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Donostia Zinemaldia – Festival de Cine de San Sebastián (26/09/2018)

Jornada 6

 

Vision (Naomi Kawase)

¿De qué va? Jeanne (Juliette Binoche) viaja a Japón en busca de la “vision”, una planta exótica con cualidades curativas.

¿Y qué tal? Naomi Kawase se pone trascendental en un drama donde la visión occidental se cruza con la filosofía asiática. Más que iluminar a sus figuras, Kawase las baña en una claridad en la que se funden figura y fondo. El paisaje se convierte en un personaje más. En Vision, todos los temas de la obra de la directora nipona aparecen concentrados, casi de manera forzada: la cuestión familiar, la búsqueda de la identidad, la memoria privada, la pasión… Kawase incluso se permite el uso de imágenes que bien podrían haber sido extraídas de su propio imaginario íntimo. Sin embargo, el pensamiento zen de Vision no termina de encajar con la afectada presencia de Binoche, que parece una simple turista, de visita, por los bosques místicos de Japón.


Roma (Alfonso Cuarón)

¿De qué va? La vida de una familia mexicana de clase media durante los años 70.

¿Y qué tal? Si al León de Oro en Venecia sumamos que una de las productoras de Roma es Netflix, podemos hacernos una idea del morbo -o la expectación- desatada por la última película de Alfonso Cuarón. Después de Gravity (2013), el director mexicano vuelve a la Tierra para escribir, filmar y dirigir él mismo la que podría ser su obra más personal, si no la mejor. A la altura de la mejor literatura latina, Roma podría ser perfectamente el equivalente cinematográfico de la obra de Rulfo o García Márquez.

En un blanco y negro preciosista, desde una posición prácticamente frontal y tomando siempre la distancia adecuada, cada fotograma de la película de Cuarón es una postal dentro de un sublime álbum fotográfico. Sin duda, Roma prolonga los principales temas que el director mexicano venía planteando desde películas aparentemente tan alejadas como Hijos de los hombres (Children of Men, 2006), e incluso se sirve de ciertos recursos formales que podrían recordar al despliegue visual de sus anteriores producciones. Un ejercicio interesante sería, quizá, recuperar la filmografía anterior del director bajo la luz de Roma, su obra abiertamente más íntima, no tanto para ver cuánto hay de sus otras películas aquí, sino para ver cuánto hay de Roma en sus anteriores películas.


High Life (Claire Denis)

¿De qué va? Monte (Robert Pattinson) y su hija pequeña vagan por el universo, aislados dentro de una nave espacial.

¿Y qué tal? Siendo “tabú” la primera palabra que el personaje de Robert Pattinson enseña a su hija, y teniendo en cuenta la carrera cinematográfica de Claire Denis, uno puede jugar a intuir por dónde va a desarrollarse la acción. La odisea espacial de High Life tiene todos los elementos constitutivos de la ciencia ficción (la nave espacial, la inmensidad del cosmos, el astronauta a la deriva…), pero todo ello no es más que un pretexto para hablar del ser humano desde un sentimiento atávico. La violencia, la soledad, la supervivencia… En el terror espacial de Claire Denis, lleno de crueldad, sangre y esperma, las prácticas de la Dra. Dibs (Juliette Binoche) están más cerca de los rituales oscuros que de la actividad científica.

Justo ahora, cuando la ciencia ficción está cada vez más obsesionada por el rigor y la aprobación científica -con películas como Gravity (Alfonso Cuarón, 2013), Interstellar (Christopher Nolan, 2014), La llegada (Arrival, Denis Villeneuve, 2016) o First Man (Damien Chazelle, 2018), por ejemplo-, High Life se escora en el lado opuesto. Los ordenadores de la película de Claire Denis son conscientemente falsos, la tecnología es obsoleta, los uniformes espaciales son harapos. Se trata de una ciencia ficción de corte humanista que ya no hace tanto énfasis en la palabra “ciencia” sino en la “ficción”: en la capacidad de ensoñación del ser humano. De ahí los pasajes casi oníricos, el mundo pesadillesco o las licencias que Claire Denis se toma para, después de todo, acabar hablando del ser humano más primitivo. Más cercana a la literatura rusa que a la espectacularidad norteamericana, en High Life los siniestros fantasmas de Los canallas (Les Salauds, Claire Denis, 2013) han vuelto a iluminar los pasillos de Solaris (Andrei Tarkovsky, 1971).

 

Blackkklansman (Spike Lee)

¿De qué va? Un agente de policía negro, Ron Stallworth (John David Washington), se infiltra en el Ku Klux Klan con la ayuda de su compañero judío, Flip Zimmerman (Adam Driver).

¿Y qué tal? La broma telefónica de Spike Lee empieza teniendo su gracia, aunque se agota casi tan rápido como el discurso del director. Durante más de dos horas, Lee insiste una y otra vez en la estupidez de la comunidad redneck y la exaltación de la comunidad negra. Mientras artistas como Barry Jenkins, Ryan Coogler o Jordan Peele (productor de la película de Spike Lee), están transformando la representación de la comunidad afroamericana y generando nuevos debates, el cineasta de Atlanta se queda atrapado en su discurso obsoleto. Curioso, que el director que reprochaba a Quentin Tarantino el convertir el holocausto de la comunidad negra en un spaghetti western, haga ahora una buddy movie con el Ku Klux Klan de fondo.

Por el título de la película en su distribución española, Infiltrado en el KKKlan, uno podría imaginarse la película de Lee como un entretenimiento a la altura del díptico Infiltrados en clase (21 Jump Street, Phil Lord y Christopher Miller, 2012) e Infiltrados en la universidad (22 Jump Street, Phil Lord y Christopher Miller, 2014), pero su dirección es perezosa, y su obsesión por erigirse como monumento de denuncia política le hacen caer en una tediosa solemnidad. Como comedia, Blackkklansman habría sido quizá más interesante si, en lugar de optar por dos horas de sermón moralista y un sentido del humor bochornoso, hubiera seguido el modelo mucho más sofisticado de Dos rubias de pelo en pecho (White Chicks, Keenen Ivory Wayans, 2004).

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D’A 2013 (28/04/2013) – Nuestras guerras cotidianas

'Cómo celebré el fin del mundo' (Catalin Mitulescu, 2006)

El fin del mundo que imaginan los personajes de la cinta de Catalin Mitulescu no tiene nada que ver con el apocalipsis sino con una liberación: sueñan con el fin de la dictadura de Ceaucescu, tema sobre el que orbita parte del cine rumano de los últimos años que, a partir de historias personales con ruido político de fondo, ha sabido forjarse una identidad propia. La acción aquí se ubica en el último año de mandato tiránico del dictador rumano, donde a partir de la jocosa (por ingenua) visión de un niño, se nos cuenta el día a día de personales que creen en una vida más allá del oscuro horizonte que se dibuja en las sombrías colinas de los Cárpatos. Asustado por la idea de que su hermana decida exiliarse con su amante, el niño planea, junto a sus compañeros de colegio, ni más ni menos que el asesinato de Ceaucescu. Cómo celebré el fin del mundo es un film oscuro desde el primer plano y, a medida que avanza, intenta vislumbrar la luz al final del túnel. Buen indicativo de ello es que gran parte de la acción acontece en la intimidad de la noche, incontrolada por el régimen, que contrasta con las secuencias diurnas ubicadas en la escuela: visión condescendiente y consabida “oficialidad” de una dictadura que sólo puede enseñar canciones nacionales como forja de valores. Catalin Mitulescu, productor de Si quiero silbar, silbo (Eu cand vreau sa fluier, fluier, Florin Serban, 2010) también proyectada en esta edición del festival, demuestra oficio tanto en la dirección de actores como dosificando el tempo narrativo para hacer avanzar la historia sin agotar antes de tiempo su deseado final. El fin del mundo es, como decíamos antes, la posibilidad de un nuevo comienzo. Para saber cómo lo celebran sus personajes se recomienda ver la película.

Una Historia del Bronx ('The We and the I', Michel Gondry, 2012)

Michel Gondry, quien nos tenía acostumbrados a historias fantásticas ubicadas en el terreno de lo orínico, pone, con esta película, los pies en el suelo y nos cuenta, con inusitada transparencia, una fábula sobre la identidad. The We and the I es, más que un relato cotidiano de un grupo de jóvenes de un instituto del Bronx, una radiografía con fuerte sustrato social que ofrece una caleidoscópica visión de dos colectivos perjudicialmente estereotipados por el cine (estadounidense): el afromericano y el latino. La decisión de Gondry de situar la totalidad de la acción en el autobús que hace el viaje de vuelta después del último día de clase, justo en el inicio del verano, imprime un sutil tono melancólico a la historia y condiciona el desarrollo narrativo de la misma. Con la inevitable y amenazadora sombra del cine de Spike Lee, el director francés despliega una puesta en escena sencilla (que no minimalista) pero de ritmo ágil, donde la palabra (en la verborreica dicción de sus personajes) es el principal (aunque no el único) motor de la acción. Así, la peligrosa combinación de un guión pensado al milímetro junto a la obligada naturalidad de los actores, todos ellos debutantes, imprimen al conjunto frescura y magnetismo. Gondry deja aquí de lado la pirotecnia y el exceso formal, aunque estos afloran en pequeñas dosis y en momentos puntuales de la historia, para ilustrar flashbacks y pasajes fugaces que ocurren en la mente de los personajes, algo que no resulta nuevo en su obra. Aún así, la principal virtud del cineasta es no perder el pulso en ningún momento de la narración, manejando con oficio momentos cómicos y dramáticos, sin llegar a posicionarse ni moral ni ideológicamente. Sorprende, pues, muy positivamente, la madurez demostrada por Gondry que, probablemente sin sospecharlo, acaba reflejándose en el protagonista de su película.

La guerra no ha terminado ('Children of Sarajevo', Aida Begic, 2012)

Cerraba la jornada del domingo este duro film que muestra de forma natural (aunque por momentos se caiga en el tópico) la dura situación que vive la población de Sarajevo años después de la guerra de los Balcanes. Un país tan destruido en sus cimientos como en su estructura social. Aquí se da buena cuenta de ello: para olvidar el pasado traumático del conflicto bélico, Rahima se ha convertido al Islam, algo que su família no ha asimilado. Trabaja en una cocina y cuida de su hermano adolescente, que no tiene más visión de la realidad que la de un mundo armado por su propia supervivencia, reforzado en los videojuegos de su Play Station. La recreación de un entorno, ya no asfixiante sino también post-apocalítico, de la Sarajevo actual y cómo se desenvuelve en este terreno Rahima (convincente Marija Pikic) son los principales baluartes de la película, otra ficción más proveniente de Europa del Este y ambientada en un contexto bélico-político conflictivo.

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