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La comunidad de los corazones rotos (Asphalte, Samuel Benchetrit, 2015)

La soledad llama a hacerse compañía

Un edificio cuya fachada indica que ha pasado mucho tiempo desde la última vez que alguien se preocupó por repararlo. Gris, como el cielo de cualquier barrio anónimo de extrarradio en el invierno francés. Este es el emplazamiento en el que van a sucederse una serie de encuentros curiosos. Esta es La comunidad de los corazones rotos. La película de Samuel Benchetrit, basada en la novela “Corazones de asfalto”, del propio Benchetrit, nos presenta las historias de tres extrañas parejas. La conjunción de personajes que, a priori, son incompatibles, lleva dando frutos en multitud de géneros cinematográficos desde el principio de los tiempos: desde las parejas cómicas del slapstick, hasta las buddy movies policiacas o de acción, pasando por las incombustibles comedias románticas. La comunidad de los corazones rotos no explora de manera purista ninguno de estos géneros, sino que transita entre el drama de seis personas solitarias y la comedia de la convivencia entre desconocidos.

Sternkowitz (Gustave Kervern) es un grandullón solitario que tiene la mala fortuna de sufrir una lesión en las piernas justo después de ser el único vecino en oponerse a pagar el arreglo del ascensor y estar vetado a su uso. La utilización clandestina del ascensor le obliga a salir de madrugada a buscar comida en las máquinas del hospital cercano donde conoce a una enfermera (Valéria Bruni-Tedeschi) que acostumbra a salir a fumar en el descanso de sus guardias.

Jeanne Meyer (Isabelle Huppert) es una actriz venida a menos que decide mudarse al edificio mientras experimenta un tiempo muerto en su carrera profesional. Allí conoce a su vecino de enfrente, Charly (Jules Benchetrit), un adolescente que subsiste sin más presencia materna que una nota y un poco de dinero.

La señora Hamida (Tassadit Mandi) vive sola en compañía de la televisión y las telenovelas hasta que recibe la más extraña de las visitas: la de John McKenzie (Michael Pitt) un astronauta de la NASA que en su retorno del espacio aterriza en la azotea.

El amor entre mentiras e inseguridades de Sternkowitz y la enfermera, la extraña conversión de los encuentros entre Jeanne y Charly en momentos materno-filiales, y la comprensión emocional —a pesar de la incomprensión idiomática— entre Hamida y McKenzie, son las tres peculiares relaciones que se configuran a partir de una base común: la necesidad del otro que sufre un corazón solitario. Tres encuentros entre polos opuestos que, como tales, se atraen necesariamente, en torno a los que gira una cinta sin moralejas ni finales felices. Incluso podría decirse que sin finales de ningún tipo, porque la vida —siempre que no intervenga la muerte— no se acaba: cambia y continúa, y nunca se sabe si una despedida va a convertirse en reencuentro o un encuentro en despedida.

La película va intercalando las historias casi a modo de gags largos, con un tono humorístico con cierto aire de extrañamiento e, incluso, de surrealismo. Un humor muy similar al explotado en el cine del director sueco Roy Andersson[1]. También la factura visual de la película de Benchetrit es similar a la del cine de Andersson, con planos fijos y relativamente abiertos, una composición normalmente estática, interpretaciones sólidas y serias (pese a estar experimentando en ocasiones momentos cómicos) y una paleta de color que tiende a los grises y a la desaturación.

La comunidad de los corazones rotos es una ventana por la que asomarse brevemente a cómo vivimos y gestionamos la soledad. Es un viaje por la construcción de una relación desde sus cimientos, asistiendo a las pequeñas comodidades y confianzas que van surgiendo de la tensión incómoda del desconocimiento. Es una comedia que no está pensada para aliviar un momento dramático, sino para acompañarlo indisociablemente. Una película irónica, que consigue la empatía y la ternura hacia sus personajes sin un ápice de compasión, lo cual, es mucho.

[1] Guionista y director de Una paloma se posó en una rama a reflexionar sobre la existencia (En duva satt på en gren och funderade på tillvaron, 2014) y La comedia de la vida (Du Levande, 2007), entre otras.

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Una cierta influencia en algunas películas suecas

Al tópico de caracterizar al cine sueco como íntimo, reflexivo y concentrado, atento a los vaivenes de la conciencia, habría que añadirle más adjetivos: naturalista, cálido, cómico o grotesco. Dado que todo tópico responde a una verdad (Bergman lo confirma), no debería olvidarse a otros directores que también ayudarían a ampliarlo: la sensualidad de Bo Widerberg, el impresionismo de Jan Troell o el sádico humor de Roy Andersson. El breve verano sueco y la naturaleza desbordante se reflejan, quiérase o no, en la filmografía nacional, así como el reverso siniestro y oscuro de un largo invierno.

Hacia el final de Happy End (2011) de Björn Runge una mujer plenamente madura mira a cámara al borde del mar. No hay que cavilar mucho para buscar su correspondencia con la famosa escena de Harriet Andersson en Un verano con Mónica (Ingmar Bergman, 1953). Se podría pensar en esa mujer como una versión adulta de aquella otra joven. ¡Craso error, si atendiéramos tan solo a la lógica! Monika no tenía futuro por la sencilla razón de una cuestión de clase. Sin embargo, ese intersticio vacío bien pudiera responder al abismo entre una sociedad obrera y agraria y la del bienestar actual. Como la misma filmografía de Bergman muestra, la burguesía terminó por acaparar el centro protagónico, lo que ayudó a encerrar el drama en las relaciones de pareja y familiares. Happy End resulta deudora claramente de esa cavilación interna y claustrofóbica, pero, si tenemos en cuenta que el director Runge fue ayudante de Roy Andersson, pronto percibiremos un poderoso corte quirúrgico con tendencia al gag, y un humor muy sutil al fondo. Lo grotesco, por su parte, aparece de forma especular en los cuadros pintados por un deprimido personaje que dibuja figuras humanas como si fueran masas de carne abiertas en canal.

El carácter obrero expulsado de la filmografía sueca, aunque políticas fueran las miradas de Troell, Widerberg o Vilgot Sjöman, es retomado en estos comienzos del siglo xxi en Odjuret (2011) de Martin Jern y Emil Larsson. La irresolución del problema vital-económico de la Monika de Bergman se trasluce aquí en unos adolescentes sin pertenencias físicas y desarraigados familiarmente. Este filme enlaza mejor con una línea transterritorial que iría del cine proletario de Andrea Arnold a los típicos adolescentes sin futuro de Tilva Ros (Nikola Lezaic, 2010) o de Larry Clark. Mas no debemos olvidar, en una película barroca que juega a la saturación y la yuxtaposición, la autoconsciencia de la pertenencia a una tradición a pesar de que aflore groseramente y sin medida. Cruces y adultos castradores monocordes que reprimen a sus jóvenes podrían leerse en clave de burda parodia y ajuste de cuentas con el papá cinematográfico Bergman.

La vertiente naturalista señalada por Helena Lindbland en Cahiers du cinéma. España (octubre de 2011) desarrollada por Jesper Ganslandt, Fredrik Wenzel y Henrik Hellström que la autora del artículo compara con Terrence Malick podría, rebobinando en la historia de la filmografía sueca, hallarse en toda una tendencia del cine de esta nacionalidad. En muchas obras se puede observar un plano de flores y otro de cielo, y Widerberg compone de hecho, a partir de estos elementos, una película entera (piénsese en Elvira Madigan, 1967); incluso la ópera prima de Andersson, En kärlekshistoria (1970), se inscribe dentro de esta tendencia. Impresionismo y naturalismo, pues, se encarnan en Apflickorna (2011) de Lisa Aschan a través de dos cuerpos jóvenes que, como los de Un verano con Mónica, descubren su sexualidad y, con ella, las relaciones de poder que Bergman o Runge describieran tan bien en el caso de los adultos. Con reminiscencias de western a causa de los duelos y acrobacias de las protagonistas pero también de la querencia por exteriores, sus imágenes viscerales y líricas dan buena muestra de una potente cinematografía que encierra todavía muchas lagunas para incluso un público curioso.

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