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Documenta Madrid 2012 – Richard Dindo

Semblanzas del rebelde ad líteram

Los filmes de Richard Dindo surgen de una invocación a un difunto y constatan la imposibilidad de regenerar el cuerpo. Alrededor de la ausencia quedan únicamente palabras que pretenden rellenar espacios. La palabra, la cosa dicha, adquiere fisicidad y se transmuta en literatura en su acepción puramente etimológica: ‘conjunto de letras impresas’. Cuando Dindo se ocupa de escritores, no reproduce tan solo su obra artístico-literaria sino que bucea también en las artes menores de diarios y cartas, y no solamente en las escritas por los personajes ilustres retratados sino en las de sus familiares y amigos, aquellos humanos irrelevantes que rodearon al famoso. Y son estos en verdad los que adquieren carácter protagónico, los intermediarios sobre cuyos hombros reposa la ingente tarea de volver a traer al fallecido, de rescatar del Hades su memoria, imaginar su rostro y reconstruir su presencia.

Como en todo buen simulacro fantasmático, los actores acuden con trajes de época (Arthur Rimbaud, une biographie, 1991) o se sobreimpresionan en la imagen (las calles de Praga en Wer war Kafka, 2006), a modo de ectoplasmas de parque de atracciones, sección pasaje del terror. La tarea de rememoración conlleva en ocasiones la exhumación del cadáver mediante la primera persona del finado. Así, en Ernesto Che Guevara: Le Journal de Bolivie (1994), tras la exposición del guerrero muerto exhibido como trofeo por sus captores, ya reducido a objeto e icono, se filtra la voz del revolucionario. Cuenta Dindo que el diario del Che se hallaba encerrado con grandes medidas de seguridad en los bajos del Banco Central de Bolivia. Como su cuerpo, sus últimos escritos sufrieron varios peregrinajes de mano en mano convertidos igualmente en mercancía. De ahí la extrema importancia del trabajo del documentalista suizo, por su querencia de devolver a la vida por unos instantes, de dotar de nuevo de voz humana, al icono.

El espacio y la palabra constituyen el binomio sobre el que gravita el cine del documentalista. Dos son las coordenadas a través de las cuales se acerca al biografiado: los lugares por los que transitó los últimos días y las palabras que escribió; a su vez, estas se complementan con las dichas por los testigos directos incorporados por actores profesionales en el caso de los personajes de época y por los individuos reales en los cercanos en el tiempo. Fotografías y retratos, si los hubiere, sirven de recuerdo gráfico identificativo, de leitmotiv visual recurrente.

La filmación del espacio vacío, habitado todavía por las presencias que alguna vez estuvieron allí, emparienta a Dindo con el cine observacional, que englobaría desde los americanos Benning y Hutton al también suizo Thomas Imbach. Pero, a diferencia de ellos, dichos escenarios siempre se interrelacionan con un personaje dentro de una cierta ilación narrativa mediante el cordón umbilical de la música (constátese el uso del réquiem de Mozart en Genet à Chatila, 1999) o la palabra. Además, se busca siempre un estado subjetivo, es decir, cómo veía el paisaje en su paseo diario de camino al trabajo, por ejemplo, Kafka. La letra sensu stricto entendida puede adoptar la forma del trazo seguro y preciso de los dibujos de Matisse (Aragon: Le Roman de Matisse, 2003) o reconvertirse en signo negro, lo que se halla entre el espacio en blanco, según palabras de Genet. La escritura a mano del personaje biografiado todavía denota su presencia, sometida a un primario examen grafológico por la cámara. En el caso de la pintora judía nacida en Berlín Charlotte Salomon (Charlotte, vie ou théâtre?, 2003) las palabras y la pintura se combinan asimilándose viñetas que descompusieran su vida a través de fotogramas. Esta pequeña película sin duda conforma la ósmosis perfecta entre artista retratado e intención del realizador dentro del corpus de las autobiografías firmadas por Dindo.

Cabría dividir la filmografía del documentalista en biopics históricos (Kafka, Genet o Gauguin à Tahiti et aux Marquises, 2010) y filmes políticos (Ni olvido ni perdón, 2003, Dani, Michi, Renato & Max, 1987 o Raimon – Chansons contre la peur, 1978). Sin embargo, en todos, aparte de compartir similar engranaje estético, la figura del rebelde y su forma de situarse ante el mundo hermanan historia y política, pues tan político es Raimon como Matisse. En el caso de Rimbaud, adolescente precoz, este llega a su plenitud poética en la juventud hasta el colapso nervioso. Su genio se traslada entonces al vagabundeo, convertido en viajero decimonónico por tierras exóticas, pero termina por no encontrarse a gusto en ningún sitio. Su mundo no es este, como cantaba Raimon. Uno de los jóvenes suizos muertos a consecuencia de maniobras antiéticas de la policía en Dani, Michi... también soñaba con un más allá situado en un planeta lejano. Marte es ofrecido como alternativa de futuro, un nuevo Edén, a un grupo de soñadores sin fuerzas para enfrentarse al día a día terrenal en The Marsdreamers (2009): ellos preferirían huir del barco mientras se hunde y adentrarse en un suicidio prácticamente seguro. Tanto Gauguin como Kafka, igualmente, buscaron sus particulares sitios de recreo. El pintor, precursor del ecologismo, huye de un París civilizado a un Tahití primitivo. El único pero es que se trata de un viaje nuevamente imposible. Su condición de europeo levanta alrededor de él un muro que lo impide integrarse, gozar y sentir como un nativo. Gauguin llega a quejarse de soledad por no poder hablar de arte con nadie... Kafka, de carácter completamente opuesto al pintor, solo halla refugio por las noches en su habitación poseído por el espíritu artístico. Kafka, quien se sabe escritor, odia su trabajo de contable y sueña con Palestina como ciudad prometida reivindicando al judío que hay en él. Jean Genet, por su parte, huérfano de padres desconocidos, también ve, en este caso en la Palestina árabe, a una hermana de sangre. Allí luchará a las orillas de un Jordán de resonancias míticas, cuya mostración convoca, además de los ecos biográficos, los bíblicos del cristianismo. El Matisse retratado por Aragon se repliega en la pintura y escapa (y protesta) desde la belleza y la armonía contra el mundo circundante de la invasión alemana de Francia. Por último, el Che se entrega de lleno a la muerte por una visión en cierto modo utópica pero que a la larga sembraría derechos... Conmueve oír hablar a la profesora de la pequeña aldea donde murió y comprobar que sus habitantes siguen viviendo prácticamente en las mismas condiciones que Guevara denunció.

A todos estos personajes Dindo les da la oportunidad de reincorporarse al mundo de los vivos por una sola vez para volverlos a matar de las peores maneras posibles: cáncer, tuberculosis, gangrena, asesinato... El director, preso de ondas empáticas hacia el rebelde, ha actuado, en realidad, como muchos de sus testigos sorprendidos por los acontecimientos e injusticias que sucedían a su alrededor, confraternizando con el luchador.

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