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Sitges 2013 – Balance final

Superando la encrucijada, generando muchas dudas

En el balance final que desde esta página hacíamos de la pasada edición del Festival de Sitges destacábamos diversos elementos “problemáticos” que se habían detectado, como los criterios de selección de películas, pero, en resumen, lo que estaba en el centro de toda la discusión era el modelo. Hacia dónde se dirigía el certamen y qué consecuencias podrían derivarse de ello.

Pues bien, si por algo se ha destacado la edición de este año es por haber consolidado diversas tendencias apuntadas ya el año pasado. En este sentido podemos celebrar que la encrucijada, las dudas se han despejado y ya hay una asunción, una postura clara sobre el futuro, sobre lo que debe ser el Festival de Sitges. No obstante clarificar no implica nada más allá de la propia dinámica de funcionamiento, o para entendernos, tener claro lo que hay que hacer no significa que las decisiones tomadas sean las más deseables o que estemos de acuerdo con ellas. En este sentido son varios los puntos a tener en cuenta:

La producción cinematográfica. Conocemos los problemas presupuestarios tanto del festival como del mundo de la cultura en general en España. Por tanto reducir un día el certamen no es objeto de discusión; el presupuesto es el que es y hay que ajustarse. Lo que sí es debatible es cómo, reduciendo el calendario, se decide ampliar secciones y número de películas. Noves Visions se ha subdivido aún en más categorías y la Sección Oficial ofrece más títulos que la del Festival de Cannes. Esto inevitablemente supone que, por un lado, sea imposible literalmente no ya verlo todo, sino perderse sí o sí alguna de las producciones más, a priori, interesantes (por ejemplo Enemy –Denis Villeneuve– tuvo un solo pase). Por otro esta concentración provoca inevitablemente retrasos en las proyecciones que condicionan todos los horarios establecidos creándose los consiguientes solapamientos entre películas. Una vez más todo ello opera en detrimento de las coberturas de prensa.

Sin embargo esto es un problema logístico. Lo más grave es detectar dos tendencias claras en esta ampliación de filmes a concurso. Así tenemos la consolidación de la presencia de lo que podríamos llamar “amigos del festival”. Estas producciones son a grandes rasgos

a) Películas avaladas por la ESCAC. Su finalidad es asegurar que si surge un futuro Bayona (por mentar algún director), es decir alguien exitoso, el festival pueda asegurarse su presencia en futuras ediciones al haber sido “promotor” de sus inicios.

b) Filmes de directores de cierto culto, o poco conocidos en nuestro país. Con algún premio en el palmarés, se busca que repitan en Sitges si hay nueva producción. Red State (2011) de Kevin Smith o Borgman de Alex van Warmerdam son claros ejemplos de ello

c) Cintas que parecen, y algún director incluso lo ha dicho de forma explícita, pensadas con la finalidad exclusiva de ser proyectadas en el festival y darse a conocer. Suelen pertenecer a directores cuya presencia es casi anual y que aseguran una cierta cuota de películas a buen precio de mercado.

Pero lo más preocupante es la notable falta de filtro en la Sección Oficial. Películas como Hooked Up (Pablo Larcuen) o The Demon’s Rook (James Sizemore) son, desde el máximo respeto posible, indignas por su calidad. Son productos más adecuados para una maratón nocturna o para el Brigadoon. El motivo por el cual son seleccionadas se nos escapa. Pueden pertenecer a los sectores anteriormente comentados o directamente, como es el caso de Hooked Up y el iPhone, ampararse en alguna novedad formal (si es que usar un dispositivo concreto puede considerarse novedad). En definitiva, lo que parece estar consolidándose como marca de la casa es primar la cantidad por encima de la calidad, como ya se hizo patente en las ruedas de prensa de presentación de la presente edición, donde el hecho de proyectar más películas se consideraba un logro, una superación con respecto al año anterior. Se habla del número pero no del enfoque. Si multiplicar oferta sirviera para buscar sleepers, fenómenos low cost o sorpresas de calidad no sería un problema, pero el hecho es que esta acumulación parece estar pensada para que todo el mundo pueda ver una película en caso de no poder visionar la opción deseada. Casi, más que la calidad de la programación, se busca la ocupación del aforo sin más.

Prensa, entradas, promoción, público. Se puede debatir, discutir, argumentar en favor o en contra sobre el modelo de “castas” (prensa a y b) que se ha implementado este año. Podremos estar más a favor o en contra de ello, pero de lo que no hay duda es de que algo ha fallado en la organización a la hora de comunicar dicha decisión. Si hay diferencias en los derechos debería haberlas en las obligaciones, y el secretismo de dicha división, comunicándose después del abono correspondiente de la cuota para acreditarse (para todos la misma) no ha sentado nada bien. Más allá de estos problemas, junto al tema del reparto de tickets, o que la prensa b haya quedado fuera de algunas proyecciones, lo que se pone en tela de juicio es la autocomplacencia y la falta de autocrítica (al menos pública) del festival. Se ha vendido la imagen de un éxito absoluto de venta de entradas, pero no se ha hablado de salas medio vacías durante todo el festival (en la proyección de Mr. GoMis-seu-teo Go, Kim Yong-hwa– no había más de 15 personas en el cine Retiro y era sábado) o de que muchas de esas entradas han sido adquiridas por los propios acreditados ante la imposibilidad de obtener invitación.

Una reflexión final. Las sensaciones con las que uno se va del Festival de Sitges de este año son agridulces. Está muy bien la ambición de crecer, pero se está confundiendo una vez más lo cuantitativo y lo cualitativo. Da la impresión de ser un festival que está buscando ganar notoriedad a base de titulares en lugar de ganarla precisamente por su excelencia. Grandes preguntas se plantean ante situaciones vividas que no detallaremos, pero da la impresión de que este es un certamen que creció precisamente en base al fenómeno fan, a los pequeños medios (primero en papel, luego mayoritariamente por Internet) que defendían el cine de género como algo a reivindicar y que poco a poco han sido arrinconados por los grandes media, cuya cobertura es escasa pero con (aparente) impacto público mayor.

No todo ha sido malo por supuesto. Se han abierto nuevos espacios, se ha potenciado el debate entre los medios (habilitación de la sala Tramuntana para la proyección de premières de series como The Walking Dead, o la discusión en la Carpa FNAC entre blogueros en pijama y prensa tradicional) e incluso se ha puesto de relieve la voluntad de acercar más el festival al pueblo con la programación gratuita de “cinema a la fresca”. A pesar de estos esfuerzos el modelo está tendiendo cada vez más a una mercantilización, el todo vale monetario. Se entiende, la supervivencia del festival depende de ello y es comprensible en este contexto económico tan complicado, pero muchos añoramos cuando a base de modestia y menos recursos el festival se engrandecía. Puede que ahora estemos ante un fenómeno mayor, casi de masas, pero se siente que algo se ha perdido por el camino, el espíritu, la sensibilidad, el cariño. La encrucijada ha sido superada, pero el camino está lejos de estar claro. Se intuyen nubarrones, piedras y obstáculos. Sitges 2013 ha acabado, pero lo mejor de todo es que Sitges 2014 is coming. Y allí estaremos.

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‘The Walking Dead’ [Segunda temporada]

Vitalismo en el fin del mundo

The Walking Dead parece haber superado con éxito la prueba (de audiencia) de la primera temporada. Tanto es así que de los 6 episodios pasaremos a una segunda temporada con 13 capítulos que se emitirán a partir del 16 de octubre. Los fans estamos impacientes y aquellos que siguen sin encontrarle “el qué” a la serie no se lo explican. ¿Qué tiene esta serie que entusiasma tanto? Hay que reconocerlo, la primera temporada tiene capítulos que parecen un auténtico muermo. A pesar de esto hay originalidad en la historia, sí, la que Robert Kirkman se impuso como premisa en el cómic que sirve de base: no contar una historia con final marcado, con happy end a la vista, sino una serie en apariencia infinita en la que lo importante son los personajes, su transformación tras el fin de la civilización. Al menos tal como la conocemos.

Kirkman lo deja claro en la introducción del cómic, lo que resulta más molesto de la mayoría de historias supuestamente (post)apocalípticas es la posibilidad de un futuro factible. Pensad en el deus ex machina de Soy leyenda (Francis Lawrence, 2007). Los personajes atraviesan las situaciones más escalofriantes pero siempre, al final de todo, aparece una posibilidad de vida nueva que redime todo el sufrimiento padecido. The Walking Dead está en las antípodas de este esquema narrativo. Es cierto que por esta razón la primera temporada muchas veces se centra en exceso en explorar las emociones de los personajes y se olvida de la acción y el suspense. También es cierto, no obstante, que por esta precisa razón la serie ha terminado abriéndose a una dimensión inesperada en la representación del Apocalipsis.

Pero antes, detengámonos un instante y hagamos un esfuerzo. Imaginemos por un momento que todo cuando conocemos se ha acabado. Literalmente. No más trabajo, no más supermercados, no más vecinos con quienes discutir, no más amigos con los que hablar, no hay seguridad indefinida, sólo quedan casas vacías y el sitio donde estamos ha de estar cerrado a cal y canto. Ellos están afuera, por todas partes. Se acabó la ciudad, las calles están desiertas, no hay nada, se acabó todo. Sólo queda la más cruda supervivencia. Los títulos de crédito plantean ya la representación visual de ese final de los tiempos aunque The Walking Dead se permita, luego, repetir los pasos de tantas otras historias de personajes que se despiertan sin saber lo que ha acontecido: 28 días después... (Danny Boyle, 2002), por ejemplo.

El acierto de The Walking Dead lo encontramos sin embargo en la medida que la tragedia revela un vitalismo inusitado. Es como si, para alejarse de las fallidas historias (post)apocalípticas, la serie se hubiera alineado con la desesperación de un final sin tregua, algo parecido a la lenta agonía de la tierra baldía de The Road (John Hillcoat, 2009). Y de repente, cuando el implacable final parece destruir toda esperanza, la historia nos revelase entonces que sólo ante la nihilidad de un mundo gobernado por zombis/infectados la vida empieza a tener sentido. De ahí que la explicación del Dr. Jenner sobre el modus operandi de la infección, en el capítulo final de la primera temporada, se nos antoje como uno de los momentos más sublimes de la ficción televisiva contemporánea.

La vida y el sentido que se revela ante la irrupción de la contingencia, The Walking Dead plantea la cuestión y somos nosotros quienes recogemos el interrogante. Kirkman puede estar contento. Desde el incidente de la chica de la bicicleta del primer episodio hasta el descorazonador final de la primera temporada, la serie se ha servido de la evolución interior de los personajes para madurar sutilmente esta cuestión. La segunda temporada promete. Quienes hemos leído el cómic esperamos muchas cosas y los que aún no lo hayáis hecho podéis abrir boca con un pequeño adelanto: fijaros en el cambio de Rick Grimes, de temer a los muertos vivientes a emboscarlos como si nada. ¡Que sea octubre, ya!

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