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Doclisboa 2012 – Competición Oficial 3: ‘Three Sisters’ (‘San Zimei’, Wang Bing, 2012)

El paraíso de la infancia

En el Doclisboa se han retratado con especial belleza los entornos naturales, los patios, espacios de descanso… o el campo, como idea de vida de trabajo pero de hermosura abrupta. Es el caso de Three Sisters, del reconocido cineasta Wang Bing (Francia / Hong Kong, 2012), triunfadora este año del certamen como mejor largometraje internacional, que ha retomado el duro campo chino de The Ditch (Jiabiangou, 2011) para presentarnos un retrato de los que allí viven, en este caso el de tres pequeños hermanos, sobre todo la niña, la mayor de los tres, donde a través del seguimiento de las labores diarias muestra el espejo de una vida en sus primeros años, el dibujo de una personalidad fuerte. Esas labores, levantarse por las mañanas y dirigirse a la escuela rural y de vuelta dar de comer a los animales, ayudar a su madre, hacer la colada… recoger leña con sus hermanos. Con todas esas acciones Wang Bing nos sumerge, sobre todo, en un mundo duro, pero también en un particular paraíso, la infancia o aquellos años que, aún no lo saben, serán su única patria. Wang Bing está grabando los recuerdos de infancia de estos niños, las manos sucias y cortadas, la cara llena de color… y la libertad de esos años, la vida, incluso el primer amor… un particular mundo de aventuras diarias, pues todos los días hay un juego o un descubrimiento en ese tiempo que se quedará grabado por siempre en la memoria.

Estamos ante un Paraíso lleno de texturas y de objetos, de árboles y plantas, de intimidad en claroscuro y luminosidad de los campos abiertos. La bruma y los días de viento, la lluvia, el color de los animales, el color de los alimentos, la acción de recolectar, su preparación, el trabajo que siempre llena el plano. Un día y otro nos va descubriendo los detalles de estas tempranas vidas, vuelvo a repetir llenas de texturas visuales, y luego la idiosincrasia y secretos de una comunidad. Wang Bing juega entre dos polos, la visión de una China antropológica y las texturas de los recuerdos, las imágenes del día a día de estos niños, un material totalmente cinematográfico. Los niños se recogen con sus padres pero también están las otras familias, y las personas mayores que cumplen una labor principal en la educación de estos niños. Es la importancia de la comunidad la que sobresale y el desarrollo de la vida dentro de ésta. Los almuerzos, la comida como momento culminante del fin de la labor y la supremacía de la palabra. Los niños hablan con sus mayores, estos responden y preparan el té, el tabaco como espacio de diálogo, mientras que los niños miran y toman el reposo necesario antes de hacer los deberes, acabarlos pronto para salir a jugar, a hacer cosas…

La modernidad se proyecta en los muros de adobe, ráfagas de luz intermitente de los destellos de la pantalla del televisor dibujan sombras chinescas catódicas. No vemos la caja, pero sí el sonido que llena la estancia y sus eléctricas pulsiones en los rostros de mayores y niños, que a una orden precisa se despiden de sus mayores dirección a la cama. Se filma cómo el intruso habitual en estas estancias, la televisión que ya apareció en The Ditch, es la locomotora de ese “progreso” que en China ya hace tiempo se hizo presente. Otro detalle que hay que considerar son los regalos a los niños que los padres les entregan. Los productos de los agricultores son vendidos y cambiados por otros productos. Las golosinas, pasteles industriales envueltos en plástico –este detalle y los objetos de consumo son muy importantes en esta visión, también sociológica, del desarrollo chino–, son el “regalo” que entrega a sus hijos y que estos comen como manjares únicos.

El movimiento de cámara siempre es libre, se esfuerza una y otra vez en ir detrás de la chica que no hace otra cosa que moverse. Sólo en los momentos donde encontramos campo abierto la cámara se ancla para ubicarnos en la belleza abrupta de la imagen, o por el contrario en los momentos de intimidad donde los niños realizan los deberes. La libertad de estos movimientos facilita el viaje de esa imagen tras los pasos de la niña, que se ha convertido en la parte central de la película, la guía de este paraíso de la memoria. Ese paraíso que se quedará como el espacio donde éramos felices y que la cámara de Wang Bing recoge sabiamente, sobre todo los instantes que puedan llegar a ser absolutos, este es el caso de la escena donde la niña, o mejor dicho jovencísima adolescente, se encuentra con un chico, parece amigo de la aldea y entre ellos hablan y se acercan. ¿Acaso no pueden ser los primeros escarceos del amor? ¿Los primeros recuerdos? Sobre la imagen el director nos remite una información, la hora del encuentro. El tiempo ha ido pasando… la noche, el deshielo de la nieve nos guían temporalmente, los últimos días de invierno y el principio de la primavera. Esta metáfora ha estado presente en toda la obra, la primavera de la vida, llena de juegos y cantos como los que despiden a los niños frente a la cámara, la joven llevando a hombros al más pequeño de los hermanos, en este paraíso de la infancia a más de 3000 metros de altura.

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