, descubrir el presumible intenso trabajo de Davies con sus actores. Como compensación, Cameo nos ofrece 34 minutos de un interesante material de prensa extraído de la presentación que ofreció el director junto a los protagonistas y el productor de la cinta con motivo de su proyección en el Festival de Cine de San Sebastián, en la que estos explican algunos temas esenciales que abordaron en la confección del film. The Deep Blue Sea ha obtenido el reconocimiento de crítica y público y su edición en DVD es una buena oportunidad para descubrir el porqué.

Notas:

  1. Como así recoge una entrevista realizada por Begoña Piña y publicada el 4 de Septiembre de 2012 en el diario Público
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