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Atlántida Film Fest – Sección Atlas (y V)

Retratos de la vida: Infancia, juventud y adultez

Llegamos, con este último artículo, al retrato que el Atlántida Film Fest nos ha deparado sobre las etapas de la vida: una estampa dura, directa a la medular, lacónica y realmente bella. Un dibujo en tres partes, como si el Bosco hubiera decidido repintar su Jardín de las Delicias mostrándonos al ser humano en sus diversas edades, desde la infancia hasta la adultez, pasando por esa etapa tan confusa llamada juventud. Tres momentos presentes, de diferentes modos, en varias películas que pasaremos ahora a comentar.

Empecemos por el principio, es decir, por la infancia, por ese período en el que más desprotegidos y desguarecidos nos encontramos. Algo que padecen los protagonistas de una de las pequeñas joyas que nos ha deparado este festival: The Selfish Giant (Clio Barnard). Arbor y Swifty son dos niños de clase baja que son expulsados del colegio y deciden buscarse la vida, trabajar como chatarreros con la intención de ganar dinero. El rostro más feroz de la crisis ilumina el trágico destino de ambos: la explotación que padecerán a manos de su capataz, la desestabilizada situación familiar de ambos, la precariedad emocional, la incapacidad de gestionar un mundo sin futuro para ellos. Todo ello filmado a través de un realismo que sabe tocar las teclas para hacer brotar la poesía que inunda tan devastado paisaje, a través de un sentimiento de desesperación, odio y rabia que se transforma, finalmente, en un intento imposible de redención, de recuperación de esa infancia que nunca han tenido ni tendrán ambos protagonistas. El mismo paisaje atenazado por las circunstancias económicas que filma Anthony Chen en Ilo Ilo, filme que nos permite entrever la interrelación entre la realidad de Terry, una criada filipina, y Jiale, el niño que ha de cuidar. Una relación que ejemplifica la colisión de dos mundos separados por la edad pero unidos por la necesidad de crear un vínculo que los haga soñar con un futuro más luminoso ante una realidad social que los oprime, los une y, finalmente, los separa. Un dibujo indirecto de la infancia, cierto, pero un retrato a dos bandas que no hace sino mostrarnos una sociedad incomunicada, parca en palabras, figurada en Jiale, un niño silencioso y, en cierta manera, hostil a todo lo nuevo o extraño. Así pues, dos retratos de infancia desesperanzados, con fugaces instantes de felicidad que se deshacen ante la sombra de los estragos económicos y sociales.

Si nos aproximamos hacia la juventud, nos encontraremos con una visión más amable, aunque ácida, de ese paso que se da entre la infancia y el mundo de los adultos. En ese espacio vital se sitúa la refrescante The Kings of Summer (Jordan Vogt-Roberts). Una obra divertida, llena de vitalidad, una falsa historia de aventuras en el bosque en el que un grupo de jóvenes reconstruye el mundo de los adultos (cabaña incluida), estableciendo sus propias reglas. Un mundo virtual alejado del urbanismo que les recluía, pero que se disuelve por la aparición del amor y la consecuente separación de los tres protagonistas. Una obra irreverente que nos habla de cómo los jóvenes visualizan el mundo de los adultos y de cómo esa idea colapsa cuando se traspasa el umbral entre la imagen y la realidad.

Una realidad que Frederick Wiseman trata de reconstruir a la hora de filmar su documental sobre la universidad de Berkeley en su monumental, y no únicamente por su duración, At Berkeley. Cierto es que su intención no es ofrecernos una obra sobre esos jóvenes que entran en la adultez a través de la vida universitaria, antes bien, es una obra poliédrica en la que podemos ser observadores de la multitud de mundos que pueblan una universidad, haciendo especial énfasis en las dificultades de financiación y los problemas económicos derivados de esta crisis omnipresente. Pero no es menos cierto que las dudas, los temores, las esperanzas... de esos jóvenes adultos están presentes. Wiseman nos ofrece un microcosmos infinito en el que sumergirnos y observar todas sus capas, recorriendo sus pasillos, sus clases, sus representaciones teatrales... todo puesto ante nuestros ojos por la maestría de Wiseman, quien, como los mejores retratistas y paisajistas, plasma la realidad para trascenderla.

Y llegamos, finalmente, a la representación del mundo plenamente adulto, aunque sus protagonistas puedan actuar como niños, como a veces ocurre en Almost in Love (Sam Neave), o la razón de ser de dicha representación guarde relación con la juventud de sus protagonistas, como es el caso de Honeymoon (Líbánky, Jan Hrebejk). Curioso es, en cualquier caso, que ambos filmes tengan su centro argumental en la celebración de una boda, supuesto punto vital en el que uno se compromete con su realidad... o quizás no, quizás se trata, más bien, de ver cómo se tambalean los cimientos de esa realidad. Esto es, al menos, lo que nos muestra Honeymoon, que esconde tras su apariencia de film de bodas la horrible pesadilla del bullying. Tras una primera parte casi sin altibajos, la película gana interés cuando la protagonista, junto con los espectadores, es consciente del horror que su marido hizo vivir a un joven compañero de clase. A partir de aquí, todo se vuelve más ambiguo, más oscuro, ganando así intensidad, viendo cómo se van descomponiendo las seguridades y dando paso a un mundo lúgubre escondido tras el idílico paisaje de campiña que inunda los fotogramas de este filme. Un paisaje que se asemeja al de Almost in Love, obra que tiene la peculiaridad de erigirse en dos planos secuencia separados por una elipsis temporal de duración indeterminada, centrados en dos celebraciones donde vemos la compleja relación a tres bandas entre Sasha, Kyle y Mia. Una fiesta en un balcón y una celebración de noche de boda disponen los escenarios para profundizar en las relaciones amorosas y en el peso del tiempo. Ya no entraré en decir si la liviandad e, incluso en algunos instantes, infantilidad con la que están tratadas las relaciones afectuosas es propia de nuestro tiempo, pero sin duda parecen un eco de él, un eco amplificado por la ligereza de la cámara y la decisión de una puesta en escena continua con una escisión central llena de sentido. Sin duda, dos obras en las que resuenan en sus planos las inseguridades, los pasos en falso, las emociones dispares, los secretos y deseos inconfesables, que asolan el mapa de un presente sin dirección ni ubicación exacta.

Como hemos podido ver, tres etapas de la vida han quedado plasmadas en este festival a través de unos filmes que se mueven entre la fragilidad, la liviandad y la dureza que asola toda dimensión humana, iluminando las partes más oscuras de cada una de ellas pero mostrándonos un último destello al que asirnos. Sin duda, vale la pena finalizar recordando la cita inicial de Emerson con que se abre el último filme del que hemos hablado: “The glance reveals what the gaze obscures”. Destellos de un mundo oscuro que la cámara nos revela.

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REC 2013 – Festival Internacional de Cinema de Tarragona (2)

Eurobronx y sus espacios

El REC es un festival que en los últimos años ha andado sobre la cuerda floja, pero que, pese a algunas carencias técnicas (falta de subtítulos en un filme, proyección de algún título en DVD…), finalmente disculpables, resiste con energía. Es un festival pequeño, en el mejor de los sentidos, y la cercanía y calidez de su reducido equipo, liderado por Xavier García Puerto, así como la feliz despreocupación de su gala inaugural (mucho mejor que el pseudoglamour de la clausura), son las pruebas más palpables de ello. Festival pequeño, pero con filmes grandes: películas de lucido palmarés, como Oh Boy (Jan Ole Gerster) o Salvo (Fabio Grassadonia y Antonio Piazza), y candidatas a los Oscar, como Of Horses and Men (Benedikt Erlingsson), My Dog Killer (Môj pes Killer, Mira Fornay) o In Bloom (Grzeli nateli dgeebi, Nana Ekvtimishvili y Simon Groß), así como la recuperación de Tras el cristal y Fotos, que ya comentamos. A ello se sumaron actividades para todos los gustos y públicos, desde una sesión infantil con la película taiwanesa Orz Boyz (Jiong nan hai, Yang Ya-che, 2008, proyectada en versión original y subtítulos) hasta un gamberro concierto de Los Ganglios en la discoteca Sala Zero. No se olvidó el componente local, con una sesión dedicada a cortometrajes de autores de Tarragona, la proyección de la delirante Saving Isis (Love Jordina) y la presentación en la clausura de algunos fragmentos del documental Dalí, emperador de l’acció, sobre la visita del artista a Tarragona en agosto de 1973.

Toda esta variedad, sin embargo, no debe hacernos olvidar la capacidad de concentración que tuvo el festival. A excepción de la inauguración y la clausura, que se celebraron en el modernista Teatre Metropol, todas sus proyecciones tuvieron lugar en una sola sala, la Antigua Audiencia, de modo que público y prensa pudieron seguir la programación al completo, sin tener que renunciar a nada o hacer malabarismos horarios para ver todo lo que quisieran de entre la oferta disponible. Contrariamente a festivales de más solera, en el REC no hay infinitas rutas posibles entre secciones, donde cada uno traza el camino a su antojo, sino que la lista de películas a ver es una, firme y clara, bien definida. Y eso da a la programación una coherencia interna muy fuerte, increíblemente fuerte, con obras que se ligan temática y estéticamente, y dialogan entre ellas. Existen excepciones, claro está, pero hay numerosos puentes posibles, que la programación deja medio construidos para que los crucemos. El año pasado, los temas escogidos fueron Girls On Fire, sobre jóvenes poderosas enfrentadas a su entorno, y el cine islandés. Ambos temas se han recuperado puntualmente en la presente edición, el primero con I Felt Like Love y Family Tour, y el segundo con Of Horses and Men, candidata del país nórdico a los próximos Oscar.

En esta edición el tema central del REC también ha tenido que ver con la relación de los individuos con sus mundos: en este caso, los entornos y paisajes, las geografías, de una Europa suburbial al margen del bienestar y la opulencia. Eurobronx fue el nombre que el festival dio a un grupo de cuatro películas sobre los extrarradios del capitalismo del viejo continente, yendo de los suburbios británicos de The Selfish Giant (Clio Barnard) a la Italia mafiosa de Salvo, atravesando la frontera entre Eslovaquia y Moravia en My Dog Killer y hurgando en la Tbilisi de 1992 en In Bloom. Son películas que inmiscuyen el thriller en el cine social, o viceversa (caso de Salvo), y que transitan por fronteras y espacios vacíos, crimen y conflictos étnicos (el mestizaje gitano en My Dog Killer), adolescentes nihilistas y animales que, en la desesperanza, acaban siendo los compañeros más queridos (el caballo de The Selfish Giant, el perro de My Dog Killer). Con toda seguridad son filmes que habrían sido posibles en otras épocas, sin la necesidad de la crisis actual (uno de ellos, In Bloom, nos lleva veinte años atrás); tampoco está claro que todos ellos formen una tendencia única. Sin embargo, la decisión de programarlos en una misma sección sí es significativa, no sólo porque imagina una cartografía de nuestros miedos, sino también porque acaba conformando un mosaico de las contradicciones del continente europeo.

El mejor de todos ellos, y nuestro favorito del festival, fue In Bloom, coproducción de Georgia, Francia y Alemania, dirigido a cuatro manos por la debutante en el largometraje Nana Ekvtimishvili y Simon Groß, que ya tiene otra película en su haber, Fata Morgana (2007). In Bloom, ya con muchos galardones a sus espaldas (Premio CICAE en Berlín y Sarajevo, Premio FIPRESCI en Hong Kong, Premio Especial del Jurado en Montréal…), habla de dos adolescentes en la Georgia acabada de independizar de la URSS, veinte años atrás, aunque la Historia queda siempre como un dato latente y el filme se centra en el paso a la madurez de las dos muchachas. En un primer momento podría pensarse que se trata simplemente de un filme histórico bien llevado y comprometido, y así es, aunque lo que captura de él no es tanto la historia, que peligra en volverse demasiado evidente cuando flirtea con el thriller, sino la tensión de las imágenes y sus composiciones, así como sus actrices, no profesionales y espléndidas. In Bloom plantea plano tras plano cuál es la relación entre las protagonistas y su mundo, trabajando constantemente con la figura y el fondo: se nos arrastra obsesivamente por pasillos tras la cabeza de una de ellas, se abren y cierran puertas que comunican o aíslan, se recorta una figura contra una multitud a la que se enfrenta. Aunque a primerísima vista pueda parecerlo, no es este un filme de captura de la realidad espontánea (una realidad de hace veinte años), sino un viaje construido sobre los espacios de tensión y sus significados íntimos y sociales: desde la multitud que ansía una hogaza de pan haciendo cola hasta los conflictos familiares en torno a una mesa, pasando por un hipnótico baile de madurez en la boda de la mejor amiga. De forma absolutamente consciente, In Bloom trabaja cómo los individuos se mueven, se integran o se incorporan en el espacio, cómo logran situarse en las imágenes de Eurobronx (su Eurobronx, nuestro Eurobronx) y sobrevivir.

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