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Donostia Zinemaldia – Festival de Cine de San Sebastián 2018 (Clausura)

Palmarés alternativo

Ahora que ha pasado un tiempo desde que se anunciara el palmarés de la 66ª edición del Festival Internacional de Cine de San Sebastián, con algunos títulos ya en cartelera, es quizá una buena ocasión para recordar algunos de los momentos más destacados a través de una selección personal y alternativa de premios a partir de algunas de las películas vistas en las diferentes secciones del festival:

Mejor vestuario:

Jo Thompson por In Fabric (Peter Strickland)

El vestido asesino de la película de Strickland podría colgar perfectamente en el fondo de armario de cualquier giallo. El ensayo audiovisual que anticipaba Berberian Sound Studio (2012) se complementa ahora en un estudio completo y autoconsciente que asume las claves del terror italiano más exacerbado. In fabric convierte la trastienda de unos grandes almacenes de ropa en un aquelarre satánico y la temporada de rebajas en una jornada infernal. Una crítica a la sociedad de consumo tan lúdica como el juego de Strickland con el género.

Mejor canción:

‘Shallow’, de Lady Gaga y Bradley Cooper (A Star is Born, Bradley Cooper)

El debut de Bradley Cooper en la dirección lo tiene todo para contentar al jurado de los Oscar. Al parecer, a cada generación le corresponde su remake del clásico de George Cukor Ha nacido una estrella (1954), y Bradley Cooper ha optado por una actualización donde convierte a Lady Gaga en excusa para su propio lucimiento. Sin embargo, el rock de Cooper, llenando festivales de música como Coachella o Glastonbury, es tan viril como frágil, y queda rápidamente eclipsado por la voz de Gaga. Ahí está esa versión de ‘La vie en rose’. Bradley Cooper no ha descubierto ninguna estrella: simplemente ha sabido explotarla. No sorprendería nada ver a la pareja, actuando a dúo, en la próxima edición de los premios de la Academia.

Mejor banda sonora:

Olivier Arson por El reino (Rodrigo Sorogoyen)

Si la corrupción en España hubiera sido una fiesta, muy probablemente habría seguido el ritmo desfasado de un after. Las composiciones electrónicas de Olivier Arson consiguen atrapar al espectador desde el primer compás en un ritmo frenético y tenso de persecuciones, construyendo una atmósfera vibrante. El último thriller de Rodrigo Sorogoyen se mueve al ritmo de la música de Arson y del agresivo movimiento de su protagonista, interpretado por Antonio de la Torre. Quizá a El reino le falte algo de sutileza en su discurso crítico pero, como decía John Doe en Seven (David Fincher, 1995), “si quieres que la gente te escuche no puedes limitarte a darles una palmadita en el hombro: hay que usar un mazo de hierro; solo entonces se consigue una atención absoluta”.

Mejor set piece de acción:

Illang, la brigada del lobo (Kim Jee-woon)

La adaptación del manga ‘Kerberos Panzer Cop’ de Mamoru Oshii habría sido mucho más estimulante si, en sus más de dos horas de metraje, hubiera aligerado su densidad narrativa para centrarse en los bloques de acción. Intentando concentrar doce años de narrativa serial en una única película, el largometraje de Kim Jee-woon naufraga en un batiburrillo de personajes, intrigas y distopías políticas. De haber prescindido de alguno de sus múltiples epílogos o de haber disminuido los bloques de información para abandonarse puramente a la acción, perfectamente podríamos estar hablando de una película a la altura de John Wick.

Mejor montaje:

Yanan Qin por Long day’s journey into the night (Bi Gan)

La fractura con el dispositivo que se produce a mitad de la película de Bi Gan no tiene nada de gratuito. El cambio tecnológico, que invita al espectador a continuar la travesía en 3D, supone la transición de un mundo hacia su reverso onírico. Bi Gan incide sobre las posibilidades estéticas del plano secuencia -recurso que ya había marcado su anterior película, Kaili Blues (2015)- para llevarlo un paso más allá. La cámara vuelve a liberarse de los anclajes que la mantienen fija a los personajes y la trama, y se convierte en una nueva entidad que deambula y gravita con aparente libertad por los escenarios de un largo viaje del día hacia la noche.

Mejor fotografía:

Roma (Alfonso Cuarón)

Alfonso Cuarón es el guionista, realizador, director de fotografía y montador de Roma. Ya sea en el espacio, en un futuro distópico o navegando por el álbum de su memoria íntima, la impronta del cineasta mexicano queda siempre patente a través de una suerte de épica íntima, donde todo resulta ampliado y magnificado por la puesta en escena. Filmada en blanco y negro y en un formato 2.35 : 1, la Roma de Cuarón es un álbum familiar demasiado grande para las pequeñas pantallas de Netflix.

Mejor actriz:

Eva Llorach por Quién te cantará (Carlos Vermut)

Cuando la superestrella musical Lila (Najwa Nimri) pierde la memoria, su representante acude a una de sus mayores fans, Violeta (Eva Llorach), para que ayude a la cantante a recuperar su personalidad. De la relación entre los dos personajes femeninos surge un juego psicológico en el que Carlos Vermut cruza referencias a Kafka, Lynch, Bergman, Alaska o Mocedades. Un drama psicológico en el que la interpretación de Eva Llorach es simplemente deslumbrante. Con una simple mirada, la actriz es capaz de decir prácticamente todo sin articular apenas ninguna palabra.

Mejor actor:

John C. Reilly por The Sisters brothers (Jacques Audiard)

Teniendo en cuenta lo transitados que están los paisajes del viejo oeste, parece prácticamente imposible caminar por ellos y dejar huella alguna. Si, además, se cabalga junto a Joaquin Phoenix, la cosa parece más complicada todavía. Sin embargo, John C. Reilly está colosal y no solo despliega una química insuperable con su hermano Sister -el de Audiard es uno de los mejores westerns fraternales-, sino que además asume el rol de líder con total naturalidad. Probablemente, su mejor interpretación desde Magnolia (Paul Thomas Anderson, 1999).

Mejor guion:

Drew Goddard por Malos tiempos en El Royale (Drew Goddard)

Después de deconstruir los tópicos del cine de terror en la sobresaliente The cabin in the woods (2012), Drew Goddard se lanza en solitario a escribir un thriller lleno de giros de guion. Cambiando la cabaña en el bosque por un hotel en decadencia y al grupo de adolescentes por un buen puñado de indeseables dignos de Los odiosos ocho (Quentin Tarantino, 2016), Malos tiempos en El Royale coquetea con el suspense del cine de Hitchcock y la ingeniosa charlatanería de las películas de Tarantino.

Mejor directora:

Celia Rico por Viaje al cuarto de una madre

El primer largometraje de Celia Rico tiene muy poco de debut y mucho de madurez. La calidez y la ternura de Viaje al cuarto de una madre solo se pueden explicar con esa imagen en la que madre e hija (inmensas Lola Dueñas y Anna Castillo) se refugian bajo una manta en su sofá. El universo íntimo de la película, constreñido a la vivienda familiar, crece con cada uno de los pequeños detalles que componen este precioso mosaico sobre las relaciones materno-filiales.

Mejor director:

Isaki Lacuesta por Entre dos aguas

El trabajo que Isaki Lacuesta firma como director en Entre dos aguas es fascinante a muchísimos niveles. El más evidente, quizá, es el relacionado con la temporalidad: siguiendo la estela de otros autores como Richard Linklater, Lacuesta recupera a algunos de los personajes que ya había filmado 12 años atrás -en La leyenda del tiempo (2012)-, convirtiendo el cine en registro fundamental del paso del tiempo.

El otro tiene que ver con la proximidad: desde filmar un parto hasta meterse entre las sábanas de unos personajes que difícilmente podemos distinguir hasta qué punto son reales o ficticios. Y, en este sentido, dejar que ellos mismos se expresen con naturalidad: con su propio acento, su deje y su jerga, es otro de los triunfos de la película a la hora de construir un escenario real. Demasiado real, quizá, porque las imágenes de Entre dos aguas pueden resultar poco estilizadas, pero el profundo respeto y el cariño con el que filma a sus personajes -y los paisajes en los que se inscriben- son insobornables. Si tomamos como máxima el principio por el que el cine debe restablecer la dignidad de lo filmado, la película de Isaki Lacuesta es una obra monumental.

Gran premio especial:

Le livre d’image (Jean-Luc Godard)

A sus 87 años, Jean-Luc Godard no ha perdido ni un ápice de su rebeldía. Le livre d’image es un aluvión de aforismos y reflexiones que amenaza en todo momento con derribar la paciencia de cualquier espectador. A partir de un amalgama de fragmentos visuales y sonoros que se descomponen, se recomponen y, en definitiva, se descubren en constante mutación, Godard reflexiona sobre el poder de la imagen en el siglo XXI, pocos años después de que pronunciara su Adiós al lenguaje (2014). Prolongando el espíritu crítico de sus Histoire(s) du Cinéma (1989-1999), Le livre d’image puede ser visto como un epílogo que extiende las reflexiones del cineasta a los tiempos de la era digital.

Mejor película:

High Life (Claire Denis)

La incursión de Claire Denis en el espacio exterior habría formado un programa doble muy interesante con otra de las películas del festival: First Man (Damien Chazelle). En ambos casos, la travesía espacial se vive a partir del trauma y la muerte, convirtiendo las naves en auténticos ataúdes. Sin embargo, partiendo de dos premisas similares, los caminos no podían ser más opuestos. Mientras que la película de Chazelle se decanta por un modelo aparentemente riguroso, científico y biográfico, Claire Denis dinamita cada uno de esos puntos para quedarse con lo más esencial. En High Life la tecnología es completamente obsoleta (desde los ordenadores hasta los trajes de astronauta), las cuestiones relacionadas con la física son inverosímiles y la ciencia se retuerce hasta el punto de convertirse en magia negra, con una Juliette Binoche transformada directamente en bruja. Mientras la película de Chazelle aspira a la exaltación tecnológica y la redención nacional, la High Life de Claire Denis se sumerge en las miserias de sus personajes para explorar las contradicciones del individuo. Una ciencia ficción, la de Denis, completamente humanista.

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Donostia Zinemaldia – Festival de Cine de San Sebastián (22/09/2018)

Jornada 2

Un hombre fiel (L’homme fidèle, Louis Garrel)

¿De qué va? Cuando Marianne (Laetitia Casta) se queda embarazada, decide abandonar a su amante Abel (Louis Garrel) por Paul, el supuesto padre del niño. Ocho años después, con la repentina muerte del marido, Abel vuelve junto a Marianne. Es entonces cuando la joven Eve (Lily-Rose Depp) entra en juego para confesar su amor por Abel, latente desde la infancia.

¿Y qué tal? Garrel propone una actualización de los códigos de la Nouvelle Vague en clave de comedia romántica. En el triángulo sentimental planteado por el actor y cineasta francés, él mismo decide invertir los roles tradicionales para situarse en el papel de hombre-trofeo. Reducido a la función de sujeto pasivo, el personaje de Abel se somete a las decisiones de las dos figuras femeninas.

En la rueda de prensa, el veterano Jean-Claude Carrière, co-guionista de la película junto a Garrel, contaba cómo en más de cien guiones escritos esta era la primera vez que había utilizado la voice over, ¡y por partida triple! Un recurso narrativo que, aunque fugaz, permite poner de relieve la multiplicidad de puntos de vista en lo que a las relaciones se refiere. Y es que Un hombre fiel no busca ser un tratado de nada, pero en su simpática cotidianeidad -y en apenas una hora y cuarto de duración- da con alguna que otra interesante reflexión sobre los entresijos del amor.


El reino (Rodrigo Sorogoyen)

¿De qué va? Cuando los escándalos de corrupción empiezan a salpicar al exitoso vicesecretario autonómico Manuel López-Vidal (Antonio de la Torre) y su entorno le deja caer en picado, Manuel emprende una huida hacia adelante en la que amenaza con arrasar con todo el tejido político que le rodea.

¿Y qué tal? Que Rodrigo Sorogoyen es actualmente uno de los mejores directores a la hora de dirigir un thriller y generar suspense parece indiscutible. Ahí están, como ejemplos destacados, el tour de force de Que Dios nos perdone (2016) o el tramo final de El reino. En ambas películas sobrevuela la sombra de un director de la talla de David Fincher y, al mismo tiempo, cuentan con un protagonista de lujo como Antonio de la Torre, cuya sola presencia confiere a la escena una dimensión extremadamente física.

En El reino, Sorogoyen apunta su objetivo contra la corrupción política, que se propaga bajo todo el poder como un tejido invisible. “El poder protege el poder” es la frase que se repite como un mantra para cuestionar los mecanismos del sistema. Esta violencia a la que alude la película de Sorogoyen tiene más que ver con la sofisticación del mal que con una violencia directa. Quizá es por eso que el personaje de De la Torre parece más verosímil en su perfil animal, cuando por ejemplo se encara a un grupo de jóvenes, que cuando hay que imaginarlo como político corrupto. O quizá es que Sorogoyen se siente más cómodo rodando un thriller policial que un thriller político y, a causa de ello, poco a poco, su película va evolucionando desde un modelo de intrigas hacia uno mucho más cercano a la trilogía de Bourne. Todo para concluir con un epílogo que pone en evidencia cualquier texto, subtexto o doble lectura. Si, efectivamente, el poder protege el poder, tal vez sería pertinente preguntarse cuál es el papel que juega El reino en todo esto.

Cold War (Pawel Pawlikowski)

¿De qué va? A mediados de los años 50, Wiktor (Tomasz Kot) y Zula (Joanna Kulig) se enamoran, pero su relación se encuentra constantemente torpedeada por el destino, y ellos se ven obligados a separarse y volver a encontrarse a lo largo de las décadas.

¿Y qué tal? Como una relectura de Romeo y Julieta con la Guerra Fría de telón de fondo, la historia de Wiktor y Zula avanza entre elipsis desde su primer encuentro. A cada episodio de su relación le precede una pantalla en negro que, durante apenas unos segundos, suspende el sentido para después retomarlo con sustanciales modificaciones. Cada década presenta nuevos obstáculos a los que la pareja de enamorados se enfrenta una y otra vez. Como ya hiciera en Ida (2013), Pawlikowski trabaja una preciosa fotografía en blanco y negro y compone sus imágenes en un formato estrecho (1.37:1).

Igual que un leitmotiv, la canción tradicional cantada por Zula va evolucionando con el paso de los años. Y, de la misma manera, su relación con Wiktor avanza en el tiempo, abocada a la tragedia, para acabar dirigiéndose “al otro lado, donde las vistas son mejores”. No parece casual la doble alusión a Antonioni: en ese local francés llamado “L’éclipse”, ni en ese campo que queda vacío cuando la pareja de amantes se dirigen a un más allá figurativo. Incomunicación, pasión, trauma… la película de Pawlikowski es un poema tan precioso como trágico.


Alpha, The right to kill (Brillante Mendoza)

¿De qué va? La corrupción de filipinas se extiende al cuerpo de policía. Después de una redada contra un importante narcotraficante, uno de los detectives del cuerpo aprovecha para desviar parte de la droga gracias a su “alfa”, la persona infiltrada.

¿Y qué tal? Con una ensordecedora banda de audio, la película de Brillante Mendoza se presenta como una suerte de John Woo sin recursos, en la era digital. La estructura de Alpha, The right to kill plantea un cine de acción anclado en los lugares comunes: el policía corrupto, el teniente irascible, el traficante de buen corazón, el cabecilla de la mafia… Todo podría ser completamente anodino, de no ser porque es precisamente aquí donde resulta necesario resaltar el valor de la película de Mendoza, que se construye sobre una doble ruina. Por una parte, la ruina de unos arquetipos o de un cine de acción casi reducido ad nauseam al exploitation; por la otra, las ruinas de una Filipinas llena de escombros y desechos.

Un asunto de familia (Shoplifters, Hirokazu Koreeda)

¿De qué va? Osamu (Lily Franky) acoge a una niña que parece haber sido abandonada. Aunque apenas tienen dinero para subsistir, la familia de Osamu sobrevive a base de pequeños hurtos y triquiñuelas, manteniéndose al margen de la justicia. Los vínculos afectivos se van estrechando con el tiempo, hasta que una serie de inesperados acontecimientos dinamita toda la situación.

¿Y qué tal? La maestría de Koreeda a la hora de desarrollar vínculos afectivos entre sus personajes es simplemente insuperable. El mayor drama de Shoplifters, quizá, reside precisamente en la capacidad del director nipón para producir un álbum familiar lleno de preciosas estampas que, finalmente, son sacudidas por una realidad dolorosa sin ser lacrimógena. Koreeda convierte el gesto en monumento, y una acción tan trivial como el juego de manos del pequeño antes de cada hurto se convierte en un ritual. Si en Dos o tres cosas que yo sé de ella (1967) Godard concentraba todo el universo en una taza de café, Koreeda hace lo propio con el mundo familiar y la canica que los pequeños de la familia contemplan. A fin de cuentas, todo es una cuestión de mirada: que cada ojo negocie por sí mismo.

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FESTIVAL INTERNACIONAL DE CINE DE HUESCA 2017: entrevista a Álex de la Iglesia

Entrevista y edición de vídeo: Marla Jacarilla

Texto de presentación: Aaron Cabañas

El pasado 17 de junio llegaba a su fin el Festival de Cine de Huesca que, en esta edición, homenajeaba a los cineastas Constantin Costa-Gavras y Álex de la Iglesia, quienes además recibieron el Premio Luis Buñuel que otorga dicho certamen. Como pudimos escuchar del propio director bilbaíno en la rueda de prensa de presentación que ofreció el festival, Costa-Gavras representa una de las miradas más elaboradas y lúcidas a la hora de representar la indefensión del ciudadano de a pie cuando se ve sometido al sistema. Urdidor de tramas verdaderamente complejas en lo narrativo pero asombrosamente cristalinas en lo formal, el cineasta griego ha elaborado una filmografía en torno al thriller.  Género, éste, que usa como pretexto para abordar los conflictos personales a los que puede llegar una persona cuando es engullido por la mecánica deshumanizada del sistema; tales como la indefensión, el desamparo o la alienación.

De la Iglesia, que se declaró seguidor de la obra de Costa-Gavras, es, a su vez, poseedor de una sólida y ruidosa filmografía, que le ha reportado respeto a nivel estatal y el reconocimiento internacional, como así demuestran la Osella al mejor guion y el León de Plata a mejor director, ambos premios en el Festival de Venecia de 2010, obtenidos por su noveno film, la interesante aunque malograda Balada triste de trompeta (2010).

El cineasta vasco es autor de una filmografía tan popular y reconocible como personal y arriesgada. Ya con su primer trabajo, Acción Mutante (1991), un film de ciencia ficción post-apocalíptica en forma de thriller de acción galáctica con toques de western celtibérico, puesta en escena abigarrada y repleta de referencias a la cultura popular, se situó como creador en un espacio que la cinematografía estatal aún no había conquistado: la postmodernidad más desenfadada.

Poseedor de una iconografía absolutamente ecléctica donde conviven felizmente la mitomanía cinematográfica en mayúsculas - desde Hitchcock a Clint Eastwood, pasando por el tándem Azcona/Berlanga-  con los subproductos genéricos (el Spaghetti Western o la Sci-Fi de serie B, entre un largo etcétera), y la producción cultural de masas -como demuestran sus adaptaciones al cine de los best-sellers de Barry Gifford (Perdita Durango, 1996) y Guillermo Martínez (Los Crímenes de Oxford, 2008)- con la cultura popular más castiza (de los juegos de mesa CEFA a los frikis que pueblan las televisiones privadas estatales, pasando por los tebeos de Ibañez y Escobar o Los Payasos de la Tele de Televisión Española); Álex De la Iglesia construye, en todas y cada una de sus películas, un equilibrado cóctel de referencias servido a medio camino entre la condescendencia nostálgica y la distancia irónica. A ello contribuye el trepidante ritmo narrativo al que acaba sometiendo todas sus ficciones, en una vertiginosa espiral de hibridación de géneros que enguye y combina desde la tragicomedia costumbrista de Luis García Berlanga, Antonio Bardem o José María Forqué; al suspense hitchcockiano en el que los arrebatos del delirio amoroso llevan a sus protagonistas por derroteros imprevisibles, pasando por el thriller de acción ultraviolento basado en el exceso pirotécnico, en la línea de Sam Peckinpah y Samuel Fuller.

Prodigioso creador formal y vigoroso constructor de puestas en escena, De la Iglesia sostiene con coherencia un contundente discurso a lo largo de toda su filmografía: la imagen exterior idealizada y perfecta puede contener la más dudosa de las moralidades y la más oscura de las conciencias. Es por eso que todas sus ficciones están protagonizadas por entrañables perdedores de tres al cuarto que creen haber sido encomendados a una hazaña muy por encima de sus posibilidades. Se enfrentan, así, en una lucha aspiracional por ser quienes no son, no contra un obstáculo circunstancial y tangible, sino contra los fantasmas de las viejas costumbres y su siniestra sombra alargada en forma de personajes oscuros y decadentes; además de luchar contra ellos mismos y su visión distorsionada de la realidad. En este sentido, tiene muchísima importancia la sempiterna presencia del medio televisivo en sus films, y cómo este filtra y deforma esa realidad, hasta retratar de forma clara y lúcida la sociedad española de los últimos 25 años, en la que la codicia, la envidia, la banalidad y el pragmatismo son señas de identidad. Dicha moralidad serpenteante escondida en engañosas apariencias, entendido esto como elemento ficcional generador de sátiras tragicómicas en una realidad deformada por la falta de perspectiva crítica en la mirada, no está muy lejos, por tanto, de las perversas sátiras cinematográficas del gran Luis Buñuel, que pone nombre al premio del que Álex de la Iglesia es digno merecedor.

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