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‘Raoul Walsh’, de Carlos Losilla. Ediciones Cátedra

Derivas que son una aventura

“Una posible definición del cine de Walsh: una serie de ficciones que se lanzan a sí mismas a tal velocidad, que aparecen tan desbocadas ante el espectador, que finalmente solo pueden captar matices de sí mismas, como la puerta giratoria de un local urbano que solo refleja sombras huidizas del tráfico del exterior. Y es en ese reflejo fragmentario y desdibujado, finalmente abstracto e impreciso, donde se oculta, mínima pero bulliciosa, la condición íntima y melancólica de esos destellos”. 1

Raoul Walsh es el último libro de Carlos Losilla, incluido en esa extraordinaria colección que es “Signo e imagen”, que la editorial Cátedra lleva alimentando con obras sobre cine y cineastas desde hace ya unas cuantas décadas. He de reconocer desde ya, que se juntan en este libro dos de mis debilidades cinéfilas: la electrizante energía de la puesta en escena de Raoul Walsh y la pasión y originalidad de la escritura de Carlos Losilla. De manera que nada podía impedir que este libro me hiciese mucho más llevaderos algunos días de este confinamiento.

Es un lugar común colocar a Raoul Walsh como uno de los cineastas paradigmáticos del periodo clásico de Hollywood, por mucho que ni fue un cineasta estrictamente clásico en las formas, ni fue un cineasta cuya carrera deba circunscribirse exclusivamente al periodo clásico. Es cierto que sus películas más icónicas y reconocidas, y por lo tanto las más y mejor estudiadas – Los violentos años 20 (The Roaring Twenties, 1939), Gentelman Jim (Ídem, 1942), Murieron con las botas puestas (They Died with Their Boots On, 1941), Al rojo vivo (White Heat, 1949), Objetivo: Birmania (Objective, Burma!, 1945), El hidalgo de los mares (Captain Horatio Hornblower R.N., 1951), Tambores lejanos (Distant Drums, 1951), El mundo en sus manos (The World in His Arms, 1952), o El último refugio (High Sierra, 1941)…– pertenecen a esas décadas en las que se inscribe el clasicismo, pero la verdad es que Raoul Walsh dirigió Life of Villa, su primera película, en 1914 (año en el que dirigió cinco películas más; y un año antes de interpretar al asesino de Lincoln en El nacimiento de una nación (Birth of a Nation, 1915), la película con la que Griffith comenzaba a poner en pie algunas marcas de estilo de ese Modo de Representación Institucional al que se acogió el clasicismo cinematográfico) y concluyó su carrera cincuenta años y nada menos que ciento treinta y siete películas después, con “Una trompeta lejana” (1964), cuando la modernidad ya parecía haber certificado definitivamente la defunción del clasicismo.

Olivia de Havilland en 'Murieron con las botas puestas' (Raoul Walsh, 1941)

Pero no es ese el viaje que nos propone Carlos Losilla. No hay en este libro un itinerario
cronológico, ninguna línea recta que marque el camino. En absoluto: Losilla no entiende la historia del cine como una sucesión de causas y efectos desplegados linealmente dando forma a una suerte de progreso. Y, por lo tanto, aborda la filmografía de un cineasta tan inabarcable como Raoul Walsh en un arrebato benjaminiano de imágenes y momentos dispersos que dialogan en una pirueta narrativa, observacional y analítica, a partir de la cual consigue que veamos, clarísima, la homogeneidad de toda una obra cinematográfica que transita por décadas, géneros y estilos, a la vez que nos hace notar que, sin embargo, la de Walsh es una obra que parece querer escapar de esa homogeneidad y emparentarse con cineastas y cinematografías de aquí y de allá.

Raoul Walsh, en una estampa mítica

Losilla avanza de forma implacable por la filmografía de Walsh y por los años y décadas que esta recorre analizando casi cada una del más de centenar de películas de forma exhaustiva, sin poner ninguna de ellas por encima de otra, nunca, en ningún caso: la obra completa de Walsh es para Losilla el hilo conductor del mismo discurso cinematográfico y del mismo discurrir analítico, desde Los amores de Carmen (The Loves of Carmen, 1927), que Losilla hace dialogar con la película de Eisenstein Octubre (Oktyabr, G. Aleksandrov y S.M.Eisenstein, 1927), hasta una película como Marines, let´s go, de 1961, de la que se pregunta por su relaciones con el cine de Resnais, en apariencia tan ajeno a Walsh. Y, sin embargo, la travesía es siempre zigzagueante: va de una película a otra, vuelve, salta a la de unos años después para extraer de ella algo (una mirada, un gesto, un encuadre…) que necesita para explicarnos algo que ha descubierto en otra película anterior. Y así continúa en un ejercicio de escritura torrencial y a la vez deshilachada que de alguna manera inconsciente parece imitar tanto el estilo aparatoso y expansivo de Walsh como la propia trayectoria de la obra del cineasta.

Fotograma de 'Marines, Let's Go' (Raoul Walsh, 1961)

Lo que en realidad hace Losilla es bucear entre las escenas de unas películas y otras en busca de mil y un motivos visuales que las relacionen, y que las relacionen a su vez con otras películas de otras cinematografías y otras épocas. De manera que el hilo conductor del libro no son las películas, sino las líneas de sentido que de forma apasionada e imaginativa Losilla va encontrando entre los recovecos de un autor tan capital en la historia del cine. En este sentido, resultan maravillosos algunos viajes que Losilla emprende (o hace emprender a Walsh), como por ejemplo el que se desarrolla a través del motivo visual (y narrativo) de la "caída”, que le lleva (que los lleva a ambos) desde Buster Keaton hasta Rossellini, en una travesía que va y viene por esa línea fina (a ratos invisible) entre el clasicismo y la modernidad, y del que voy a permitirme citar aquí un pequeño fragmento:

“Una ráfaga conceptual atraviesa esa línea que va de La pelirroja (Strawberry Blonde, Walsh, 1941) y Murieron con las botas puestas (They Died with Their Boots On, Walsh, 1941) a Stromboli (Roberto Rossellini, 1950), pasando por Roma, ciudad abierta (Roma, Città aperta, Rossellini, 1945): para que pudiera producirse el colapso metafísico de Ingrid Bergman en Stromboli eran necesarios antes no solo la caída de la colaboracionista en Roma, Città aperta (…), sino también los desmayos de Olivia de Havilland en esas películas de Walsh, esos dos primeros colapsos del lenguaje narrativo y humano que se dan en pleno cine clásico, ambos mudos ante el dolor que va a provocar la ausencia, ambos indispensables para que después aparezca el gran colapso, la gran mudez ante la enormidad del enigma del mundo que experimentará Ingrid Bergman. De alguna manera, aquello que el cine había ensayado con el slapstick, aquello que alcanza una primera culminación en la caída interminable de Buster Keaton por la pendiente montañosa de Siete ocasiones (Seven Chances, Buster Keaton, 1925) –que a su vez tendría una correspondencia trágica en la caída final de Bogart desde la cumbre de El último refugio (High Sierra, Walsh, 1941)–, llega con toda esa línea sucesora a un tipo de enunciación metafísico, a erigirse en la única respuesta al exceso de significado del mundo circundante –tanto que resulta inaudible si no es mediante el colapso–…”. 2

De derivas tan fascinantes como esta se nutren las reflexiones y la escritura de Carlos Losilla y, por supuesto, este libro tan apasionante como apasionado está plagado de ellas. Tal vez, como el propio autor insinúa en el prólogo, en esta obra no esté todo Walsh (aunque casi), pero sí está todo el pensamiento cinematográfico de Losilla. Un pensamiento que se expande en mil direcciones, la mayoría de ellas tan insospechadas que resulta una auténtica aventura vagar por ellas.

1 LOSILLA, Carlos, Raoul Walsh, Cátedra, Pág 81

2 LOSILLA, Carlos, Raoul Walsh, Cátedra, Págs 90-91

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‘El Efecto K. El montador de Stalin’ (Valentí Figueres, 2012)

Un actor de la Historia

El experimento fundacional de la gramática cinematográfica realizado por Lev Kuleshov es el punto de partida conceptual del último trabajo del realizador valenciano Valentí Figueres, centrado en el proceso de apropiación de la Revolución y de la Historia por parte de la figura de Stalin. Si el montador de cine, al unir dos imágenes, altera el significado que cada una de éstas tenía por separado, lo mismo ocurre con las imágenes de la Historia. Aquél que decide de qué modo se combinan estas imágenes es el montador social, tal como define Maxime Stransky, protagonista del film, al líder soviético.

Siguiendo la estela de películas como Tribulation 99: Alien Anomalies Under America (Craig Baldwin, 1992) o Double Take (Johan Grimonprez, 2009), en las que el found footage servía para moldear la Historia bajo los parámetros de la ficción (o, al contrario, para utilizar la ficción para encontrar una relación nueva entre las imágenes, para descubrir estructuras de sentido que hicieran emanar verdades más profundas que las que mostraban las imágenes por separado o articuladas en un discurso convencional), El efecto K. El montador de Stalin es un elaborado tapiz tejido con una gran diversidad de materiales: películas de Eisenstein o Vertov, noticiarios, home movies, sombras chinescas o la recreación del material rodado por Maxime Stransky. La sutura entre esta diversidad de materiales se consigue mediante la música, la voz en off y los efectos de sonido, de forma parecida a como ocurre en el documental expositivo (para utilizar la terminología de Bill Nichols). Sin embargo, el tratamiento narrativo, el montaje, el tono del material rodado expresamente para la película y, sobre todo, el diseño de sonido y un planteamiento de la voz en off que rehúye la voz de Dios para encarnar la palabra del protagonista (una palabra a la que da vida Jordi Boixaderas), nos acercan a un tono lírico, narrativo y más propio de una ficción, aunque con un modo de representación innovador que explora nuevas posibilidades para un cine en primera persona.

La Historia, o, más precisamente, el discurso sobre ésta construido por quien tiene el poder para hacerlo, tiene un papel privilegiado en la narración de la película, pero desde las elipsis de esta narración oficial de la Historia surge una de las mil historias posibles que podrían explicar su desarrollo. Maxime Stransky, cineasta aficionado, amigo de Eisenstein, convencido revolucionario a pesar de su origen noble, se define a sí mismo, en un momento de la película, como un actor de la Historia. Elegido por Stalin por sus contactos y por su afición al cine, que le dan una coartada perfecta para viajar por el mundo y filmar todo aquello que pueda ser de utilidad a la Revolución, Stransky (que en su paso por Hollywood se metamorfosea en Max Ophüls) se convierte en un flâneur que recorre los momentos claves de la primera mitad del siglo XX. Sin embargo, a diferencia del flâneur descrito por Baudelaire, que sólo paseaba y observaba, Stransky toma partido, actúa y moldea la Historia en su papel de brazo ejecutor del omnipotente líder soviético.

Narrativamente, la película se construye a partir de las dualidades y las oposiciones. La dualidad entre dos maneras de entender el cine (el Cine-Ojo, encarnado por Dziga Vertov, vs. el Cine-Dedo, encarnado por Sergei Eisenstein), entre dos concepciones de vida y de sociedad (la comunista vs. la capitalista), entre dos maneras de entender la imagen (usando las palabras de Bertolt Brecht: la imagen como espejo, que refleja la realidad, vs. la imagen como martillo, que la moldea), entre dos maneras de situarse ante la vida (como observador vs. como catalizador), entre dos momentos de la Historia de la Revolución reflejados en su arte (la efervescencia de los años de las vanguardias soviéticas vs. el oscurantismo del realismo socialista bajo la égida de Stalin). Y también entre dos maneras de amar.

El efecto K. El montador de Stalin es una película compleja y no siempre fácil de ver, con reflexiones de fondo sobre la imagen, el cine, el arte o la Historia. Pero es también una película llena de amor, amistad, sueños, ilusiones, melancolía, traiciones y, sobre todo, utopías rotas que en un momento parecieron posibles, pero jamás se llegaron a materializar.

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