Archivo de la etiqueta: Sion Sono

Antiporno (Anchiporuno, Sion Sono, 2016)

Palpitaciones del exceso

Teniendo como motor externo el encargo realizado a determinados directores nipones de prestigio, de rememorar y traer al presente de algún modo la producción exitosa que en los años sesenta tuvo el roman porno, es la mente lúcida y perversa de Sion Sono la que parece pensar: “si es verdad que soy lo más postmoderno que hay por aquí, quizá sea yo quién deba hacer de este encargo nostálgico el juego de tiempos presente-pasado más arriesgado que pueda concebirse”. Es así que el director de Love Exposure (2008) concibe Antiporno, un juego de formas totalmente vistoso y agresivo que es dilatado hasta convertir esa visita a un cine ya hecho y a un pasado ya vivido en una delirante apoteosis del exceso. Y es que es precisamente esta idea de exceso la que guía la película por unos derroteros donde cromatismo, sonido y reiteración del diálogo son tres elementos explotados en un progresivo in crescendo que culmina en límite, en un “no se puede ir más allá, Sion Sono”.

Es en este sentido que el cineasta de Toyokawa, tras un plano-incógnita inicial (que puede ser leído en clave de resolución de las tensiones narrativas generadas en el acontecer del discurso pero desde la chanza que impide que el espectador sienta la liberación que puede pedir a gritos para su protagonista), presenta el deambular nervioso de la artista Kyoko por una casa donde la función de aspectos visuales como una disposición del atrezzo milimétrica y un uso del color muy potente por un lado, y de un diseño de sonido inquieto y que desorienta, por el otro; componen un mundo de tintes futuristas, caracterizado por el desfasaje y por lo inactual de lo que todavía no es –lo que se suma a ese intentar recoger lo que ya ha sido-.

Si nos centramos en elementos centrales en Antiporno como ese paseo desquiciado y lleno de aspavientos de la protagonista, así como en ese aspecto de irrealidad del lugar por el que ella se mueve y que termina por afirmarse una vez Sion Sono derriba la cuarta pared para dejarnos ante un equipo técnico que guía los pasos de ella, es cuando se eleva como uno de los motivos principales la correlación entre realidad y ficción. Es en este punto que el cineasta comienza a desplegar su revés contra la sociedad japonesa de los tiempos que corren –donde la mayoría de los asuntos nos alcanzan, por supuesto-, dando a entender que todo gesto es un “para los demás”, un “para todos menos para mí”, por íntimo que sea. Es decir, que la vida es espectáculo. Una mueca ácida pero juguetona, esta de la que vengo hablando, que adquiere tintes de amargura cuando un discurso cada vez más crispado y que se reitera en sus términos hasta el agotamiento, termina por ceder a una locura que apunta a ese blanco o negro que supone el “o eres puta o eres virgen”; que se erige sobre un condicionamiento prolongado que, teniendo su origen en la familia tradicional, se ve reforzado en todos los ámbitos de la vida social hasta encasillar en una especie de jaula recubierta de conductas prefabricadas y de convenciones sociales.

Una crítica, la de Sion Sono, dirigida contra las presiones que, moviéndose siempre en términos duales que no dejan respirar las zonas intermedias, ejerce la sociedad contra el individuo del Japón más contemporáneo. Todo ello, y ahí está la gracia de director y equipo, marcado por una constante de opuestos que dialogan –que parten de esa dominación y sumisión que se muestra desde un principio- y giran en torno a esa idea de enajenación y alteración consecuencia del ahogo, que es puesta en escena mediante unas formas que penetran los sentidos a una altura visual, sonora y casi táctil, por este sudor que la aceleración permite que palpe en mi cara, dejando que sea esa síntesis entre elementos musicales reconocibles y transgresión pura en todos los sentidos y a todos los niveles la que te lleve a preguntar aturdido: ¿qué es lo que ha pasado?

Publicado en Jump cut | Etiquetado , , , , , , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en Antiporno (Anchiporuno, Sion Sono, 2016)

Atlántida Film Fest – Sección Atlas (III)

Reflexiones en torno a la idea de ficción y documental...

Hace varios años que se viene hablando de un cierto cine que hibrida la ficción, sea eso lo que sea, y el documental: Jia Zhangke, Ari Folman... Una tendencia que se ha ido consolidando y que ha ido generando toda una serie de obras que sorprenden a la vez que incomodan dada la indefinición y ambigüedad de sus mecanismos. ¿Intromisión de la creación ficticia a través de unos mecanismos documentales? ¿Adopción de un estilo documental dentro de las ficciones? ¿Desnaturalización de los métodos o un modo de ver las dos caras de una misma moneda, es decir, la ficción y el documental? No pretendo, ni mucho menos, dar respuesta a estas preguntas en este breve artículo, pero sin duda, ha habido tres propuestas en este Atlántida Film Festival que darán mucho que hablar: se trata de los filmes Why Don’t You Play in Hell? (Jigoku de naze warui?, Sion Sono), La batalla de Solférino (La bataille de Solférino, Justine Triet) y Is the Man Who Is Tall Happy? (Michel Gondry).

Empecemos por el inclasificable Sion Sono: su última obra, Why Don’t You Play in Hell?, es la quintaesencia del juego metacinematográfico puesto al servicio del gamberrismo y vandalismo cinematográficos, es decir, al servicio de la risa grotesca y la burla reflexiva. Ya no sólo por su constante referencia a Kill Bill, Bruce Lee, el cine de Yakuza, de samuráis... y un largo etcétera inabarcable, sino por ese maravilloso tramo final que pone patas arriba toda idea de “making of”: la batalla anticlimática entre los dos clanes enfrentados es, en realidad, una explicación de cómo los mecanismos de la filmación cinematográfica interfieren con la realidad (desde las repeticiones, hasta los ángulos de cámara, las interpretaciones). Intentar explicar el argumento del film es, como en gran parte del cine de Sono, tratar de racionalizar las fugas narrativas del realizador, una acción tan improductiva como innecesaria: baste decir que un grupo de cineastas amateurs reciben el encargo de un jefe yakuza de filmar una obra maestra del cine, valga la redundancia, yakuza. A partir de aquí, realidad y cine se entremezclan en una vorágine de delirios que desembocan en un final para enmarcar. Vean el plano final de esta película y díganme si no se trata de otra vuelta de tuerca al cine híbrido del que hablamos en el párrafo anterior. Entre carcajada y delirio, Sono ha sabido colarnos una reflexión sobre la vida y el cine, la realidad y la ficción.

Pero dejemos de lado la vertiente más gamberra del festival y acerquémonos a Justine Triet, para ver cómo el cine adopta los ropajes del lenguaje televisivo, en concreto de los informativos, para desmontar los andamiajes de la ficción en la magnífica La batalla de Solférino. Obra de difícil catalogación, el filme se erige en torno a Laetitia, una reportera que cubre las elecciones presidenciales de 2012, pero que también es una mujer divorciada, con dos hijos a su cargo y un exmarido. Es esa doble condición de Laetitia, disparidad que todos compartimos en un sentido o en otro, lo que permite al filme moverse entre las dos aguas de la gran Historia y la vida minúscula que acontecen en el mismo espacio y tiempo, en la misma persona. Dos corrientes contrapuestas pero unidas por una cámara que trata de entrelazarlas a través de una filmación próxima al documental, con imágenes filmadas el mismo día de las elecciones, con la protagonista entrevistando (cual reportera) a transeúntes, votantes, y caminando entre la marea social que provocan los grandes acontecimientos, batallando por sobreponerse a su condición de cronista y madre. De este modo, el filme “ficcionaliza” los hechos verídicos de aquel día a la vez que “documentaliza” la cotidianidad de la protagonista a través de una grabación que navega entre ambos géneros fílmicos. Una hibridación que nace de la humanización del filme, de su aproximación a la condición humana de Laetitia.

Demos paso, por último, a la excepcional propuesta documental de Michel Gondry Is the Man Who Is Tall Happy?. El cineasta francés realiza una entrevista al lingüista y filósofo Noam Chomsky y decide que, en lugar de utilizar la imagen de una cámara, realizará dibujos que representen la entrevista. Una idea que convierte lo que podría haber sido simplemente un documental interesante en una obra brillante, creativa y emocionante: no se trata, como pudieran pensar, de dibujar a entrevistador y entrevistado conversando, nada más lejos de la realidad. Lo que Gondry hace es una doble pirueta: dibuja aquello que las palabras tratan de explicar... o callar. Sus dibujos no son un intento de representación fidedigna ni realista, son los subterfugios que dinamitan la idea de lenguaje, el arquetipo de pregunta-respuesta que rige toda entrevista. Jugando a expandir los límites de la imagen documental a través de la animación manual, Gondry logra crear una obra que habla del lenguaje, de los malentendidos del lenguaje (impagables los momentos en que Gondry explicita sus malentendidos con Chomsky), del amor y de la muerte, de la vida, en definitiva... y del cine. Una obra que, contrapuesta a la última creación de Errol Morris, The Unknown Known, nos permite contrastar qué caminos puede tomar el formato de la entrevista. Y con ello no quiero decir que sea un mal documental, al contrario, es un filme que cumple perfectamente con su intención de dibujar el recorrido político de Donald Rumsfeld, y, de paso, la política norteamericana del último medio siglo a través de una guerra dialéctica más o menos encubierta entre entrevistador y entrevistado. El título procede de una frase del propio Rumsfeld [1] en la que las certezas e incertidumbres dan paso a la necesidad de la imaginación como catalizadora del conocimiento (algo que, lamentablemente, podríamos ligar con esa política del terror). Un trabalenguas que pone el acento en esa política de prevención que el gobierno estadounidense lleva años y años llevando a cabo y que queda perfectamente dibujado en el rostro y la política de Rumsfeld.

En fin, dejando de lado este último filme de Errol Morris, el Atlántida Film Fest nos ha regalado tres obras, tres propuestas, que juegan, a su manera, a poner en entredicho la idea de ficción y documental, ya sea mediante un juego bizarro metacinematográfico, una crónica sobre la doble condición humana o la aportación del dibujo sobre la imagen fílmica de una entrevista. Tres aportaciones que noquean, derriban y reconstruyen los géneros que ponen en entredicho, que dejan al espectador con la profunda impresión de que el cine siempre nos guarda una sorpresa nueva entre risas, llantos y malentendidos (y esto va por las tres películas).

Notas:

  1. “There are known knowns; there are things that we know that we know. We also know there are known unknowns; that is to say we know there are some things we do not know. But there are also unknown unknowns, the ones we don't know we don't know”. 
Publicado en Jump cut | Etiquetado , , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en Atlántida Film Fest – Sección Atlas (III)

30th Torino Film Festival 2

A Liar's Autobiography – The Untrue Story of Monty Python's Graham Chapman 3D (Bill Jones, Jeff Simpson, Ben Timlett)

En 1980 Graham Chapman publicó una autobiografía ficcional que relataba su vida y milagros, tanto en su vertiente profesional como integrante de los Monty Python, como en lo personal, con el descubrimiento de su homosexualidad como elemento clave. Chapman falleció de cáncer en 1989, pero su libro ha conocido diversas reediciones y, ahora, una adaptación cinematográfica. Bill Jones, Jeff Simpson y Ben Timlett aplican nuevas capas al juego de verdades y mentiras planteado por el autor, y convierten la historia en una colección de segmentos animados, cada uno con una estética fuertemente diferenciada. Además, tienen la audacia de “resucitar” al protagonista, empleando la grabación de una lectura de la novela que este realizó poco antes de morir, y convocan a sus compañeros en los Python (solo falta Eric Idle) para que pongan voz a los demás personajes. La idea promete, sí, pero es un arma de doble filo que acompleja el resultado final: el filme parece conformarse con ser un sucedáneo, un souvenir que dispare la morriña de los fans del conjunto británico. Por otro lado, es también un desequilibrado y desarmante labour of love, un proyecto entrañable al que cuesta mirar con malos ojos. Aunque el único instante de genio verdadero que contiene venga dado por la recuperación del monólogo que John Cleese pronunció en el funeral de su amigo, una de las cumbres más emocionantes del humor moderno.

Age Is... (Stephen Dwoskin)

Stephen Dwoskin, enfermo y viejo, se filma a sí mismo y a otras personas, también viejas. El director fallece el 28 de junio de 2012, y Age Is... se convierte de inmediato en una obra imposible de discutir. Hacerlo sería como alzar la voz en un velatorio, con el cadáver ahí, justo a nuestro lado. Feo, de mal gusto. Y es una verdadera lástima, porque si hay algo que no necesita el cine de Dwoskin es el elogio automático y el superlativo de lagrimilla.

Pasan los días y todavía no sé qué pensar de la película. No logro encontrar la fuerza expresiva y plástica que, siempre según el florido lenguaje de las hojas promocionales, se desprende de esta cartografía de arrugas y gestos temblorosos. En ocasiones me desconcierta la irrupción de la música o la del silencio, y a lo largo del metraje aprecio más reiteraciones que metamorfosis en su discurso.

En cambio, sí me conmueve el hecho de que el cineasta abandonase este mundo filmando a sus personas más cercanas (todos los rostros que aparecen en pantalla pertenecen a sus amistades). Pero, sobre todo, me gusta que, acostumbrado a hablar en plata cuando toca acercarse a lo incómodo –el título cita explícitamente su anterior Pain Is... (1997)–, Dwoskin se negase a convertir la película en una experiencia traumática y miserable. Este es un filme sobre viejos, simple y llanamente, no sobre abuelitos ni, tampoco, sobre monstruos. Y en ese sentido, resulta más interesante y calibrado (o, mejor dicho, menos calculado) que el Amor (Amour) de Michael Haneke, a la vez tan similar y tan distinto.

Land of Hope (Kibô no kuni, Sion Sono)

Objeto de una completa retrospectiva en la edición de 2011, Sion Sono regresó a Turín todavía en estado de shock por la catástrofe de Fukushima. Al igual que en Himizu (2011), el cineasta retrata la devastación desde el punto de vista del individuo: si allí era un adolescente, en Land of Hope el drama se torna coral al ramificarse en los distintos miembros de una familia.

Ambos filmes pueden verse como un díptico, pero si sus similitudes son evidentes, resulta aún más significativo fijarse en aquello que los separa. A Himizu la tragedia lo alcanzó en pleno proceso de producción, alterando por completo la identidad de un proyecto que, en un primer momento, debía ser “simplemente” la adaptación del manga de Minoru Furuya. Land of Hope resulta, por comparación, más meditada: su motivo argumental no es Fukushima, sino un acontecimiento gemelo situado en un futuro inmediato. De esta forma, el filme adquiere una nada casual pátina de ciencia ficción, que entabla un pulso con la vertiente casi neorrealista de sus escenarios devastados, y que se traslada a algunas de las historias imaginadas por Sion Sono: una mujer embarazada que, aterrorizada por la radiación, convierte su día a día en una burbuja de aislación; una pareja de jóvenes que camina entre las ruinas buscando a la familia de ella, encontrándose con unos niños que podrían ser, o no, fantasmas... Lo cotidiano en Japón, parece querer decirnos el director, se ha distorsionado hasta el límite de lo fantástico. Y, como proclama indignado uno de los personajes, lo más aterrador es que nadie allí reacciona en consecuencia.

Parallax Sounds (Augusto Contento)

La ausencia de grandes nombres que, salvo contadas excepciones, rige la filosofía del Torino Film Festival, lleva al espectador huérfano de referentes a estudiar con especial esmero el programa y el catálogo del festival, esperando encontrar una sinopsis, un dato o incluso una palabra que capten su atención. Fue así como llegué a Parallax Sounds, escondido entre la marea de obras que participaban en “TFFDoc”. Augusto Contento, italiano afincado en París, propone una bienvenida alternativa a las rutinas que lastran tantos y tantos documentales musicales, recordando la escena post-rock surgida en Chicago en los años noventa sin recurrir (casi) al material de archivo, sino mediante a imágenes de la ciudad con el aspecto que presenta a día de hoy. Junto al tejido urbano, entrevistas con músicos: Steve Albini, David Grubbs, Damon Locks, Ken Vandermark e Ian Williams. El hecho de que sean solo cinco protagonistas permite que estos se explayen en sus reflexiones, que veamos a personas conversando y no a meros bustos parlantes. Casi todas las conversaciones se registran en el transporte público o con el entrevistado dirigiéndose hacia algún lugar, quizás en un intento de reflejar la oposición al estatismo rockista que definió los principios del post-rock. Por último, Contento invita a los músicos a grabar la banda sonora del filme (compuesta por Vandermark), un bello gesto contra la nostalgia: la película no sirve para recordar pretéritos momentos de gloria, sino para crear algo nuevo y fuerte.

Extracto presentado para la financiación del filme en Kickstarter.

Publicado en Jump cut | Etiquetado , , , , , , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en 30th Torino Film Festival 2