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Donostia Zinemaldia – Festival de Cine de San Sebastián (23/09/2018)

Jornada 3

Yuli (Icíar Bollaín)

¿De qué va? El famoso bailarín cubano Carlos Acosta recuerda su vida y su carrera como artista en clave de biopic.

¿Y qué tal? Cuando el Carlos Acosta de la vida real -que se interpreta a sí mismo- abre uno de sus álbumes de fotos durante un ensayo, la ficción de Bollaín entra en juego para reconstruir la vida del bailarín cubano a modo de flashbacks. Desde su más tierna infancia, la reticencia de Acosta por ir a cualquier academia de baile contrasta con la firme voluntad paterna de potenciar el talento de su hijo. La historia del bailarín que más tarde sería conocido como Yuli es la de un relato de sacrificio y éxito. Un drama perfectamente medido, donde la danza se convierte en una herramienta de sublimación de lo real.


First Man (Damien Chazelle)

¿De qué va? Un recorrido por la vida del astronauta Neil Armstrong durante la década de los sesenta, marcado por su paso por la NASA, que por aquel entonces aceleraba su carrera por llegar a la luna.

¿Y qué tal? En Calígula, Albert Camus presentaba a un emperador romano obsesionado con un único objetivo: conseguir la luna, que para él no era otra cosa que la felicidad. Parece que las ambiciones de Chazelle no andan muy lejos de las del gobernante, y que es plenamente consciente de que para ganarse un lugar en el panteón de los grandes directores también tiene que competir en la carrera espacial. De Kubrick a Nolan, pasando por Scott, Bay o Cuarón, todos han abandonado en algún momento la órbita para explorar los confines del espacio.

Chazelle propone, en su particular visión, una alternativa que en lugar de apostar por la inmensidad del espacio, opta por una visión prácticamente claustrofóbica e introspectiva, llena de primeros planos de su hierático Neil Armstrong (Ryan Gosling), intentando desentrañar las intenciones del famoso astronauta. First Man mantiene como núcleo temático la obsesión principal de Chazelle: el sacrificio.


Girl (Lukas Dhont)

¿De qué va? El día a día de una adolescente transexual que sueña con convertirse en bailarina de ballet.

¿Y qué tal? Parece que el dispositivo formal de los hermanos Dardenne en su trabajo sobre el realismo social no es suficiente para su compatriota, el también belga Lukas Dhont, a la hora de aproximarse a los problemas diarios de la joven transexual Lara (Victor Polster). Dhont necesita llevar su retrato un paso más allá, y Girl, que atrajo numerosos comentarios en su paso por Cannes, termina por dinamitar todo su planteamiento estético -más o menos pudoroso- cuando, en sus últimos compases, decide optar por la agresión más directa y explícita. La doble agresión (moral y psicológica) a la que Dhont somete a su personaje durante todo el metraje: desde la perforación de las orejas o las tortuosas clases de ballet hasta el fugaz acoso sufrido por sus compañeras, concluye con una imagen brutal y cuestionable, que parece más vinculada a un gesto de provocación que a un intento real por comprender a su personaje.


Beautiful Boy (Felix Van Groeningen)

¿De qué va? La relación entre un padre (Steve Carell) y su hijo (Timothée Chalamet) adicto a las drogas.

¿Y qué tal? Desde el mismo momento en que David Sheff (Steve Carell) pide ayuda para intentar comprender a su hijo Nic (Timothée Chalamet) la película de Felix Van Groeningen se convierte en un puzzle donde las piezas del pasado y del presente se entrecruzan, tratando de reagrupar una relación paternofilial en descomposición. Van Groeningen adapta una novela basada a su vez en una historia real, donde las recaídas del joven Nic se convierten en un permanente calvario para padre e hijo. Sin embargo, el drama de Van Groeningen se convierte en un monótono sermón por vías muy transitadas. Y, aunque Steve Carell está a la altura de la figura paternal, Timothée no termina de funcionar como ese hijo pródigo que vuelve a tropezar con la misma piedra una y otra vez.

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Sitges 2013 – ‘Only God Forgives’ (Nicolas Winding Refn, 2013)

The end is the beginning is the end

Que Only God Forgives no iba a ser una película fácil tanto para el público como para la reputación de su director Nicolas Winding Refn no resulta sorprendente dadas las expectativas generadas. Más allá de lo que ofrece el film, las comparaciones con Drive (2011), su anterior y exitosa película, iban a ser constantes, y más con la presencia otra vez de Ryan Gosling como protagonista; no en vano, en algunos lugares, se llegó a publicitar el film como Drive 2.

Aunque ya de entrada comparar obras de un mismo director no resulta nunca del todo productivo, este es un caso donde aún resalta más la inanidad de tal asunto. Y es que, puestos a establecer análisis comparativos, Only God Forgives está más cerca del tono general de la filmografía del señor Winding Refn que de Drive. Para entendernos, Only God Forgives tiene más de trasunto oriental de Valhalla Rising (2009) (por su tratamiento temático y formal) que de secuela de su anterior film.

Y es que este policiaco oriental, esta historia de venganzas, mafias, violencia y sangre se resume en una palabra: depuración. Winding Refn opta por la atmósfera como vehículo narrativo. Sobran las palabras, sobra la banda sonora de subrayado. Lo importante es que el color (rojo), la imagen (hipnótico-onírica), la parquedad del diálogo, todo ello conforme un estado de ánimo, una sensación de calma antes de la tormenta de violencia que acaba por estallar, abruptamente, a cada rato. La película es un mapa del clima de Tailandia: asfixiante, voluptuosa, húmeda y explosiva y donde lo narrado, de aparente simpleza, queda como una excusa argumental para su plasmación formal.

Y no, esto no es un capricho, un artificio de posado artístico del director danés. Al contrario, estamos ante un ejercicio de riesgo, de triple salto mortal inverso. Winding Refn renuncia voluntariamente a seguir con un modelo que le había dado éxito y vuelve a vincularse emocionalmente con la representación por la vía del silencio, de lo que significa la traslación de los sentimientos a través de la desnudez de una pared o de la mirada perdida de sus protagonistas. La recuperación de algo tan ausente como la autenticidad del primer plano más allá del artificio del recurso (como por ejemplo su uso en Los MiserablesLes Misérables, Tom Hooper, 2012–).

Precisamente si Only God Forgives acaba por no resultar redonda del todo es por la sensación de que su protagonista, Ryan Gosling, intenta reproducir esa suerte de antihéroe romántico de Drive. Una tarea en la que no acaba de salir bien parado al no transmitir correctamente la mezcla de sentido de la justicia, vergüenza edípica y violencia contenida que se le supone al personaje. ¿Error de casting? ¿Juego malévolo de Refn? Imposible de saber.

¿Qué es entonces Only God Forgives? ¿La película de un egocéntrico irremediable? ¿Un proyecto fallido? Nada de todo ello. Only God Forgives es en todo una película personal, un proyecto que se quiere desvincular de ese exitoso Nicolas Winding Refn que, dicho desde la admiración hacia su película, sí postureaba con sus escarceos multirreferenciales en Drive. Es por ello que estamos ante un film que no apuesta por el aplauso fácil por la vía de la repetición sino que busca volver a las bases cinematográficas del director mediante un ejercicio de análisis, autocrítica y revisitación de sus lugares estéticos originales. Lo que el director danés propone es un viaje terrible hacia las profundidades más oscuras del ser humano. Sus deseos, sus pasiones ocultas. Hacia ese territorio donde incluso la justicia y la honorabilidad pueden ser objeto de discusión moral. Only God Forgives sería el Ghost Dog de Jim Jarmusch (1999) pero sin karma, sin paz interior, sin redenciones.

Este es un film sobre la(s) ausencia(s), sobre la incapacidad de establecer auténticos vínculos más allá de las reacciones animales del causa/efecto. No es gratuito que esta conexión se desarrolle en un marco que pone de relieve dicha causalidad. Hay una búsqueda de lo espiritual en las imágenes, contexto geográfico y actitudes de los personajes, una exploración cuyo objetivo, sin embargo, no es encontrarlo, sino poner de relieve su ausencia, su fracaso. Los personajes se esfuerzan por aparentar ser lo que no son; defensores de la ley, mafiosos, madres. Todos acaban siendo presas de su propia incapacidad para controlar sus bajos instintos, sus ansias de destrucción, su animalidad. Al final Only God Forgives acaba siendo un cuadro barroco sobre la violencia, el reverso plástico y sudoroso de lo que Winding Refn nos ofrecía en la saga Pusher. Estamos ante una película semejante a una olla a presión, donde las emociones, las reacciones, los deseos se intentan contener hasta ese punto de no retorno donde todo estalla en forma de tormenta de sangre e ira. No hay paz en Only God Forgives, ni tan siquiera tregua, solo fotogramas tan cargados de electricidad estática que da la sensación de narración saturada, densa, pesadillesca.

Por todo esto la relación que Only God Forgives establece con la audiencia no puede ser otra que la del agotamiento, el de la resaca de una mala borrachera, el despertar de un mal viaje de ácido. Una relación basada en la falta de piedad, en el castigo inmisericorde de la retina por la vía punitiva, en la negación de la empatía con nada ni nadie de lo que aparece en pantalla. Una película que no pretende aleccionar, ni trascender, que no quiere dar ni da lecciones morales sobre el bien y el mal. Un producto sin duda despiadado, cruel y descarnado. Only God Forgives es en definitiva Saturno devorando a sus hijos…una y otra vez.

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