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Donostia Zinemaldia – Festival de Cine de San Sebastián (20-21/09/2013)

Individualidades únicas

Largas playas azotadas por vientos y olas procedentes del Atlántico; pintorescos espacios de proyección y de visita obligada; una larga lista de obras, mezcladas entre estrenos esperados, trabajos que rozan la decencia y pequeñas maravillas del cine; y ocho días para asimilarlo todo: empieza la 61ª edición del Festival de Cine de San Sebastián, el evento más importante del séptimo arte a nivel nacional.

La mañana del primer día se abre con La jaula de oro (Diego Quemada-Diez, 2013). Un reducido grupo de jóvenes de Guatemala sueña con llegar a Estados Unidos para salir de la miseria de su país, y la única forma de conseguirlo es cruzando la frontera sea como sea, con la inevitabilidad del peligro y la ilegalidad. La película se suma a muchas otras de las recopilaciones de historias basadas en hechos verídicos, siempre con la tragedia de los emigrantes como destino principal, y sólo con destellos inmateriales de esperanza asomando de vez en cuando. El mismo director, de origen español pero afincado en México desde hace 17 años, afirma haber sufrido serias dificultades en su pasado como emigrante, e incluso cuando ya estaba rodando la película estuvo bajo amenaza por la hostilidad del espacio en que se movía. Podríamos catalogar la obra de train movie, por la constante del desplazamiento de los personajes a través de las líneas ferroviarias de forma clandestina. Formalmente, la esencia de planos que en ocasiones parecen improvisados le da un toque de ficción documental, también totalmente anclado al realismo del contenido. Entre los personajes del relato, niños no actores de la Zona 3 de Guatemala, incluso con un indígena tzotzil entre ellos, van naciendo ciertas fricciones que dificultarán todavía más el camino hacia lo imposible. Uno de los grandes logros de La jaula de oro es su capacidad de transmitir sensaciones humanas y hechos reales con el uso de tan pocas palabras, simplemente apostando por la fuerza del mensaje.

Se proyecta este mismo día la última obra de Terry Gilliam, The Zero Theorem (2013), un escape mental de dimensiones siderales ambientado en un futuro desconcertante, que reflexiona alrededor del vacío, de la nada que espera al final de todas las cosas existentes y que supone su único objetivo. En términos más humanos, esta búsqueda se traduce en el personaje irreconocible y mejorable de Christoph Waltz, un informático ultraproductivo y fuera de cualquier tipo de relación humana. Sus únicas obsesiones son, por una parte, entender esa nada, comprender cómo el cero puede equivaler al todo, y, por la otra, recibir una supuesta llamada que le revelará el sentido de su existencia. La misma locura del argumento delata la broma, la estupidez vital que comete el ser humano, ya que buscar el sentido de la vida acaba siendo un sinsentido. El ex Monty Python, como ya hacía con su grupo en El sentido de la vida (The Meaning of Life, Terry Jones y Terry Gilliam, 1983) parece seguir obsesionado con divulgar esta verdad, la de dejar de preocuparse por los asuntos universales que escapan a nuestro alcance y dedicarse a los pequeños placeres de la vida real.

Segundo día del Festival, empezando con Por las plumas (Neto Villalobos, 2013), una especie de comedia del patetismo de la gente que se puede mover por los círculos de las batallas de gallos en Costa Rica. El protagonista es un vigilante de seguridad que sólo quiere tener un bonito gallo, entrenarlo y llevarlo a combatir, más por el orgullo de tenerlo que por el dinero que pueda ganar. Al principio, su obstinación por el animal antes y después de su compra proyecta una cierta idea de onanismo, de constante autocompasión del personaje, de una forma inconsciente y degradante. Más adelante se suman al equipo animador del gallo un niño gordo que quiere dejarse crecer el bigote pero no le sale, una mujer de la limpieza que vende cosméticos como segunda fuente de ingresos y otro vigilante de seguridad, éste totalmente inepto y bastante más desquiciado por la vida. La cuadrilla forma un conjunto patético pero en ocasiones cómico, y es inevitable pensar que el director no pretendía más que reírse de esta gente contando sus miserias cómicas. Se trata de una historia anecdótica, pero que también habla sobre la soledad de estos individuos y cómo intentan remediarla con la compañía mutua, que ya da que agradecer.

Inmediatamente después llega Puppy Love (Delphine Lehericey, 2013), que empieza con un arranque de frescura curioso y muy prometedor, pero pierde algo de fuelle a lo largo del metraje. La obra retrata un estadio vital con total fidelidad: la adolescencia femenina. La protagonista, encarnada por la conseguida Solène Rigot, vive las primeras experiencias amorosas y sexuales. En su vida todo marcha normal, con la típica sensación de tedio, desorientación y amenaza de depresión de su edad. Sus relaciones todavía no funcionan como ella quisiera, y eso le genera serias dudas sobre su propio cuerpo y capacidad. Es entonces cuando conoce a otra chica de su edad, aparentemente mucho más liberada, que la guiará hacia juegos de sexo inconscientes como el amor entre cachorros, algo que sucede sin que los sujetos comprendan plenamente la situación. Las aventuras fugaces de las dos amigas se irán repitiendo, siempre con la nueva amiga como incitadora de lo libertario. Llega un punto en que estas repeticiones se hacen innecesarias, porque no aportan nada nuevo, vuelven a recaer sobre los mismos temas, la determinación de la libertaria y la pasividad de Solène. Esto será hasta que suceda algo que ya no será tan inconsciente, y traerá consecuencias al núcleo de relaciones. Será entonces cuando el auténtico ser de la protagonista saldrá a flote haciendo estallar todo el nihilismo latente de la adolescencia, cosa que le provoca cierto placer en el desengaño prematuro.

Después de comer, en la hora más fuerte del sol, el momento indicado para el film, se proyecta Funeral at Noon (Adam Sanderson, 2013). Se trata de una película israelina basada en una novela homónima, centrada en la figura femenina de un ama de casa joven, interpretada por la impasible y etérea Meirav Gruber, que vive en un aburrimiento doméstico que sólo será sacudido por sus escapadas furtivas y un descubrimiento secreto que la mantendrá en vilo. Sutilmente, se nos habla de una represión silenciosa de la mujer, de una rutina y obediencia que se anhela infringir. Las escapadas de la mujer tendrán un niño acompañante, y este error primerizo llevará a que suceda algo peor. Los mecanismos de la mirada y la representación están muy presentes en estas escapadas, en las cuales se pondrá en marcha un juego de escondites y espacios visibles enmarcados entre tres personajes, con el secreto encerrado en miradas mudas. La fotografía y el ambiente son magistrales, de un toque pictórico despoblado, con ocres y suavidades en el paraje desierto, hogar de la individualidad oculta de la figura femenina. Aun así, en este espacio tranquilo se hará palpable el elemento distorsionador, el que motiva a la mujer a infringir la ley, despertado con una inquietud similar a las que despierta Shyamalan en sus buenos momentos, pero sin el añadido de la ciencia ficción.

Para cerrar el día, la película de animación en 3D Futbolín (Juan José Campanella, 2013), un entretenimiento infantil muy correcto, una especie de Toy Story (John Lasseter, 1995) con la pasión por el fútbol. En algunos momentos se hace necesaria una mejora de la animación digital, pero otros, especialmente trabajados a cámara lenta, suponen momentos de gran espectáculo y diversión. El relato canónico suscita a veces emociones forzadas por la situación, pero acaba resultando un producto muy digerible para terminar la jornada.

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‘Los diarios del ron’ (‘The Rum Diary’, Bruce Robinson, 2011)

La génesis del Dr. Gonzo

A finales de los 50, Hunter S. Thompson era un desconocido periodista trotamundos que soñaba con encontrar su Voz y convertirse en Escritor. Con 30 años recién cumplidos y lleno de dudas sobre si jamás lo conseguiría, aterrizó en Puerto Rico para trabajar para el San Juan Star, un periodicucho de segunda categoría leído por la colonia norteamericana, que acudía en masa a la isla atraída por el ron barato, las playas y las tiendas libres de impuestos. En contraste con lo que anunciaban los folletos turísticos, lo que Hunter encontró fue un atajo de periodistas borrachos y errantes, con los que rápidamente trabó amistad, y una isla convulsa por las tensiones entre diferentes fuerzas contrapuestas: entre nacionalistas y unionistas, entre locales y gringos, entre progresistas y anticomunistas y entre huelguistas y especuladores. Este material se convirtió en El diario del Ron (The Rum Diary, 1998), una novela autobiográfica que no vio la luz hasta casi 40 años después de ser escrita.

La adaptación que ahora nos presentan Bruce Robinson y el actor Johnny Depp (también productor) parte de esta novela para componer una especie de precuela de la figura pública del escritor, casi como si de la génesis de un superhéroe se tratara. Los momentos más interesantes del film son los que se apoyan en esta visión retrospectiva y en los que vemos al protagonista incubando algunas de las claves de lo que sería el estilo gonzo: la libertad absoluta, la vocación de decir siempre la verdad sin importar a quién pudiera ofender (o, más bien, buscando ofender a quien merecía ser ofendido) y la búsqueda de una voz única e individual que hiciera saltar por los aires cualquier convencionalismo.

Sin embargo, el potencial de esta especie de ironía dramática extradiegética queda desaprovechado por los visos hagiográficos del film y por la simplificación y el comedimiento con que se plantean las situaciones. Robinson, que en su primer film, Withnail y yo (Withnail and I, 1987), manejaba con gracia unos personajes excéntricos y autodestructivos de los que habría podido recuperar bastantes elementos para la ocasión, opta aquí por una realización bastante convencional, mezclando un tono general de comedia alocada con un romance un tanto sensiblero entre el protagonista y la deslumbrante Chenault (Amber Heard). Es cierto que en algunos momentos, como una pelea en un bar frecuentado por portorriqueños, durante la descripción de la redacción del periódico o en el carnaval de San Juan, parte del salvajismo del material original de la novela parece aflorar, pero cuando el delirio se empieza a gestar, la resolución llega sin que tengamos la sensación de haber estado verdaderamente en peligro.

Únicamente encontramos una verdadera desmesura en la presentación de Paul Kemp (alter ego de Thompson) y en una secuencia de consumo psicotrópico, momentos en los que la interpretación de Depp nos recuerda más a su anterior encarnación del periodista en Miedo y asco en Las Vegas (Fear and Loathing in Las Vegas, Terry Gilliam, 1998).

Por último, el tercio final está dedicado a un proceso de toma de conciencia del autor en el que todos los matices se desdibujan en favor de una visión un tanto maniquea de Pequeños contra Grandes. Y no es que Thompson no disfrutara atacando a todo el que abusara de su poder, pero tan descarnado era con ellos como lo era consigo mismo. Tal vez movidos por la voluntad de mostrar una visión más amable del escritor, en lugar de ese hombre que señalaba todas las miserias humanas (incluidas las propias) sin que eso mermara un ápice su salvaje Hambre de Vida, lo que Robinson y Depp nos ofrecen es una visión descafeinada y simplificada del autor que dedicó su vida a destripar el Sueño Americano.

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