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Donostia Zinemaldia – Festival de Cine de San Sebastián (24/09/2018)

Jornada 4

Tiempo Después (José Luis Cuerda)

¿De qué va? Aproximadamente en el año 9177 (milenio arriba, milenio abajo), la humanidad sobrevive divida entre aquellos que habitan un lujoso rascacielos y los que sobreviven en un campamento de parados. Todo transcurre con normalidad hasta que, un día, José María (Roberto Álamo) visita el Edificio Representativo con su carro de limones, poniendo patas arriba el orden establecido.

¿Y qué tal? En High-Rise, J.G. Ballard reproducía toda la estructura social occidental en un inmenso rascacielos. Evidentemente, la película de José Luis Cuerda -una secuela espiritual de Amanece, que no es poco (1989)-, se encuentra en las antípodas de la novela de Ballard, pero curiosamente también recurre a la figura del edificio como escenario principal de su futuro distópico.

La reclusión en unas pocas localizaciones, los personajes alegóricos y los diálogos declamados hacen de Tiempo Después, junto con su estructura narrativa dividida en actos, una pieza teatral en clave de comedia. El humor absurdo y trascendental de Cuerda, que ha permanecido intacto al paso del tiempo, se sustenta en los juegos de palabras y la extravagancia, pero resulta tremendamente caduco.

En Tiempo Después podría rastrearse la huella cómica e irreverente de los Monty Python, la sátira de Luis García Berlanga y su trilogía de la familia Leguineche o incluso la que surge a partir de los carruseles de cameos de la saga Torrente; pero en el caso de Cuerda se encuentra situado en un tiempo que resulta anacrónico. Fuera de tiempo, y de lugar, resulta sorprendente e incluso paradójico cómo una pieza ambientada en el futuro está tan anclada en el pasado.


Largo viaje hacia la noche (Bi Gan)

¿De qué va? La travesía de un hombre que regresa a la ciudad de Kaili en busca de una mujer a la que conoció mucho tiempo atrás.

¿Y qué tal? Con solo dos películas, parece que Bi Gan ya ha conseguido consolidarse como uno de los nombres a tener en cuenta en el paisaje cinematográfico contemporáneo. Igual que en su primera obra, Kaili Blues (2015), el director chino vuelve a hacer exhibición de músculo y convierte el tramo final de Largo viaje hacia la noche en un tour de force donde el dispositivo es la principal estrella.

Igual que la obra de Eugene O’Neil de la que toma prestado el título, y como ya hiciera en Kaili Blues, Bi Gan concentra la duración de toda la segunda parte de su Largo viaje hacia la noche en una unidad temporal. En este caso, además, Bi Gan redobla la apuesta: añadiendo a la cuestión formal del plano secuencia el uso de la tecnología 3-D. A mitad de la película, el espectador es invitado a colocarse las gafas 3D y el largo viaje hacia la noche se convierte en una aventura hacia un espacio nuevo y desconocido, como aquel al que accedía Orfeo después de atravesar el espejo. Un espacio marcado por una naturaleza eminentemente alucinada y onírica.

Hasta qué punto es necesario este despliegue visual y cuánto hay de demostración de poder es la pregunta que uno podría hacerse al ver el cambio de formato en plena proyección. Curiosamente, la primera parte de Largo viaje hacia la noche es quizá la más interesante. El uso de los espejos en las composiciones, la iluminación fluorescente, el fluir de los personajes en la historia…Toda una serie de elementos que, en la segunda mitad, quedan supeditados a la tecnología, por ejemplo con el frecuente uso de unas diagonales forzadas y aparentemente justificadas bajo cualquier pretexto (como una partida de ping pong o de billar), todo para acentuar la sensación de profundidad ya marcada por el 3D. Un plano y su contraplano. Tal vez así hay que leer el viaje de Bi Gan: como una narrativa y su respuesta alucinada, donde el sueño del cine produce monstruos digitales.


Viaje al cuarto de una madre (Celia Rico)

¿De qué va? Leonor (Anna Castillo) y su madre, Estrella (Lola Dueñas), viven juntas en un pequeño pueblecito. Leonor sueña con independizarse y volar lejos del nido, mientras Estrella se resiste a la idea de dejar marchar a su hija.

¿Y qué tal? El debut de Celia Rico no tiene nada de novato. Las nuevas voces femeninas que están surgiendo en el nuevo cine español demuestran ya desde su primerísima película una madurez y una sensibilidad únicas.

Al terminar la proyección, durante el diálogo con el equipo, muchas de las intervenciones del público trataban de derribar el concepto de "película pequeña", aludiendo que Viaje al cuarto de una madre es, por el contrario, una película muy grande. Curiosamente, una cosa no excluye la otra, y Celia Rico continuaba reivindicando su largometraje como una obra pequeña, pero no en el sentido de insignificante (que suele ser el pensamiento habitual), sino en relación a los aspectos de su producción y el valor artesanal. Y tenía toda la razón. Viaje al cuarto de una madre es una película genuina, realizada con la delicadeza, el cariño y la autenticidad única de los productos artesanales. Quizá por eso la cuestión de lo artesano, en tanto que manual, está tan presente en la película: desde el oficio de costurera de Estrella hasta el acordeón familiar que toca Leonor, en un emocionante recuerdo del padre ausente.

Las interpretaciones de Lola Dueñas y Anna Castillo brillan en esta película de actrices encerradas en una única localización (la casa), pero el plus de realidad solo es posible por la mirada de Celia Rico. La infinidad de detalles diminutos que pueblan la historia de Rico son precisamente los que engrandecen la historia. Quizá sea una cuestión generacional, pero parece prácticamente imposible no sentirse interpelado por la cotidianeidad y la sinceridad de Viaje al cuarto de una madre. Ojo, porque ésta es una de las películas del año.

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