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20 cosas que recordaré del D’A Film Festival 2020

Vivimos tiempos extraños. Por un lado, intentamos sin éxito acostumbrarnos a la incertidumbre constante que provoca un estado de alarma que parece no terminar jamás; por otro, nos gustaría poder resetear el año 2020 y empezar de nuevo, como si de una película de Christopher Nolan se tratara. Las bases de nuestra sociedad se tambalean mostrando más que nunca su vulnerabilidad y nos cuestionamos con frecuencia qué actividades resultan pertinentes o posibles en tiempos de pandemia como los que nos ocupan. Encerrados en nuestras casas, aumentamos considerablemente el consumo cultural introspectivo. No podemos ir a los cines, pero vemos muchas más películas y series que hace un año. Plataformas como Netflix o Amazon hacen su agosto y saben que muchos de estos cambios que la emergencia sanitaria ha introducido en la sociedad han llegado para quedarse. Llevamos años ya preguntándonos sobre el futuro del cine, elucubrando sobre cuál será su lugar en un futuro a medio plazo y siendo conscientes, más que nunca, de la fragilidad de las salas de proyección y su perdurabilidad en el tiempo. Ahora, que los cines de casi todo el mundo permanecen cerrados, nos inquieta no saber cuántos de ellos volverán a abrir en el futuro. Las circunstancias no van a hacer que dejemos de consumir y producir cultura, pero sí que están provocando cambios significativos en nuestros modos de hacerlo.

Algunos festivales han decidido esperar a que pase el temporal, confiando en que la epidemia sea algo pasajero y podamos recobrar nuestra (mal llamada) “normalidad” de cara al año que viene. Otros, en cambio, han optado por seguir adelante contra viento y marea, aventurándose en medio de la tormenta. Haciendo uso de las nuevas tecnologías y las plataformas VOD, son conscientes de que, paradójicamente, pueden llegar más lejos que nunca aunque tengan acotada su libertad de movimientos. Este año, el D’A Film Festival ha alcanzado los 215.000 visionados a través de Filmin, cifra nada desdeñable para un festival de cine de autor que multiplica así por 10 la afluencia de público lograda el año anterior.

He de confesar que admiro profundamente la fuerza de voluntad, confianza y empuje de todas aquellas personas que consiguen sacar adelante proyectos culturales de esta envergadura en circunstancias tan desfavorables. Aunque al enterarme de que finalmente la décima edición del D’A iba a ser online no pude evitar mi frustración, una parte de mí agradeció infinitamente el gesto. Íbamos a perdernos los encuentros, la fisicidad, el componente social, la pantalla grande, las discusiones sobre las películas en las colas de las sesiones y la posibilidad de cruzarnos “casualmente” con algunos de los directores, pero a cambio podríamos ver las películas en pijama, a la hora que quisiéramos y sin soportar aglomeraciones ni tener que malcomer engullendo un sándwich entre sesión y sesión. Al menos, no todo eran contras. Además, al haber interrumpido forzosamente la mayor parte de nuestra vida laboral, disponíamos de más tiempo que nunca para dedicarle a aquello que tanto nos obsesiona: el cine. Así que sin excesivos dramas, decidimos vivir el momento y adaptarnos a la situación como nuevo público a distancia de un festival virtual. Las conversaciones en los grupos de Whatsapp sustituyeron a las charlas en las colas para las distintas sesiones y nuestra tendencia anárquica nos llevó a opinar en redes sociales sobre las películas incluso durante su visionado, sin importar que este fuese a las siete de la mañana o a las doce de la noche (hay necesidades imperantes que no pueden esperar).

Como todos sabemos, las listas siempre son algo completamente subjetivo, escritas frecuentemente con el ánimo de crear una cierta discrepancia lúdica. Hay gente que las odia y gente que las ama. Gente que jamás admitiría en público que le encanta leerlas y gente que admite seguirlas con devoción. Confieso, a título personal, sentir una cierta debilidad por ellas. Por leerlas y por escribirlas. Por matizarlas, por cambiarlas constantemente, por defenderlas a ultranza, por renegar de ellas y a veces incluso avergonzarme. Por añadirles asteriscos, por otorgar primeros lugares ex aequo o intercambiar posiciones tras reflexionarlas demasiado. Confieso, a título personal, que la idea de hacer una lista siempre ha estado ahí, desde el primer día de festival. Por todo ello, comparto a continuación los mejores momentos que ha dado el D’A Film Festival en esta su décima edición. Una edición extraña, sí, pero al fin y al cabo posible.

  1. La debilidad del Festival por el cine francés. En su décimo aniversario ha sido inaugurado por Habitación 212 (Christophe Honoré, 2019) y hace 10 años dio el pistoletazo de salida a su primera edición con Pequeñas mentiras sin importancia (Guillaume Canet, 2010). Entre medias, películas inaugurales como  Un amour de jeunesse (Mia Hansen Love, 2011), Un castillo en Italia (Valeria Bruni Tedeschi, 2013), Saint Laurent (Bertrand Bonello, 2014) o Un hombre fiel (Louis Garrel, 2018), han confirmado que el cine francés sigue teniendo mucho que ofrecer.
  1. La monumental y emocionante épica familiar de Dwelling in the Fuchun Mountains (Gu Xiaogang, 2019), la que para muchos ha sido sin duda la mejor película del festival. Opera prima cuyos impecables planos secuencia jamás podremos olvidar. Película que desapareció de repente de la plataforma a medio festival, quedándose además sin premio alguno en el Palmarés.
  1. La sorprendente narrativa de My Mexican Bretzel (Nuria Giménez Lorang, 2019) y el uso que hace su directora del material de archivo. ¿Se puede hacer cine sin producir más imágenes de las que ya tenemos? El debate está abierto y puede cambiar el rumbo del cine. Premio del Público más que merecido para un documental que subvierte las etiquetas del género.
  1. La secuencia en la que la protagonista de Los Páramos (Jaime Puertas, 2019) devora Petit-suisses como si no hubiera un mañana. Emulando, tal vez inconscientemente, al personaje interpretado por Paul Newman en la Leyenda del indomable (Stuart Rosenberg, 1967) y su ingesta desmesurada de huevos duros.
  1. La frescura de Le Regard de Charles (Marc di Domenico, 2019), documental que puede fascinar incluso a aquellos que no son fans de Aznavour y su música.
  1. La impactante dureza de Abou Leila (Amin Sidi-Boumédine, 2019), sus fugas oníricas y el uso de la elipsis con el fin de mantener la tensión durante sus más de dos horas de metraje. Premio de la Crítica osado y nada complaciente.
  1. La ternura infinita que despiden personajes como la familia de Los Lobos (Samuel Kishi Leopo, 2019), la protagonista de Ghost Tropic (Bas Devos, 2019), La Mami (Laura Herrero Garvin, 2019) o la adolescente protagonista de Nevia (Nunzia de Stefano, 2019).
  1. Momentos WTF como el inicio de La reina de los lagartos (Burnin’ Percebes, 2019), las pruebas para ser Primer Ministro de Canadá en The 20th Century (Matthew Rankin, 2019) o las peripecias de dos particulares agentes de la CIA para destruir un virus llamado Soviet Union en Jesus Shows You the Way to Highway (Miguel Llansó, 2019).
  1. La polémica secuencia de la descarnada Algunas Bestias (Jorge Riquelme Serrano, 2019) que ha servido para avivar el debate sobre el uso de la elipsis. ¿Es lícito mostrar todo lo que sucede en una historia con el fin de narrarla? ¿Es más efectivo el primer plano que no deja nada a la imaginación o la omisión deliberada de los hechos? ¿Nos gusta que el cine nos incomode?
  1. La oportunidad de descubrir la filmografía de la austriaca Jessica Hausner: una desconocida por estos lares que, con media docena de largometrajes en su haber, demuestra que el cine corrosivo no es territorio exclusivo reservado a los hombres.
  1. El momento “parque de atracciones” en To the Ends of The Earth (2019), último filme de Kiyoshi Kurosawa; director habitual del D’A que esta vez nos ofrece una comedia con toques dramáticos que, en el momento más inesperado, se convierte en musical. ¿Se puede pedir más?
  1. El minimalismo sombrío y ascético de As Mortes (Cristóbal Arteaga Rozas, 2019). Su impecable fotografía en blanco y negro, sus silencios, su ausencia de explicaciones, sus interrogantes abiertos.
  1. La fuerza interpretativa de Mary Twala en el papel de una anciana viuda que se opone a la construcción de una presa que inunde el cementerio donde está enterrado su marido. This is not a Burial, it’s a Resurrection (Lemohang Jeremiah Mosese, 2019) es, sin duda, una de las sorpresas de este año. Porque a pesar de que la producción de películas en el continente africano es enorme, pocas son las oportunidades que tenemos en España de ver su cine, escaso en festivales y todavía más en salas comerciales.
  1. La inesperada oportunidad de rescatar los 450 minutos de la descomunal Sátántangó (Béla Tarr, 1994) en versión restaurada.
  1. La secuencia de la hiperventilación en Disco (Jorunn Myklebust Syversen, 2019) y la agridulce sensación de que con una mezcla tan explosiva –religión exacerbada y música disco– podría haberse conseguido mucho más.
  1. La acogedora intimidad que consiguen crear el director (Pablo García Canga) y la intérprete (Maud Wyler) de La nuit d’avant (2019) en tan solo 16 minutos. Porque lo bueno si breve…
  1. Comprobar que el impulso colectivo surgido hace ya unos cuantos años ha logrado perdurar en el tiempo y consolidarse como una de las secciones más arriesgadas del festival, apostando sin dudarlo por el cine realizado en los márgenes de la industria de nuestro país.
  1. La espontaneidad que despiden los diálogos de Violeta no coge el ascensor (Mamen Díaz, 2019), mucho más parecidos a una conversación cualquiera entre amigos que al guion de una comedia indie de bajo presupuesto.
  1. La reivindicación feminista de Carne (Camila Kater, 2019), que logra ir más allá de los clichés y los prejuicios para proponer una contundente reflexión en sus escasos doce minutos.
  1. La secuencia del baño en la distópica Atlantis (Valentyn Vasyanovych, 2019). Porque nunca una excavadora había tenido utilidades tan imaginativas.

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La niebla y el horizonte

Me gustaría empezar este texto con una confesión: estoy llevando todo esto bastante regular. Supongo que, en una situación como la que estamos viviendo, cada cual canaliza la ansiedad a su manera y yo probablemente todavía no he encontrado la mía. Hay gente cuya rutina no ha cambiado en lo esencial y siguen teletrabajando desde casa solos y precarizados, as usual, otros han descubierto su pasión por la cocina o las manualidades, hay quien está aprovechando este apocalíptico intermedio para ponerse al día con las series (cosa para la que, de hecho, necesitaría varias vidas) y a otros les ha dado por la vida sana, el yoga en el salón y los vídeos de mindfulness en Youtube. También hay quien se pasa el día enviando memes y vídeos graciosos a sus familiares, allegados, amigos, colegas y conocidos, y los que se estresan porque no van a ser capaces de hacer todas las actividades en streaming que ahora se nos proponen. ¿Será que la hiperproductividad neoliberal también genera dopamina y por eso en momentos como estos preferimos hacer más y pensar menos?

Para ser sincera, ninguna de estas alternativas me resulta demasiado tentadora y es por ello que intento quedarme con lo de siempre: cine y literatura pendientes. Os aseguro que me encantaría aprovechar estas horas muertas disfrutando de todos esos libros sin leer amontonados en los estantes (tsundoku, le llaman a esto los japoneses) o de todas esas películas que ahora podemos disfrutar online de manera gratuita. Pero por desgracia, de poco sirve el tiempo si no hay suficiente ánimo y predisposición. Porque desconecto con frecuencia sea cual sea la película, para consultar, una y otra vez, las estadísticas de muertes por Covid-19 en el teléfono móvil (en escala lineal y logarítmica), las discusiones por redes sociales de todos los cuñaos capaces de arreglar el mundo, los artículos amarillistas escritos por reporteros que, cual habilidosos prestidigitadores, convierten la desgracia en pornografía, los mensajes oficiales de los distintos presidentes (los que nos caen bien y los que no), los pronósticos de los epidemiólogos optimistas y los pronósticos de los epidemiólogos pesimistas, los artículos que rememoran la peste bubónica del S XIV y las fotos de las principales capitales de Europa completamente vacías. Lo sé, es un considerable compendio de lo peor que se podría hacer en estas circunstancias. Lo sé, tendría que aprovechar estas semanas para desconectar por completo, focalizar en las cosas que puedo hacer sin atormentarme, empezar algún proyecto nuevo, hacer limpieza a fondo de la casa, empezar a escribir una nueva novela… Y sí, de nuevo la adicción a la hiperproductividad, como un fantasma siempre presente a nuestro alrededor, cualesquiera que sean las circunstancias.

Pero, aunque no lo parezca, he venido aquí a hablaros de cine. O al menos, a intentarlo. Aunque en estos momentos tenga unas irreprimibles ganas de llorar. Como Keiko, la camarera protagonista de uno de los primeros largometrajes de Sion Sono, Keiko desu kedo (I am Keiko, 1997), y apoye las manos en el cristal de la ventana con la esperanza de sentirme un poquito más cerca del exterior. Aunque cuente, como ella, los segundos, los minutos, los días que faltan para que todo esto termine y lo recordemos tan solo como una inoportuna pesadilla.

"Keiko desu kedo" ("I am Keiko", Sion Sono, 1997)

Por supuesto, todos sabemos que podría ser mucho peor. Al fin y al cabo, en mi caso, y en el de mucha gente, no deja de ser una suerte de pandemia en diferido retransmitida a través de redes sociales. Obviamente no es así para quienes la están sufriendo de verdad (ya sabemos todos quiénes son) y no en modo burgués o semiburgués, que al fin y al cabo es como muchos de nosotros la estamos observando desde nuestros cómodos hogares. Y sí, cuando pienso en todo eso, como es lógico aflora en mí el sentimiento de culpabilidad. ¿Quién eres tú para quejarte cuando hay gente que lo está pasando infinitamente peor? Deja de darle vueltas al asunto y habla de cine, que al fin y al cabo, es a lo que has venido.

Porque no eres víctima de violencia de género ni vives en una barraca de cartón. Porque tu nevera está llena y tienes ahorros para sobrevivir una temporada. Porque no tienes un hijo como Julito de la Cruz ni has de ser 24 horas al día como Clara, el personaje de Victoria Abril en Mater Amatísima (José Antonio Salgot, 1980), encerrándote en casa con el pequeño autista y evitando toda relación con el mundo exterior. Porque tus vecinos no son depredadores como los vecinos de Robert Laing en High-Rise (Ben Wheatley, 2015) y por el momento no vas a necesitar armas de fuego para seguir adelante. Porque tu familia siempre ha sido permeable a las influencias –positivas– del mundo exterior y no te han educado como los progenitores de Canino (Kynodontas, Yorgos Lanthimos, 2009) a sus hijos. Porque sí, porque hay gente que está mucho peor que tú, así que deja de dramatizar y habla de cine.

"High-Rise" (Ben Wheatley, 2015)

 

"Canino" ("Kynodontas", Yorgos Lanthimos, 2009)

En definitiva, de poco sirve hacerse la víctima y sentirse mal, aunque el Primer Ministro de Canadá Justin Trudeau nos haya dicho por Twitter que estamos en nuestro derecho a hacerlo, debido a lo excepcional de las circunstancias. Opta, en cambio, por la vía positiva, para variar. Recomienda a los lectores buenas películas, preferentemente largas (recuerda que ahora tienen mucho tiempo libre). Háblales de la estética magnificencia de los 450 minutos de Sátántangó (Béla Tarr, 1994), de la gozosa y juguetona incontinencia narrativa de Mariano Llinás en La flor (2018), de la ambición y la suntuosa complejidad experimental de Noticias de la antigüedad ideológica (Alexander Kluge, 2008), estupendas opciones todas ellas a las que dedicar ese tiempo que no queremos desperdiciar.

También puedes aprovechar el filón apocalíptico-epidémico para ser un poco oportunista y recomendar obras maestras desconocidas que tus compañeros de profesión crítica todavía no hayan desempolvado. Como la escalofriante Variola Vera (Goran Markovic, 1982), por ejemplo. Porque el cine yugoslavo de los años 80 es todavía para muchos un gran desconocido y la película lo merece. Por eso, y porque recrea un caso real de epidemia de viruela, la última que hubo en Europa, y que afectó a toda Yugoslavia en 1972. También por su inesperada mezcla de terror costumbrista y humor negro, y porque algo de esperanza no viene mal de vez en cuando (la epidemia fue contenida con relativo éxito y finalmente, “tan solo” hubo 175 contagiados y 35 fallecidos en todo el estado. Al menos, según los datos oficiales.).

"Variola Vera" (Goran Markovic, 1982)

Y si piensas en un espectador más dado a la melancolía y la decadencia sofisticadas, le puedes sugerir que recupere Muerte en Venecia (Morte a Venezia, 1971), una de las obras maestras de Luchino Visconti, en la que una epidemia de cólera azota una Venecia que, años después, se verá obligada a revivir el pánico en el mundo real. Puedes proponerle que busque paralelismos. Que analice la incredulidad inicial generalizada, tanto en el filme como a su alrededor. Que preste una especial atención a esa secuencia en la que Gustav von Aschenbach busca desesperado a alguien que le diga la verdad, a alguien que le cuente sin reservas todo lo que en realidad está pasando.

"Muerte en Venecia" ("Morte a Venezia", Luchino Visconti, 1971)

Me gustaría, en momentos como estos, tener la entereza de Jafar Panahi y utilizar la cuarentena forzosa para crear. A ser posible, una obra maestra. Aprovechando además, que las autoridades ni siquiera me lo prohíben como a él (a no ser claro, que necesite salir de casa). Pero admitámoslo, no soy Panahi y en estos días de encierro no creo que logre nada parecido a Esto no es una película (In Film Nist, 2011). Tampoco soy JD Salinger ni Emily Dickinson y, como ya dije al principio del texto, este confinamiento lo estoy llevando regular.

"Esto no es una película" ("In Film Nist", Jafar Panahi, 2011)

De hecho, mi tendencia al tremendismo desaforado (que por respeto a mis amistades intento manejar en privado) me lleva a menudo a imaginarnos, a mí y a mi pareja, como si fuésemos los entrañables ancianos de Cuando el viento sopla (When the Wind Blows, Jimmy T Murakami, 1986), asomándonos dentro de unas semanas a la puerta de la calle, asustados, hambrientos y deshidratados, manteniendo la esperanza de que no se repita el paisaje postapocalíptico del filme. Por supuesto, soy consciente de que la realidad no será así, y si bien las consecuencias de lo que está sucediendo serán nefastas para una mayoría, tal vez lo más sensato (o en todo caso, lo menos desalentador) sea dejar una puerta abierta al optimismo, como hace el filósofo Slavoj Žižek. Aun a pesar de que temamos que las medidas coercitivas van a acabar quedándose entre nosotros bastante más tiempo del necesario. Aun a pesar de que temamos que el neoliberalismo, con cada desgracia, acabe haciéndose un poco más fuerte.

"Cuando el viento sopla" ("When the Wind Blows", Jimmy T Murakami, 1986)

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